Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

Arin

E stábamos tan cansados, que ni el doctor ni yo hablamos durante el trayecto de regreso a la hospedería. Luego que habían echado al artista de la fiesta, la mayoría de los invitados se habían atemorizado de su posible regreso y se habían marchado sin cenar, incluyendo a nosotros.

La verdad no me molestó. Había disfrutado de los bailes y había comido suficiente merienda que me había dejado satisfecha.

Dormí arrullada por las canciones de cuna de fantasmas de niños y adolescentes que deambulaban por la habitación. Amigos nuevos, pues los de la ciudad no me habían seguido al campo. Lírico los vigilaba con interés como un evento normal y, al cansarse, durmió a mi lado, estirado y tranquilo.

Cerca del mediodía me desperté, pero los trinos de los pájaros y el refulgente sol que danzaba por las persianas de madera en la ventana me motivaron a redactar algunos versos o églogas que, a fin de cuentas, dejé inconclusos{días antes, Taresa me había suplido de papel, plumas y tinta a cambio de ayudarla a poner la mesa para los huéspedes}.

La llama inicial del estímulo se había quemado debido a que no podía dejar de pensar en la muerte de mis padres y la manera cruel en que la señora Errázuriz me había ocultado mi parentesco con Laia.

Me lavé y me vestí dispuesta a hablar con la señora Errázuriz para que me aclarara unas preguntas.

Bajé a desayunar o en realidad a almorzar, empero el señor Gizon no se encontraba por ningún lado.

Ayudé a Taresa a fregar mi plato en la pileta de la cocina junto con los de otros inquilinos, empleados de las tiendas vecinas o de la alcaldía que habían almorzado en la posada y me gané utilizar de gratis un caballo o zaldia dócil del establecimiento.

Monté el equino a horcajadas como había aprendido de mi hermana {no me importó que se me vieran las largas medias blancas ni ser la comidilla de los chismosos}.

Dejé atrás el pueblo, pasé junto a la granja de mi hermana y luego los cultivos del hacendado Azkarraga.

Me alegré cientos de veces de que Laia me hubiese enseñado a montar un zaldia; seres invaluables para nuestra sociedad en especial en el campo.

Entré por el pórtico de setos y todo se encontraba limpio como si no se hubiese celebrado una fiesta la noche anterior.

¿Hasta qué horas habían trabajado los pobres sirvientes y Laia?

En el jardín, amarré las riendas de un arbusto y me dirigí a la puerta principal. Toqué la aldaba y apareció una empleada ojerosa.

—¿Qué se le ofrece tan temprano? —Ella arrugó la nariz ante mi aspecto desgarbado. ¿O es que yo apestaba a caballo?

Berzotas y sinvergüenza. ¿Cómo se atrevía a decirme que la una de la tarde era temprano?

—Por favor, dígale a la señora Errázuriz que la señorita Arin Urtuberri desea hablarle. Es urgente. Y no sea tan malcriada.

La sirvienta sacudió los hombros como una yegua que respingaba.

—Usted es solo la novia del señor Toro Fuerte; así que déjese de orgullos inapropiados. También le advierto que no sé si la excelsa de Errázuriz quiera atender visitas. —Ella colocó las manos en las caderas la muy grosera, enfatizando el título nobiliario que olvidé mentar y se marchó.

No me atreví a sentarme en los asientos del pórtico no fuera que los ensuciara con mi pinta de sapo repulsivo, según la criada.

La señora Errázuriz salió poco después y me invitó a tomar asiento con un gesto de la mano.

—Me extraña su visita. ¿A qué se debe esto?

Con la fuerza de la mala sangre que ella continuamente me había acusado expresé:

—Es muy sencillo. Quiero terminar la conversación que comenzamos en la fiesta.

—Señorita Arin, entienda de una vez que la información de mi trabajo es confidencial.

Yo insistí:

—Pues como ve, ya encontré a mi hermana así que dígame cómo murieron mis padres y dónde están enterrados.

—Me rehúso. ¿Por qué tengo que ayudarle? —Ella se irguió como una salamantantai dispuesta a incinerarme con sus ojos si pudiera.

Me incorporé, éramos casi de la misma estatura y me aproveché de ello para devolverle la mirada de fuego.

—Usted tendrá inar y poder, pero ya veo que carece de conciencia.

—Fuera de aquí —rugió ella a punto de perder sus cabales.

—¡Me voy porque quiero estar muy lejos de usted! —exclamé, descendí los escalones a trancadas, desamarré las riendas del zaldia y galopamos de regreso a la hospedería.

¿Qué se creía esa vieja amargada? Yo sabía que nunca le había caído bien, sin embargo, ello no le daba derecho de negarme la información que yo necesitaba sobre mis padres para cerrar ese capítulo de mi vida.

Me fustigó un sentimiento desolador como un deambulante en el desierto de Egarria que necesitaba dirección y la ayuda de un ciudadano compasivo.

No obstante, el viento en mi pelo calmó mi angustia y se abrió en mi entendimiento, como una rosa amarilla, que aún había esperanzas de encontrar la respuesta. Si bien, tendría que esperar a la noche para solicitar la ayuda de los fantasmas.

Me dirigí directo a la posada.

Para mala suerte, luego de entregar las riendas al mozo de cuadras, me topé con un suceso nada agradable dentro de la hospedería.

