CAPÍTULO CATORCE
Arin
L legamos a Caobán al atardecer, y habíamos dejado atrás en el camino una estructura que en su letrero central cerca del techo anunciaba la cárcel del pueblo. Era un viejo edificio con pintura descascarada rodeado por cercas negras de hierro. Afeaba el sendero de caobas.
El conductor continuó por la ruta, llegamos a un cruce donde a la izquierda había comercios cerrados, pero no pude leer los rótulos, pues dobló a la derecha y guio el carruaje por la calle principal.
A mi izquierda, se engalanaba la plaza con cuatro árboles, de flores rojas en las esquinas, alumbrados por postes de luz con linternas de aceite en las aceras.
El sereno rondaba los alrededores; en una mano sostenía la linterna para ver las esquinas oscuras de los establecimientos y en la otra, una vara. Vestía el uniforme de los protectores civiles.
Pasamos frente a otros establecimientos: los comercios y la alcaldía habían cerrado. Me llamó la atención la escultura de una diosa aborigen junto a la alcaldía.
Solo permanecían abiertos, primero la taberna{con el gran letrero de Barril Borracho y, al lado, se había pintado un vaso de licor que derramaba espuma}, luego la hospedería llamada La Posada de Paken {con la pintura de una hermosa rosa que decoraba el dintel de la puerta} y, por último, la estación de carruajes de alquiler, una al lado de la otra.
Junto a la estación, se hallaba el establecimiento del carnicero y, al final, la casa de las lavanderas. Estos dos últimos se hallaban cerrados.
Pese a mi cansancio, quería explorar el pueblo en ese momento, pero sabía que era imposible así que, con mucho entusiasmo, me prometí hacerlo antes de irme en unos días, una vez enfrentara a mis padres.
Nos dirigimos a la posada, la cual no era tan grande como las de la ciudad donde muchas de ellas, cerca del palacio del virrey, las habían derrumbado para convertirlas en hoteles.
El cuerpo del edificio se había pintado de crema con los marcos de la puerta y ventanas en blanco, suponía que para refrescar el ambiente.
Allí nos recibió un hombre y su hija en silla de ruedas, en un pequeño vestíbulo abierto desde donde se apreciaba el comedor.
En vez de la larga mesa comunal para inquilinos, como se esperaba de las antiguas posadas, había una serie de mesas pequeñas que brindaban mayor privacidad al comensal, imitando el estilo de los restaurantes sobre los que había leído en revistas y periódicos.
Los establecimientos de Montefuegos copiaban las nuevas modas de Lurragerrari donde el concepto de restaurantes había prosperado con furor en los últimos cinco años.
En Caobán habían imitado definitivamente el estilo de Montefuegos.
Floreros con bailarinas de tallos largos, pétalos amarillos y estambres protuberantes ornaban cada mesa junto a candeleros de estaño con velas encendidas.
Los estambres de la bailarina danzaban como si estuviesen en los prados durante una mañana soleada.
Con sólo mirar la bella flor, una alegre acogida suavizó los aleteos de mi nerviosismo.
En adición, hermoseaban la pared lateral tres lienzos: en el medio un bodegón y a los lados, paisajes que supuse recreaban lugares en Caobán. Curiosamente, el artista no los había firmado. ¿Por qué? La tradición de firmarlos se sostenía desde el siglo pasado.
—¡Bienvenidos! Yo soy el señor Ibarruri a sus órdenes, y ella es mi hija Taresa, pero… ¿Señor Toro Fuerte? ¿Es usted? —El dueño de la posada tomó la mano del doctor y la agitó calurosamente.
Una mujer verde de aspecto joven y un hombre, ambos de raza tejedora {sin embargo, la piel de él era blanca tostada por el sol, si bien las cortas uñas grises delataban su raza, y a ella, las uñas negras}, permanecían en las mesas traseras observándonos con atención.
El recelo a los extraños clavó sus agujas desconfiadas en mi estómago y me llevó a dudar si respetaban la propiedad ajena. Empero me concentré en la plática del médico, quien afirmó en un tono complacido:
—Todavía se acuerda de mí, señor Paken.
Así que descubrí el verdadero apellido del doctor, el nombre de la tribu de su madre…
—No faltaba más. ¡Cómo ha crecido! —exclamó Paken Ibarruri—. Ya es todo un hombre. Y usted, ilustre de Karrantza, que grato verlo por aquí otra vez.
