Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTIUNO
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CAPÍTULO VEINTIUNO

Laia

N os tuvieron trabajando hasta altas horas entradas en la noche para en la mañana levantarnos temprano a continuar con la faena. Tuve que alojarme con una de las sirvientas en las habitaciones del sótano, de los varios criados que vivían en la mansión, para cumplir con las órdenes.

La casa quedó inmaculada, y a las tres de la tarde la familia recibió una visita, pese a que me habían comentado que Arin había discutido antes con la excelsa de Domeka Errázuriz. Un pensamiento grosero me importunó el ánimo.

Tanto que se pavoneaban de su abolengo la madre de Katy y su hermana mayor, Domeka, y, sin embargo, provenían de nobles pobres.

Pese a que las hermanas Errázuriz descendían de una familia de cuna aristocrática, durante las guerras de los caobaneros contra los tejedores habían perdido tanto su fortuna como sus tierras {las cuales se encontraban, hoy día, en parte de los bosques tras las haciendas}.

Por ello, la excelsa de Errázuriz había tenido que trabajar y había logrado escalar en la fuerza laboral como administradora del orfanato para mantener a su hermana menor, quien había tenido la suerte de casarse a temprana edad con el célebre de Azkarraga.

Taresa me había cuchicheado esos secretos familiares, quien, a su vez, había confirmado el ilustre de Karrantza en virtud de que se lo había contado su difunta esposa antes del funesto accidente.

No obstante, otras fuentes decían que la madre de Domeka había fundado ese orfanato, y que la excelsa Domeka de Errázuriz simplemente había heredado la administración del lugar. De todos modos, concordaban en sus orígenes pobres.

—Esa señorita Arin es una descarada —se quejó conmigo una de las sirvientas en la cocina, de la cual yo había olvidado su apellido, y los allegados la llamaban Agara, e interrumpió mi disputa interna contra la Errázuriz.

Entretanto, yo colocaba sobre una bandeja tazas con kafea y galletitas saladas con trocitos de queso blanco—.

No solamente me tildó de malcriada, sino que discutió con la excelsa de Errázuriz como una igualada.

Escuché desde adentro —admitió Agara sin una pizca de vergüenza, sentada frente a la mesa, batiendo una crema y rodeada de envases con diferentes hierbas, un salero y un azucarero.

—Por favor, discúlpela. Ella aún no se acostumbra a nuestras reglas —solicité colocando servilletas de lino bordadas con el escudo de la familia: un pretexto perfecto para evitar la mirada furiosa de la sirvienta.

La joven chasqueó la lengua, echó una pizca de sal a la mixtura y batió con fuerza.

—¿Qué costumbres? ¿Acaso ella no se crio en Caobán? —Agara dejó de mover la cuchara de madera.

—En Montefuegos. —Negué con la cabeza.

—De todas formas, ella debería cuidar sus palabras y ser menos irrespetuosa. —Agara roció canela molida a la mezcla.

—La entiendo; hablaré con ella tan pronto pueda. Los hábitos buenos, incluyendo el respeto, son como la ropa limpia: hay que vestirse con ellos todas las mañanas.

La cocinera chocó la cuchara contra la olla sobre la gran estufa, y me sobresalté.

—Se acabó el chachareo. Vamos, señorita Laia, a trabajar, que la están esperando en el salón.

—Dispénseme —susurré.

El pasillo que me llevaría al salón rivalizó con mis diatribas interminables como un laberinto, en este caso de pinturas en las paredes con escenas pastoriles que me distraían innecesariamente.

Las actitudes un poco temerarias de mi hermana me sorprendían, puesto que cuando la había conocido la había imaginado con mi mismo temperamento por ser mi gemela.

Tremenda equivocación. ¿Su loca acción repercutiría en un problema para mí con mis jefes?

Asimismo, se me secaba la boca si la preocupación me narraba atrocidades en virtud de que Arin se hospedaba en el mismo lugar con el problemático del ilustre de Karrantza.

Cualquier cosa podía suceder. Era una lástima el cambio que había sufrido con la muerte de su esposa.

De niña, había escuchado conversaciones de mis padres con otros vecinos que lo recordaban como un hombre risueño, generoso y amable.

