Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO DIECINUEVE
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CAPÍTULO DIECINUEVE

Laia

L a noticia de que el alcalde posiblemente le daría trabajo a Arin me decepcionó tanto como me preocupó. Después de todo, mi hermana, al igual que yo, era una bruja y, en cuanto lo supieran, los problemas la asaltarían como bergantes inclementes.

Debía prevenirla, si bien ahora no era el momento.

Para mi consternación, los hermanos Markel y Mitxel se acercaron a nosotros cuando se alejó la señora Obecruz. Rogué que no buscaran controversias con el señor Gizon, pues en el baile lo habían rodeado como bampiroas amenazantes.

Los tres hombres se examinaron, supurando viejos enconos de peleas y traiciones en sus rostros poco disimulados.

En tanto que las damas chismosas se alertaron como aves de rapiña, y entre las señoritas que conocían de la antigua rencilla, Katariñe.

—¿Desean limonada, té o vino? —Intenté romper la tensión, pese a que la alegre música había comenzado.

Los tres me ignoraron.

Markel extendió la mano a Arin.

—Sé que no figuro en su lista, señorita, ¿aun así me concede este baile?

Se consideraba de muy mal gusto que un hombre bailara más de una pieza con cualquier doncella, así que, tan pronto Arin me dirigió una mirada dudosa, le afirmé con la cabeza que debía aceptarlo.

Ella introdujo su mano en la de él, y se dirigieron a la pista.

Gizon le lanzó una mirada furiosa tanto a Markel como a Mitxel y se marchó hacia un grupo de hombres sin compañeras que hablaban alejados de la pista de baile.

Mitxel, en cambio, me cautivó con su radiante sonrisa. Su irritación había desaparecido como un mal sueño.

—Así que está trabajando aquí.

—Comencé hace poco —le contesté.

—La compadezco.

Ambos reímos, aun cuando no entendí el chiste. ¿Por qué se burlaba de la familia a cuya hija pretendía?

—Son una gente muy orgullosa —comenté—, sin embargo, creí que la señorita Katariñe era especial para usted. Los vi juntos en la feria, y esta noche le concedió su primer baile.

Mitxel movió la esquina de su boca en una mueca.

—No estoy interesado en ella, pero me persigue y, para evitar faltarle el respeto, le concedo algunos de sus caprichos.

A ese paso, la joven lo manipularía directo al matrimonio, y yo moriría solterona, mas me reservé el comentario mordaz temerosa de lastimarlo o enojarlo; sobre todo, que cambiara su opinión de mi buen carácter a uno opuesto.

Hablamos un poco respecto a la salud de Luna, no obstante, la etiqueta social lo obligaba a invitar a una señorita a bailar, y hacia el grupo de jovencitas sin pareja se encaminó.

A pesar de que admiraba su elegancia al bailar, el interés por la danza me dejaba fría e indiferente como los coloquios sobre política de mis padres. Me hubiese gustado que me encerrase en sus brazos, si bien en otro ambiente como un bosque o bajo las lunas llenas en un campo desierto.

El calor inundó mis mejillas por el atrevimiento de mis ideas, y las descarté como sueños imposibles de una malquista en una novela picaresca.

En ese momento, el baile concluyó y el célebre de Azkarraga se colocó en el centro de la pista junto a la excelsa de Errázuriz y el célebre de Otxoa. Las personas guardaron silencio.

—Estimados invitados —comenzó el célebre de Azkarraga—, pasaremos a la cena luego del siguiente baile; sin embargo, antes queremos anunciarles dos asuntos importantes.

Aparte de esta bienvenida a la excelsa de Errázuriz, aprovechamos el momento para celebrar el compromiso de estos dos novios cuya boda será dentro de unos meses.

—Sacudió la mano del hombre—. No es apresurado darle la bienvenida, célebre de Otxoa, a nuestra familia.

La gente rompió en aplausos.

—Gracias —dijo el célebre de Otxoa—, es un honor para mí ser parte de la ilustre familia Azkarraga.

Para los que no me conocen, soy el dueño de la Casa Publicadora Otxoa en Montefuegos y compré el establecimiento del periódico local para abrir una segunda casa publicadora.

Así que, a los escritores presentes, los exhorto a que pasen por mis oficinas.

Estaré aceptando manuscritos sobre la historia de Caobán, la biografía del alcalde, u otra persona ilustre del pueblo, y obras literarias en prosa, ya sea una novela o una colección de relatos cortos.

Con el anuncio de la casa publicadora mis ánimos se elevaron por el cielo como una golondrina, en cambio, cuando sólo invitó a los escritores masculinos, se ahogaron en una charca lodosa cubierta de sueños muertos.

