Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTITRES
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CAPÍTULO VEINTITRES

Xhab

A l salir del trabajo, el carruaje de gárgolas me llevó hasta el hotel donde vivía en esos momentos. Aunque no quedaba lejos, pude haber caminado de regreso, me encantaba ostentar el miedo y grandiosidad que provocaba en los demás el volar por los aires con aquellos monstruos majestuosos.

Algunos hechiceros decían que estaban experimentando con ellos para aumentar su tamaño y fuerza y así arrastrar un nuevo método de transportación más rápido y voluminoso que los carruajes para trasladar mayor número de personas y cargas que llevarían alrededor de la isla.

Esa noticia del periódico me había interesado, empero la descarté debido a que había otros asuntos de gran valía que afectarían mi vida de forma irrevocable y necesitaban de mi completa atención.

No me tocaba supervisar la industria de transporte colectivo.

El alojamiento de segunda clase se encontraba en la calle Urrutia Kalea, bastante concurrida a pesar de la hora.

Se alzaba en la esquina con tres pisos, a solo treinta y cinco majisis por seis días, y reservaba la admisión a caballeros solteros.

Gracias a uno de los beneficios del puesto nuevo, yo no me tenía que preocupar por los precios ya que mi trabajo se encargaba de pagarlo.

En el vestíbulo saludé al portero y subí las escaleras a mi habitación.

Adentro, me senté en la butaca junto a la cama a tomar aire para recuperarme del esfuerzo físico.

Asimismo, me quité las botas y descansé los pies en medias de algodón natural sobre la alfombra (las prefería de seda, pero aún no podía comprarlas).

Admiré encima de la cómoda de tres cajones mi colección de mariposas muertas clavadas a una tabla con tapa de cristal para preservarlas por tiempo indefinido.

Verlas me infundía de ánimos y creatividad; un recuerdo reconfortante de mi juventud que había logrado traer de mi exilio autoimpuesto.

Por supuesto, mis pasatiempos habían cambiado con los años y la necesidad.

Hoy día coleccionaba otras cosas, cuando hallaba tiempo, pues me consumían mis proyectos secretos de magia. Me consumía el deseo de sobrevivir.

Me cambié de ropa sin bañarme. Prefería apestar para las tareas que me esperaban en mi papel de indigente y me vestí con las ropas de pordiosero que había traído del basurero.

Completé mi disfraz al esconder mi pelo negro en una gorra barata de tela y pegarme bigote y barba falsas que le había comprado a un empleado conocido del teatro.

Me llevé una bolsita de caonas en el bolsillo delgado de mi pantalón y cargué un saco importante enrollado bajo el brazo.

Bajé las escaleras, pero esta vez salí por la puerta trasera del edificio. Le di una moneda al vigilante para comprar su silencio; y se me hizo fácil puesto que nos conocíamos desde que yo vivía en el antiguo hotel de mala muerte. El hombre rotaba sus turnos entre los dos trabajos.

Pasé las calles comerciales de la clase media: tiendas, talleres, consultorios, restaurantes, teatros y boticas. Para mi fastidio, la tarde alegre se transformó en noche bulliciosa. Me molestaba el regocijo ajeno y el traqueteo de los carruajes.

Cinco calles más abajo, los edificios se asemejaban a grises cadáveres de los anteriores, casi todos de dos pisos, y de los postes de luz, pocos alumbraban la miseria de los vagabundos que vivían en las calles, algunos juntos a sus animales como txerris, perros o gatos enclenques.

De los trabajos, llegaban obreros o albañiles pobres y hasta niños para encontrarse con las familias hacinadas dentro de las viviendas.

Las mujeres de familia recogían la ropa seca de los balcones o tenderetes improvisados, y las prostitutas ofrecían sus servicios al llamar desde las puertas.

—Guapo, pasa por aquí —invitó una.

—Mi amor, cobro barato —comentó la otra, y negué con la cabeza.

—Otro día, preciosas. Esta noche estaré muy ocupado, pero les aseguro que las extrañaré.

Ellas rieron y me lanzaron besos en el aire.

Para agradarlas y conservar su amistad, fingí capturarlos y pegarlos a mi corazón, puesto que en el bajo mundo los contactos mantenían la fina línea entre la lealtad y la traición, o entre la vida y la muerte.

Complacidas de mi sencillo gesto y promesa, ellas después se enfocaron en transeúntes calle arriba.

Otro más tonto las hubiese rechazado o hasta humillado.

