Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTICUATRO
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CAPÍTULO VEINTICUATRO

Arin

E l alcalde me contrató de maestra {antes, había aprovechado la caminata para enviar por medio del correo mis poemas terminados a las revistas literarias}, y comencé de inmediato por el hecho de que la señora Obecruz debía orientarme y presentarme a los niños junto a sus padres.

Así que cuando llegué de la escuela a las dos de la tarde, me dediqué a leer el manuscrito de Laia hasta el anochecer.

Cené nuevamente en mi habitación para no interrumpir la lectura.

«¿Qué piensas hacer?», Zorione flotó junto a mi escritorio.

Beñat traspasó una pared y me saludó con un elegante movimiento de su sombrero de copa, seguramente robado.

«¿Te gusta mi nuevo sombrero?», preguntó él.

Su gesto me inspiró una gran idea.

Tomé la primera página de la obra, la arrugué y la boté al suelo. Me senté frente al escritorio con una hoja nueva, un envase de tinta y una pluma preparada para escribir. Taresa me había prestado los materiales, así que debía pensar con cuidado lo que escribiría para no desperdiciarlos.

«Varias cosas divertidas», le contesté a Zorione. «El señor Otxoa debe leer esto, pero si es de una mujer, no lo hará», expliqué y, en la misma letra de mi hermana, escribí el título.

¿Cuál nombre varonil sería digno de un autor?

Haber terminado mis poemas me imbuía de un arrojo febril que me animaba a luchar por lo imposible.

Luego de pensarlo poco, debajo del título tracé el nombre que cautivó mis sensibilidades literarias: Laurendi Narratzailea; en otras palabras, Laurendi el narrador.

Y a la mañana siguiente, se inició el fin de semana y el desarrollo de mis atrevidos planes puesto que no tenía que presentarme a trabajar a la escuela.

Luego del desayuno, cuando el señor Ibarruri salió de la posada, me metí en su habitación, {que, por alguna extraña causa, se ubicaba en el ático}, la cual siempre dejaba abierta.

Rebusqué en su armario y no me importó si incurría en una falta de respeto e invasión a su privacidad, puesto que lo hacía por la causa justa de ayudar a mi hermana.

Ni ella ni yo teníamos la culpa de vivir en una sociedad atrasada donde las mujeres gozaban de libertades restringidas.

Agarré su ropa y me vestí como un hombre.

Había pensado en la del doctor Gizon o el artista, empero ambos eran altos y su ropa me iba a quedar demasiado grande. Escondí mi cabello bajo un sombrero.

Vigilé en lo alto de las escaleras hasta que Taresa se dirigió a la cocina. El recibidor y el comedor dormitaban como páramos desiertos. Con el manuscrito de Laia bajo el brazo, abandoné la posada.

¿Me atemorizó la audacia de mis acciones? Para nada por el hecho de que ayudaría a Laia tanto como por ser mi hermana como por ser una gran escritora. Ella se merecía mi apoyo incondicional.

Tampoco me preocupaba el que Laia no sabía nada de lo que yo había decidido. Ella deseaba tanto ser una autora que mis métodos poco tradicionales no le importarían. Además de que ella y su familia necesitaban el inar.

Crucé la plaza tratando de tapar mi rostro con el ala del sombrero. Tuve cuidado de que un carruaje no me llevara enredada al pasar por la calle empedrada.

El edificio de la casa publicadora ya ostentaba en grandes letras su nombre nuevo: Casa Publicadora Otxoa.

Entré al primer piso y me detuve en el pasillo que dividía el salón en dos; la luz entraba por las altas ventanas rectangulares, iluminando el esfuerzo de los empleados.

En un lado, trabajaban hombres con impresoras: unas en madera del dueño antiguo y otras, en hierro.

Había escuchado que las de hierro imprimían alrededor de cuatrocientas cincuenta páginas en una hora; por lo tanto, de un rendimiento mayor que las de madera.

Al otro lado del enorme salón, otros hombres operaban máquinas que cortaban, doblaban y unían el papel y finalmente los encuadernaban.

Sospeché que algún hechicero había agrandado el salón por dentro, aun cuando por fuera siguiese viéndose del mismo tamaño.

Un hombre de aspecto sudoroso se acercó a mí, limpiándose las manos en un paño, y entrecerró los ojos al estudiar mi rostro.

—¿Cómo puedo ayudarlo… señor, señorito?

—Estoy buscando al célebre de Otxoa —imité un tono profundo de voz, ignorando su cuestionamiento dubitativo.

El hombre vaciló, mientras yo escuchaba los martilleos de mi corazón. Para mi beneficio, su rostro ajado y hombros doblados demostraban cansancio o poco interés en resolver el enigma de mi rostro e identidad y terminó contestando:

—Se encuentra en el segundo piso.

Me mostró la escalera al fondo, y caminé rápidamente antes de que el hombre descubriese mi farsa. Subí los escalones, y los nervios empujaron mis ligeros pies.

