CAPÍTULO DIECISIETE
Arin
L aia me había visitado durante el desayuno, antes de irse a trabajar, y nos habíamos exhortado para escribir nuestros proyectos literarios. ¡Qué maravillosa manera de comenzar el día!
—Tienes que terminar la novela —yo le había dicho—. No sé si te pasa como a mí, pero cuando dejo mis poemas sin concluir es como abandonar una parte de mi persona. A veces, me ataca la culpabilidad.
A lo que ella había contestado:
—Sí, me siento muy incómoda, pues nunca he terminado un manuscrito. Es como si mi imaginación estuviese suspendida en el aire y la Diosa no acabara de inspirarme. Escribí el final de la obra, no me gustó y boté el papel. No sé qué hacer.
—¿Cuál es el género?
—Es romance; lo que no me convence es el final trágico.
—Ah, ese final a mí no me satisface, y por lo que he leído de otros lectores, a la mayoría no les gusta, aunque esté de moda.
—En realidad, es de romance y aventura.
Mi curiosidad se había encumbrado a las montañas sagradas de la fantasía.
—En ese caso, permite que el protagonista viva, y para generar tensión e interés en el lector, haz que el final sea un momento culminante y lo resuelves en una secuela.
Ella había asentido lentamente, y sus ojos habían rivalizado el resplandor de las lunas.
—¿Cómo se siente tener una hermana gemela? —inquirió Gizon, regresándome al presente.
No dejé nada en el plato del desayuno: huevos, tocino y cereal de triago. Taresa era una excelente cocinera.
A pesar de haberle contado al doctor sobre el descubrimiento de mi hermana, no le había comentado nada sobre mi visita de anoche a Irune Galindoz ni del péndulo que me había regalado. ¿Para qué perjudicar nuestra frágil amistad?
—Ha sido una experiencia increíble —reconocí—.
A pesar de haber estado rodeada de otras huérfanas en el orfanato, había sentido que vivía sola y marginada.
Ahora, en cambio, es como si hubiese descubierto las riquezas en un castillo abandonado donde solo habitan criaturas de leyendas en países olvidados por la civilización.
Gizon me dirigió una mirada penetrante con una sonrisa cerrada; como si me acariciara los ojos y los labios. Me ruboricé y deseé haber gozado de mayor experiencia para evitar las incomodidades que me traicionaban delante de él.
—Si sus poemas son así de imaginativos, me encantaría leerlos —señaló el doctor.
Yo le había contado en el trayecto para Caobán que era uno de mis pasatiempos favoritos.
Empero, antes de que pudiésemos continuar con la conversación, abrió la puerta de la posada un sirviente entrado en la mocedad, ataviado en un uniforme sencillo de gorra de tela, camisa blanca, chaleco con los botones cerrados y pantalones, ambos marrones, y en el chaleco la insignia bordada del busto de Atabex, símbolo de la alcaldía de Caobán.
Sus botas viejas habían perdido el color original.
El joven se dirigió a nosotros y sacó un sobre cerrado del chaleco.
—Señor Toro Fuerte, su padre le envía esta invitación.
Gizon lo tomó, lo abrió y leyó la carta en silencio, mientras que su expresión se ensombrecía.
—El alcalde desea que le lleve una contestación en este momento —anunció el joven.
Gizon me miró y resumió el contenido de la nota:
—Me está invitando para que lo visite esta mañana en la alcaldía.
—Acepte. —Lo animé como había quedado con la señora Biskarret—. Si armoniza su relación con su padre, se sentirá mejor. Se lo aseguro.
El doctor se veía muy poco entusiasmado e inquirió al mensajero:
—¿Cómo descubrió mi padre que llegué a Caobán?
—No lo sé, señor.
A mí me pareció obvio que alguien le había advertido de su presencia, tal vez el mismo señor Ibarruri, pero en un pueblo pequeño todo se sabía tarde o temprano. De todos modos, el doctor no había intentado que su visita fuese de incógnito.
—Bien, dígale que acepto.
El sirviente se marchó y cuando cerró la puerta de la posada, el señor Gizon se volvió a mí y me pidió:
—Acompáñeme a esa visita como mi prometida.
A pesar de que la sorpresa me curvó los labios en la forma de un diminuto círculo, me repuse de inmediato para no asemejarme a una tonta inexperta y pregunté:
—¿Está seguro? Es una reunión familiar y tal vez necesite privacidad. —Una de las razones por la cual no lo había invitado cuando había ido a la granja de Laia por primera vez.
—No quiero hablar de mi madre con él, por eso necesito su presencia —admitió para mi asombro, revelando que los familiares vivos podían ser tan problemáticos como no tenerlos—. Además, con una prometida hermosa del brazo pareceré más exitoso.
—¿Hermosa, yo? ¡No se burle!
Él apretó mi mano, y la respiración floreció en mis pulmones como rápidos versos inspirados.
—Le soy sincero, pero si prefiere quedarse aquí, entenderé.