Yo cumplí con lo mínimo que requerían mis planes.

No me conmovía nada sobre el mundo que me rodeaba debido a que la pobreza tanto como la pestilencia, las enfermedades y la muerte eran estados naturales de la vida.

Tampoco tenía tiempo para divertirme con las mujeres, aunque ellas no lo supieran.

Aun así, entre mis prioridades, debía prestar atención a los moradores alerta a que alguno se pasara de listo.

Seguí por un callejón que me llevó a un templo pobre en un terreno lleno de lápidas o piedras para distinguir los espacios.

Al lado se había levantado un pequeño huerto y la casita del Erudito Sacro, quien a esta hora debía estar cenando o durmiendo.

Me dirigí al cementerio en razón de que los de pobres eran los de fácil acceso, y los menos vigilados.

Los jefes de protectores civiles y los pocos médicos forenses que trabajaban para ellos eran los únicos que tenían permiso escrito del virrey para exhumar cadáveres.

Como yo no tenía ninguno, abrí a mi alrededor un hechizo que enmascaraba lo que yo hacía.

En vez de desenterrar un cadáver con una piedra que encontré tirada, la ilusión mostraba que estaba arrodillado orando.

Aun así, debía darme prisa ya que era un sortilegio de poca duración.

De todos modos, yo no precisaba un cadáver completo para mi experimento; solo cuatro huesos, y por lo general, los enterraban sin sarcófagos en la pura tierra debido a la escasez de un buen sueldo.

Si acaso, metían los cadáveres en sacos de papas.

Me encantó que las lunas no estuviesen llenas para que me encubrieran en la oscuridad.

Guardé los huesos en mi costal y me levanté justo cuando el hechizo se deshizo, y apareció el Erudito Sacro rollizo y colmado de canas en la puerta de su casa.

—¡Oiga! ¡Qué está haciendo! —gritó él.

Lo hubiese matado en ese mismo momento, pero tenía prisa.

Debía realizar el experimento con los huesos frescos de la tierra y cerca de la media noche encontrarme con un hombre en la taberna del barrio.

Corrí con la rapidez de un zaldia y tuve la suerte de que el viejo no me persiguió.

En cualquier caso, no me hubiera alcanzado.

En mi habitación vacié los huesos en el suelo.

Mi leontina me había anunciado que faltaban algunas horas para la cita.

Luego de lavarme las manos, comí carne seca que había escondido del otro día y lo bajé con mi petaca de vino.

Me dejé puesto el disfraz para no perder tiempo cuando tuviera que encontrarme con mi informante.

Empujé los ingredientes del hechizo a un lado y con un carboncillo dibujé en el suelo un círculo con un rectángulo vertical en el centro y los cuatro huesos encima.

Coloqué los demás elementos dentro del rectángulo: la cola de una salamantantai, el veneno de una serpiente en un frasco y dos cristales grises sin pulir que encontré en una cueva sagrada para los aborígenes humanos de Torrente Azul.

Abrí mi grimorio y busqué la página que necesitaba. Recité el hechizo y flotó frente a mí un círculo negro que brillaba con rayos violetas.

Contrario a mis deseos, el círculo era demasiado pequeño. Traté de expandirlo con otro sortilegio, mas la esfera chisporroteó, explotó como una burbuja de harina negra y se derramó en cenizas inservibles en el suelo.

—¡Qué pasa! —Pateé las partes del experimento. Ya no sabía qué otro método intentar para que funcionara. No entendía cuál era mi error.

Con manotazos me limpié las cenizas de los brazos y la ropa. Debía marcharme a la cita. Mañana intentaría realizarlo de nuevo luego que analizara mis errores y llegara a una conclusión sin prisas ni presiones de tiempo.

Volví a salir por la parte de atrás del hotel y en trancos me dirigí a las calles traseras de Montefuegos donde había tabernas y lupanares de mala muerte, muchos sin letreros que los delataran.

Se ubicaban antes de los barrios para pobres.

Aun así, pese a que los protectores civiles sabían de su existencia, se hacían de la vista larga, yo no comprendía por qué ni me interesaba descifrarlo.

Yo no era amigo de ninguno de los protectores y debía continuar de esa manera por mi bien.

Vendedores ambulantes ofrecían artefactos, medicinas, licores o pociones ilegales en las aceras llenas de basura.

Los basureros habían limpiado hacía unas horas, pero las calles se habían vuelto a llenar más rápido de lo que las vaciaban en razón de que no tenían barrenderos permanentes frente a los negocios como los comerciantes de clase media o los ricos.

