CAPÍTULO DIECISÉIS
Laia
H abía tenido que despedirme de Arin a la prisa en virtud de que me encontraba tarde para mi primer día de trabajo como sirvienta. Ella lo había aceptado con gracia y se había marchado con los tejedores con una tierna expresión que saltaba de contento a maravilla como frases inspiradas en un papel.
Monté a Luna, y fuimos a galope todo el trayecto.
Aunque estaba nerviosa por el trabajo y la reacción de la señora ante mi tardanza, un cosquilleo de felicidad me hacía sonreír como una tonta.
Había metido en la alforja, sobre el lomo de Luna, un lío de ropa limpia para cambiarme cuando saliera de trabajar. Tenía planes.
Pero cuando llegué a la mansión de los Azkarraga, la señora de la casa me esperaba en el pórtico.
—Llegas tarde —replicó ella con aspereza. Hoy lucía otro vestido tan caro como el anterior. Me importaba poco poseer uno tan valioso, la vestimenta de mis vecinas no me producía envidia, pero me llamaban la atención para describirlos en alguna escena creativa de mis futuras novelas.
—Lo siento, es que recibí una visita inesperada, muy importante de la ciudad —comenté.
No pensaba divulgar todavía que tenía una hermana gemela.
Era una noticia difícil de compartir que conllevaría demasiadas preguntas y explicaciones de las cuales no estaba en condiciones de aclarar.
Imaginaba el revuelo de las chismosas del pueblo y no soportaría sufrir indagaciones imprudentes por la culpa de ellas. Odiaba ser el centro de atención.
—Espero que sea la última vez —advirtió ella, mientras un palafrenero se llevaba a Luna para guardarla.
—Dispénseme, señora, le juro que no volverá a pasar —murmuré entre reverencias, bajando la cabeza.
—Bien, entra por la cocina y prepara una bandeja con tazas de kafea, leche y azúcar. La cocinera, la señora Monte, te dirá dónde se encuentra todo.
Descendí corriendo los escalones del pórtico y di la vuelta por la parte trasera de la mansión.
La cocina era tan grande como el salón de mi casa o lo rebasaba por unos pies.
Había dos mesas largas y otras pequeñas para cortar vegetales o dejar enfriar postres.
Allí preparaban el almuerzo dos mujeres vestidas igual que yo, pero la de mayor edad, como de sesenta, era la jefa y dejó la olla sobre la estufa a manos de su asistente.
—Ya está todo listo. —Me señaló la bandeja sobre la primera larga mesa rectangular. Había tres tazas de porcelana servidas—. Creí que no ibas a venir. La familia se encuentra reunida en el salón. Ya desayunaron. ¿Sabes cómo llegar allí?
Asentí y tomé la bandeja.
—Ayer, la señorita me mostró la casa.
Nerviosa, ignoré los adornos en el pasillo y la magnificencia del salón, asimismo, al gran klavier, el cual resaltaba en la esquina como una marca de su distinguida clase social.
Para mi asombro, sentada frente al instrumento musical, Katariñe tocaba el teclado del klavier, en una melodía suave tan contraria a su arrogante y hostil personalidad, aunque no lo hacía de memoria puesto que leía del libro de música sobre el pequeño atril frente a ella.
Me extrañó que fuese tan buena klavierista. Había imaginado que solo personas con alma sensible eran capaces de interpretar tales composiciones. Por lo visto, a Katariñe le quedaba una pizca de humanidad por dentro, aunque estuviese escondida en la cueva profunda de su ánima.
En una butaca, el señor Azkarraga leía un periódico de la ciudad al cual seguramente se había subscrito tiempo atrás y le traían los perrhegaztis.
La señora Azkarraga bordaba recostada de un canapé.
Las manos me temblaban y cuando iba a colocar la bandeja sobre la mesita, se me cayó todo al suelo en un estruendo. Las bellas piezas quedaron destrozadas.
Los miembros de la familia me clavaron sus ojos horrorizados como si yo me hubiese transformado en un monstruo de cinco cabezas.
—¿Qué has hecho? —La señora Azkarraga se levantó de un salto.
Katariñe se estremeció con carcajadas burlonas y detuvo la música que tocaba.
—¿Qué le pasa a esta niña? —inquirió el señor Azkarraga, señalándome con el periódico.
—Sabes que el día de hoy no te lo voy a pagar. —Se encolerizó la señora Azkarraga— De tu salario sacaremos el inar para comprar lo que rompiste.
Bajé la cabeza y realicé una reverencia.
—Sí, señora. Dispénseme, señora.
La señora tocó una campanita y apareció la ama de llaves.
—Por favor, envíe a alguien para que ayude con este reguero, y que la señorita Zenarrutza permanezca en la cocina.
—Sí, señora.
Realicé tareas menores como fregar, pelar y cortar vegetales.
La tristeza me persiguió como mi sombra durante todas las horas que permanecí allí.
Por ser mi primer día, me dejaron marcharme a las tres de la tarde, pero me ordenaron regresar al amanecer del siguiente día en virtud de que habían llegado dos familiares importantes de los Azkarraga.
La señora planificaría una fiesta de bienvenida: había mucho que lavar y planchar, así que trabajaría hasta las seis de la tarde.
