Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTICINCO
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CAPÍTULO VEINTICINCO

Laia

L legué de mi paseo con Endrique y Luna para la cena. Las manos me temblaban un poco en virtud de que había evitado hablar con mis padres de lo que había sucedido en la casa de la señorita Katariñe y presentía que se me había acabado el tiempo para postergarlo.

Guardé a Luna en la caballeriza y como no veía bien, encendí una vela para darle de comer. Me lavé las manos en la pileta de la cocina con un jabón de lejía y me dirigí al pequeño comedor donde me aguardaban mis padres. Antes de salir, habíamos quedado en la hora de encontrarnos.

La comida sobre la mesa cuadrada despedía un aroma al guisado de la carne en una fuente central junto a otra con aerrís verde silvestre, tan común en la isla.

En otro plato había ensalada adornada con nueces rojas.

Había además una jarra de barro de tamaño normal, con agua y otra pequeña de sidra.

Mamá era buena cocinera, y yo aguardaba su comida con entusiasmo.

El estómago me gruñó para avanzar a comer, y me senté entre mis padres, en la silla sin brazos de espalda muy recta.

—Cuando terminemos la cena, Laia, necesitamos hablar —indicó papá.

Me imaginé el tema de la conversación y se me quitó el apetito, pero me obligué a comer para no dormir con el abdomen vacío. Ellos tuvieron la consideración de evitar un escándalo a la mesa ya que creían que era un tiempo de paz familiar y, por lo tanto, para hacer una buena digestión.

Suponía que ellos me obligarían a regresar al trabajo de criada en casa de la señorita Katariñe, y de solo imaginarlo el suplicio me reventaría una vena del corazón.

Desde las caballerizas, los zaldias protestaban agitados como yo. De todos modos, los ignoré. A veces relinchaban para hacerles notar a otros caballos su presencia o en virtud de que los asustaba un ratón o cualquier cosa desconocida y poco importante.

En la cocina, mamá lavó los platos, y yo los enjuagué.

—Hoy no fuiste a trabajar —comenzó mamá—. ¿Qué sucedió?

Me distraje con un olor extraño…

—Tuve un accidente, la señorita Katariñe me insultó y renuncié.

Papá vaciaba lo que sobró de la comida en un cubo de madera para los txerris.

Endrique corrió fuera de la cocina, agitando sus alitas y ladraba cada vez que entraba o salía. Su actitud demandante me tensaba más los nervios de lo que me encontraba como cuerdas de klavier.

—No debiste hacerlo. Tú sabes que necesitamos el inar —se quejó él.

Mamá afirmó de acuerdo con él.

—Para mantener buenas relaciones con tu patrón debes obedecerle sin chistar, y si cometes errores, no te rindas. Al contrario, aprendes la lección y te esfuerzas por mejorar —argumentó mi madre.

—Sin embargo —interrumpió mi padre—, no te obligaremos a regresar con la familia Azkarraga porque Arin nos trajo el inar que pagó el célebre de Otxoa por tu libro.

—Las caonas nos ayudarán por un tiempo —concluyó mamá.

Me detuve con un plato en la mano, en tanto que mis piernas rivalizaban la inmovilidad de los árboles.

—¿Qué? —demandé tomando nota mental para después hablarlo con Arin. ¿Cómo mi hermana había logrado lo imposible cuando yo ni siquiera se lo había solicitado? Pero la desesperación de los caballos y la insistencia de Endrique invadieron las paredes de mis pensamientos—. Ese olor…

Solté el plato.

Un mal presagio me empujó a trotar hacia la puerta que daba al exterior y me paralicé.

Endrique se prendió de un puñado de mi vestido, intentando movilizarme.

Llamas furiosas salían de las caballerizas. Por los dioses, yo había provocado ese incendio. Había olvidado apagar la vela, y la culpa me amarró los pies como plantas trepadoras.

Papá corrió junto a mí, a la vez que las gallinas cacareaban en un ruido ensordecedor que se mezclaba con los largos mugidos de las vacas y los chirridos de los txerris.

—¡Izan, ten cuidado! —exclamó mi madre, a mi lado.

—¡Las cubetas, Lutxi! —gritó él y despareció por la puerta trasera del edificio para que escaparan los zaldias.

Ella llenó rápidamente dos en la pileta.

Desde el este, se acercaban unos jinetes a toda prisa. El célebre de Azkarraga y el célebre de Otxoa galopaban acompañados por granjeros de la hacienda con sus propios cubos de madera. En ocasiones como esta, nunca faltaba la cooperación de los vecinos.