El baile inició de nuevo, pero Arin se deslizó hacia mí y tomó una limonada, a la vez que un criado rellenaba la jarra de jugo de frutas. Yo brillaba las copas vacías como una maniática.

En cuanto se alejó el sirviente, Arin olvidó su bebida.

—No te preocupes, Laia,  encontraremos una forma de resolver este problema para que publiques tu manuscrito.

—Si los dioses te oyeran. Lo cierto es que para una mujer difundir su obra literaria tendría que superar una infinidad de obstáculos.

—Yo no conozco a ninguna autora de novelas y te confieso que leí todas las que encontré en la vasta biblioteca personal de la señora Errázuriz.

—Lo que sucede es que sólo les permiten publicar manuales de etiqueta social para señoritas o cómo manejar el hogar, especialmente dirigidas para mujeres recién casadas —expliqué.

—Aburridísimo; con razón nunca los he leído.

Reí de acuerdo con ella.

—Yo tampoco, pero mi madre tiene algunos en casa y así me enteré. He escuchado que algunas mantienen diarios, si bien estos nunca salen a la luz pública, en virtud de que son demasiado personales.

—Lo del diario me parece atrayente, sin embargo, por favor, ni siquiera por despecho te dediques a escribir las tediosas porquerías como guías de comportamiento.

Me contuve los asomos de una risotada para evitar los escándalos y la mala educación.

—Descuida. A mí tampoco me interesa —comenté.

Por otro lado, pese a que había contemplado desahogarme en un diario, no contaba con el tiempo para dedicarle a ello.

Mi prioridad, en mis horas libres, era mi novela—.

Pero no deberíamos burlarnos. Es un trabajo honroso, y tal vez, a esas escritoras les gusta lo que hacen.

Mi hermana asintió, mas en un giro sorpresivo, se tornó seria y descansó su mano sobre mi brazo.

—Laia, ¿te molestó que la señora Obecruz me ofreciera el puesto de maestra?

Su inesperada pregunta me sobresaltó. No era el lugar ni el momento para prevenirla.

—No, yo…

—¿Y sabías que bailé con el hijastro del alcalde? Él mismo me lo dijo.

—Sí, y el otro que estaba aquí con nosotras era su hermano el albéitar.

—¿Y por qué miraban al doctor Gizon con tanto odio?

—Yo…

Me distraje a causa de la anónima mirada profunda de alguien que me despertó escalofríos y cuando busqué el origen de esa presión, en ese instante nos interrumpió la señorita Katariñe. ¿Cómo no me di cuenta antes de que me vigilaba?

Mi garganta se secó como si un forajido de un relato de tendencias realistas o del reciente género de crimen me amenazara con una pistola.

—Laia, deja de estar parloteando como una lora con los invitados. —Katariñe alzó la voz; le encantaba llamar la atención cuando humillaba a gente de origen más humilde que el de ella—. No se te paga para eso.

Los invitados cercanos olvidaron sus conversaciones y se interesaron en nosotras. En el círculo se hallaba, para mi desdicha, la excelsa de Errázuriz.

—Dispénseme, señorita, pero ella es mi hermana —confesé en un susurro para no perder mi trabajo.

Arin se llevó las manos a las caderas.

—Usted sí que no tiene tacto, ¿eh?

La señorita Katariñe frunció los labios como a punto de morder a mi hermana. Para evitar una situación de ignominia, la excelsa de Errázuriz se separó del grupo y se acercó a nosotras con una mirada imperiosa censurándonos a las tres.

—¿Qué pasa? —demandó ella.

—Esta sinvergüenza se atreve a decir que es hermana de una invitada para cubrir sus faltas —se quejó Katariñe.

—Sí, es cierto, somos hermanas —indicó Arin, primero a la señorita y luego a su tía—. Ella es Laia Zenarrutza, la hermana gemela que usted nunca me señaló que tenía.

Estábamos atrayendo las miradas indiscretas de otras personas, si bien noté que la mujer de mediana edad palideció ante la acusación, y mis manos comenzaron a temblar. Mi hermana no se amedrentó, aunque yo hubiese preferido que superara la escasa dosis de discreción que demostraba.

—Este no es el lugar para discutir esos temas, señorita Arin —replicó la excelsa de Errázuriz en tono mesurado—. No obstante, sí, Katy, ellas son hermanas; te están diciendo la verdad.

—Tía…

—Conozco la situación debido a que trabajé el caso en mi orfanato. Así que, ve y disfruta de la fiesta, en tanto que yo me hago cargo de este asunto.

La señorita Katariñe se había enrojecido de la furia, conociéndola porque la humillación no le había salido como había planificado y ella había quedado como una tonta ignorante.

