CAPÍTULO VEINTIDOS
Katariñe
L os invitados de mis padres se marcharon luego que la zoquete juntaletras de Laia incurrió en la calamidad de estropear mi delicado vestido, me informó mi criada personal.
En mi habitación, me desvestí y lo tiré al suelo; el que había escogido especialmente para agradar a Mitxel, por causa del acuerdo en que él me visitaría esta tarde.
Ignoré la belleza de mi dormitorio, el cual se había pintado de crema con acentos en rosa y azul pálido, apropiado para señoritas virginales, pero no calmaba la furia de mi interior.
Desdeñé la mesita de noche, las butacas, la cómoda con espejos laterales del siglo pasado {que aún relucía como nueva}, y la enorme alfombra que silenciaba mis trancos.
Solo me importaba volver a quedar hermosa y fragante para Mitxel.
Había pocas mujeres como yo de clase alta que pudieran interesarle, pues muchas eran bobas, feas o ignorantes. Yo era el mejor partido para él.
Mis enaguas sisearon cuando entré al vestidor y me desnudé.
Me detuve sobre un baño de plata, me lavé con un paño y la jofaina de porcelana llena de agua perfumada con pétalos de geranios dulces para quitarme el olor de kafea, en tanto que la criada buscaba otro vestido, bragas, corsé, cubrecorsé, enaguas y medias en mi gran colección.
Pensar en él suavizó los bordes ásperos de mi ira.
No era mi primer pretendiente, pero me gustaba ese aire de misterio que lo rodeaba.
Pese a su horrible atuendo de veterinario indigente, me atraía en los últimos meses.
Cuando lograra ser su novia, lo obligaría a que utilizara ropa elegante, digna de su clase.
Nadie se resistía a mis encantos y peticiones.
Para cumplir con la etiqueta social que prohibía el que estuviésemos solos, mamá se uniría a la reunión en cuanto él llegara.
Yo detestaba esa regla, la había roto en varias ocasiones; desafortunadamente, mis padres se habían enterado y desde entonces me vigilaban como los acreedores perseguían a sus deudores.
En la medida en que podía, yo los ignoraba.
Solo quería ser feliz como todo el mundo.
Cuando estuve lista con un hermoso vestido que resaltaba mis ojos azules {y demandé la apreciación de la criada mediante la muestra de su urbanidad}, lo esperé en el salón mientras disimulaba con un libro sobre el regazo.
Los sirvientes habían retirado la apestosa alfombra manchada y habían colocado una limpia con patrones geométricos en suaves tonos de azules y grises. Los colores me bajaron el ánimo. Prefería los matices vibrantes y fuertes, y me cuestioné si al veterinario le agradaban como a mí.
Mas mi mente inquieta corrió a los acontecimientos ocurridos en el baile.
Sólo había sufrido humillaciones por culpa de Laia: mi tía me había desautorizado frente a los invitados; las gemelas me habían faltado el respeto con sus actitudes, y hoy mis padres me llamaron la atención, por la culpa de Laia, frente a la visita. ¡Como si yo fuera una niña pequeña!
Mi respiración se entrecortó y clavé los dedos en la tapa del libro.
Esas gemelas… ¿Arin sería una bruja igual que la juntaletras para humillarla en sociedad como a su hermana?
¿Y por qué Laia no había querido crear la poción mágica que le había pedido para enamorar a Mitxel?
Nadie tenía por qué enterarse de ese encargo si le preocupaban los cuchicheos maliciosos de la gente; por algo se lo había pedido discretamente en su vivienda.
Rechiné los dientes por sus tontos miedos; tan cobarde y pusilánime.
En cambio, su hermana parecía todo lo contrario.
Arin era tan fogosa como su horrible pelo colorado.
Por otro lado, tal vez la bruja Irune me hubiese ayudado, pero hubiese sido la ruina para mi reputación si alguien me avistaba por aquellos lares, puesto que Irune practicaba magia diariamente y sin vergüenza.
