Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTIOCHO
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CAPÍTULO VEINTIOCHO

Arin

L a actitud de Laia me dolió más que todos los castigos que me había infligido la señora Errázuriz en mi infancia.

Regresé con Vikrant a la posada. Los árboles vetustos de caoba en la orilla del camino al norte se doblaban tristes con el peso de las copas frondosas, y el susurrar de sus hojas se condolía de mi dolor de perder el amor de mi hermana, tan fresco y recién descubierto.

Me quejé como un ave en duelo:

—Esto es una tragedia.

—¿Qué le pasa, señorita? —Vikrant rompió su usual silencio, y aproveché la oportunidad.

—¡Mi hermana no quiere saber nada de mí! Y todo por culpa de la Katariñe esa que me delató con el célebre de Otxoa. Esa es una sinvergüenza de las malas, no obstante, voy a dejar las cosas así para que no se empeoren los problemas de Laia.

—Conozco poco a la señorita Katariñe, pero sí he escuchado que es una persona muy desagradable incluso con los que llama sus amigos.

—Se lo creo.

—¿Qué fue lo que hizo para que Katariñe la delatara?

—Nada perverso; todos son unos exagerados. Solo me disfracé de hombre y vendí el manuscrito de Laia bajo esa identidad. Tampoco robé el inar. Se lo di a su justa dueña, y han formado tremenda gresca por eso.

Vikrant se mantuvo callado y negó con la cabeza. No entendí a quién le daba la razón.

Enseguida que Vikrant detuvo el caballo frente a la posada, corrí y me encerré en mi habitación. El espectro de la soledad me oprimía como una sombra que me aislaba en una isla despoblada. Nunca me había sentido tan sola.

Saqué de la cómoda el péndulo que me había regalado Irune y me acosté sobre la cama tendida para observarlo.

Si bien me arrepentí de haber engañado al señor Otxoa, seguía pensando que sus reglas eran injustas.

Alguien tocó a la puerta, y le invité de inmediato para alejar los pensamientos oscuros de mi reclusión desmedida:

—Pase.

Se asomó la cabeza oscura del joven que vigilaba la puerta de la posada y las caballerizas; el chico de los mandados. Debía de rondar los años decimoquinto o decimosexto, deduje por sus largas piernas como juncos.

—Llegó una carta para usted, señorita Arin.

Me encantó que apareciera alguien con quien conversar sin que provocara desmayos, ira ni sospechas en los inquilinos o los dueños de la posada.

Me senté sobre la cama e inquirí deseosa de hablar:

—¿Cómo sabes dónde queda mi habitación?

El joven levantó un hombro.

—Me lo dijo la señorita Taresa.

Por supuesto, las habitaciones de los inquilinos no eran un secreto. Tomé el sobre blanco con curiosidad, y el chico se marchó antes de que yo pudiera retenerlo para seguir conversando.

Provenía de una de las revistas literarias y me sorprendió la prontitud de su respuesta. La abrí con rapidez y leí descontenta que rechazaban la publicación de mi poema, empero me exhortaban a que sometiera otros en las siguientes semanas.

Me desplomé bocarriba, y Lírico se acostó junto a mi hombro como si comprendiera mis sentimientos.

Si esta revista había contestado tan rápido, el silencio de las otras me hacía pensar que tampoco me iban a publicar y ni siquiera se habían tomado la molestia de responderme.

En un arranque, sin medir los resultados de mis acciones, empuñé el péndulo como si fuese una daga y lo lancé contra la pared.

Cayó al suelo en varios pedazos, y Lírico se sobresaltó y me miró con sus penetrantes ojos verdes como si me reprendiera con la mirada y luego contempló con atención los pedazos violetas.

Nos alertó una vibración intensa en un aleteo de zumbido que se había desprendido de los trozos.

¿Sería un espíritu? No obstante, se desvaneció lo que había percibido, y a Lírico el interés junto al disgusto le duraron poco por el hecho de que cerró los ojos y continuó con su siesta.

Desquitar mi rabia con el objeto mágico no me ayudó a sentirme mejor y solo despertó mi preocupación e intriga.

El silencio de la habitación ensordecía mi lamento. Necesitaba hablar con el señor Gizon y que me diera un consejo. Él o cualquiera, aunque lo prefería a él.

Mas al descender las escaleras, me topé con que el doctor charlaba con una señorita muy hermosa, sentados a la mesa.

Por añadidura, me tomó de sorpresa un sentimiento tan desagradable como un hedor a callejones sucios.

Aun cuando los celos, como versos malsonantes, amenazaron con vocear su descontento, los contuve a duras penas.

Yo no tenía derecho de reclamarle nada. En tanto que, desde el mostrador, Taresa nos examinaba con curiosidad.

Hacia ella me encaminé, fingiendo indiferencia.

—¿Qué le pasa? —inquirí para desviar la atención de mis sentimientos y el posible cuestionamiento de Taresa—. Se ve aburrida y misteriosa a la vez.

Taresa se limitó a torcer la comisura de los labios. Había empujado un papel con los cómputos de los gastos y la suma de las ganancias. No obstante, en otro dibujaba al doctor y a la señorita desconocida.

