CAPÍTULO VEINTISIETE
Laia
U n grupo de campesinos, empleados de las haciendas vecinas, se encaminaban desde el norte y el este como una marejada hacia el sur. ¿Por qué se dirigían al bosque? Muchos cargaban sus instrumentos de labranza, y la ira en sus caras me asustó.
Yo acababa de salir de la cocina para acompañar a Luna que pastaba cerca de la Charca Caminante. Arin se había marchado apenas unos momentos, y Endrique perseguía el rastro de animales escondidos.
Tan pronto mi hermana se había ido, dudé de mi decisión de haberla apartado de mi vida.
Después de todo, nadie era perfecto y las intenciones de ella habían sido buenas, pese a que el resultado desastroso de sus actividades casi había destruido nuestras vidas.
¿Reaccioné con demasiado dramatismo? Estaba tan acostumbrada a mi soledad que no había pensado en las consecuencias de alejar a Arin.
Sobre todo, temí ser injusta con ella. Pese a que debía aprender una lección, tal vez exageré.
Sin embargo, la horda me desligó de mis cavilaciones y problemas, así como se me estrechó el estómago por la dirección que recorrían.
Iban directo hacia la casucha de Irune Galindoz en vez de dedicar el día de Descanso a rezarle a los Cuatro.
¿Cómo se atrevían a linchar a alguien en un día tan sagrado?
Quité la manta que había comprado a Ruli para proteger a Luna de los eltxos, la tiré al suelo y monté a mi zaldia de un salto. Endrique corrió junto a mí, sus alitas inservibles extendidas como si percibiera el peligro con sus instintos perrunos.
Pasé al grupo de prisa, pero un puñado de ellos había llegado antes.
Reconocí la carreta de cuatro ruedas de Mitxel.
Había pintado por ambos lados en negro el diseño de una pisada de un lobo.
Curiosamente, se había arrodillado frente a uno herido y le entablillaba una pata.
Como de costumbre, vestía igual a un trabajador pobre: camisa, chaleco, pantalones anchos dentro de botas largas que se usaban mayormente para trabajar en el campo o para cazar y gorro negro.
Yo no entendía por qué insistía con esa imagen.
Sin embargo, no me molestaba; aceptaba que se veía muy guapo con una belleza rústica y menos intimidante que los hombres ricos y nobles de su clase.
Irune se encontraba de pie junto a él, ambos en la entrada de la casucha.
Los granjeros empuñaban sus instrumentos de labranza como armas, entre ellos, la señora Corral. Uno de los portavoces montaba un zaldia, y por su sombrero y vestimenta menos humilde supuse que era un capataz.
—¡Fuera, bruja! —gritó el capataz como portavoz, y lo secundó el coro de los furiosos.
La horda se apartó para dejarme pasar cuando me acerqué sobre Luna, y Mitxel se incorporó.
—¿Qué sucede con ustedes? —investigó el joven veterinario y torció la esquina de la boca en un gesto que yo le conocía de ira.
—Aquí la bruja Irune realizó magia ilegal —denunció el capataz—, y por eso exigimos que se entregue a las autoridades.
—¿Cuál magia ilegal? A la merda ! —los insultó ella, y yo enterré las uñas en mi mano sin mirar a la turba. ¡Nos iban a acribillar!
—Cuando reconstruiste la caballeriza quemada de los Zenarrutza —aclaró el portavoz.
Yo me bajé de Luna para pararme al otro lado de la joven indignada; debía apoyarla con mi compañía en virtud de que no encontraba las palabras apropiadas que enfrentarían al gentío.
—¡Sí, fui yo y eso no tiene nada de malo! —se quejó mi amiga y esferas verdes brillaron en las palmas de sus manos—. ¡Ustedes son unos exagerados y miedosos! Lo que hice fue prestar un servicio, ¿y qué?
Oprimí su brazo para silenciar sus exabruptos y para que no asaltara a los campesinos.
Si seguía insultando o provocando a la turba con su magia, podía desencadenar un ataque violento de los granjeros y entonces todos terminaríamos heridos o en la cárcel.
Asimismo, si ella golpeaba primero, sería su perdición; ningún juez hechicero la perdonaría.
Por otro lado, cuando relató lo que había hecho no miró a nadie a los ojos, sino de frente a mi granja y a la Charca Caminante y, en los años que la conocía, ese gesto de evitar la mirada ajena sólo significaba que había mentido. ¿A quién encubría y por qué?