La joven se marchó en zancadas poco femeninas, mientras que la mujer homenajeada sonrió forzosamente a los invitados entrometidos. Ellos reanudaron sus conversaciones, empero, algunas escondieron sus sonrisas malintencionadas tras vistosos abanicos.

Me extrañó que la joven malcriada se hubiese alejado sin controversias adicionales. Sus padres apenas si la dominaban. Con o sin su consentimiento, ella lograba lo que se proponía. En cambio, respetaba más a la tía y por eso la había obedecido de mala gana.

—¿Viniste a Caobán para crearle problemas a la familia Zenarrutza? —susurró la mujer de mediana edad.

No me atreví a defender a mi hermana y me avergoncé de mi cobardía.

—Vine para saber la verdad —aclaró ella.

—Esa excusa no vale ni un majisi. Por otro lado, ¿a qué se debe la mentira de que estás comprometida con el hijo del alcalde? —demandó la excelsa de Errázuriz.

Me maravilló la discreción de su cuestionamiento en un tono bajo del cual casi ni escuché. Asimismo, me impresionó la audacia de mi hermana para inventar un compromiso inexistente si la acusación era cierta.

Arin, como una guerrera intrépida, elevó la barbilla. Admiré su osadía.

—Pues sí, es cierto que nos comprometimos.

—A mí me parece muy sospechoso —murmuró la excelsa de Errázuriz, se abanicó como si se derritiera igual a un bloque de hielo en el verano tropical y se marchó hacia su grupo de amistades.

Arin no disimuló su malhumor, tomó una copa de vino, la vació de un golpe y tosió con la garganta quemada.

—Es una pena que no ofrezcan licores de mayor fuerza que el vino —se quejó Arin.

Me pasmó su comentario. ¿Qué sabía ella, una señorita decente, de bebidas embriagantes? ¿Acaso las había probado en el orfanato, a hurtadillas? Quise investigar, a su vez, por qué la excelsa de Errázuriz desconfiaba de su compromiso con el señor Toro Fuerte.

No obstante, me distrajo el disturbio de un borracho de mediana edad que trastabillaba contra los invitados.

La ropa del hombre se había manchado con sustancias sospechosas, tal vez grasa de alimentos o alcohol; el cabello rubio grisáceo caía despeinado sobre el rostro de nariz y mejillas rojas. Saltaba a la vista que era un intruso.

El insulto de su presencia detuvo la orquesta y a los bailarines.

—¡Todor Otxoa! —gritó el hombre, quien por alguna razón me parecía familiar—. No te escondas. ¿Me tienes miedo?

El célebre de Otxoa y el célebre de Azkarraga se le acercaron con precaución.

—Joakim, ¿qué haces aquí? —demandó el señor Otxoa.

¡Por supuesto! El intruso era el ilustre Joakim Karrantza, el artista que visitaba cada cierto tiempo al pueblo y se alojaba en la única hospedería de Caobán, la de Taresa y su padre.

—¿Quieres decir en el baile o en Caobán? —lo irritó el ilustre de Karrantza.

—Debes marcharte —insistió el célebre de Otxoa.

—¿Te molesta mi presencia? —inquirió él y luego soltó una risotada—. En verdad, no me importa. O debería admitir que me encanta. Además, para que me delates correctamente a los protectores civiles, me metí a la fiesta por la cocina.

El borracho manoteó un objeto que brillaba en su cinto: una pistola.

Salté, tomé la mano de mi hermana y la halé tras la mesa. Nos miramos con la angustia como espejos en nuestros rostros. Yo no recordaba por qué había una enemistad entre esos hombres, pero se remontaba a una riña de hacía muchos años.

—Si el artista dispara la pistola —murmuré—, nos agachamos y nos protegemos con la mesa.

Arin asintió. A pesar de la piel pálida, su vibrante cabello rojo, igual a una antorcha justiciera, resaltaba las pecas de su rostro como un bello pavo real.

Entretanto, la gente se pegó de las paredes, huyéndole al trío.

—Y, para que estés al día con las noticias de las chismosas, a Caobán vendré todas las veces que se me dé la gana —advirtió Joakim.

El célebre de Azkarraga fijó sus ojos en puntos estratégicos del salón e hizo un gesto leve con la cabeza. Igual a musarañas insonoras, de las esquinas aparecieron dos sirvientes musculosos que rodearon al artista.

—Sáquenlo —ordenó el anfitrión y se lo llevaron, mientras profería gritos y palabrotas, entre las más suaves figuraba “mamarrachos”.

Las mujeres se abanicaron espantadas, y yo exhalé profundamente, en tanto que Arin se alejaba de la mesa. Nunca había pasado una noche tan intensa, pero sobrevivimos y eso era lo importante.