Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPTULO QUINCE
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CAPTULO QUINCE

Gergori

D esperté de la pesadilla y caí sentado como un revólver que se había disparado en un arrebato. Me sequé el sudor de la cara. Santxa dormía a mi lado sin darse cuenta de mis tribulaciones. Habíamos pasado la noche juntos, y yo no había querido regresar a mi dormitorio.

Para calmar los latidos de mi corazón, me distraje con la belleza del dormitorio.

Las cortinas, el papel de pared, la alfombra, hasta la tela de las sillas todo se había coordinado en tonos de rojo sólido y crema para pequeños detalles.

El orgullo de mis bienes materiales calmó mis temores infundados.

Me acerqué al borde de la cama y saqué los pies bajo el toldo para descansarlos en el escabel rojo como las paredes.

La pesadilla había sido tan real… Igual a las ocasiones anteriores.

En medio de un zafarrancho, presenciaba la muerte de Santxa y mis hijastros, puesto que luchaban contra monstruos, tejedores que botaban humo letal en vez de telarañas; contra Gizon, armado hasta los dientes; o en una guerra organizada con cañones y caballerías, guiados por hechiceros guerreros…

Invoqué a la diosa Atabex para que nos protegiera de las visiones ominosas y para dialogar con ella el significado de los sueños. Pero no me contestó. Llevaba años sin hablarme, tal vez ocho.

Había consultado el problema de las pesadillas con algunos de los alcaldes vecinos, pero los rituales que me habían recomendado no habían surtido efectos positivos ni negativos como tragados por un abismo. ¿Qué estaba pasando?

El reloj sobre la repisa marcó las ocho de la mañana, y el sol se colaba por la ventana, sin embargo, su calor no me inspiró seguridad.

Por tanto, empujé el toldo para salir. Abrí la puerta del vestidor, el cual separaba mi habitación de la de mi esposa.

El lacayo, quien había despertado horas antes que yo, había sacado la ropa que me pondría ese día; la que yo había elegido la noche anterior.

En una esquina había un “caballito” de porcelana montado en una caja de caoba para lavarse las partes íntimas y una silla de madera que en vez de asiento sostenía un orinal o lavabo como lo llamaban en Lurragerrari.

Además, completaban la recámara armarios con ropa y dos butacas: una rosada para mi mujer y la verde, mía.

Me aseé la cara con agua perfumada con pedacitos de madera de una jofaina de cerámica, y el criado me ayudó a vestir.

—Avanza, Solé —le indiqué—, que hoy tengo prisa.

Aunque no debía tenerla; no eran horas de visitar a nadie. En todo caso, quería recrearme y relajarme con el viaje. Olvidarme de la pesadilla recurrente.

Me observé en el espejo del armario. Llevaba pantalón negro, camisa blanca, encima chaleco y chaqueta mañanera abotonada a la cintura, corta al frente y más larga atrás de falda acampanada y talle estrecho, ambos negros.

Debía seguir la moda, sin importar que me apretara la barriga puesto que la vestimenta me ayudaba a proyectar mi liderazgo y poder de clase.

Me calcé con botines de cuero negro y encima, tela gris, cerrado a los lados con botones.

Eran los botines Larrés del diario que el zapatero del virrey había creado para combatir el calor isleño.

El nombre se había tomado del palacio donde moraba el virrey y fue un éxito reciente entre los nobles y burgueses ricos.

—¿No va a desayunar, mi señor? —Solé amarró la pajarita de seda por mi cuello.

—Algo ligero que me pueda comer en el camino. Dile al señor Tourad que prepare el carruaje.

Descendí las escaleras en forma de caracol hasta llegar al primer piso.

Solé me seguía los talones y me detuve para que él me abriera la puerta.

Luego se perdió por las escaleras laterales para los sirvientes.

En el salón, halé una borla, que colgaba discretamente del techo en una esquina, que conectaba con el cuarto del mayordomo y a su vez con la cocina en el sótano; en alguna de esas dos partes debería estar. Necesitaba darle instrucciones.

Aprecié el salón con sillas, un sofá y dos canapés cómodos de tapicería en terciopelo con estampado de flores en tallos enredados con hojas, algunos muebles heredados y otros traídos desde las tiendas exclusivas de Montefuegos, (que a su vez las importaban de Lurragerrari), al igual que el klavier; debajo una hermosa alfombra asimismo de Lurragerrari enmudecía los pasos.

Una mesa de caoba con tapa de mármol se encontraba frente al sofá.

En adición, los cortinajes protegían de los abrasivos rayos solares.

Orgulloso de mis logros como heredero único de la antigua alcaldesa, mi madre, me distraía un poco de mis inquietudes oníricas.

Goñiz apareció, un hombre blanco de cabello negro salpicado con mechones de canas. Llevaba tantos años conmigo que parecía parte de los muebles: un perro fiel, a pesar de su raza blanca. Había trabajado con nosotros desde que mi madre había subido al poder.

—Me llamaba, señor Águila Salvaje.