A Laia la consideraban una bruja reformada y menos salvaje que la otra.
Empero, mis pensamientos saltaron de nuevo, esta vez a la amenaza del ilustre de Karrantza durante el baile, los secretos que lo rodeaban y otros que yo había descubierto… ¿Él sería capaz de lastimar al tío Otxoa o a nosotros?
Un sudor frío me recorrió la espalda, pero tocaron a la puerta e intenté calmarme. Me llevé una mano al cabello, mientras el mayordomo Lopte abría la puerta.
Extrañada, el señor Mitxel no entró. El mayordomo intercambió unos susurros con otra persona y luego cerró la puerta.
El señor Lopte traía una nota sobre la bandeja y se inclinó atento a la cortesía.
—El señor Mitxel Águila Salvaje le envía este mensaje, señorita Katariñe.
Bajé la mirada a mis uñas bien cuidadas, presintiendo lo que leería y mi corazón se encogió como un perro apaleado.
No obstante, me revestí de valor y tomé el papel. Este explicaba que él no asistiría a nuestra cita, y que lo disculpara, debido a que había surgido una emergencia con uno de los zaldias de su padre. Si bien lo firmó, no solicitaba otro día para encontrarnos.
—Puede retirarse, señor Lopte —ordené con voz temblorosa.
Él hizo una reverencia y se marchó como un silencioso roedor.
Mi cuerpo tembló por los deseos de arrancar las cortinas y patear los muebles. En cambio, tiré el libro al suelo y me fui a tocar el klavier para no pensar en mis sentimientos.
Por las puertas laterales de sirvientes se deslizaron varios cargando tres baúles, y, por la escalera central, tía Domeka descendía con la falda del vestido entre las manos, su capa de viajes sobre los hombros y el bolso en el antebrazo.
Dejé de tocar el klavier, y afuera los cascos de los caballos anunciaban que traían un carruaje frente a la mansión. El mayordomo Lopte volvió a aparecer y se detuvo ante la puerta para atender a mi tía.
Mi aversión a la soledad triunfó sobre mi mal humor y abandoné el instrumento musical.
—¿A dónde se marcha, tía Domeka? —La alcancé cerca de la puerta.
—Regreso al orfanato para atender unos asuntos, pero volveré en siete días. ¿Dónde está el señor Mitxel?
Enmascaré mi vergüenza, elevando la barbilla.
—Se disculpó. No puede venir.
La tensión se ausentó de los surcos alrededor de sus ojos y de su voz.
—Es lo mejor.
—¿Por qué lo dice, tía?
—Por más que sea el hijastro del alcalde, no creo que te convenga. Es un hombre estrafalario y de dudosa reputación —ella sostuvo con las cejas juntas—. Creí que ya sabías la opinión de las grandes damas de sociedad.
—Su visita me importaba una nimiedad —mentí como acostumbraba si alguien me amenazaba o criticaba mis gustos.
—¿Sí? ¿Por eso tocabas el klavier con tanta furia?
Enterré mis dedos en la palma de la mano contraria.
—No he hecho nada malo —me defendí.
Ella plegó las cejas como pañuelos finos.
—Escapa a mi entendimiento por qué él te interesa. Creí que te pretendía otro joven.
Al aburrido de Taemaso, hijo de un hacendado rico con el renombre glorioso de Castarreal, {oriundo de Lurragerrari, se habían diseminado a lo largo de Torrente Azul}, lo había abandonado tan pronto me había atraído el veterinario guapo.
De todas formas, no quise revelarle demasiados detalles de mi vida privada.
—Eso terminó hace tiempo —le expliqué y cambié al tuteo para demostrarle mi confianza—.
Y ya comprobaste que el señor Mitxel tiene buen gusto cuando frecuenta eventos sociales.