La escalera me llevó a un pequeño vestíbulo solitario donde detrás de un mostrador escribía un joven bien vestido.

Me sorprendió que el mismo no estuviese abarrotado de escritores ansiosos de compartir sus obras. ¿Es que Caobán carecía de artistas masculinos?

El secretario apenas si levantó la cabeza al oír mis pasos.

—Bendecido por los Cuatro, ¿tiene cita?

Qué berzotas fui. ¿Cómo no había pensado en eso?

—Yo… —Carraspeé desesperada por encontrar una respuesta convincente.

—Si viene a entregar un manuscrito para cualquier género, debe llenar este contrato en caso de que el célebre de Otxoa acepte su obra —aclaró él en un tono aburrido a la vez que me ofrecía el papel.

Se incorporó y tocó a la puerta de una oficina antes de abrir—.

Célebre de Otxoa, ¿desea leer el manuscrito ahora o lo recojo para después?

—El joven asintió mientras escuchaba la respuesta—.

Puede pasar —me exhortó sin mirarme—. Los demás escritores se citaron para la una de la tarde.

Mi corazón me ahogó como una manzana atragantada en el medio de una pirueta sobre una cuerda floja.

¿El dueño me recordaría de la fiesta o de cuando tropezamos en Montefuegos e insulté a su prometida?

Mis manos comenzaron a sudar y me regañé a mí misma por no haber pensado esto con mayor detenimiento.

El señor Otxoa se había sentado tras una mesa y ojeaba varios papeles sueltos, pero cuando me miró se quedó pensativo.

—¿Su nombre es? —Cruzó los brazos.

—Laurendi Narratzailea —contesté con voz profunda.

—¿Nos conocemos? Me parece tan familiar…

—No, célebre de Otxoa. Debe ser que mi rostro es muy ordinario de esos que se multiplican como por magia.

—No lo creo —murmuró él—. De todas maneras, déjeme ver las primeras páginas del manuscrito.

El señor Otxoa las leyó con rapidez y extendió la mano para que le pasara páginas adicionales.

En un intento de rellenar el tenso silencio expliqué:

—La obra está completa. Me tardé años en escribirla y la edité muchas veces.

—Sí, se nota en la fluidez de la prosa, buena ortografía y gramática. Me gusta el estilo, la historia es interesante y el comienzo me atrapa... Bien, acepto el manuscrito.

La noticia borró mis aprehensiones como el agua corría lo escrito sobre el papel.

—Gracias, pero ¿no lo va a leer completamente?

—Lo haré en otro momento para estar seguro de que no haya errores ortográficos, en la estructura de la historia y otros pormenores.

Las esperanzas se avivaron como abanicos de seda en mi respiración y expresé:

—Es usted muy amable.

—Vaya llenando el contrato y cuando lo firme, me lo entrega para validarlo. Suelo pagar a mis escritores al final del año, no obstante, esta vez estoy otorgando un adelanto por la inauguración de la casa publicadora.

Apreté mis dedos para evitar aplaudir. Como había imaginado, él había quedado prendado de la historia igual que yo.

El señor Otxoa retiró de una gaveta un sencillo monedero en cuero de vaca pintado de negro, cerrado con un lazo y me lo entregó. Yo me quedé congelada de que, por algún capricho del azar, se descubriera la mentira de mi hombría y me arrebatara las caonas.

—Aquí hay cinco caonas. Mi secretario o secretaria se comunicará con usted en caso de que haga falta —explicó él—. Debe darle su dirección antes de marcharse.

¿Secretaria? ¿De cuándo acá una mujer ocupaba ese puesto?

¿Y cuál dirección le iba a dar? Mejor la del hospedaje para seguir controlando la mentira.

Solo debía estar pendiente del mensajero de la casa publicadora y evitar que llegara a manos de Taresa o su padre cuando llamara al señor Laurendi Narratzailea.

Ignoré el detalle singular de la secretaria, le devolví el contrato y me concentré en el pago.

Caonas eran monedas utilizadas desde el tiempo de la invasión cuando se habían creado de forma cóncava con miniaturas de cemíes tallados en el centro como parte del acuerdo de paz firmado entre los invasores y los aborígenes.

Abrí la bolsita. En efecto, bajo la cabecita de cada cemí se había tallado un número equivalente a su valor.

No podía creer mi buena suerte.

Cuando salí de la casa publicadora, tropecé con alguien que entraba, una joven rubia, mas no me fijé bien para que no viera mi rostro. Tal vez era la secretaria a la que el propietario se refería.

—Oiga, tenga cuidado por donde camina —se quejó ella.

—Disculpe —fingí una voz varonil y toqué la punta de mi sombrero como se esperaba.

Crucé la plaza y me detuve en la puerta abierta de la posada. Adentro, Taresa hablaba con Ruli la tejedora, pero por buena fortuna, el joven de los mandados no se encontraba.

Me recosté de la pared de afuera con la cabeza gacha a esperar y cuando las dos mujeres se marcharon a sus quehaceres, entré corriendo, subí las escaleras y en mi recámara me cambié a mi vestimenta normal. Yo carecía de traje de montar así que utilicé cualquiera de mis vestidos para el diario.