¿Cómo negarme ante sus demostraciones caballerosas? ¿A la posibilidad de extender aquella grata compañía y platicar de infinidad de temas?
—Está bien, lo acompañaré.
Por fuera, la alcaldía constaba de dos pisos, y un hermoso reloj coronaba el edificio pintado de blanco con las columnas y alero en un sobrio marrón oscuro.
El parasol, forrado en suave algodón, me protegía del sol tropical, y pude apreciar junto al edificio gubernamental los detalles que se habían esculpido en la escultura de la diosa Atabex, tan grande como la alcaldía, su mirada perdida en el horizonte, vestida con la larga nagua abierta a los lados que dejaba ver sus potentes piernas.
Su largo cabello lacio tapaba el busto desnudo y en adición al gran guanín en el pecho, como los antiguos caciques y cacicas, llevaba otro pequeño amarrado sobre la frente, del tamaño de una caona, que la calificaba de diosa suprema y viajera de universos.
Eso había leído en un libro de mitología, prohibido para las estudiantes, que la señora Errázuriz guardaba en su colección privada del orfanato.
Me había fascinado descubrir aquellas informaciones proscritas, pues la educación general solo tocaba los temas de la religión sustraiquista.
Nunca se comparaba o contrastaba con las demás que se practicaban en la isla ni con las que se habían desarrollado en los continentes principales.
El señor Gizon notó mi embeleso y se detuvo a mi lado contemplándola.
—Dicen que esa escultura se basa en un cemí gigantesco que se encuentra escondido en el bosque —me explicó el doctor Biskarret, su tono extrañamente frío y desapegado.
—Es hermosa —murmuré con reverencia y me rozó un diminuto orgullo de ser mujer como Ella.
A pesar de la diferencia en nuestras razas, algo en la diosa me suscitaba una mezcla de sensaciones que no sabía explicar, pues bordeaban los limítrofes misteriosos de la espiritualidad—. ¿No le inspira reverencia?
—Sí, mi madre… —El doctor frunció el ceño y se arrepintió de lo que iba a relatar—. Entremos.
Cerré el parasol e ignoré su falta de confianza y mi molestia en no habérmela ganado, sin entender por qué yo me culpaba a mí misma. Me concentré en el aspecto interior del edificio.
De igual manera, la estructura me raptó el asomo de mi elocuencia. A ambos lados se abrían y se cerraban puertas; una ancha escalera central dividía el ayuntamiento en dos, mas nos dirigimos al oeste de la alcaldía y caminamos hasta el fondo.
Los empleados que entraban o salían de sus oficinas saludaban al doctor, todos lo reconocían, y nos permitieron pasar.
Dejamos a un lado una pequeña puerta con el letrerito que decía “secretario” y nos encaminamos a una imponente que anunciaba en blancas letras grandes “Alcalde”.
Gizon tocó la puerta, y desde adentro una voz contestó:
—Adelante.
Por primera vez en mi vida, conocía a un alcalde en persona, y el evento aligeró mi respiración.
¿Se daría cuenta de mi falta de cultura, de mi pobreza, de la ropa remendada para que me sirviera?
Volví a recoger la cascada de mis pensamientos como en una represa y me enfoqué en el alcalde.
Su cabello negro entrecano, lo había peinado en una cola, y sus ojos eran tan llamativos como los de su hijo, semejantes al oro pulido, empero carecían del calor humano del doctor Biskarret.
Él tomó la mano del señor Gizon y la sacudió como si no hubiesen pasado años entre el último encuentro y el presente. La rapaz sonrisa amplia del hombre no alcanzaba sus ojos fríos. ¿Por qué no se abrazaban?
—Hijo, me alegra tanto que hayas aceptado visitarme.
—No se ve enfermo como indicaba la carta que recibí en Montefuegos —lo enfrentó Gizon como la caída de ladrillos bruscos.
El alcalde movió una mano en un gesto que le restó importancia al asunto.
—Ah, los secretarios cuando redactan mensajes pueden ser muy exagerados. Estoy bien, como puedes ver.
O había mentido sobre su enfermedad para manipular al señor Gizon.
Mis razonamientos, por lo general positivos si no abordaban mi persona, se esfumaban como sueños perdidos ante la presencia del alcalde sin entender la razón para que sucediese de esa manera.
Nunca había leído nada en detrimento de su personalidad en los periódicos ni tampoco se igualaba a mis miedos irracionales desde que había sufrido el ataque del ratero.
La mirada del hombre cayó sobre mí como el intimidante aullido del viento en una tormenta; amenazante.
Él cuestionó con el mayor respeto hospitalario:
—¿Y a quién tengo el placer de conocer?
—Mi prometida, Arin Urtuberri —informó el señor Gizon sin dudar.
Incliné las rodillas en una reverencia y murmuré:
—El placer es mío.
—Por favor, tomen asiento. —El alcalde los señaló—. Te preguntarás sobre la urgencia de mi llamada.
—En efecto —comentó el señor Gizon.
