Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPTULO QUINCE #2
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CAPTULO QUINCE #2

Junto a estos, se habían propagado plantas de aerrís natural confundidas con la hierba, hojas de tubérculos, arbustos retorcidos y árboles llamados milojos en razón de que los rugosos troncos ovalados, marrón dorado, se cubrían de ojos que en verdad eran pedacitos de corteza intercaladas similar a párpados (la copa se formaba por lanceoladas hojas largas y duras como cabellos sin peinar).

Los milojos eran tan grandes que rivalizaban con mansiones de dos pisos.

Mirada Nocturna los apreciaba como dadores de buena suerte, abundancia, protección y prosperidad, pese a que no ofrecían mucha sombra.

Mirada Nocturna llevaba muchos años como alcalde de Sarobey, que yo recordara desde mi niñez.

Era un viejo sabio, y por ello, había decidido consultarle mi problema.

Tal vez hubiese sido preferible y fácil abordarlo por medio de una carta, pero no había querido vaciar en un papel un asunto tan delicado que podía caer en manos enemigas.

Debía tratarlo personalmente para mayor seguridad.

El sol se había movido en el cielo, y mi leontina de oro indicaba casi las diez de la mañana. El viejo de seguro se habría despertado con las gallinas y no le molestaría mi visita temprana.

Entramos frente a la hacienda, la cual carecía de una cerca de hierro que protegía las viviendas modernas.

La mansión se extendía en un solo piso y se abría a un gran jardín interior central como las de antaño, a diferencia de los vecinos y la mía, las cuales se levantaban en dos pisos como la mayoría de las casas señoriales construidas en los últimos años.

Aunque algunos granjeros de clase media nos imitaban en una escala sencilla, y su fútil intento de igualarnos me llevaba a veces a la risa.

Al verme llegar, los sirvientes del alcalde corrieron a buscarlo, a la vez que el mayordomo salía para recibirme, con la acostumbrada postura de hombros derechos, la barbilla levantada y las manos entrelazadas en la espalda.

Mi lacayo bajó del pescante que había compartido con el conductor y me abrió la puerta.

—Que le guarde Atabex, alcalde Águila Salvaje —me acogió el mayordomo con el formalismo que yo esperaba—. El alcalde Mirada Nocturna lo espera en la biblioteca. Sígame, por favor.

Ignoré la apariencia general de los pasillos y a los criados que barrían o se arrodillaban para limpiar los suelos.

Me sabía las habitaciones al dedillo: a la izquierda del vestíbulo un gran salón de baile y a la derecha, el despacho junto a la biblioteca.

Detrás de estos se encontraba el comedor, anterior a la cocina, y suponía que los dormitorios se hallaban al final de ambos pasillos.

El mayordomo me abrió la puerta de la biblioteca. Esta seguía como recordaba, apiñada de libros hasta el techo sumado a una escalera corrediza de madera para alcanzar los tomos.

Frente a la mesa central, Mirada Nocturna se levantó al verme, y nos dimos un apretón de manos.

Un hombre surcado de arrugas que había sobrevivido la peor rebelión de los tejedores que había asolado al pueblo caobanero.

Para ese tiempo, Mirada Nocturna llevaba un año al mando y había ayudado a contrarrestar la guerra contra los tejedores.

A pesar del triunfo, mi niñez había quedado marcada en mi memoria como una espantosa pintura de bárbaros.

Desistí regodearme en el sufrimiento de aquella época; uno de los dolores más grandes de mi vida, y me concentré en el presente. Pese a que nunca olvidaría aquella guerra, debía ser inteligente para cumplir mis sueños a largo plazo.

El viejo alcalde conservaba su lacio cabello blanco en una trenza que rozaba su cintura, adornado con plumas a la usanza de alcaldes antiguos.

—Por favor, tome asiento —convidó él—. ¿Desea una taza de kafea?

—No, gracias. Comencé la mañana con una petaca de vino.