Yo rogaba a los dioses que, bajo el peso del sufrimiento, como un diamante escondido en una caverna, aún resplandecieran sus virtudes para que sanara sus heridas y reformara su vida.

Las suaves conversaciones exquisitas de las personas reunidas me volvieron al presente.

El salón se distinguía por dos sofás, cuatro buracas acolchadas frente a una mesita redonda y en la esquina un gran klavier negro.

Las dos tapas abiertas como alas de madera sobre las cuerdas se sujetaban con dos bastones cruzados, tallados con diminutas hojas al igual que las tres patas que lo sostenían en el suelo.

El instrumento musical de caja en dos óvalos, como el cuerpo de una araña, evidenciaba la gran cultura y educación de la familia.

Las velas del candelabro del techo se encontraban apagadas, y las pinturas de los familiares miraban con frialdad y dureza a los invitados, en especial a mí.

No sabría explicar por qué; tal vez, mis prejuicios contra la señorita Katariñe y su familia producían esos sentimientos alarmantes de persecución.

Las cortinas se habían anudado a un lado para dejar entrar la brisa por los ventanales abiertos.

Mas me sorprendió el infortunio. Traicionada por los nervios, las preocupaciones y la falta de descanso adecuado pactaron mi ruina como villanos de obras literarias: tropecé con la esquina de la alfombra, y la bandeja cayó al suelo en un estrépito.

La señorita Katariñe, para mi horror, se encontraba cerca de mí, y parte del kafea manchó su vestido rosado pálido. Ella se levantó como si la hubiese atacado un alacrán.

—¡Inútil! ¡Qué has hecho! —gritó ella, estirando la tela para no quemarse con las manchas calientes de kafea—. ¡Mequetrefe! ¡Arruinaste mi vestido nuevo! ¡Zoquete! ¡Juntaletras!

La visita, una pareja distinguida que nunca había visto en el pueblo, jadeó por el escándalo.

—Katy, contrólate —la regañó el célebre de Azkarraga.

Comencé a llorar en silencio, en tanto que mi poder se descontroló y los pedazos de cerámica, galletitas y queso volaron como pájaros en una tarde de cacería.

Los alarmados visitantes gimieron: la dama se tapó la cabeza con los brazos y el caballero, con un cojín.

La célebre de Azkarraga agrandó los ojos y agitó una campanilla que se hallaba sobre la mesa, para recibir la ayuda de un criado y, seguramente, evitar sacudirme por el moño.

La señorita Katariñe me dirigió una mirada de ave carnívora y se marchó del salón, con la barbilla alta para cambiarse el vestido.

—¡Señora Azkarraga, esa sirvienta es una bruja! —se quejó la invitada.

—Sí, pero es hija de un vecino muy estimado y yo quería ayudar a su familia —aclaró la célebre de Azkarraga.

Mis padres, mi familia… Respiré.

En tanto que mis emociones se estabilizaron un poco, las cosas dejaron de volar; por fin aterrizaron sobre la alfombra. Yo me arrodillé para recoger los destrozos y colocarlos en la bandeja, empero la madre de Katariñe negó con la cabeza, y dejé todo como estaba.

—En algunos casos, el altruismo es innecesario —sostuvo la dama.

—Durante muchos años, he pensado que el gobierno debería ser más estricto con estos brujos —añadió el esposo de la invitada.

Con un gesto, la célebre de Azkarraga me insinuó que me marchara, y yo estuve de acuerdo. No era el momento de defender a mi clase.

—Dispénsenme, yo… Renuncio —susurré. Nadie me escuchó ignorando mi presencia.

—Ni siquiera podemos estar seguros de que sean humanos para poder ser altruistas —el célebre de Azkarraga secundó al invitado, el cual rio a carcajadas.

Yo no entendí la chanza.

Sus palabras me hirieron como una bofetada, y corrí fuera del salón como si me persiguieran los animales exóticos de Lurragerrari que había visto en las enciclopedias de la maestra de escuela.

¿Cómo podían dudar de nuestra humanidad? ¿De dónde habían sacado semejante barbaridad? ¿Cómo no hablaban así de los tejedores o los senangs?

Entré al salón de sirvientes ahora desierto, junto a la cocina, el cual contenía una pequeña alcoba donde me quité el “uniforme” {que en realidad eran vestidos de telas oscuras, pasados de moda o de diseños simples, que habíamos heredado de la dueña o la señorita}, y me vestí con mi ropa.