Me fui con Luna a galope tratando de alejarme de aquel desastre lo más rápido posible, y aproveché para visitar a Arin en la posada de Taresa. La idea de encontrarme con mi hermana me aupó los ánimos por un momento breve.
Pasé mi granja, la ruta de caobas, la escuela pintada de gris antes de llegar al pueblo.
Cuando arribé a este me dirigí hacia la calle principal y rodeé la plaza.
La tristeza mancillaba mis sentimientos, y no quise mirar ni saludar a nadie, aunque me tildaran de arrogante.
No me gustaba hablar de mi vida privada con cualquiera, encerrándome en una crisálida silenciosa.
Frente a la posada, entregué las riendas al mozo de caballos, saqué la ropa de la alforja y entré donde inmediatamente me encontré a Arin, quien hablaba con Taresa tras el mostrador que su padre había ajustado a su altura.
Ambas me recibieron con amplias sonrisas, y la bienvenida dulce licuó un poco la sal en mis heridas.
—Bendecidas por los Cuatro. ¿Ya le contaste la buena noticia? —Me aproximé a Arin.
—¿Que son hermanas? —inquirió Taresa—. Tan pronto llegó de tu casa. Me alegro mucho por las dos.
Arin me tomó de la mano.
—¿Viniste a visitarme?
—Quería platicar contigo para conocernos mejor —le contesté—. Déjame cambiarme. Este es mi único uniforme.
—Ve a mi cuarto —la exhortó Taresa.
—Gracias.
Detrás del mostrador, había una puerta que me llevaba a la cocina, adyacente a la despensa {donde además de alimentos se guardaba la vajilla y había una pileta para fregar}, y al final se encontraba la habitación de Taresa.
No buscaba fijarme en el dormitorio, pero me llamó la atención la cantidad de cuadros recostados de una pared, como tesoros escondidos, junto a un caballete de madera, la mesita de noche y la cama tendida.
Ojeé una de las pinturas y admiré la belleza que había capturado de un atardecer en el campo.
Tenía talento. ¿Por qué no hacía nada con estas creaciones y las tiraba aquí, acumulando polvo?
Indagaría sobre el asunto en otro momento.
Me cambié de ropa con rapidez y me reuní con las jóvenes.
—Queda con los dioses, Taresa. Vamos —invité a Arin y salimos de la posada—. ¿Sabes montar a caballo? —le pregunté a Arin cuando el mozo de caballos me trajo a Luna.
—No, pero me encantaría aprender.
—Bien. Te enseñaré cerca de casa. —La alegría se hilvanó en mis palabras como las oraciones fluidas en un párrafo lírico. Me monté sobre Luna, y Arin tras de mí.
—¿Cómo te fue en el trabajo? —Arin se ciñó a mi cintura como temerosa de caerse.
Hice una mueca al revivir los sucesos humillantes.
—Mal.
Ella frotó mi hombro, y por ser mi hermana, no me molestó su atrevimiento.
—No te juzgues; es tu primer día. Ya verás que pronto te adaptarás —me consoló Arin.
—Eso tendré que hacer por el bien de mis padres.
—¿Qué pasó con ellos?
Aun cuando la acababa de conocer esa mañana, preferí decir la verdad para que estuviese al tanto de lo que acontecía en mi núcleo familiar. El parentesco que me unía a ella me motivaba a ser más confiada de lo normal.
—Hace dos días papá sufrió un ataque al corazón, entre otros problemas.
—Eso es lamentable. ¿Cómo sigue?
—Mejor. El chamán Markel lo asistió, uno de los hijastros del alcalde.
—Yo creí que solo se permitía un chamán por pueblo.
—Cuando el alcalde chamán entra a la mediana edad y está cerca de retirarse, las leyes autorizan otro en adiestramiento. Sin embargo, hay un movimiento nuevo que propulsa la división del sanador y del alcalde; que este no tenga que retirarse, aunque le ceda el papel de curandero a su sucesor.
—Nunca había escuchado sobre eso —consideró Arin, y capté sorpresa en su voz.
Yo no estaba muy segura si ese movimiento le convendría a la dirección de los pueblos, mucho menos viniendo de la persona que lo había iniciado.
—Debido a que el director de ese movimiento fue nuestro alcalde Gergori Águila Salvaje y se ha mencionado poco en los periódicos.
—Sabes mucho de política. ¿Lo entrevistaste?
—No. Yo escribía artículos para el periódico local de los temas que me pidiera el propietario del taller y, cuando se enfermaba el otro escritor, yo cubría esa parte de las noticias.
—Suena emocionante.
Me encogí de hombros.
—En verdad, no me gustaba mucho.
Lejos de las cosechas y el establo de mi granja, me desmonté y le di las riendas a Arin, pero caminé con una mano sobre el costado de Luna para que no se asustara del cambio de jinete.
Aparte de mí, solo había transportado a mamá o a papá.
Mi inteligente Luna comprendió y se dejó guiar con pasos relajados.
—Tengo una duda —inquirió mi hermana y su bonita frente pecosa se arrugó—. ¿Cómo tus padrastros compraron esa granja? La mayoría de los agricultores no tienen esa cantidad de inar. Son pobres; muchas veces, dependientes de un hacendado.
—El banco se la dejó muy barata en virtud de que nadie en el área quería comprarla. La gente decía que estaba embrujada porque los dueños anteriores habían sido brujos —conté como si leyera de un misterioso libro biográfico.