CAPÍTULO CATORCE #2
—Llámeme Taresa. Entenderá que no puedo abundar sobre la niñez del señor Toro Fuerte —murmuró ella—. El pasado del ilustre de Karrantza es igual de trágico. La muerte de su esposa, hace veinte años, lo afectó mucho y por eso se refugia en la bebida.
—Sin embargo, lo llamó maestro.
—Ha sido mi instructor de arte desde niña. Además, es uno de los pintores más importantes de nuestra época.
Jamás había escuchado de una joven pueblerina que hubiese estudiado arte, pero antes de que indagara cómo había logrado esa hazaña, resonaron pasos en la escalera y guardamos silencio.
En las revistas solo se mencionaban a las distinguidas artistas de la nobleza o hijas de comerciantes ricos, por ello su caso me intrigaba.
Asimismo, no insistí en averiguar detalles suplementarios sobre lo acontecido con el verdadero padre de Gizon.
La ira vieja del abandono que yo había sufrido me obstinaba en concentrarme en mis propios problemas.
Mañana me aguardaba el gran día de enfrentar a mis padres y debía prepararme para el acontecimiento.
Lo había esperado por tantos años que no sabría si dormiría esa noche.
—¿Conoce esta dirección? —le consulté a Taresa luego de desayunar y le entregué el papelito.
El doctor aún no se había levantado, mas yo prefería arrostrar mi destino sin su ayuda.
Oculté un bostezo detrás de la mano. ¡El pasar de la noche había sido eterno!
No sabía cuántas horas había descansado, pero me delataban las ojeras de esta mañana.
Junto a mi mesa, los tejedores observaron con atención la nota arrugada que le entregaba a la señorita Taresa, y si bien me molestó un poco la osadía de sus entrometimientos, me mantuve callada.
Debía doblegar mi naturaleza fogosa para alcanzar la justa meta vieja de pelearme con mis progenitores.
Ella se quedó pensativa luego de leerlo. ¿Por qué dudaba? Yo mantenía una expresión amigable para que no sospechara mis intenciones bélicas. No obstante, contestó:
—Sí, son personas muy amables. Si quiere, Ruli y su acompañante pueden llevarla en el carruaje. ¿Ruli? —La señorita Taresa extendió la mano con el papelito para que la tejedora lo leyera. Ruli lo tomó de mala gana.
Los tejedores habían terminado el desayuno y tenían varios libros abiertos como si pensaran estudiarlos en algún momento.
—La ruta es derecha, nadie puede perderse —consideró Ruli malhumorada—, aun así, el paseo me vendría bien.
—Sí, es muy fácil para nosotros —contestó la amable hija del posadero—, de todas formas, hay que tener cuidado con los gaznápiros y jayanes de los caminos.
—Taresa le dio palmaditas a mi mano, y yo sonreí ante el despliegue de sus coloridas palabras—.
Estará bien. Solo quiero tomar precauciones porque es la prometida del señor Toro Fuerte.
—Gracias. —Me levanté sin culpas ni remilgos, y con mi bolso en la mano nos dirigimos a la puerta. Le diría la verdad sobre la mentira de mi compromiso cuando llegara el momento adecuado.
Vikrant trajo el carruaje pequeño para dos o tres personas; como Ruli y yo éramos delgadas cupimos bien, aunque un poco apretados. La caja del vehículo se sostenía sobre dos grandes ruedas y las varas se amarraban al caballo, parecido a un cabriolé, pero más rústico y simple.
Vikrant tomó las riendas y marchamos hacia el sur de la calle principal que comenzaba a llenarse de transeúntes. Los comerciantes abrían sus negocios y se saludaban unos a otros, invocando a los cuatro dioses, hijos de la Madre Universal, quienes nacieron de un sol blanco.
Me encantaba esa parte de la cosmogonía, a pesar de que los aborígenes narraban otros mitos para la creación del universo.
Hasta qué punto el mito se había alejado de la realidad, no estaba segura, pues los chamanes juraban tener contacto directo con sus dioses al igual que los hechiceros.
De todos modos, no me preocupaban esas particularidades de la historia religiosa ancestral para realizar mis oscuros planes.
No temía ninguna represalia de los dioses, ya fuesen lurragerraríes o aborígenes, puesto que me protegía la coraza de la verdad como una heroína justiciera.
Por supuesto, las demás culturas adoraban a sus propios dioses como los tejedores y los senangs, mas no me preocupaban tampoco, dado que cada quien se apoyaba en los dogmas religiosos de su cultura.
Cuando salimos del pueblo, nos protegió del calor la sombra de las enormes caobas.
Sonreí sintiéndome extrañamente resguardada, en cambio, a mi lado los tejedores continuaban serios y callados.
No se impresionaban, como yo, por el hermoso paisaje.
Tal vez ya se habían acostumbrado al espectáculo de la naturaleza.
Ruli sacó del bolsillo de su falda-pantalón un manojo de hojas secas enrolladas y llevó una de las puntas a los labios.
Vikrant apretó el entrecejo como si reprobara la acción femenina, empero produjo cenizas ardientes sobre un dedo que quemaron el lado opuesto del diminuto ramillete.
Ruli chupó y exhaló humo que olía a kafea.
Me maravilló ese comportamiento extraño. Ella absorta en su actividad y tan relajada como un poema pastoril, lo cual influenció en mi ánimo, ayudó a que mis recelos hacia ellos se esfumaran enredados con la nube aromática.
Los tejedores eran un pueblo misterioso aborigen, quienes habían preferido vivir alejados de las civilizaciones, en los bosques alrededor de la isla. Había poco contacto o intercambio cultural con ellos. Por lo tanto, había adquirido información escasa sobre sus tradiciones en los libros.
Una legua fuera del casco del pueblo, una maestra recibía a los niños en la puerta de una escuelita, y al otro lado del sendero, algunos fieles rezaban en una ermita.
Recorrimos el camino más rápido de lo que había imaginado.
Llegamos a la granja. Me estuvo curioso que no hubiese nadie atendiendo los cultivos: una mezcla de plantas y arbustos; al frente de estas, un huerto de lechugas y una charca donde nadaban patos y gansos.
Según había leído en artículos periodísticos, los granjeros madrugaban para atender las tareas desde temprano.
¿Dónde estaban? ¿Tal vez se habían levantado tarde?
Nos detuvimos frente a la puerta principal de la casa. Me desmonté y, abrazando el valor, toqué la puerta. Los tejedores abandonaron el medio de transporte. Ruli lanzó a la tierra el pedacito de hojas enrolladas que le quedaba, lo pisoteó, y después me acompañaron.
Alguien la abrió, y me topé con una joven de piel marrón, cabello negro muy rizo y ojos castaños, enmarcados en largas pestañas negras, que en ese momento se ampliaron por la sorpresa.
—¡Tú! —Ella se llevó una mano a la mejilla; un perro blanco la acompañaba y se dedicó a olisquear mis botines y mi falda.
Ella me parecía muy familiar, de igual modo, pero no recordaba de dónde. Mi corazón atentaba con volar fuera de mi boca.