Me prometí devolver la ropa del señor Ibarruri tan pronto reuniera el inar para que las lavanderas la limpiaran.

Hablé con el caballerizo para que me entregara un zaldia y le juré pagarle pronto.

El vigor aceleró mi aliento como si hubiese bebido una taza de kafea. Quería llegar inmediatamente para dar la buena noticia a mi hermana y entregarle su merecido inar.

No presté atención a un carruaje, ni a la carreta de un agricultor ni a otros viajeros a caballo como yo que iban a mis espaldas por el sendero sureño que dirigía hacia la parte rural de Caobán.

Llegué a la granja, y me recibieron los padrastros de Laia en la puerta.

—Pase, señorita Arin, para que tome el kafea de la mañana con nosotros —me invitó la señora Zenarrutza.

—Gracias, pero en realidad deseaba hablar con Laia —contesté.

—Ella no se encuentra. Salió de paseo —intervino el señor Zenarrutza—. ¿Quiere dejarle un recado?

—Sí. —Desenredé de mi muñeca el lazo de la bolsita de cuero y se la entregué al señor Zenarrutza—. Este es el inar que le envía el célebre de Otxoa a ella por el manuscrito.

Los padres de Laia se miraron sorprendidos, en tanto que el señor Zenarrutza tomaba el pago.

—Ella no nos dijo que lo publicaría —aseguró la madre.

Disfracé el engaño con la realidad lo mejor que pude y contesté:

—Laia tampoco. Ella me lo entregó para que le diera su opinión, pero me pareció tan bueno que se lo llevé al célebre de Otxoa y él lo aceptó.

El padre de Laia frunció el ceño, y tragué en seco por sus sospechas.

—Qué extravagante ese señor… Bueno, gracias —indicó el señor Zenarrutza y se distrajo con los resoplidos de varios caballos de un carruaje que se había detenido en la vía principal. Desde la ventana corrediza, saludó la señorita Katariñe Azkarraga—. ¿Qué querrá la señorita Katy?

En cuanto me despedí de los padres de Laia, la señorita Katy me llamó con la mano.

Los padres de Laia se adentraron a su hogar. A continuación, yo monté mi zaldia y me dirigí hacia la joven. Era como caminar hacia una selva sin saber cuál depredador me atacaría o desde cuál dirección. No me gustaba cómo ella había tratado a Laia.

En seguida que me acerqué, para no perder tiempo y alejarme lo antes posible de aquella víbora, la exhorté:

—Dígame, señorita Azkarraga.

—No sabe lo que ha hecho, ¿verdad? —Su malévola sonrisa triunfal le afeó los ojos azules.

—¿De qué habla?

Ella abrió un abanico perfumado a geranios, creado con piel de cisne o cualquier otra ave exótica y varillas de madera. Se abanicó lentamente, alargando mi tortura.

—Cuando saliste de la casa publicadora tropezaste conmigo. Sé que ibas vestida de hombre porque te vigilé y vi cuando entraste a la posada con un monedero en la mano, te cambiaste y llegaste hasta aquí para entregar el inar que llevabas desde la casa publicadora de mi futuro tío político.

Una gota de sudor se deslizó por mi nuca. Su forma de tutearme lastimaba similar a un insulto, como si ella fuese mi patrona, con derechos de humillarme.

Pero esta sinvergüenza no me iba a intimidar y me defendí:

—¿Y qué importa? Además, ¿quién le dio permiso para espiarme?

La risa de la joven me ardió como la picada de una tarántula.

—Haz cometido varias faltas castigables por la ley. En primer lugar, está prohibido que las mujeres usen la ropa de los hombres.

—Yo no le tengo miedo, señorita.

—Deberías temerles a los protectores civiles en razón de que, como mínimo, tendrías una multa.

Pero eso no es lo más grave. Estoy segura, en segundo lugar, de que le vendiste a mi tío un manuscrito por medio fraudulento.

Eso sí merece la cárcel dado que le contaré cada detalle a mi tío y a las autoridades.

—Atrévase.

—¿Y qué? No estás en posición de amenazarme.

Maldita berzotas; me había acorralado en su telaraña. Traté de apelar a su compasión, pese a que dudaba de que tuviera alguna. Debía salvar a mi hermana.

—Yo seré la criminal que usted quiera, mas, por favor, no perjudique a Laia. Yo solo quería ayudarla y por eso me hice pasar por un hombre como el autor que escribió su novela. Ella no está enterada de lo que hice; mi hermana no tiene la culpa de mis decisiones.

Ella volvió a reír, cerró el abanico y con el clavillo golpeó el techo del carruaje. Su sonrisa triunfal y la despedida cuando agitó los dedos perduraron en mi conciencia como una pesadilla recurrente. El cochero arreó los caballos, y regresaron hacia el pueblo de Caobán.

Yo me quedé congelada como si colgara al borde de un despeñadero.