CAPÍTULO DIECIOCHO
Arin
E l corazón me bailó en el pecho. No solo pensaba en mi bienestar, sino que también me emocionaba participar de un acaecimiento de aquella magnitud: mi primer evento social.
Mas recordé mis limitaciones económicas y decliné con sencillez:
—Lo siento, pero no tengo ropa formal para ir a una fiesta.
—No se preocupe —indicó él y su voz se suavizó—. Le puedo comprar un vestido.
—La modista de Caobán es tan talentosa como las de Montefuegos —añadió Taresa—. No los decepcionará.
Escondí una sonrisa. Según la señorita Taresa, Caobán contaba con los mejores profesionales en todo como un anuncio de catálogo.
—Gracias, tan pronto encuentre trabajo, se lo pagaré —prometí.
—Su compañía es suficiente; no me debe nada —expresó él.
Mis mejillas ardieron por su galantería, no obstante, reiteré:
—Me incomoda abusar de su generosidad.
Taresa arrugó el entrecejo puesto que aún desconocía la falsedad de nuestro compromiso.
De todos modos, comencé los preparativos y resultó que el baile se celebraría en la mansión donde trabajaba Laia.
No tuve tiempo de avisarle con la búsqueda frenética de comprarme el vestido, los zapatos y el bolso para actividades formales y prepararme para la fiesta que se celebraría cuatro días después.
Algo inusual, pues estas se tardaban semanas en organizarse.
Aun cuando no entendí la prisa, tampoco me molestó.
En su habitación, Taresa me enseñó a usar las tenacillas {calentadas previamente en la hornilla de la estufa} para enrizar mi cabello, aunque como era ondulado no pasé mucho trabajo pues se rizó con relativa facilidad; del mismo modo generoso, me prestó su maquillaje.
Este lo apliqué en una mínima cantidad, solo para resaltar mis ojos y mis labios.
De todas maneras, una dama debía maquillarse poco para evitar parecer una ramera.
El doctor había alquilado un carruaje de dos caballos, junto con el chofer, para que nos transportara y cuando me había visto bajar las escaleras de la posada, su mirada sorprendida y su embeleso me habían transportado a las lunas.
Había imaginado que yo era una princesa exótica de tierras lejanas, y él, mi príncipe de escolta.
El traqueteo del carruaje no me impedía admirar el paisaje nocturno de caobas y el vuelo de luciérnagas y búhos, asimismo los brincos nerviosos de conetxios alarmados en el campo.
Algunos de los conetxios saltaban con sus presas en la boca, pues eran omnívoros como decían los científicos.
El cristal inamovible de la ventanilla y mi chal me protegían del frío nocturno.
Mis expectativas sobre el baile aumentaron, deseosa de pasar una noche tan mágica como la que ocurría afuera.
Contemplé después al doctor en el asiento opuesto y declaré por cortesanía:
—No debió gastar tanto en mí. No está trabajando.
—Vine a Caobán con parte de mis ahorros. Me resolverá por un tiempo.
Me llevé una mano al pecho e insistí:
—No quiero que piense que estoy abusando de su amabilidad.
—La conozco poco, señorita Arin, aun así, percibo que no es de esa clase de mujer —no contesté nada, extrañada de que alguien pensara bien de mí, y él continuó—. Aparte de ello, hay una pregunta que he estado por hacerle, sin embargo, como es personal, no sabía si la incomodaría.
Me sorprendió su comentario. ¿Por qué se interesaba en mi vida íntima cuando él no quería que nadie indagara sobre la suya?
De todos modos, me halagó su interés y le contesté casi sin aliento para mantener viva la conversación:
—Pregunte lo que quiera. Le aseguro que no me molestará.
El doctor asintió.
—Antes de marcharnos de Montefuegos, mi madre me explicó que tuvo problemas con la señora Errázuriz. ¿Cuál era su trabajo en el orfanato?
—Yo laboraba de sirvienta; hasta cuidaba a las niñas si hacía falta —admití—, a pesar de que había recibido la educación completa en la escuela del orfanato. Quería trabajar de maestra, pero la matrona me lo impedía.
—¿Por qué?
Con resignación expuse:
—No sé. Siempre tenía alguna excusa conveniente.
—Gracias a los Cuatro, ya no está allí. Espero que disfrute de la fiesta y su estadía en Caobán. Ahora que sabe sobre la existencia de su hermana, ¿se establecerá aquí?
—No lo había pensado, con tantas cosas que han pasado…
—Tiene todo el tiempo del mundo para decidirse. En Montefuegos no le ata nada, ¿verdad?
Pensé en él, quien seguramente regresaría a la ciudad… La tristeza se colgó de mis labios y murmuré:
—No.
Doblamos hacia la derecha y dejamos atrás las casitas de los jornaleros alumbradas en el interior, con las ventanas tapadas con pedazos de tela o esterilla.
Luego de un tramo largo cubierto de pasto bien recortado y hermosas flores silvestres, si bien entramos por el pórtico de los setos tras los demás carruajes, la fila se movió con relativa rapidez.
Nos detuvimos frente a la puerta principal, y un sirviente de la familia abrió la portezuela del carruaje. Me ayudó a bajar.