—Nada. —Ella soltó el dibujo, si bien sus dedos manchados delataban que llevaba rato en el boceto que ocultó bajo el otro papel.

Toqué el pliego con la reverencia que todo colega siente hacia el más preciado de los inventos modernos para artistas y escritores.

La pasión por el arte en todas sus formas me empujó a solicitar:

—¿Puedo verlo?

Pese a que dudó en hacerlo, no sé por qué, ella accedió de mala gana y me lo entregó.

El dibujo presentaba un realismo extraordinario, como una existencia alterna a la nuestra donde Taresa captaba emociones que se habían escapado al primer vistazo del objeto, en este caso, el doctor Toro Fuerte.

Según el dibujo, migajas de tristeza enturbiaban su mirada y las comisuras de sus labios; lo cual contrastaba con el carácter vivaracho de la desconocida frente a él.

—Tiene mucho talento, señorita Taresa —reconocí.

—Eso dice el ilustre de Karrantza —sonrió levemente— cuando se encuentra sobrio y me trata como su alumna.

—¿Y su papá? ¿Qué opina?

—Él lo aprecia como un pasatiempo. Está acostumbrado a que soy su ayudante, aunque, a decir verdad, me veo de esa manera, por la costumbre de cooperar con las tareas que lo agobian. No ganamos lo suficiente para contratar a personal adicional a Roke.

—¿Hace mucho que ayuda a su padre?

Ella asintió.

—Desde que murió mi madre. Pero si soy sincera, estoy cansada de este trabajo. A veces no sé quién soy ni qué quiero.

Sus palabras descorrieron parcialmente una cortina sobre el tragaluz de mi alma, y me quedé pensativa, hasta que murmuré:

—Creo que la entiendo.

—Yo me defino como la gente lo hace: la hija del posadero, la asistente, la joven discapacitada… En cambio, yo quiero descubrir quién soy de verdad. No por lo que otros piensan de mí. ¿Es eso imposible y anormal? ¿Estoy pidiéndole demasiado a los dioses?

Me vi reflejada en sus ojos avellana y respondí:

—No, no. Todos tenemos derecho de descubrir nuestra esencia; nuestro potencial.

—No me malinterprete. Estoy muy agradecida por la ayuda que me ha brindado mi padre. ¡Hasta me creo una silla de ruedas! Pocos como yo tienen un trabajo y la independencia que he logrado, pero… a veces quiero algo más de la vida.

Por los inescrutables designios de los dioses, nos interrumpió un muchacho de uniforme pobre y botas viejas. El visitante cruzó el umbral de la puerta principal, y la insignia de su chaleco delató su procedencia.

El mozuelo se detuvo a mi lado y me tendió una tarjeta; el que había traído un mensaje para el doctor Toro Fuerte cuando habíamos llegado a Caobán. El alcalde me invitaba a su oficina esa mañana.

—¿Hoy no es el día de Descanso para rezar? —me invadió la curiosidad.

—En teoría, señorita, y para muy pocos. Es que en la semana el señor Águila Salvaje faltó un día y lo quiso reponer hoy.

—Gracias, voy inmediatamente. Solo buscaré mi parasol.

—La escoltaré hasta la alcaldía, señorita Urtuberri —contestó el sirviente—. La aguardaré aquí.

Asentí y apreté la mano de Taresa.

—Seguiremos hablando después —le aseguré, y ella sonrió.

¿Por qué el alcalde tenía que vigilarme? ¿A dónde creía él que me iba a escapar?

Luego de buscar mi sombrilla, el doctor Toro Fuerte me dirigió una mirada penetrante. Pero la bendita mujer que lo    acompañaba no se callaba la boca y demandó su atención.

Fingí una indiferencia que tropezó con mis dientes apretados. Si yo hubiese sido importante para él, me hubiese detenido, ¿no?

Salimos a la calle concurrida. En otra ocasión me hubiese reconfortado la variedad de modas, estilos y expresiones de los transeúntes; al contrario, esta vez encontraba prejuicios, condenación y presagios de dolor, bajo la tiranía de mi percepción asustada.

Aparentemente, la mayoría de los comerciantes tampoco se tomaban el día de Descanso {una de las siete hijas de Sustrai}, en serio, incluyéndome cuando había estado encerrada en el orfanato.

La señora Errázuriz siempre me había encontrado algo que hacer.

De esa manera recluida, menos aún había vivenciado las costumbres de los citadinos ni los propietarios de negocios en Montefuegos.

Cuando nos acercamos a la alcaldía, le rogué a la estatua de Atabex que me protegiera. Aunque yo no fuese de su religión o raza, suponía que amparaba a los desvalidos que le suplicaran con reverencia.

Esta vez no pasé directamente a la oficina del alcalde y, a mano izquierda, junto a la oficina de los empleados, me dejaron esperando en un salón recibidor con varias butacas acolchadas y sillas en madera de caoba, al igual que las puertas.

Una alfombra de diseños geométricos cubría el suelo.

Las ventanas a mi espalda dejaban entrar la luz solar, en tanto que dos hombres aguardaban sentados pegados a la pared y los atendieron primero que a mí.

