Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTE #2
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CAPÍTULO VEINTE #2

—¿Qué pasó después? —Taresa verbalizó en un murmullo.

—En el juicio se probó que había sido un accidente y por eso me dejaron en libertad. Aunque yo hubiese preferido que me encarcelaran puesto que los años han pasado, mas el dolor…

—Su cuñado tal vez no lo perdonó, pero usted sí debe hacerlo —le aconsejé— para que viva en paz y rehaga su vida.

—Tiene mucha razón, señorita Arin —admitió el señor Karrantza en tanto que sus ojos azules enrojecidos se inundaron en lágrimas—, sin embargo, es muy difícil olvidar el pasado.

Todo me la recuerda; hasta el pueblo porque ella era de aquí.

Y, a pesar de que suena morboso, a la vez quiero regresar para recordarla y pasearme por los lugares donde estuvimos juntos.

Sí, entendía el dolor de que deseos o pasiones antípodas crucificaran nuestras vidas, {y los artistas sufríamos mucho de eso}, a lo que Taresa opinó:

—Busque un nuevo propósito que lo motive, maestro, no se deje vencer por la desgracia ni las acusaciones del gaznápiro, jayán de su cuñado.

La pintura fue su refugio la mayor parte de su vida; desahóguese con ella.

Hubo un tiempo en que lo hacía, ¿lo recuerda?

Y creo unas pinturas hermosísimas, llenas de sentimiento que recreaban el amor infinito entre su esposa y usted.

Su desgracia me conmovió más que un catálogo de poemas trágicos, pero como una semilla de sol en un día borrascoso y tomando en cuenta que había conocido las penas de los fantasmas, agregué:

—Retome su pasión artística, es una buena idea. Al volcarse en la creación sanará las heridas. Le aseguro que su esposa sufriría muchísimo si lo viera en estas condiciones. Así que, por el descanso de ella y su propia paz, inténtelo.

El señor Joakim sonrió débilmente.

—Gracias por preocuparse, señoritas. —El tono humilde del pintor me enterneció—. De verdad, por la memoria de mi mujer, que lo tendré en cuenta.

Cuatro perrhegaztis volaron por la ventana que daba hacia la acera, cargando un paquete de folletos cubiertos por un papel marrón y asegurados con cordones cremas.

Lo dejaron sobre una mesa, y Taresa abrió el paquete. No eran folletos como yo creía, sino revistas, y para mi satisfacción, se trataban de literatura: poemas, relatos y anécdotas.

—¿Le interesan? —Taresa me las entregó sin esperar mi contestación.

—¡Por supuesto!

Ella rio brevemente y luego añadió:

—Mire quiénes contribuyen.

Revisé los nombres y pegué un grito de alegría:

—¡Hay una escritora diferente en cada revista!

Taresa asintió y a continuación aclaró:

—Tan pronto las vi, me suscribí de inmediato.

—¿Dónde encontró estas revistas?

—Papá las había comprado en su último viaje a la capital, hace unos meses, y pensó acertadamente que me gustarían, al igual que a inquilinos de preferencias literarias. Si coge en serio su talento, señorita Arin, puede publicar sus poemas en esas revistas y, tal vez, reciba un pago por ello.

—Esto es un sueño. No lo puedo creer. Tengo que ver a Laia para contárselo.

—¿Qué sucede? —preguntó el señor Gizon, y una cosquilla dulce me recorrió por el hecho sencillo de que se interesaba en mis conversaciones y, a su vez, por la melodía de su voz masculina.

El joven doctor se acercó a nosotras y le ofrecí las revistas.

—Así que hay varias autoras en Montefuegos. —Él ojeó las publicaciones—; esto le abre las puertas, señorita Arin. ¿Tiene alguna obra literaria que quiera publicar?

—No he terminado ninguno de mis poemas.

A lo que él contestó:

—Anímese, aunque mañana es la entrevista con el alcalde para trabajar como maestra, puede dedicarse a la poesía en sus ratos libres.

—¿Mañana?

—Sí, recibí un comunicado antes… antes de que llegara el célebre de Otxoa, pero usted no se encontraba —manifestó él con suavidad para no perturbar al señor Karrantza.

El trabajo de maestra no me interesaba mucho sino como una solución transitoria para sobrevivir, así que busqué indagar en la personalidad del médico y comenté:

—Hablando del señor Otxoa, ¿qué cree usted de su invitación a sólo escritores masculinos?

—Él parece muy tradicional —aseveró el señor Gizon sin dudar—. Estoy en desacuerdo de que excluya a las escritoras. Ustedes son tan talentosas y capaces como cualquier hombre. Así que cuando termine algún escrito, déjeme leerlo para darle mi opinión.

Por los cuatro dioses, que quise abrazarlo allí frente a los demás o desmayarme como las heroínas delicadas, pero yo no tenía nada de delicado ni de heroína. No obstante, las dudas me asaltaron. ¿De verdad los leería y los apreciaría? Ignoré mi tortuoso pasado en el orfanato y expresé:

—Es muy amable. Aprecio su buena voluntad.

—Sí, Arin, los artistas deben consultar primero con críticos expertos, si carecen de maestros, para que evalúen el trabajo antes de darlo a conocer al mundo —explicó la señorita Taresa—. Le ayudará a ser objetiva, descubrir sus fortalezas y corregir las debilidades o errores si los hay.

Arrugué la frente.

—¿Mi visión no cuenta?

—Por supuesto que es importante —ella contestó—. Lo que quiero decir es que debe analizar las sugerencias que le ofrezcan y compararlas con lo que quería alcanzar.

—No está obligada a cambiar todo lo que le indiquen —añadió el señor Gizon—.  Descarte lo que no le sirve y escoja lo que más se acerque a la finalidad de su obra.

Agradecí tan valiosa información y me retiré a terminar los versos pastorales que publicaría tan pronto los puliera como a una amatista.

La noche me encontró aún en mi habitación donde había cenado para no interrumpir el flujo de la inspiración. Dentro de la gaveta del escritorio pequeño encontré una caja de astillas inflamables, raspé una y encendí las velas que encontré para releer el último poema.

Lírico, mi fiel acompañante, custodiaba desde la ventana cualquier cosa que se moviera afuera; a su mirada astuta nada se le escapaba.

Las lunas brotaron como cuarzos celestes entre las nubes y alumbraron la presencia de mis amigos fantasmas, a pesar de que había visitantes nuevos cuando menos me lo esperaba.

Los asiduos y atrevidos charlaban conmigo casi todas las noches.

Yo sentía que nos conocíamos un poco y por tal razón les había brindado mi amistad.

En mi mundo de soñadora, había un espacio infinito para el cariño.

Zorione, una joven en la edad vigésima cuando había muerto, traspasó la pared y se sentó en una esquina del escritorio. Vestía un traje de cuello cuadrado y falda muy ancha, fuera de moda; la misma ropa en la que había fallecido.

«Hoy estás muy inspirada», conversó ella en mi mente.

Desde niña había desarrollado el talento de platicar con difuntos y ya no me asustaba, pese a que a veces eran traviesos y mentirosos.

No obstante, confiaba en Zorione y Beñat por el hecho de que hasta el momento habían sido honestos y amables.

Por experiencia, había aprendido que debía evitar fantasmas vengativos, furiosos y violentos, aunque casi nunca los atraía.

«Sí, quiero terminarlos. Me alegra que hayas venido esta noche. Debo platicar contigo y con Beñat.»

«¿Qué pasó?»

«Necesito que me hagan un favor.»

«No sé cuándo venga Beñat.»