CAPÍTULO VEINTISÉIS
Laia
A la mañana siguiente, encontré a mis padres en la puerta de la cocina, mudos y vestidos con sus ropas viejas del trabajo diario. Observaban hacia afuera de la casa.
Papá se apoyaba en sus piernas como si nada hubiese ocurrido el día anterior. Me alegró confirmar que el señor Águila Salvaje era un chamán tan competente como su padrastro.
La pileta contenía algunos trastes, como si ya hubiesen desayunado. En tanto que sobre la estufa había una olla tal vez con crema de triago por el aroma dulce de las especias que emanaba. Mamá o papá había colocado una cesta de frutas sobre la mesa central.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Ven para que veas —contestó mamá, y me dejaron un espacio entre ellos.
Me detuve bajo el marco de la puerta y naturalmente me enfoqué tras la casa en la caballeriza. La cual se encontraba intacta y perfecta. Los caballos, sin embargo, pastaban donde los habíamos dejado en los terrenos colindantes.
—¿Fuiste tú, Laia? —cuestionó papá.
La tensión se reflejaba alrededor de los ojos masculinos.
—No. ¿Cómo iba a hacerlo? Tengo poderes de telekinesis, mas no sé nada de caballerizas ni edificios.
—Pero construyes otras cosas —sentenció mamá.
—Pequeñas; nada de importancia —me defendí. Por los dioses, ¿habría sido Arin? No obstante, hasta donde yo sabía, ella no tenía poderes de esa magnitud.
—Entonces, Irune la restauró —concluyó papá—. Es la otra bruja del pueblo.
—Laia, aceptamos que la magia es parte de tu persona —indicó mamá—, del mismo modo, no queremos que la sociedad caobanera te rechace. Por eso nos preocupó este evento, pues con lo de ayer…
Me llevé una mano a la frente sin creer lo que me decían.
—¿Qué querías? ¿Hubieses preferido que dejara morir a papá?
—No, hija —intervino mi padre—; te estoy muy agradecido.
—Vamos, no ganamos nada con discutir, olvidemos este asunto. —Mamá tomó un plato hondo de estaño de la tablilla en la pared—. ¿Quieres desayunar? —ella me dirigió una mirada pacífica.
Pero Endrique salió ladrando de la cocina, con las alitas extendidas por la excitación, y supuse que alguien había llegado. De todos modos, mi estómago se había cerrado por el mal rato; asimismo, mis emociones habían devorado mi hambre mañanera.
Efectivamente, un carruaje con el emblema pintado de los Azkarraga en sus puertas se trasladaba del este por la carretera principal, se desvió a nuestro sendero y se detuvo frente a la entrada. El lacayo, junto al cochero en el pescante, brincó al suelo y abrió la portezuela.
Para mi desagrado, se bajaron la señorita Katariñe y el célebre de Otxoa.
Mamá se dirigió conmigo a la estancia modesta para asegurarnos que se encontraba en orden, a la vez que papá recibía a los visitantes en la puerta del frente.
La mesita redondeada, frente al sofá, y las butacas acolchadas se encontraban limpias, al igual que las paredes con una sola pintura de nuestra familia.
Carecíamos de los papeles floreados de pared tan populares, incluso de los elegantes klavieres.
Pero había cortinas en las ventanas que mamá había cosido y una alfombra bajo la mesita.
La señorita Katariñe no disimuló su mueca de desdén ante la sencillez de mi casa.
Como de costumbre, vestía a la última moda y con un abanico de gasa que colgaba de una cadenita atada a su muñeca.
Ella se sentó en una butaca, mientras el célebre de Otxoa y papá tomaban asiento en el sofá.
El futuro tío de Katariñe cargaba un paquete voluminoso envuelto en un sobre grueso de papel marrón.
Mamá se ubicó en otra butaca y yo me quedé levantada tras ella para evitar encontrarme demasiado cerca de la odiosa.
—Perdonen nuestra temprana visita y si interrumpimos su desayuno —comenzó el célebre de Otxoa—. Sucede que creí prudente atajar el problema con diligencia.
—¿Desean tomar algo primero? —los invitó mamá.