—Laia, vamos. —Mi madre me despertó de mi estupor, y llevamos las cubetas de agua hacia la caballeriza.

Mis manos temblaban y palpitaban como potrancas intranquilas, con una energía extraña que nunca había sentido antes.

En tanto que los caballos huyeron despavoridos por la parte trasera, mi padre continuaba adentro. ¿Por qué no salía? ¿Se había muerto achicharrado? La angustia como un candil a punto de estallar me quemó el pecho.

Los hombres, luego de bajarse de sus animales, se acomodaron en doble fila: un grupo se pasaba los baldes con agua desde la bomba de la pileta de la cocina; el otro lo vaciaba y lo devolvía a la cocina para llenarlo de nuevo.

Aun así, me atormentaba la desaparición de mi padre y la lentitud del procedimiento para apagar el fuego.

Solté mi cubo en el suelo. Señalé mis dedos hacia el agua que acumulaban los vecinos y la elevé.

Todas las gotas de agua de los baldes flotaron fuera de los recipientes.

Con un movimiento circular de mis muñecas, las reuní en un solo chorro enorme, arrastrando las que emergían de la boca en la tubería de la bomba de agua dentro de la cocina y apunté hacia el fuego. Mis brazos temblaban por el esfuerzo.

Para algo tenía que servir mi poder. Me importó poco, por el momento, la incredulidad, los murmullos de desaprobación y el temor de los presentes.

Llegaron paisanos por separado en sus caballos, y la presión de sus juicios me llevó a titubear por un momento, algunos a favor y otros en contra: el señor Markel, el señor Mitxel, Arin y otros granjeros, sus rostros como tratados de emociones desnudas.

De todas formas, la telequinesis era algo muy privado y solo la utilizaba si me encontraba atrasada en alguna tarea, ni siquiera la compartía frente a mis padres.

Casi nunca me aprovechaba de este poder en virtud de que me hacía sentir vaga, injusta y tramposa.

Excepto ahora.

Solté la enorme ola sobre la caballeriza, y el fuego se apagó de una vez.

Desde donde me encontraba y a través de las paredes destruidas, comprobé el problema: una viga había caído sobre la pierna de mi padre, este se había desplomado bajo el marco de la puerta trasera y se había golpeado la cabeza, perdiendo la conciencia.

Sin esperar la ayuda de los hombres, corrí hacia él, en tanto que movía la mano hacia la derecha igual a si cortara el aire con el lado del meñique diestro. El pedazo de palo voló sin tocarlo fuera de la caballeriza como si lo hubiese lanzado con la fuerza de un vivo cemí gigante de leyendas.

—Papá. —Me arrodillé junto a él, pero no me contestó. Lo abracé a pesar de que estaba empapado y me alivió el delicado balanceo de su pecho al respirar con dificultad. Se encontraba vivo. ¿Entonces por qué no abría los ojos?

Mi padre comenzó a jadear, y la impotencia y el temor clavaron sus garras en los latidos de mi corazón frenético. Se había intoxicado más de lo que yo había creído con el humo del fuego.

—¡Papá! —Lo sacudí como si el gesto lo rescatara de la muerte.

El chamán Markel se acomodó a mi lado y con un murmullo invocó a la Diosa Atabex, pegó la mano dorada por la magia sobre el pecho de mi padre y de la boca entreabierta de este brotó el humo que había aspirado durante el fuego.

Papá respiró con mayor profundidad, desplomándose en mis brazos, y yo enjugué lágrimas de alivio.

Si hubiese muerto por mi culpa, jamás me lo hubiera perdonado.

Luego, el chamán tocó la pierna de mi padre. Pronunció susurros mágicos, y brotó luz dorada que compuso la fractura del hueso. Cuando se ajustó a su posición original sonó con un ¡crac!

Arin nos había acompañado parada afuera de la caballeriza. La palidez resaltaba sus pecas, y permanecía muda; sus ojos grises, dos esferas agrandadas.

Entretanto, Mitxel atendía a Luna y a los demás animales afectados, a la vez que mamá agradecía la ayuda de los vecinos y los despachaba. La asistencia del chamán fue tan rápida que ella no se había dado cuenta del peligro que había sufrido mi padre.

El señor Mitxel revisó los ojos y la boca de los zaldias, y de la cocina trajo envases con agua para que ellos bebieran.

El flujo del agua mantendría húmedo los pasajes respiratorios para que botaran cualquier partícula que hubiesen ingerido del humo.

Ese era el protocolo que el veterinario retirado me había enseñado cuando el verano pasado se habían desencadenado fuegos forestales cerca de aquí.