Hombres entraban y salían de los establecimientos mientras se tapaban inefectivamente los rostros con los gorros, o las cabezas gachas. Evité encontrarme con sus miradas.

No obstante, un tonto de ellos se me fue detrás.

Lo delataron sus pasos toscos cuando resonaron en las piedras de la calle.

¿Es que no sabía disimular ni acechar a sus víctimas?

Torcí los labios, no tenía deseos de pelear con nadie, apurado para saber los resultados que mi amigo el delincuente me proporcionaría, pero si el individuo me provocaba me iba a encontrar.

En un arranque, el maleador rodeó un brazo alrededor de mi cuello, me apretó y me detuvo, a la vez que sacaba un puñal y me lo pegaba a la espalda.

—Sé que llevas inar encima. Dámelo.

—Estás asaltando al hombre equivocado, así que suéltame —le advertí con calma.

El bandido me apretó con mayor fuerza, y la respiración comenzó a faltarme.

—¿Sí? ¿Qué me vas a hacer? —se jactó como si yo fuese un chiquillo a quien le arrancaban un dulce—. Si no me das la bolsa de caonas, te mato ahora mismo.

No me gustaba usar mis poderes en público, sin embargo, los caminantes podían pensar que yo era un brujo, en vez de un hechicero, por mi apariencia.

Sin mayores advertencias, murmuré las palabras de poder y de mi nuca brotó un tentáculo que se enroscó en el cuello del otro.

—¡Qué! —apenas pudo exclamar, debido a que mi brazo se tornó en otro apéndice que aprisionó su muñeca hasta que dejó caer el arma.

En menos de un minuto, mi nueva extremidad lo asfixió y cayó al suelo. Me importaba poco si estaba muerto o solo inconsciente. Como había imaginado, los viandantes lo ignoraron y siguieron de largo.

Por alguna razón ilógica, el suceso me acordó la mañana cuando casi había perdido la paciencia con mi asistente. Me había dado una lista del auditor anterior donde se habían establecido las fechas y los alcaldes en el orden de importancia en que se debían auditar.

Yo no había querido seguir la recomendación y sin darle mis razones había cambiado todo.

El asistente había insistido en el orden correcto, y yo había estado a punto de estrangularlo con mis tentáculos, pero me había detenido a tiempo.

No podía perder la ventaja que había ganado con el trabajo nuevo.

Nunca había estado tan cerca de lograr lo que tanto había soñado, a pesar de los múltiples fracasos que había sufrido con mis experimentos.

Fui a la taberna menos concurrida en la esquina contraria de donde me habían atacado, mal alumbrada.

Adentro, había seis o siete mesas pequeñas; al fondo, una barra y detrás de esta, la cocina donde preparaban aperitivos fáciles de hacer.

Un hombre corpulento con una cicatriz que le torcía un ojo y de rostro huraño atendía la barra con un largo cuchillo al cinto, y una joven recatada, las mesas.

El que tratara de tocarla, el dueño no dudaba en emplear su afilada arma.

Lo había visto en acción un par de veces y suponía que por tal razón había tan pocos clientes.

Yo no sabía si la joven era su hija o su esposa, pero tampoco me importaba descifrarlo.

En la barra me esperaba mi espía. Era un hombre de alrededor de veintitrés años, del tamaño de una mujer mediana, escurridizo y astuto como un roedor.

Yo desconocía su nombre, y él, el mío. De todos modos, lo apodaban El Potro, especialmente las mujeres de vida alegre que lo habían iniciado en los placeres de convertirse en un verdadero hombre.

Me senté junto a él.

—Gárgola rabiosa —murmuré las palabras claves.

—No muere sentada —susurró él sin mirarme.

—¿Qué averiguaste?

Me entregó un papel, y le pagué parte de las caonas acordadas. Era una lista de los malhechores más buscados y mi nombre antiguo aparecía entre los primeros. Veinte años atrás, cuando había llegado a la isla, me había cambiado el nombre y había falsificado mis documentos personales.

A todo esto, el dueño nos dio la espalda y fingió no escuchar ni ver nada. Yo no confiaba en nadie, pero aprecié su gesto.

—Después descubrí —añadió él— que llegó un inspector de Lurragerrari que está investigando estos casos.

Saqué dos caonas adicionales de mi bolso y lo coloqué frente a él en la barra.

—Te daré el resto cuando termines el trabajo. Mátalo.