—No, gracias. —La inocente gratitud de Katariñe se tiñó de un tono oscuro cuando luego sonrió como una gárgola antes de atacar—. En cuanto a lo sucedido anoche, es grato saber que su pierna se recuperó del accidente, señor Zenarrutza. Pero venimos por otros asuntos.
Papá inclinó la cabeza a modo de agradecimiento.
—¿A qué debemos el honor? —dijo papá, amparándose en la cortesía.
—Hablaré sin rodeos, señor Zenarrutza. Mi futura sobrina política me indica que hubo una venta fraudulenta de un manuscrito y que la señorita Arin les entregó un inar que no les correspondía.
La realidad era peor que mis sospechas, y mis dedos se enterraron en el respaldar de la butaca.
—Cinco caonas para ser específicos —aclaró Katariñe.
—¿Por qué la venta fue ilegal? —intervino mamá—. Tenemos entendido que ella le vendió el manuscrito de nuestra hija, Laia.
—La señorita Arin se disfrazó de hombre y falsificó la firma del autor como si hubiese sido un varón —explicó el célebre de Otxoa—. Supongo que trató de engañarme en razón de que no acepto manuscritos de mujeres.
Apreté mis dientes para no gemir ni gritar.
—Pero… ¿Y si es un malentendido? —rogó mamá en una voz cual débil riachuelo—. ¿Cómo sabe todo esto?
—Porque la señorita Arin tropezó conmigo y descubrí su ardid. —Katariñe se pavoneaba con el abanico, muy orgullosa de su astucia—. La confronté aquí mismo frente a su casa, y ella lo admitió.
—¿Laia? —demandó mi padre con los ojos muy abiertos. Temí que le comenzara un soponcio y que muriera allí mismo por mi culpa. Solo habían pasado dieciséis días desde el ataque al corazón que él había sufrido.
—Yo no sabía nada, papá, se lo juro —recurrí al formalismo respetuoso para hacer énfasis de mi honestidad—. Solo le entregué mi libro para que me diera su opinión. Nunca le pedí que se lo vendiera al célebre de Otxoa y, mucho menos, engañándolo.
—De todas maneras —insistió el tío de Katariñe—, si me devuelven el inar, no formularé cargos contra ustedes o contra la señorita Arin Urtuberri. —Extendió el brazo con el paquete—. Aquí está el manuscrito.
Mamá lo tomó con lentitud.
—Laia —ordenó papá—, busca el monedero dentro de mi armario.
Jamás me había sentido tan humillada en mi vida.
¿Cómo Arin pudo hacerme esto? En casa de Katariñe me había ofendido tanto mi precaria coordinación como la reacción injusta de la señorita, la cual, a fin de cuentas, solo había resaltado el mal carácter de Katy.
El evento había destacado la escaza compasión de la jovencita malcriada, mucho más que mi propia torpeza. Por lo menos, ante mis ojos.
Por otro lado, la humillación presente implicaba tanto un carácter moral bajo de mi persona, como una profesional de poca integridad. ¿Cómo me iba a recuperar de este golpe? ¿Cómo repercutiría este problema en mi búsqueda de empleo y publicación de mis obras?
Subir y bajar las escaleras centrales se asemejaba a la obra de un sayón cruel que buscaba alargar mi suplicio frente a un público igual de tiránico.
En cuanto le entregué el monedero al célebre de Otxoa, este, sin remilgos, lo abrió y contó las caonas.
¿Para qué pelear? ¿Para qué discutir? Con altercados y engaños no se lograba nada. En resumen, acepté mi derrota ante mis enemigos, pero Arin me iba a escuchar.
—Bueno. —Se levantó el célebre de Otxoa; Katariñe y mis padres lo imitaron—. Vi que las caballerizas ya se encuentran reconstruidas… Si no quieren buscarse problemas con los vecinos, les recomiendo que eviten esos despliegues de magia. Puede que sean igualmente ilícitos.
Mi padre cerró los dedos en puños sin dignarse a contestar la provocación, en tanto que acompañaba a la visita hasta el carruaje como un anfitrión civilizado. Admiré su autocontrol.
Pese a que aguardé otro regaño de mis padres, estos solo me dirigieron miradas serias y se retiraron, mamá a sus quehaceres, y papá, a leer.