Ambos reímos. Supuse que Mirada Nocturna había empezado, alguna vez, la mañana de esa manera y me comprendía. A veces no había otra forma de enfrentar los obstáculos que la vida te arrojaba sin piedad.

—Entiendo. ¿Y a qué debo el honor de su visita?

—Evitaré los rodeos, viejo amigo, para no interrumpir tu trabajo tanto tiempo.

—Me alegra poder ayudarte; así honro, a la vez, la memoria de tus padres.

Incliné la cabeza, complacido por su lealtad y tuteo.

—Estoy sufriendo de muchas pesadillas que comparten el mismo tema. Como entenderás, descanso poco y ello afecta mi concentración y mi trabajo. Por lo tanto, consulté con algunos alcaldes y estos me sugirieron realizarle rituales a mis ancestros, pero no ha surtido efecto.

—¿De qué son las pesadillas? —Mirada Nocturna entrecerró los ojos.

—Guerras, matanzas… A veces oigo la voz masculina de un espíritu que me invita a destruir a mis enemigos.

El anciano asintió con lentitud.

—Tus ancestros no tienen nada que ver en este caso, por eso los rituales no te han funcionado.

—¿Cuál será entonces la causa?

—Tienes problemas con el Dios Caosmarex. Uno de sus reinos abarca los sueños oscuros —interpretó él en una voz pausada que de todos modos me impactó.

Fruncí el ceño.

—Yo creía que el Dios Juracán era el único dios menor de la maldad, el engaño, los huracanes y la oscuridad.

—Las tradiciones antiguas, antes de la invasión, colocan a Caosmarex como regente de las pesadillas en su forma sutil; Juracán es su forma material —declaró el alcalde.

—Mis estudios sobre el nacimiento de nuestra historia divina fueron hace muchos años, pero mi madre tocó el tema de los dioses y mencionó a una diosa de la oscuridad. —Me froté la nuca y me arrepentí de no haber prestado atención a las lecciones.

—Así es. Recuerda que la deidad de las pesadillas nació de un pensamiento de odio de la Diosa Guabancex mientras esta dormía, quien es la verdadera diosa del caos y el desorden —explicó Mirada Nocturna—.

Irónicamente, su hijo es un cobarde, así que te incitará a realizar actos nefastos en su modo de espíritu como Caosmarex.

Me inquietó su aclaración. Era más serio de lo que yo creía. ¿O estaba exagerando? ¿Podía confiar en un hombre anticuado?

—¿Qué debo hacer? No existen tradiciones para honrarlo; nadie ha sido tan tonto como para rendirle culto.

Mirada Nocturna contempló el asunto por un momento.

—El Dios Caosmarex presenta la facilidad de entrar a tus sueños. —Él repicó un dedo sobre la mesa; yo eludí encogerme como si el gesto me acusara de un delito—. Algo debe molestar tu conciencia para que él se aproveche de tu situación.

Apreté los puños por lo que insinuaba.

—Yo no he cometido ningún crimen.

—Imagino que acudiste primero a la Diosa Atabex.

—Sí, pero no cumplió mis ruegos —admití y desvié la mirada.

—Ese es otro indicio de que tu conciencia se encuentra perturbada —opinó Mirada Nocturna.

—En caso de que sea cierto, ¿cómo puedo atraer la ayuda de la Diosa Atabex?

—Primero debes deshacerte del Dios Caosmarex y solo lo conseguirás si limpias tu conciencia ayudando a las personas que perjudicaste.

Saqué la leontina de mi bolsillo; debía marcharme.

Este viejo exageraba el problema. Yo no le había hecho daño a nadie.

Mentía de vez en cuando, como todo el mundo, para obtener lo que necesitaba y requería de muchas cosas.

Sólo buscaba lo mejor para mí, para mi familia y para Caobán. En ese mismo orden.

Pero Gizon y Údane…

—Gracias, Mirada Nocturna.

Evité recordar los hechos que rodeaban mi divorcio de Údane. Debía proteger mis bienes a toda costa.