CAPÍTULO DIECIOCHO #2
—Eso mismo estaba pensando. Espero que no hable con su mamá, la señora Biskarret, para que no se entere de la verdad.
—Si ocurre, que lo dudo, diremos que sucedió espontáneamente o algo similar.
La verdad, ellas no se habían tratado como amigas para enviarse cartitas de confraternidad, y concluí:
—Espero que tenga razón.
Sin que yo entendiera el motivo, de improvisto, la mirada del doctor se deslizó como una caricia sobre mis labios y el aliento se enmudeció en mi boca.
¿Es que deseaba besarme? Si era sincera, desde que lo había conocido en el callejón había anhelado que me retuviera en sus brazos como aquella noche.
—¿Ya le dije lo hermosa que está? —Su voz ronca me devolvió al presente.
Me inquietaba la habilidad extraña del doctor para dejarme como un confuso manuscrito tachado, de manera seguida, cuando menos me lo esperaba y murmuré:
—Sí, en la posada.
Él negó con la cabeza.
—Su belleza sobrepasa a todas las mujeres aquí reunidas.
Pese a que lo acepté como una exageración, el calentón en mis mejillas delató que su comentario me había afectado. Su sonrisa se abrió lenta casi seductora y su pulgar acarició mi mano. La intensidad de este hombre a veces me abrumaba.
Traté de apartar la mirada, pero el poder de sus ojos ambarinos me retuvo, y para disimular el embrujo, comenté:
—Déjese de chanzas.
—Créame. Es usted muy especial, Arin Urtuberri. ¿Lo sabía?
Negué con la cabeza como una berzotas, y en ese instante, una pareja chocó con el hombro del señor Gizon.
Un hombre aborigen, de dos trenzas, ataviado con finas vestiduras como había visto en revistas de modas, bailaba con una despampanante rubia, y en vez de disculparse le dirigió una mirada odiosa al doctor.
Gizon le devolvió la expresión de malquerencia, y otro aborigen que bailaba con una morena, a su vez, le desbordó encono por los ojos marrones. Me sentí acorralada entre las dos parejas de desconocidos.
—¿Qué pasa? —interpelé al señor Gizon cuando se alejaron los pendencieros. ¿Por qué tuvieron que arruinar el momento romántico que disfrutaba con el señor Gizon?
—Nada —contestó él—. Ignórelos.
—¿Los conoce?
—Sí, son unos buscapleitos. De todos modos, pierda cuidado, estamos aquí para divertirnos. —Él me obsequió una encantadora sonrisa.
En cuanto le devolví el gesto, me atrapó la mirada odiosa de la señora Errázuriz, quien se acompañaba de un grupo de mujeres de su edad en una esquina del salón, a la vez que bebían vino y charlaban.
¿Por qué no había delatado mi humilde origen? Ella debía imaginar que yo tampoco me había comprometido con el doctor. Era demasiado pronto y no se había realizado una fiesta apropiada para anunciarlo ni tampoco se había avisado a los familiares del novio en Caobán.
Pero yo la conocía. No había una mujer más apropiada que ella en toda la isla y para evitar escándalos que afectaran a su familia, al hijo del alcalde o a los congregados guardaría mi secreto, al menos por algún tiempo.
Sin embargo, el baile concluyó rápido para mi pesar.
—Vamos a tomar algo —invitó mi distinguido compañero de baile, divisando a mi hermana, y nos dirigimos hacia la mesa donde ella atendía el refrigerio.
—Arin, qué bonita estás —me agasajó Laia cuando llegamos.
—Gracias —contesté, pero antes de que pudiera añadir algo adicional, se acercó una anciana de cabello blanco recogido en rizos y un vestido oscuro, mas el escote moderado dejaba al descubierto un poco de sus hombros. Vestía a la moda, con la sobriedad de sus años maduros.
—¿Señor Gizon?
—Qué placer verla de nuevo, señora Obecruz —afirmó el médico: él se inclinó un poco en señal de respeto, y ella realizó la reverencia con la falda entre las manos.
—Veo que le fue de maravilla en la ciudad —comentó la anciana.
—Así es, mas no debo parecer engreído ni grosero con la señorita a mi lado. Por tanto, le presento a mi prometida, Arin Urtuberri.
Cumplimos con las reverencias adecuadas.
—¿Qué es de su vida, señora Obecruz? —preguntó el doctor.
—Ay, no sé si por bendición o castigo de los Cuatro estoy aquí colada debido a que no soy noble, aunque mi marido sí lo sea. Si supiera que quiero retirarme del magisterio, pero el alcalde no me lo ha permitido todavía.
El doctor sonreía afable, y la mirada de él se cruzó con la mía.
—¿Y por qué? —inquirió él.
La pálida mujer se sonrojó y miró furtivamente a Laia, quien bajó la cabeza y fingió que acomodaba las hermosas servilletas, todas bordadas con el sello de la familia.
¿Qué había sucedido entre ellas?
—Ay, protocolos y reglas vetustas —respondió la maestra.
—La señorita Arin estudió para maestra y se encuentra buscando empleo —añadió él.
—¿Le gustaría trabajar en la escuelita de Caobán, señorita Arin? —preguntó la señora Obecruz y me dirigió una mirada alerta, como si hubiese encontrado la salida a sus problemas.
Me tomaron desprevenida y sin pensar contesté:
—Por supuesto, sería un honor para mí.
—Excelente, hablaré con el alcalde para que la cite a una entrevista. —Ella palmoteó mi mano—. Con su permiso. —Tras una reverencia educada, se alejó.
Dudé si de verdad hablaría en mi favor con el alcalde y antes de comentar algo al respecto, advertí el rostro decaído de Laia. ¿Qué le pasaba? Se me contagiaron sus sentimientos y se enturbió mi alegría del posible trabajo de maestra que me rescatara de la pobreza.