Ella se colocó los nudillos en las caderas y sacó el pecho, en tanto que el lobo se acuclilló para gruñirle a los atacantes. Estos se echaron para atrás, y algunos jadearon apuntando sus armas a la fiera.
No me sorprendió la presencia del depredador. Irune rescataba a menudo animales heridos, pero ella misma los sanaba. ¿Por qué había pedido la ayuda del joven Mitxel?
—Ustedes saben que yo soy el hijastro del alcalde —medió el señor Mitxel—, y les aseguro que esa acción no se considera un delito.
Conozco todas las leyes que tienen que ver con el cuidado y la protección de los animales, incluyendo los edificios donde se guardan.
Y nunca encontré que se le prohibiera a una bruja restaurar un establo o caballeriza.
Me mordí el labio inferior para domar una sonrisa traidora, y un fino sudor me cubrió las palmas de las manos como rocío pasajero porque él defendía una causa justa. De modo que interceder en favor de Irune era como hacerlo por las de mi clase y, en fin, por mí.
—Usted da fe de su inocencia —declaró el capataz.
—Les doy mi palabra de veterinario —afirmó el señor Mitxel.
—Regresen a sus oraciones y rituales. Ya escucharon al señor Águila Salvaje —ordenó el capataz, y ellos obedecieron lentamente como si dudaran de abandonar el castigo a la paria que aliviaría sus miedos profundos como raíces subterráneas.
Los hechiceros rendían cuentas de sus actos al consejo y al inspector inmediato; entretanto, el virrey los controlaba como grupo. En cambio, los brujos eran elusivos y desorganizados, sin que los protegiera o los fiscalizara algún cuerpo administrativo, y de ahí radicaba la desconfianza del pueblo.
El capataz se rezagó hablando con el señor Mitxel, y yo me incliné al oído de Irune.
—¿Por qué llamaste al señor Mitxel? Tú sabes sanar animales y gente —susurré.
— Call’t . —insistió para que me callara y guiñó un ojo—. Vamos, Lobo. —Ella entró a su casa seguida de su aparente nueva mascota y cerró con el sonido seco de una tranca.
Confundida, me quede allí plantada.
El señor Mitxel despidió al capataz, quien había encontrado la calma o el sentido común, y se volvió a mí.
—¿Va para su casa, señorita Laia? —inquirió el señor Mitxel.
Asentí y tomé las riendas de Luna para exhortarla a caminar. Pese a que los campesinos se retiraban a sus casas, dos o tres vecinos, entre ellos la señora Corral, miraban de vez en cuando sobre sus hombros para vigilarnos. Yo apreté los labios por sus sospechas infundadas.
Entretanto, el señor Mitxel se olvidó de su carreta y me siguió.
Luna nos acompañó en la retaguardia, a la vez que Endrique daba saltos alrededor del albéitar.
Este se detuvo y acarició sus orejas. Me enterneció su trato cariñoso a mi perro, puesto que el veterinario anterior había sido menos afectuoso con los animales, unos decían debido a su entrenamiento militar.
—Gracias por defender a la señorita Irune; ese discurso, en general, favorece a las de nuestra clase —añadí en nombre de mi amiga, quien no parecía muy agradecida—. ¿Por qué se arriesgó?
—La verdad, las leyes han sido un poco laxas con ustedes, como si no existieran, y, aunque me molesta que les nieguen visibilidad, me aproveché de ello para ayudar a la señorita Irune.
—Fue muy amable, pero… ¿No le molesta acompañarme ni que yo sea bruja? —susurré como si las hierbas que aplastaban mis botas rústicas me interesaran por encima de su presencia en nuestra lenta caminata.
—Jamás, al contrario. La admiro porque tiene magia, entre otra razones. Yo no tengo ninguna.
Reprimí una mueca. ¿Admiraba lo que yo más odiada de mí misma? ¿Qué otras razones lo llevaban a admirarme? ¿Me estaría mintiendo para no hacerme sentir mal?
Cambié de tema, recordando nuestra infancia.
A pesar de que él era solo un año mayor que yo, nunca estudiamos juntos en la escuela.
Cuando había ayudado en la granja de papá era demasiado pobre {muchos niños inmigrantes trabajaban en vez de estudiar}, y cuando se había convertido en el hijastro del alcalde, tampoco había frecuentado la escuela del pueblo pues había recibido su educación en la hacienda.
—¿Qué pasó que estuvo cuatro años fuera de Caobán cuando cumplió la edad decimoctava? La gente habló muchas cosas sobre usted —no me atreví a mencionar todas las barbaridades que contaban en los últimos meses.