La primera vez que me había llevado el uniforme a casa, la ama de llaves me había reprendido que el uniforme era propiedad de los dueños y yo no tenía ningún derecho de sacarlo de la mansión.

Una vez vestida con mi ropa del diario, respiré varias bocanadas para controlar mis nervios y el temblor de mis manos; temía que objetos adicionales cobraran vida y se lanzaran como aves rapaces sobre la gente.

Asimismo, me preocupó si lograse ganar algún inar luego de tantos infortunios y sacrificios.

Salí como si hubiese bordado la calma en mi semblante, le informé a la ama de llaves mi decisión, y para mi buena fortuna, nadie me detuvo. Se habían enterado del desastre que había cometido y, para agravar mi humillación, hasta parecían aliviadas de que me marchaba.

La célebre de Azkarraga pagaba cada tres meses, y como trabajé solo siete días, no me pagó el salario completo.

Cabalgué a Luna, y cuando llegamos a la granja, me bajé y la abracé.

—Ay, Luna, si yo fuera como tú…

Luna resopló bajito como si entendiera mis sentimientos y me acompañaba en mi desdicha.

¿Qué debía hacer para ser feliz? ¿O ese cuestionamiento no importaba, sino la forma de sobrevivir?

Troté hacia la casa, me dirigí a mi habitación seguida por Endrike y cerré la puerta.

Por lo menos, mi dormitorio se había convertido en mi santuario desde niña; donde ponderaba las preguntas profundas de la vida.

Con el agua de la barata jofaina de barro que descansaba en la mesita de noche me limpié la cara, intentando borrar la evidencia de mi tristeza y me senté frente al escritorio con mi perro fiel a mis pies. Por instinto, saqué mi manuscrito de la gaveta.

Decidí terminar la novela. Faltaba tan poco.

Sin embargo, no la publicaría puesto que, por encima de mi barrera como mujer, aun si fuese un hombre y contase con los medios, temía la opinión negativa de los lectores.

Así que la iba a terminar para mí. Para contrarrestar el resabio a fracaso que dejaba en mi alma lo ocurrido en casa de la señorita Katariñe.

Había revisado la obra muchas veces y el final que faltaba me parecía más claro.

¿Qué otra alternativa me quedaba si odiaba los trabajos que había realizado hasta ahora?

Por añadidura, escribir me regresaba a un estado de contentamiento y calma.

Si bien me emocionaba la efervescencia y amplitud de imaginar horizontes ilimitados e ideas novedosas, de igual modo, los aspectos físicos me agradaban.

Amaba el olor de la tinta, el ruidito de la pluma cuando rascaba el papel y el juego con las palabras.

No me molestaba escribir hasta agotar la mano.

Mis nervios se aquietaron al instante y abrí la imaginación como un perfume preciado. Un refugio de la dura realidad y mis reveses; tratando de olvidar la censura y la impiedad en las expresiones de los que se habían encontrado en el salón, incluyendo los insultos de la señorita Katariñe.

Escribí.

Quedé satisfecha con la conclusión, pues había tomado en cuenta las sugerencias de Arin.

Quité polvos imaginarios del manuscrito, orgullosa de mi trabajo, ya que tres puntos hacían de mi obra algo único.

En primer lugar, los héroes de las novelas de aventuras eran hombres; en mi manuscrito, junto al guerrero invasor protagonizaba una princesa nativa de la isla.

En segundo lugar, las novelas de romance por lo general terminaban en tragedia o se convertían en tratados de lecciones moralistas.

La mía se enfocaba en cómo ellos crecían juntos y superaban los obstáculos raciales, entre otros, gracias al amor que se tenían y finalmente, las obras de aventuras la protagonizaban desde el punto de vista de mis ancestros los invasores de Torrente Azul; nunca desde el punto de vista de los naturales de la isla.

Pese a que la trama ocurría en un ambiente histórico dado que esa era mi época favorita, estas no vendían bien a diferencia de las ambientadas en tiempos recientes, me tapé la boca con las manos, y me danzó el corazón como una maraca de fiestas aborígenes.

Mi primera novela terminada.

Me prometí a mí misma que pronto le entregaría el manuscrito a mi hermana para que me diera su opinión.