Yo, aplastada por el error de Arin, ni pensé en mis escritos y atendí a los animales para silenciar el rugir de mis pensamientos negativos.
A media mañana, llegó Arin en un carruaje pequeño de dos personas, el cual Vikrant conducía. Toda sonrisas, ella llevaba en la falda una tela gruesa doblada y, encima, una olla de hierro cubierta con una tapa del mismo material.
Trunqué mis deseos de halarle las greñas del adusto moño alto.
Vikrant detuvo el coche, cargó la olla pesada hasta la mesa de la cocina y después permaneció en el carruaje. Me estuvo raro que no vigilara a Ruli, mas ¿quién entendía las costumbres extrañas de los tejedores?
Arin destapó el recipiente grisáceo por los años de uso, y el aroma a estofado deleitó las ventanas de mi nariz. Me crujió el estómago.
—Taresa les envía este almuerzo gratuito, por el problema del incendio —comentó Arin—, pero veo que ya reconstruyeron la caballeriza, ¿cómo—
—¿Tú la reparaste, Arin? —la interrumpí.
—¡No! Yo no sé nada sobre magia de construcción.
—Yo tampoco. De todas maneras, eso es menos importante de lo que tengo que decirte. Aquí estuvieron el célebre de Otxoa y la señorita Katariñe.
Arin palideció y sus pecas resaltaron como diminutas islitas, en tanto que su barbilla temblaba por el remordimiento. Si se atrevía a negarlo, la mentira estallaría mis nervios.
—Ya supimos todo lo que hiciste. ¿Cómo pudiste, Arin? Engañaste al célebre de Otxoa y a nosotros en un solo día. —Apreté el borde de la mesa con deseos de romper algo.
—Yo solo quería ayudarte. —Ella me agarró el brazo, pero yo lo rescaté de inmediato.
—¡Tuvimos que devolver el inar!
Arin agrandó sus ojos grises profundos como oleajes borrascosos, igual a si la hubiese golpeado.
—Yo estoy trabajando de maestra y vine ahora en la mañana por el hecho de que, como sabes, en este día de los Cuatro no se abre la escuelita para que todos tengan el día entero de adorarlos en las ermitas o donde quieran —le tembló la voz—.
Tan pronto reciba el primer pago de mi salario, puedo ayudarlos con cualquier cosa que necesiten.
—No queremos tu caridad.
—Laia, somos hermanas. ¿No me ayudarías en una emergencia?
Aun cuando trastabillé como un borracho contra su argumento lógico, me mantuve firme. La herida, sumada a tantas otras, me desenroscaba la lengua como un reptil vicioso.
—¿Qué fue eso para ti de disfrazarte y falsificar la firma de un hombre? ¿Un juego? ¿Una diversión?
Ella entreabrió los labios como si las palabras hubiesen desfallecido ante la cacería de un editor despiadado, en minutos tan largos como perplejos.
—No. Es que consideraba las reglas de ese hombre injustas.
—Pero lo sabíamos, y yo solo buscaba una opinión franca.
—Escúchame. Ya hay revistas que publican a mujeres. ¿Por qué él se empeña en apoyar reglas anticuadas? Por eso me rebelé.
La exasperación forzó mi exhalación como si escalara una montaña de dificultades.
—Cometiste un acto de fraude. Nos pudieron encarcelar a todos por tu culpa.
Arin cerró los ojos y susurró entre dientes unas frases que no escuché y se me tensaron los brazos a mis costados.
—¿Qué dijiste? —demandé insegura de querer saber la respuesta, y me atravesó una arruga en la frente al recordar las burlas que había vivido en mi niñez y pubertad a causa de ser una bruja.
—¡Que lo siento; lo siento! —Ella levantó las manos.
Me cegaron la ira y la decepción, sin conmoverme su disculpa forzada. Que me lastimara la señorita Katariñe, lo esperaba como un reflejo normal de su carácter perverso. Pero jamás me hubiese imaginado una traición de mi hermana y me dolía más que nada en el mundo.
—No quiero verte por aquí; así que márchate y no regreses —sentencié.
Ella salió con el rostro como el fuego y de un golpazo cerró la puerta.
Yo me desplomé en una silla con la cabeza entre las manos y sollocé.