Dos meses atrás, la primera vez que lo vi en una fiesta de mi amiga, la señorita Begoña, comprendí que usaba ropa de pordiosero para trabajar por causa de que es caprichoso.
¡Como si fuera poco es un gran bailarín!
Evité incluir en mi narración de la fiesta de Begoña que cuando había concluido el baile, muchas de las señoritas lo habían rodeado para solicitar danzar juntos, y ello había alentado mi curiosidad y anhelo exuberantes de competir por su atención.
—No participé de ese baile, pero sí, en mi fiesta de bienvenida él estaba muy presentable —admitió ella—. No obstante, el señorito Castarreal te trataba bien y era muy educado; de una familia distinguida.
—A mi ver…
—Si bien ese veterinario será hijastro del alcalde —me interrumpió ella—, de todas maneras, es un don nadie: un simple refugiado de Lobito.
Estaba empecinada en que me olvidara de Mitxel, así que ignoraría su verbosidad; nada ni nadie me alejaría de conquistarlo.
—Como tú digas, tía. A mi ver, no tienes nada de qué preocuparte. En cambio, conversemos sobre algo que me tiene intrigada desde que anunciaste tu compromiso. Perdona mi curiosidad, y dado que te casas pronto, ¿vas a vender el orfanato?
—No, tu tío Otxoa me permitió seguir trabajando luego del matrimonio. Aun así —explicó en su acostumbrada cadencia pausada—, con el tiempo contrataré a una administradora que me sustituya para no perder el negocio y, de ese modo, me puedo quedar en Caobán durante semanas indefinidas.
Me lo imaginé. Si no cuidaba su marido, lo iba a perder. En el campo del amor, había que desplegar la astucia para triunfar contra las innumerables rateras románticas.
Ya me había pasado una vez con mi propia amiga Begoña, pero la había puesto en su sitio {ella luego me había pedido mil perdones}, y el agraciado había vuelto a mí, sin embargo, me había cansado en poco tiempo de él y así mismo lo había abandonado.
El sinvergüenza me había acusado de caprichosa e inmadura, mas desconocía las sensibilidades femeninas y hube castigado sus viles reproches con la retirada de mi amistad.
—La antigua mansión del tío Otxoa y sus padres está abandonada. Que yo sepa, él no ha contratado a nadie para arreglarla. ¿Vivirán aquí?
La muy siniestra vivienda se encontraba entre los albores con el pueblo Sarobey.
Los maldicientes decían que en ella vivía el fantasma de la hermana del tío Otxoa, entre otros seres espeluznantes.
Yo nunca los había visto, empero los hechiceros afirmaban que existían y que había que tener cuidado con ellos.
Me estremecí e invoqué a los Cuatro para que me protegieran.
Mi tía no se inmutó.
—Mucho te agradeceré que nos olvidemos de estos asuntos tan privados, ya que tengo que marcharme.
—Pues, buen viaje.
—Gracias, ahora debo irme, pero recuerda lo que hablamos la otra noche —me amenazó con una mirada incisiva.
Su súbito cambio me sobresaltó y enardeció mi ira. ¿Cómo se atrevía a conminarme? Y lo peor de todo era que mis padres estaban de acuerdo con ella.
—Tía, yo sé lo que tengo que hacer.
Ella asintió, mas se secó unas gotas de sudor sobre el labio superior con un pañuelo que había sacado de la manga de su vestido. El gesto delató su nerviosismo.
—Es solo un aviso amigable para que recuerdes la lealtad que le debes a tu familia —expresó ella.
—¿Y quién piensa en mí? ¿Mis sentimientos no cuentan; la presión que sufro?
—Estás exagerando.
Apreté los puños, di unos pasos hacia atrás y luego corrí para subir las escleras como si me persiguiera un espectro.
Me escondería en mi dormitorio para olvidarme de mi prestigiosa familia y sus exigencias.
Me importaba muy poco dejarla con la palabra en la boca y distar de lo que la sociedad esperaba de una educada señorita de noble cuna.