El señor Karrantza bebía de su petaca muy cómodo frente a una mesa. Su cabello rubio canoso caía grasiento y desaliñado sobre su rostro blanco rojizo. En cambio, el señor Otxoa se había detenido junto a él con una postura de piernas abiertas como un macho cabrío a punto de atacar.

Ambos hombres se hallaban cerca de las escaleras que conducían a las habitaciones, y temí pasar próximo a ellos.

—… y que sea la última vez que cometes el disparate de acosarme y mucho menos en casa de los Azkarraga o cualquier evento público —decía el señor Otxoa cuando entré.

—Que poca tolerancia tienes hacia tu propia familia, querido cuñado.

¿Cómo? ¿Escuché correctamente?

El señor Otxoa declaró:

—No sé qué haces en Caobán, maldito criminal. Deberías regresar a Montefuegos y pudrirte por allá.

El artista azotó la petaca sobre la mesa y se incorporó.

Yo me sobresalté y de reojo capté cuando Taresa salía de la cocina y se detuvo junto al mostrador. No obstante, los combatientes ignoraron el ruido de su sillón de ruedas tanto como mi presencia.

El señor Karrantza se defendió:

—Ah, ¿sí? No pudiste demostrarle al juez hechicero mi supuesto crimen y por eso vives rabioso conmigo.

El señor Otxoa se mantuvo firme, pese a que el señor Karrantza se tragaba su espacio por el hecho de que era más alto, y declaró:

—Eres peor que una serpiente rastrera.

—Bien, admito que soy como una pestilencia; menos que una rata infeliz. Pero ni tú ni nadie me controla ni me ordena lo que debo hacer; yo hago lo que me dé la gana —aseveró el artista y colocó una mano sobre la pistola que llevaba al cinto.

De la misma manera en que temí por mi vida, su convencimiento, imbuido de una misteriosa razón, caló dentro de mí como el cabello rojo que me caracterizaba pese a que me distraje con el sonido de las botas sobre la madera: el señor Gizon bajaba las escaleras.

El médico se detuvo en el salón al ver lo que sucedía, cerca de los contendientes.

—No me provoques, Joaquim —advirtió el señor Otxoa.

—¿Qué vas a hacer? ¿Vas a llamar a los protectores del pueblo para que me encierren en un calabozo? Haz dejado que el inar y el poder se te suban a la cabeza, Todor, y ya me estoy cansando de tus insultos y amenazas —debatió el artista.

Antes de que el señor Karrantza cometiera una locura, el doctor apretó su antebrazo.

El señor Todor Otxoa empujó su sobretodo y advertí que él asimismo llevaba una pistola fina de duelo en madera tallada y plata igual a las que anunciaban en revistas masculinas.

El dueño de la posada arribó de la cocina y se colocó entre los dos enemigos con un ademán alarmado que delataba la forma continua en que frotaba su nuca. El señor Ibarruri extendió la palma de sus manos y suplicó:

—Por favor, señores, sean prudentes. Si pelean aquí, hay inocentes que pueden salir heridos o algo peor.

El señor Otxoa cerró su sobretodo.

—Me marcho porque no quiero mancharme las manos de sangre, pero que yo no te vuelva a ver rondando la hacienda o pagarás las consecuencias y no me va a importar nada ni nadie —advirtió el señor Otxoa y se marchó en trancos como el más experimentado de los mercenarios o piratas en las islitas alrededor de Torrente Azul y no un hombre de negocios.

El señor Karrantza se sentó nuevamente y enterró la cabeza entre las manos.

El señor Gizon le brindó golpecitos amigables a la espalda como se consolaban los hombres sin palabras y se sentó en otra mesa a leer un artículo de un periódico viejo, La Gaceta de Caobán , que encontró sobre la mesa; en tanto que el señor Ibarruri murmuró:

—¿Quiere kafea, maestro Karrantza?

El hombre gruñó una negación, y el dueño de la posada retornó a la cocina.

Como una inspiración de versos, se me reveló por qué las expresiones del artista me habían conmovido.

Si seguía pensando mal sobre mí misma, terminaría como él, destruyendo mi carrera y mi vida.

Al igual que desconocía mi identidad, degradaba mi persona constantemente y, en el proceso, distorsionaba mi esencia en una caricatura grotesca como un limonero podrido.

Actitudes que evitarían abrirme las puertas del éxito por el hecho de que solo estaría enfocada en la miseria de mi vida o persona.

Taresa empujó su propia silla de ruedas y se colocó junto al artista.

—Maestro, ¿se encuentra bien?

El hombre tomó un sorbo de su petaca.

—Sí.

—Desde que llegó, no lo he visto pintar nada. ¿Quiere que le regale un lienzo y algunas pinturas? —ella insistió.

—Gracias, señorita Taresa, pero no hace falta.

Caminé hacia ellos, y saltó de mi boca un torrente de palabras impulsivas:

—¿Por qué usted y su cuñado se odian? No quiero errar de grosera, pero la familia está para quererse y apoyarse; o por lo menos, ese es el ideal.

El señor Karrantza no se ofendió por mi intromisión y respondió:

—Él me acusó de haber matado a mi esposa, su hermana menor.

La impresionante confesión me despojó de cualquier pensamiento inteligente.