CAPÍTULO DIECISÉIS #2
—¿Y esos brujos no tenían hijos ni familia? —Ella se interesó en la historia.
—No, y para empeorar la situación, los murmuradores incluso decían que habían muerto en la casa en circunstancias sospechosas.
Arin agrandó los ojos.
—La mamá del doctor Gizon me dijo que ahí vivían unos ancianos. Qué triste si fue verdad.
—Sí, eran los brujos de los que te hablé.
En cambio, para suerte de mi familia, mi padrastro había heredado una mina de un tío que había perdido a su único hijo —narré entusiasmada por las cabriolas existenciales que provocaban los dioses—, pero como papá no quería ser minero, la vendió a un hombre de negocios y de ahí sacó el inar.
—El destino lo trajo a Caobán.
Asentí.
—El destino o maniobras divinas. ¿Quién sabe? —murmuré.
Luego de un tiempo, Arin se cansó y se bajó del zaldia.
—Lo hiciste muy bien —la animé—. Tu talento como jinete es muy natural.
—Gracias. —Arin sonrió y se inclinó para inspeccionar las piedritas del camino.
—¿Qué haces?
—Colecciono piedras bonitas o raras —explicó ella, y la ayudé a encontrarlas—. La vida es tan curiosa, ¿verdad? Como un misterio que vas resolviendo día a día.
Torcí los labios, raspando la tierra con una ramita que había encontrado.
—Yo diría que es difícil; de mucho trabajo, decepciones y sacrificios.
—Al mismo tiempo, maravillosa. Mira cómo nos encontramos —dijo ella. El atardecer enaltecía y se fundía a su cabello rojo—. Es, de igual manera, mágica, como escribir.
Me enderecé, pendiente e intrigada. Pocas mujeres se dedicaban a la literatura y mucho menos lo admitían públicamente.
—¿Escribes?
—A veces, cuando me siento inspirada, y no me distraen los fantasmas, escribo versos.
Olvidándome de la búsqueda, elevé las cejas. ¿Ella también era bruja? Como gemelas, la posibilidad era muy alta.
—¿Puedes ver fantasmas? —Mi dicción tembló en la espera alegre de que ella compartiera conmigo las habilidades excéntricas que nos uniría sin importar la sangre, de una manera profunda, como una tribu.
Aunque su habilidad se ciñera a los espectros, no me molestaba; más me asustaban los vivos con sus maquinaciones y traiciones.
—Solo durante la noche, cuando la luz de las lunas los toca.
—Yo tengo habilidades raras al igual que tú. Cuando me enojo, las cosas flotan.
Ella me contempló agrandando sus ojos grises.
—Esto es tan emocionante… ¿Escribes poemas? —Arin cobijó una mano sobre el pecho—. ¿Puedes lanzar cosas con solo pensarlo? ¿Qué dicen tus padres de todo esto?
Negué con la cabeza y me estremeció una risa corta. Nunca me habían cuestionado tantas cosas a la vez, y mi melancolía perenne se arrinconó como deslumbrada ante una luz intensa.
—Me gusta escribir novelas, aunque solo he creado una y no la he terminado. No sé disparar objetos con la mente, y mis padres toleran mis talentos, pero como imaginarás, prefieren que no los utilice para la paz de mis vecinos.
Las lunas emergieron tiñendo el espacio de sus colores, y se destacó una estrella roja que no recordaba haber visto antes, como sobresalían las palabras hermosas en un párrafo con licencias poéticas.
Ella soltó las piedritas y me tomó las manos.
—¡Me alegra tanto haberte encontrado! —Se regocijó ella. En un arrebato emotivo, me abrazó, y se lo permití, a pesar de que yo me tensé poco acostumbrada a los afectos de la gente.
Aparte de mis padres, Taresa y la señorita Galindoz, por primera vez alguien me valoraba y la emoción me llenó los ojos de lágrimas. Me cubrió una extraña sensación de ligereza como si me hubiese embriagado. ¿Así conmovía la alegría al ánima?
Arin se separó, pero sus ojos alertas se enfocaron en el espacio junto a nosotras.
—¿Qué ocurre? —Intenté vislumbrar seres incorpóreos entre las sombras sin lograrlo.
—Unos fantasmas me dicen que hay otra bruja en el pueblo y que quiere hablarme.
Asentí lentamente.
—No sé si ese espectro es confiable. De todas formas, es verdad; hay otra bruja que vive en el pueblo. Ella se llama Irune Galindoz. Mas te advierto que, si alguien te descubre visitándola, es como perder la honra para los compueblanos. Te marginarán.
Ella se encogió de hombros.
—Viví tantas veces esa situación en el orfanato que ya no me importa. Además, me da curiosidad. Debe ser divertido conocer a alguien tan rara como nosotras.
Reí y me tapé la boca, en tanto que Arin se montaba sobre Luna.
—Déjame practicar otra vez, y dime a donde vamos. —Ella tomó las riendas y se sentó derecha.
Me trepé tras mi hermana.
—El trayecto es fácil. Cruza esta calle y sigue hacia el sur. Es la única casa cerca del bosque.
Luna trotó suavemente, y tuvimos la suerte de no toparnos con vecinos transeúntes.
La señorita Galindoz nos esperaba frente a la puerta abierta de su casucha, y sus rosas amarillas impregnaban el aire con su perfume.
Las lechuzas y los insectos nocturnos cantaban como en regocijo, y las luciérnagas de abdomen púrpura volaban sobre nosotras.
