Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTE #3
55%

CAPÍTULO VEINTE #3

No obstante, en ese momento llegó el susodicho y levantó en sus brazos a Lírico. Este lo permitió, acostumbrado a las travesuras del pícaro niño, quien había muerto a la décima edad.

Beñat se acostó sobre la cama para acariciar al felino y este ronroneó complacido.

«¿Ustedes conocen los fantasmas de mis padres y cómo murieron?

», les envié una imagen del recuerdo cuando había sostenido la miniatura en el medallón de Laia.

En la ciudad, no se me había ocurrido acudir a mis amigos etéreos para que los buscaran puesto que creía que el papelito me indicaría la dirección del paradero de mis padres vivos.

Había considerado innecesario confirmar la información escrita, pero no me arrepentí de mi error dado que me había llevado a conocer a mi estimada hermana.

«Yo nunca los he visto. ¿Y tú?», Zorione se dirigió al chiquillo.

Beñat soltó a Lírico, y brincó sobre las manos y los pies de continuo en una voltereta lateral sobrehumana; el gato lo vigiló deseoso de atraparlo. Beñat traspasaba la cabecera de la cama, la pared y de regreso el ropero frente a esta.

«Yo tampoco», anunció por fin sin detenerse ni mostrar cansancio.

Espectros infantiles como él lo observaban con atención; en tanto que los de adultos entraban y salían del dormitorio, sin fijarse en mí como si deambularan en una pradera, sumidos en sus recuerdos.

Pocos hablaban entre sí, y yo no quise interrumpirlos ni pedirles el favor de que me ayudaran a encontrar los fantasmas de mis padres en razón de que no les tenía confianza.

«Nos hubiésemos enterado si hubiesen muerto por aquí en Caobán», explicó Zorione. «Llevo muerta como ochenta años.»

Asentí. Eso explicaba la enorme falda de su atuendo.

«Yo crecí en un orfanato de Montefuegos. Tal vez ellos murieron allá.»

«Es lo más probable», reafirmó ella.

«¿Ustedes pueden salir del pueblo y buscarlos en Montefuegos?»

«Sí, a diferencia de las personas que murieron por manos criminales, nosotros viajamos a cualquier parte de la isla. No nos ata la sed de venganza ni la ira a un área específica», comentó Zorione.

«¿Por qué?»

«Beñat y yo morimos por causas naturales. No sé por qué el pequeño quiere seguir aquí, pero a mí me motiva ayudar a mis descendientes y cuando sienta que mi misión ha terminado, puedo llamar al dios Erraldoi para que me eleve al mundo de la paz divina.»

«Entiendo; nadie me había aclarado ese detalle. ¿Puedes ayudar a gente fuera de tu familia?»

«Si lo deseo. Tú me pareces simpática, así que buscaré a tus progenitores.»

Sonreí brevemente por su halago.

«Gracias. Espero estar aquí cuando regresen con noticias.»

Beñat me dio un beso frío en la mejilla.

«Volveremos cuando menos te lo imagines, ¡tan rápido como una gárgola!», comunicó el fantasmita, e intenté acariciar su cabello, aun cuando fue como pretender atrapar el aire.

Ellos desparecieron en un parpadeo, y esperé a que regresaran. Era irónico que confiaba más en las promesas de los muertos que en las de los vivos.

La luz de las lunas teñía mis dedos de verde y azul mientras sostenía un papel, y si se cruzaban, en turquesa. Entre los poemas que había escrito había uno dedicado a mis padres, empero no reflejaba los sentimientos profundos que buscaba plasmar y lo rasgué para botarlo al suelo.

Si bien los trozos de papel se quedaron flotando puesto que de mis dedos brotaban luces azul verdosas como hilos que los mantenían conectados a mis dedos.

Mi corazón latió a prisa.

Las luces brillaron con inusitada brillantez y los pedazos de papel se unieron hasta volver a ser una página normal sin la cicatriz de lo que había sucedido.

Mas no tuve tiempo de prestarle atención debido a que en ese momento arribaron mis amigos fantasmas.

«¡Ya llegaron! Pensé que se tardarían horas», comenté.

Beñat rio y se dedicó a saltar en un pie.

«Pues ya vez que podemos competir con los veloces perrhegaztis, y te traemos buenas noticias», avisó él.

«Cuéntenme», los alenté.

Zorione flotó junto a mí.

«Lo malo es que no encontramos los fantasmas de tus padres», expuso ella. «Creemos que cruzaron el velo hacia los Cuatro. Sin embargo, había unos fantasmas que vieron lo que pasó.»

«¿Y son confiables?», cuestioné.

«No sabemos», contestó Beñat. «Pero ellos dijeron que tus padres murieron en un accidente de carruajes.»

La desgracia del evento me desanimó. De alguna manera, creí que habían muerto de una forma menos violenta como, por ejemplo, una plaga. A pesar de que no había tenido ninguna evidencia para haber imaginado eso, me había consolado con la idea de que pronto descubriría toda la verdad.

«¿Y dónde están enterrados?», indagué, mi enunciado un verso quebradizo.

«A mí se me olvidó preguntar», confesó Beñat y se escondió tras el ropero como si yo le fuera a reprender.

Zorione hizo una mueca de exasperación.

«No te preocupes, yo consulté con los fantasmas de la ciudad», aclaró Zorione. «Lamento anunciarte que nadie estaba seguro. Había mucha confusión y nos mencionaron lugares contradictorios.»

«¿En qué concuerdan?», demandé.

«Están enterrados en Montefuegos en un cementerio para pobres.»