—Habla con la señora Herrera para que le explique a la señora Águila Salvaje que no vendré a almorzar. Estaré… auditando las haciendas —mentí. No le había dicho a mi mujer nada sobre las pesadillas. ¿Para qué preocuparla? Tal vez no era importante, y yo mismo me inquietaba de forma exagerada.

—Sí, señor.

—Avisa también en la alcaldía que hoy no pasaré por allá.

Goñiz asintió, mas no se movió del salón.

—Perdone que lo interrumpa, señor, es que anoche le llegó esta carta. —El mayordomo se acercó a una mesita y tomó la bandeja donde había un sobre sellado—. No quise interrumpirlo y por eso la guardé aquí en el salón.

—¿Puede esperar a mi regreso?

Goñiz realizó una mueca.

—Me temo, señor, que esa es su decisión.

Tomé el sobre. Provenía del señor Ibarruri.

El dueño de la posada tenía sus propios perrhegaztis que solo utilizaba en emergencias.

Yo le había otorgado ese permiso por la naturaleza delicada de su trabajo; me ayudaba a saber quién entraba o salía de Caobán en la medida en que fuesen turistas sin parientes caobaneros. Me despertó la curiosidad.

El mayordomo Goñiz me pasó el abrecartas de oro que descansaba en la bandeja, y nada me había preparado para el contenido.

Mi hijo había regresado; mi único hijo con Údane: mi primogénito, si contaba a mis hijastros.

Respiré hondo tratando de serenarme y razonar con claridad; calcular los siguientes pasos.

De alguna manera pensé que su odio hacia mí no le habría permitido cumplir mi invitación para regresar a Caobán.

La verdad que no se lo había pedido antes ocupado con mi trabajo, mi esposa nueva, supervisar los estudios de Mitxel y el entrenamiento de Markel para chamán.

Los años habían pasado tan rápidos como una noche de despilfarro en Montefuegos.

—Quémalos. —Le entregué el sobre y la carta al mayordomo.

Él me abrió la puerta principal. El carruaje halado por cuatro zaldias estaba listo. El lacayo me esperaba con la puerta abierta, mientras sostenía algo envuelto en un pañuelo y una petaca.

Los tomé, subí por el escaloncito del carruaje y me acomodé adentro en los mullidos asientos negros. Golpeé el techo del coche con la empuñadura de mi bastón. Al escuchar la señal, el conductor arreó a los caballos. Habían abierto la puerta de la cerca de hierro que rodeaba la mansión y salimos.

Mientras comía el pedazo de pan recién horneado con un trozo de carne asada, observé por la ventana de cristal. Al terminar de comer, bebí de la petaca de vino.

Dejamos atrás mi hacienda de plátanos, legumbres, batatas, maíz, arroz y algodón, la más grande y variada del vecindario, donde había conocido por primera vez a Santxa y había quedado prendado de su belleza.

Me había enamorado como un loco a pesar de haber estado casado con Údane…

Arrojé a un lado los recuerdos. A estas alturas, no me iba a recriminar mis acciones pasadas.

No me había arrepentido de nada en razón de que yo merecía ser feliz como cualquier lugareño.

Por otro lado, dirigir una hacienda y una alcaldía había acarreado un exceso de trabajo que me dejaba exhausto, pero el capataz me había servido con honradez y lealtad en los asuntos de la hacienda.

De todas formas, aprovecharía mi poder político para convencer a la gente importante y lograr el máximo alcance de mis metas.

Llevaba tiempo gestionando las firmas, las reuniones y el apoyo necesarios para persuadir a los poderosos tras la autoridad final del virrey.

Mi hacienda, como las demás de los caobaneros, se extendían hacia el noreste de la isla, pues al oeste el río Aguasclaras marcaba los lindes con el siguiente pueblo: Yarari.

Pasamos por las plantaciones principales de las familias acaudaladas, las cuales producían algodón, maíz, azúcar o frutos menores como plátanos, a mi izquierda.

A mi derecha, se erigían las casuchas de los jornaleros cerca de la calle de tierra y a lo lejos destacaban las mansiones de los hacendados, pintadas en tonos claros o blancos, y detrás el inmenso bosque misterioso que se extendía como un mar esmeraldino donde moraban los tejedores.

Continuamos el rumbo al pueblo vecino por la calle de tierra.

Aun cuando yo le había pedido cientos de veces al virrey que empedrara estas calles principales, él se había quejado de que saldría muy costoso y de que por el momento no hacía falta.

Caobán era grande en tierras, mas no en población. El último censo había indicado cuatrocientas treinta y dos personas, sin contar a los tejedores porque el gobierno no les ofrecía ningún tipo de servicios ni ellos interactuaban con nosotros. Ruli era la única excepción.

Un letrero en madera clavado a una estaca con el nombre pintado de “Sarobey” en letras blancas indicó que habíamos llegado. En el lenguaje aborigen significaba algodón por todos los que crecían silvestres en esta área de la isla.