—Luego que fui aprendiz del veterinario, mi padre me envió a una universidad en Lurragerrari para que estudiara la carrera.
—¿Con ser aprendiz no era suficiente?
—En muchos aldeas y villas ocurre de esa manera, aun así, padre quería estar a la par con el esfuerzo modernista en Montefuegos, y que yo adquiriera un título universitario.
Me sorprendió que se abriera a mí con tanta confianza.
—No obstante, entiendo que su hermano como chamán sería capaz de restablecer la salud de los animales —comenté para alargar la conversación.
Me agradaba su compañía y su forma de pensar.
Mas el caso de los hermanos no era el primero en la isla.
Además de Caobán, conocía de otros pueblos donde practicaba un albéitar sumado al chamán para reducir la carga del sanador, si bien era poco frecuente.
—En teoría, sí, pero no tenía tiempo de atender a todos los seres dolientes.
Para cubrir esa necesidad, padre me envió a formar en la profesión.
Aunque, entre nosotros, yo creo que mi hermano adolecía de la habilidad para entender a los animales y, por mucho que tuviese el tiempo, no podía ejercerlo.
Reí ante su comentario, y Endrique corrió delante de nosotros.
—Es de aceptación común que el señor Markel es un buen sanador, sin embargo, ¿no le hubiese gustado trabajar de chamán en otras circunstancias? —me venció mi deseo curioso para saber si sentía celos de su hermano.
Él negó con la cabeza.
—Vivo feliz atendiendo las necesidades de los animales. Como es de conocimiento general, no puede haber dos ni tres chamanes en cada pueblo; padre está por retirarse, y yo tomé el puesto del albéitar anterior. Pero dejemos estos asuntos aburridos para otro día y hábleme de usted.
—¿Qué quiere saber?
—Se estaba rumorando que hubo un problema entre el célebre de Otxoa y su hermana.
—Oh, eso se resolvió. No se preocupe.
—Me alegro. No quería que ese incidente la perjudicara.
Mi asertividad se desmayó ante lo que implicaba {o interpretaba mi naturaleza romántica}, y eludí investigar la causa de su comentario.
—Gracias —susurré.
—Ahora que el señor Zelaya se fue, ¿piensa seguir trabajando como sirvienta? —la gentileza de su enunciado no circundaba la desaprobación y ello me provocó extrañeza.
—No sé. Me gusta escribir, mas usted sabe que eso es un campo de hombres.
—Es parte de nuestra cultura.
Me aterró que censurara a las prosistas; de todos modos, debía conocer la verdad para saber a qué atenerme.
¿Yo podría mantener una relación con un hombre que despreciara mi “carrera” de escritora {entre comillas en virtud de que no recibía inar por ello} y casarme con él?
Lo dudaba mucho, aun cuando era improbable que él se fijara en mí.
—¿Le molesta que algunas mujeres aspiran a trabajar como escritoras?
Él arrancó una flor silvestre y me la entregó. Yo sonreí al aceptarla, un poco confundida por su gesto. ¿Me la entregaba como un hombre que me cortejaba o un simple amigo?
—La verdad nunca había pensado sobre el tema —comentó él—. Habré estudiado en una universidad, pero no soy tan intelectual, a pesar de que conté con un par de amistades femeninas, en Lurragerrari, que se consideraban escritoras profesionales. Me parece, sin embargo, que es importante para usted.
El calor besó mis mejillas, y me encogí de hombros para disimular mi turbación. Nos acercábamos a la caballeriza de mi granja, y el fin de nuestra conversación amenazó con entristecerme.
—Es solo un pasatiempo, por ahora.
Él se detuvo y su mirada apacible se encontró con la mía como una caricia o como el suave pelaje marrón de algunos animales. Yo me paré junto a él.
—De esas pequeñas cosas pueden nacer grandes creaciones. No se desanime, señorita Laia.
—Es que hay tantos obstáculos.
—En la vida solo hay dos opciones: o se sobrevive o se vive con creatividad y pasión.
Sus palabras entibiaron mis entrañas como el kafea de la mañana.
Jamás había encontrado a alguien que valorara la existencia desde ese punto de vista.
Él había verbalizado lo que Arin y yo sentíamos instintivamente por la literatura.
Me encantó su exhortación, y los hilos de atracción me amarraron con mayor fuerza a él.
El señor Mitxel se quitó el gorro de tela, el cual me recordó a un pintor pobre o un filósofo y se marchó de vuelta para buscar su carreta.