—Te explicaré dentro de poco. Sé que te estableciste en Montefuegos, como dedujiste al recibir mi carta, y que te educaste en la profesión de médico.
—Así es. ¿Quién le enteró de mi vida privada? —El doctor Gizon oprimió un puño sobre su rodilla. El dolor del pasado empujaba a mi “prometido” a tratarlo con formalidad; lo percibí fresco; una herida que se abría con solo ver a su padre.
El alcalde unió la punta de los dedos sobre la mesa; la sonrisa se había desvanecido como un espejismo. ¿Por qué calculaba su plática como si desconfiara de su hijo? ¿Por qué el médico le hablaba con formalidad?
El padre contestó:
—Yo tengo mis medios.
—¿Para qué me llamó? Vaya al grano puesto que tengo muchas cosas que hacer.
Elevé las cejas. Él no me había mencionado nada sobre esas imperiosas actividades, pero disimulé enseguida mi sorpresa para apoyarlo.
—Calma, hijo... Es para ofrecerte un obsequio. Adquirí unas tierras aquí en Caobán y me gustaría regalártelas.
—¿Eso es todo? —La decepción quebró la voz de Gizon, bajó la cabeza y soltó un largo suspiro que brotaba desde muy hondo en su ser. Aunque la derrota colgaba de su frente como un candado invisible, se levantó de un salto.
¿Qué estaba pasando? ¿Nos íbamos tan pronto? Apreté el mango de madera del parasol.
—Creí que te agradaría —agregó el alcalde—. Jamás había visto a un hijo tan malagradecido como tú.
—Usted estuvo años fuera de mi vida, ¿y ahora lo quiere arreglar con unas tierritas? No quiero limosnas. —Casi escupió el señor Gizon como el incendio de una capilla derruida por el fuego en una tragedia antigua.
—¡Siéntate! —ordenó Águila Salvaje.
—Lo siento, pero perdió sus derechos cuando abandonó a mi madre y a mí. Así que no tengo que seguir sus mandatos. Vámonos. —Su tono crujió como pretéritas páginas áridas.
Por los cuatro dioses, ¿cuál era el terrible pasado entre padre e hijo? Me levanté de inmediato, y nos marchamos de la oficina.
Afuera del edificio, abrí el parasol que había pertenecido a la madre de Gizon, y emprendimos el regreso. Ella había sido muy gentil en obsequiármelo. Nunca entendí si había sido amable conmigo a causa de que yo le caía bien o debido a que la generosidad formaba parte de sus valores preciados.
Durante la caminata, el doctor Gizon se mantuvo en silencio, y la arruga en su frente se había profundizado.
La gente que venía en dirección opuesta nos miraba con curiosidad, y algunas mujeres u hombres se tapaban la boca para murmurar al oído de sus acompañantes.
Por primera vez, yo no era la comidilla social como había sucedido en el orfanato, empero me entristecía el sufrimiento del señor Gizon.
Jamás imaginé que alguien como él sufriera de un pasado doloroso.
—¿Su padre lo había ignorado todos estos años? —Inicié la conversación para que se desahogara.
Las palabras masculinas brotaron igual a las estocadas de un espadachín colérico:
—Mi padre es un orate falso, egoísta y mentiroso. Que no le engañe su aparente generosidad con lo de las tierras. De seguro es un terreno baldío que no le sirve para nada, y por eso quiere regalármelo.
Su dolor me penetró como las palizas injustas de Errázuriz, y no entendí por qué me dolía tanto su sufrimiento. A pesar de que siempre me había impresionado el dolor ajeno, el del señor Gizon me calaba hasta los huesos.
Presentí que necesitaba un mensaje conciliador y compartí con suavidad:
—Nunca conocí a mis padres, así que no puedo opinar, mas a veces la gente recapacita y cambia con el tiempo. Dele otra oportunidad.
—Olvídelo, señorita Arin, él no tiene remedio.
Aun cuando me entristeció su negatividad, mi silencio le dio el espacio que necesitaba para encontrar la calma, pero él añadió:
—Lamento mucho que haya tenido que presenciar la discusión con mi padre.
Estreché los labios en una sonrisa cerrada que desmayó al poco tiempo, y expresé:
—Descuide, todos somos humanos e imperfectos.
Él me dirigió una rápida mirada y frotó una mano por su nuca, mientras asentía como sumido en el pozo de los sentimientos inexpresados.
Arribamos a la posada, y la señorita Taresa nos aguardaba con una tarjeta en la mano, tras el mostrador. Como de costumbre, el comedor se encontraba silencioso. No había visitantes nuevos.
—Señor Toro Fuerte, esto llegó para usted. —Ella extendió el brazo y se la entregó. Pude apreciar la hermosa tarjeta floreada y una caligrafía exquisita de largos trazos elegantes.
Él leyó el mensaje con rapidez y explicó:
—Me están invitando a una fiesta de bienvenida y puedo llevar conmigo a una persona adicional. ¿Desea acompañarme, señorita Arin? Quiero quitarle el mal sabor que pasamos en la alcaldía.