CAPÍTULO CATORCE #3
Ella me tomó las manos, y yo se lo permití sorprendida por el caluroso recibimiento.
—He soñado contigo tantas veces. ¿Quién eres? Por los dioses, pasa, pasa, perdona mis malos modales.
Nos tuteamos de una forma natural y espontánea. Aun cuando sus palabras me remontaron al pasado, afirmé de prisa:
—Sí, ahora que lo pienso, yo he soñado contigo un par de ocasiones.
Asimismo, invitó a los tejedores, y entramos al salón en tanto que una mujer morena bajaba por las escaleras centrales.
—Laia, ¿quién nos visita?
Sin rodeos, me presenté con la cortesanía que domaba mi impaciencia:
—Me llamo Arin Urtuberri, y vengo de Montefuegos, específicamente del orfanato Casa Niñas de Laborantza.
La señora se detuvo en el último escalón y su piel se volvió gris.
¿Quiénes eran estas personas? ¿Dónde estaban mis padres? La confusión desamarró las riendas de mi serenidad, y les expliqué:
—Yo creí que aquí vivían el señor y la señora Urtuberri, pero si me equivoqué, les pido por favor que me digan de su paradero. Es urgente que yo hable con ellos. Necesito saber la verdad. —Me atraganté con la rapidez de mi locuacidad como un carruaje despeñado por una loma.
—Urtuberri —murmuró la joven con la que había soñado, cerca de mí.
En mis sueños la había visto cabalgando un zaldia o cultivando rosas amarillas y rosadas.
¿Desde cuándo el mundo onírico podía entremezclarse con la realidad?
En las enseñanzas de la religión sustraiquista, de blancos y negros, nunca se había abordado el tema.
¿Los tejedores sabrían algo sobre el asunto? Sería interesante investigarlo cuando encontrase un momento libre.
Los aborígenes se habían sentado como si observaran extasiados una obra de teatro. Yo me ruboricé, todavía de pie en medio del salón, tanto por mi enunciado desordenado como por ser el centro de atención.
La señorita entreabrió los labios como rebuscando las oraciones apropiadas a sus sentimientos.
—Madre —expresó Laia sin apartar su mirada de mi rostro—. ¿Quién es ella? Tú me dijiste… —Sus ojos se llenaron de lágrimas furiosas, asimismo, la tensión de su boca al enfrentar a su madre delató su ira. La joven vestida de sirvienta apretó los puños.
La mujer se acercó a nosotras y se llevó una mano temblorosa a la frente, murmurando algo inteligible.
—¿Mamá? —Ella tocó suavemente el brazo de la señora, y esta lo bajó.
—Dispénsame, Laia, pero ella es tu hermana gemela, mas, como es evidente, no son idénticas. Sé que nunca te lo confesé…
—Esperen —interrumpí—. Esto no puede ser.
—Por favor, tome asiento. —La mujer recuperó la compostura, y la obedecí al descubrir el borde de una butaca, como si me encontrara en medio de un sueño.
Laia se sentó en otra, y el perro blanco se acostó a sus pies con mirada atenta—.
Debo comenzar desde el principio. Yo soy la señora Zenarrutza, y junto a mi esposo adoptamos a Laia desde los dos meses de nacida.
La señora Errázuriz, la dueña del orfanato, me indicó que sus padres habían muerto, si bien no entró en detalles. Desconocemos las causas.
—Yo pensaba… Yo saqué este papelito de mi expediente —murmuré apretándolo en un puño—, y creí que era la dirección de mis padres puesto que no había ninguna información sobre ellos ni de la señorita Laia.
—Cuando la adoptamos, nos dieron los papeles de Laia junto con una pequeña pintura de sus padres, que representaba el día de la boda. Entre sus identificaciones, fue lo único que se había conservado. Ve, Laia, tráela.
Laia se limpió los ojos con un pañuelito que sacó del bolsillo de su delantal y subió las escaleras.
El silencio cayó tan pesado como un saco de tomos viejos sobre mis costillas. Mi labio inferior temblaba. Todavía no podía creer lo que había pasado. Nunca me cruzó por la cabeza que pudiese tener hermanos… Y mi discurso de odio me resultó inútil.
Laia regresó con una cadena de plata de donde colgaba un medallón. Me lo entregó y, con manos temblorosas, abrí el diminuto cierre.
Efectivamente, había una miniatura de un hombre negro vestido de gala, tomando la mano de una mujer blanca ataviada de novia, pecosa de cabello rojo.
Las lágrimas surcaron mis mejillas e inquirí:
—¿Dónde están enterrados?
—No sabemos y, la verdad, tampoco se nos ocurrió preguntar.
—La señora Zenarrutza negó con la cabeza—.
Creo que la señora Errázuriz tampoco sabía.
Pero debe entender, señorita Arin, que no las adoptamos juntas porque no teníamos suficiente inar.
Acabábamos de comprar esta casa y… Le suplico que nos dispense por separarlas.
Sonreí débilmente y mis ojos se detuvieron en Laia… Mi hermana. Los dioses me habrían arrebatado a mis padres, mas me habían regalado a una hermana. Mi mundo se expandió como cuando me sumía leyendo en un libro que me atrapaba.
Ella también sonrió tímidamente entre lágrimas.
—Yo sabía que era adoptada, nunca me ocultaron ese detalle —reveló Laia—, sin embargo, aunque no hayamos crecido juntas, eres bienvenida en esta casa cuando quieras, ¿verdad, mamá?
—Sin duda.