El paso flemático del tiempo agotaba mis nervios. ¿Por qué tanta espera y misterio?

Cuando al fin me tocó mi turno, el trecho para ver al alcalde se desdoblaba interminable; me acompañó un empleado. Este abrió la puerta y me dejó pasar. El alcalde se había sentado detrás de su escritorio y, en señal de cortesanía, se incorporó cuando llegué.

—Es un placer verla de nuevo, señorita Urtuberri. Siéntese, por favor.  —Él señaló una silla.

—Gracias —susurré.

—Se cuestionará por qué me interesa charlar con usted…

—Así es.

—Llegó hasta mí un suceso muy desafortunado, no tenemos que hablar de las fuentes, pero le aseguro que son fidedignas.

Me sobresalté como si un caimán astuto me hubiese prendido de un tobillo sin que me hubiese dado cuenta de su persecución.

¿Tan pronto se enteró del engaño que le había hecho al señor Otxoa? ¿Qué otra cosa podía ser?

Me defendí; cualquier mentira era aceptable para protegerme:

—No sé de qué me habla.

—A mí no podrá engañarme. —Él apoyó los brazos sobre la mesa que nos separaba y se inclinó hacia adelante.

Mi instinto me rugió que corriera fuera de su alcance, pero mi cuerpo se congeló de horror—.

Lo sé todo, señorita Urtuberri. Desde que era la huérfana en el orfanato de la excelsa de Errázuriz hasta su adquisición fraudulenta del inar que le robó al célebre de Otxoa al hacerse pasar por un escritor.

El corazón se me trepó a la garganta ante la ansiedad que me provocó su tono amenazante. En vez de suspirar de alivio por el hecho de que la verdad salía a la luz, mis deseos de supervivencia enredaron mi sentimientos como si me ahogara en las arenas movedizas de un pantano.

—Es fácil para mí deducir quién lo volvió en mi contra, de todas formas, eso no viene al caso y le aseguro que mis motivaciones eran buenas.

—¿Todavía se atreve a contradecirme?

La mala voluntad del alcalde derrotó mis ánimos, y expresé:

—Bueno, si lo que quiere es castigarme, hágalo de una vez. Enciérreme en la cárcel, ya que ha decidido que soy culpable de todo sin siquiera un juicio justo.

El señor Águila Salvaje se reclinó en su asiento y sonrió en un frío gesto lento, una actitud igual de sospechosa.

—Apuesto cualquier cosa a que su compromiso con mi hijo es otra mentira.

—¿Le molesta que esté comprometido con una mujer pobre, sin una familia de abolengo que respalde sus anhelos de poder o inar?

Una vena saltó en la frente del hombre.

—Señorita Urtuberri, queda despedida de su puesto como maestra.

Sí, algo así sospechaba. Imaginé que en la posible existencia de alguna competencia de perdedores yo la había ganado. Solo había trabajado un día y dudaba que el alcalde me lo pagara.

—Si bien no quiero errar de grosera, de todos modos, me marcho—

Él me interrumpió al decir:

—Se sienta.

Obedecí, las rodillas desmayadas, por la costumbre aprendida tanto en el orfanato como por el tono peligroso en la voz masculina.

—¿Todavía le quema el capricho de humillarme con vehemencia?

—Al contrario —dijo el alcalde, empero su fija mirada era similar a un intimidante bampiroa listo para atacar.

Sus deseos de retenerme allí avivaron las llamas de mi preocupación, y comenté en un salto de disimulo:

—Usted dirá.

—Si divulgo todos sus secretos, su honor quedará destrozado y ningún hombre decente se casará con usted.

La amenaza de sus palabras se incrustó como una dolorosa patada en las costillas. Su pinta de pirata desalmado me decepcionó. ¿No se suponía que los alcaldes velaran por el bienestar de los compueblanos? Ahora comprendía un poco mejor al doctor Gizon y la riña con su padre. Altiva inquirí:

—¿Y quién le dijo que quiero casarme?

—En estos momentos, señorita, solo tiene dos alternativas para sobrevivir si decide ignorar mis recomendaciones. O elige la cárcel o una vida miserable en los burdeles de la ciudad.

Había leído suficientes noticias escandalosas en periódicos notorios para comprender a lo que se refería. Yo no era una niña inocente, pese a mi edad vigésima y soltería.

Respondí con fingida calma:

—Le escucho.

—Me alegra que entienda su posición. En fin, le propongo un trato. Si me ayuda a que Gizon se marche del pueblo, a que renuncie al chamanismo y a la alcaldía, nadie se enterará de sus crímenes, especialmente de que se ha deshonrado publicando un compromiso que es inexistente.

Jadeé ante el impacto de su intimidación y deduje que ese viejo zorro siempre las cumplía.

El perverso me tendió la mano izquierda, la cercana al corazón, si es que tenía alguno, para sellar el acuerdo. Una costumbre que había llegado con los lurragerraríes, la cual había significado honradez y buena voluntad en tiempos vetustos.

Sentí que el apretón me contaminaría sin salvación, pero musité rendida:

—Acepto.

Encerré mi mano izquierda en la suya.