Detrás, el bosque se extendía como un misterioso mar callado.
— Gràcies por venir —nos recibió Irune y su expresión parecía intrigada—. Percibo una conexión entre ustedes. ¿Son familia?
—Hermanas gemelas, aunque es evidente que no somos idénticas —expliqué mientras desmontábamos—. Ella es Arin Urtuberri.
—Encantada; ya sabes mi nombre —expresó Irune con sencillez, cuyo conocimiento no nos sorprendió, y mi hermana asintió—. Passeu, si us plau .
Nos ofreció sillas nuevas frente a la mesa y ella se colocó sobre una banqueta. La casa se encontraba más limpia que de lo costumbre, y su sombrero de bruja lo había colgado de un clavo en la pared.
—Laia, ¿cómo va tu talento? —cuestionó Irune.
Por contestación, levanté con mi poder mental el florero en medio de la mesa, y el envase se tambaleó un poco a punto de derramar las rosas.
Sin tocarlo, lo enderecé precariamente y lo coloqué en su lugar.
Si bien mover cosas con mi mente era un asunto muy privado, no me molestaba realizarlo frente a Arin ni Irune en virtud de que las tres éramos iguales, brujas, y del mismo modo estaba mi conexión de gemela con Arin.
Me sentía cómoda junto a ellas. Por otro lado…
No osé hablar de la mujer enigmática de mis sueños, evento mucho más íntimo sobre el cual se me imposibilitaba revelar como si me juzgara una multitud enmascarada en una obra de teatro humillante.
— Excellent! —se asombró Irune—. Debes continuar practicando. Y tú… —Contempló a Arin—. Coleccionas piedras porque el contacto físico de sostenerlas te brinda seguridad…
Mi hermana se ruborizó.
—Pero no cualquier piedra.
—Lo sé —afirmó Irune—. Te conmueve la belleza de las cosas y la naturaleza. Te llamé debido a que tan pronto llegaste a Caobán, percibí el poder de tu magia; es muy fuerte. Aun así, quería conocerte y estar segura de mis percepciones para regalarte algo.
Irune se levantó y se apartó de nosotras.
Arin me hizo señas con los ojos muy grandes. Señalaba la escoba mágica al lado del camastro que flotaba un palmo sobre el suelo, y yo asentí como que todo estaba bien, y no había nada de qué preocuparse.
Irune buscó en el baúl junto a la cama y sacó una cadena de plata fundida a una amatista en forma de un diamante mediano. Este era tan común como los que había visto que usaban algunos hechiceros.
—Es un pèndol y te ayudará a encontrar cualquier cosa. —Irune se lo entregó a Arin—. Para que trabaje debes decir: “despierta”.
Arin lo contempló por un momento corto.
—¡Despierta! —exclamó ella sin dudar.
Sin demoras, el objeto brilló sobre la mano de Arin y brotó en la superficie una estrella labrada de cinco puntas dentro de un círculo.
Arin y yo perdimos el aliento.
—Esto es muy valioso —protestó Arin—. No tengo inar para comprártelo.
—Te dije que es un regalo, y no me debes nada. Piensa que la Diosa Sorgina Ederra quería que lo tuvieras, y yo solo soy una mensajera.
Arin asintió lentamente.
—¿Qué significa la estrella? —Mi hermana tocó las esquinas de la figura como si acariciara a un infante.
—Cada punta simboliza un elemento: el espíritu es el cap —explicó Irune tocándose la cabeza—; la punta izquierda superior, el aire; la punta derecha superior, el fuego; la izquierda inferior, la tierra y la derecha inferior, el agua.
—¿Por qué está encerrada en un círculo? —pregunté.
—Simboliza a la Diosa Sorgina Ederra, la diosa de la hechicería, el arte y la creación; la creadora de todo. El círculo representa también las conexiones de la vida.
Arin y yo cruzamos una mirada de comprensión, pensando en cómo la vida nos había unido.
—Casi nadie utiliza el nombre completo de la Diosa —murmuré.
Irune asintió.
—Es una costumbre muy antigua. —Ella se volvió a mi hermana—. Arin, debes cuidarlo mucho, es el único que existe en el pueblo. Es el único que poseo.
—¿Qué pasaría si se me rompe?
—Se puede reparar, aunque es difícil. Debes saber manejar la magia de la energía o la magia lunar.
—Lo único que sé hacer con la magia lunar es percibir los fantasmas.
—Con la energía o la luna se pueden crear y reparar muchas cosas, pero yo solo sé hacerlo con la energía del espacio. Puedo enseñarte si vols .
Arin me miró sin comprender.
—Si quieres —traduje en un murmullo.
—Suena muy útil —indicó Arin débilmente como si dudara de Irune. En cambio, comentó—. Por supuesto que quiero aprender.
—Ven cuando quieras. Para usar el pèndol , solo piensa algo que desees encontrar, escríbelo, y el péndulo te marcará la ubicación porque se moverá insistentemente para un solo lado del papel.
—Gracias —enunció Arin y después una sonrisa radiante la iluminó, mientras se lo colgaba por la cabeza.
Este había perdido la brillantez como si se hubiese apagado y se borraron de la superficie la estrella y el círculo.
Aparentaba otra vez ser un objeto común.
Arin lo escondió dentro del cuello de su vestido.
Me recliné de la silla y noté que los músculos de mi cuerpo se habían suavizado con una calma infrecuente. La sensación me sentaba bien, comprendiendo por primera vez que la había necesitado hacía tiempo.