Papá recuperó la conciencia, si bien un poco desorientado, y el chamán lo ayudó a incorporarse. Exhalé intensamente tan liviana como una paloma.

—Gracias, señor Águila Salvaje. —Realicé una reverencia para demostrar mi profunda gratitud.

—Su ayuda fue valiosa para que él sobreviviera, señorita Laia —admitió el chamán.

Desvié la mirada sin comentar nada. Me extrañó que alguien fuera de Irune o Arin alabara mis talentos. De inmediato, tropecé con la mirada del señor Mitxel, quien me contemplaba con un brillo diferente.

Los cizañeros decían que, de los dos hermanos, el albéitar era el más alocado, con una vida nocturna licenciosa en fiestas privadas, pero me costaba creerlo en virtud de la naturaleza de su trabajo que le exigía encontrarse sobrio todo el tiempo.

Nunca se sabía cuándo un animal sufriría una emergencia.

—¿Qué hizo mi hija? —interrogó mi padre—. ¿Por qué estoy mojado?

Extirpé mi vista del atractivo albéitar.

—Luego hablamos de eso, papá.

—No haga peso sobre la pierna herida —aconsejó el chamán, rodeando la cintura de mi padre para volver a la casa—. Aunque acabo de componer el hueso, dele un día para que se asiente la magia de la Diosa.

—¡Los zaldias! —interrumpió él.

—Están a salvo —comentó Arin—, no se preocupe, señor Zenarrutza. El veterinario los está atendiendo, y parece que no tienen nada grave.

—Eso es un alivio —murmuró mi padre—. Mi trabajo como granjero depende mucho de esos animales, no solo como transporte sino para arar la tierra con mayor rapidez.

—Por supuesto, entiendo por qué trató de salvarlos —expresó el chamán—. Pero su familia depende de usted. Debe tener precaución si vuelve a ocurrir algo similar.

—Concuerdo —aceptó mi padre—. Mas así es la vida del pobre; nos aprieta por todas partes y una decisión puede ser tan mala como la otra opción.

Mi padre daba la impresión de que exageraba puesto que, a grandes rasgos, se apreciaba la casa de dos pisos y las demás estructuras, sin embargo, a veces pasábamos necesidades y sacrificios para no dejar morir a los animales o en temporadas de huracanes en que se estropeaban los cultivos.

La vida del granjero era muy difícil y azarosa.

—No se desaliente —comentó el señor Markel—. Ya vendrán tiempos mejores.

—Pero ¿cómo habrá surgido ese fuego? Comenzó de la nada. —Mi padre examinaba los alrededores en busca de una pista.

La vergüenza se deslizó en mi rostro como tintura extranjera.

—Fue mi culpa, papá. Olvidé apagar la vela que prendí cuando atendí a Luna.

—Ay, hija… —Él suspiró—. No te angusties. Todos cometemos errores.

—Te prometo que tendré cautela de ahora en adelante.

—Usualmente eres cuidadosa —opinó papá—. Es posible que un problema te distrajo de lo que hacías, y eso nos pasa a todos alguna vez.

—Usted provocó el problema, señorita Laia, asimismo, lo solucionó con su acción rápida y buena puntería —señaló el chamán.

Asentí agradeciendo que no condenara mis actos de bruja.

Arin los dejó al frente y caminó a mi lado, mientras que yo recordaba la conversación con mis padres sobre ella.

La tensión de lo que Arin quizás había hecho con mi manuscrito me anudó los músculos de la nuca.

Por primera vez, sospechaba de ella y me asustaba el origen del inar sucio que nos había traído.

Mamá se unió a nuestro grupo para inspeccionar a mi padre, si bien me detuve, incómoda con la presencia de Arin, y ella se vio forzada a detenerse. Mi hermana intentó apretar mi mano, pero la empujé, y ella agrandó los ojos.

—¿En qué puedo ayudar? —La amabilidad de Arin frotó mis nervios como una lija de herrero. ¿Es que ella no se había dado cuenta de lo que había provocado?— Aunque sé que es tarde, y tal vez prefieran descansar —continuó ella enajenada.

—No necesitamos tu ayuda. Deseo que te marches —contesté con una firmeza inusual en mí.

Nuestras miradas se encontraron, y la desafié en silencio.

No me sentía preparada para exigirle la verdad hasta que recopilase toda la información necesaria.

Por esta noche, la agitación de mi espíritu no toleraría recibir otro golpe de sufrimiento.

Arin palideció con los labios entreabiertos, y yo seguí mi rumbo hacia la casa sin ella.