Gizon me ofreció el brazo, y nos dirigimos tras los apuestos invitados.
Tanta belleza de atuendos y olores exquisitos me remontó a mis lecturas y soñé que yo, al igual que las concurrentes, era una gran señora, patrocinadora de artistas, dueña de amplios museos, librerías famosas y con casas publicadoras en el patio y en Lurragerrari, aunque fuera por algunas horas.
Por supuesto, porque yo era una poeta famosa en los rincones del planeta debido a que mis poemas se habían traducido en todos los idiomas cultos del mundo.
Sin embargo, los fantasmas alrededor me robaron el éxtasis: unos danzaban, mas otros serios se cuestionaban los misterios de la vida y la muerte entre soliloquios que solo yo podía escuchar. Siempre era muy sobrio encontrarme con ellos.
Siguiendo sus pensamientos, me embistió mi nuevo temor extraño: ¿y si había algún ladrón entre ellos?
¿Y si alguno de los presentes hubiese tramado una revuelta inusitada y terrorífica?
Descarté mis miedos infundados, puesto que los aristócratas y ricos comerciantes acaparaban las riquezas y no había razón para que se sublevaran, por más oprobioso que me pareciera.
Dejé atrás mis razonamientos sobre las carencias y problemas sociales.
Me aguijoneó la hipocresía de juzgarlos cuando iba a gozar de la opulencia de su clase en ese momento.
Enlacé mi atención sobre los invitados como hacían los paladines a las legendarias aves que llamaban gorrotozko o picoasesino dependiendo del erudito o docto que lo estudiaba, o de las novelas de aventuras que lo mencionaban. Paladines heroicos…
Un caballero y una dama muy altos frente a mí me tapaban la visión de los anfitriones, quienes nos recibían en la puerta de la mansión. Me incliné por el lado y distinguí a lo lejos dos hombres y dos mujeres. Un mayordomo recogía los abrigos.
Gizon se acercó a mi oreja y susurró:
—¿La presento como mi prometida?
Su voz me produjo una cosquilla deliciosa y se me escapó una risita. Me refresqué con el abanico de encaje que colgaba de mi mano; en la otra llevaba un rollito de papel donde debía apuntar la lista de los danzarines a quienes yo les prometería una pieza de baile.
—En eso quedamos; no tiene que pedir mi permiso. Qué mucha gente, como si hubiesen invitado a todo el pueblo.
—Y a los vecinos —se burló él.
Pero cuando llegamos frente a los anfitriones, mis sueños se derrumbaron como casitas de arena pisoteadas por una marejada.
La señora Domeka Errázuriz se hallaba junto a la dueña de la casa y ella alzó las cejas en cuanto me reconoció. A su lado se encontraba el mismo hombre que la había acompañado en la ciudad capital.
Mi estómago se anudó como una soga de marinero en una novela de piratas.
—Bendecidos por los Cuatro, señor Toro Fuerte, me alegra que haya aceptado nuestra invitación —replicó la dueña de la casa.
—Reciproco. Célebres de Azkarraga, para mí es todo un placer. Les presento a mi prometida Arin Urtuberri.
—Mi hermana, la excelsa de Errázuriz y su acompañante —explicó la señora Azkarraga—, el célebre de Otxoa.
Realicé la reverencia con piernas tiesas y creí que la señora Errázuriz me desenmascararía en cualquier momento, pero nos dejaron entrar al salón.
Había cientos o miles de velas en candelabros de pared y del techo.
En una tarima al fondo, los músicos tocaban sus instrumentos.
En el centro bailaban algunas parejas: las clases adineradas de aborígenes guaitikas, y los nobles blancos o negros se mezclaban como un jardín en un parque maravilloso, y contra las paredes en una esquina se habían sentado los acompañantes o familiares en lugares estratégicos, alejados del baile.
Para mitigar el hambre, había mesas con suculentos entremeses y copas llenas de bebidas burbujeantes, tal vez bebidas importadas del continente Belardia.
Y me contagié como si me llenara de burbujas divertidas que me embelesaban los ojos y el pecho. La opulencia del salón sobrepasaba cualquiera de mis imaginaciones cuando soñaba despierta. De inmediato, olvidé a la dueña del orfanato.
Varios sirvientes deambulaban entre los invitados: unos recogían las copas y platos vacíos; otros traían bandejas con adicionales refrigerios livianos como limonada, nueces picadas en dos, pastelitos con glaseados de miel importada, algunos coronados con rizos de crema, y galletitas dulces y saladas moldeadas como flores de tipos distintos.
Laia cargaba una bandeja de cubiertos y servilletas de lino hacia la mesa donde se servían aperitivos, sin embargo, no tuve tiempo de saludarla debido a que el doctor ordenó:
—Vamos a bailar. —Me tomó de la mano y me dirigió a la pista.
Reí emocionada, mas luego protesté:
—Yo no sé.
—Yo la guiaré. Sígame.
Su mano derecha se enlazó a la mía y apoyó la otra sobre mi espalda baja. La intimidad del gesto alertó mis sentidos; había muy poco espacio entre nosotros, pero todos bailaban de aquel modo, así que disfruté de su cercanía.
—Tuvimos suerte de que la excelsa de Errázuriz no nos delató —comentó el doctor.