El artista trastabilló, y el señor Ibarruri lo detuvo con rapidez.
—Siempre me acuerdo de los viejos amigos —expresó lentamente el señor Karrantza, su nariz roja como el pimiento colorado.
—Es un honor que nos visite —añadió Taresa dirigiéndose al doctor y luego al artista—. Y, por supuesto, su visita nos deleita, maestro. Deben tener hambre. La cena estará dentro de poco. ¿Prefieren pasar a sus habitaciones para refrescarse primero?
—Sí, gracias —contesté interesada en los tratos especiales que recibían el doctor y el pintor. Caobán era un pueblo pequeño y supuse que todos se conocían, aun así, percibía mucho respeto y calor de aquel singular recibimiento. ¿Por qué?
—Tenemos en Caobán —añadió ella— el servicio moderno de lavanderas y planchadoras, ellas vienen a recoger la ropa todas las mañanas, pero si prefieren puedo prestarles la plancha de la posada y los instrumentos de lavar ropa para que lo realicen ustedes mismos a un precio módico y a las horas de su conveniencia.
—Yo pagaré por las lavanderas y las planchadoras —aseguró el doctor—. Ella es mi prometida, la señorita Arin Urtuberri.
Parpadeé rápido. ¿Por qué quería seguir con el juego? ¿De verdad cumpliría su promesa de remunerar a las lavanderas por el aseo de mi ropa? Solo el tiempo contestaría mi última pregunta.
—En ese caso, le daré a la señorita la llave de la habitación frente a la suya, señor Toro Fuerte, la cual es la primera a la izquierda.
La suya, maestro, dos habitaciones después de la del señor Toro Fuerte.
—Taresa sacó tres llaves de hierro forjado del manojo que colgaba de la cadena en el cinturón de su vestido y las repartió.
Me alegró que no protestara por el gato que yo acurrucaba en mis brazos.
—Suban por las escaleras al fondo. Aquí los esperaré para la cena —concluyó ella.
Las escaleras angostas se encontraban junto a la mesa de los tejedores. La mujer se concentraba nuevamente en un libro frente a ella, en cambio, el acompañante me dirigió una mirada profunda. Le devolví la mirada impertinente.
Los escalones crujieron cuando subimos, y el artista se obstinó en que podía llegar hasta su habitación sin ayuda. Lo dejamos pasar al frente, mas no encontró como meter la llave, y el doctor lo asistió hasta depositarlo sobre la cama.
Mientras soltaba a Lírico, aguardé al señor Gizon frente a mi puerta, no debía inmiscuirme en asuntos de hombres, y cuando regresó, inquirí:
—¿Cómo está?
—Se quedó dormido de inmediato. La siesta lo ayudará a recuperarse.
Afirmé con la cabeza.
—Parece que ustedes son muy queridos es este pueblo. ¿Por qué?
Él examinó la puerta a mi lado y jugó con su llave.
—Costumbres de antaño.
Su comentario evasivo no me engañó. ¿Por qué desconfiaba de mí? En mi opinión, ya no éramos extraños después de todo lo que habíamos vivenciado juntos en solo ocho días que para mí se hilvanaban a mis sentimientos como semanas.
Agregué en un tono tranquilo para no errar de grosera, sino abrazando la verdad:
—Y, sin embargo, les mintió y continuó con la farsa de que estamos comprometidos.
Se enfocó en mí y su frente se arrugó. ¿Por qué sopesaba las ideas en un cuidado desmedido? Para mi sorpresa, expresó en un tono amigable:
—Admito que solo deseaba protegerla cuando estábamos en el carruaje, no obstante, ahora en Caobán podemos decir la verdad si la incomoda.
—No estoy molesta, señor Biskarret, es solo curiosidad.
Su protección, por supuesto, es muy valiosa incluso en este lugar desconocido para mí, pero quería entenderlo…
—Sonreí brevemente para asegurarle mi calmada disposición—.
De todas maneras, es divertido este juego loco. Así que, finjamos un poco más.
Realicé una reverencia y entré a mi habitación, la cual tenía una cama {Lírico se había acurrucado en el centro de esta}, un ropero y junto a este un espejo ovalado de pie, una cómoda y un modesto escritorio pequeño de solo tres gavetas que en seguida acaricié pensando en todo lo que podía escribir sobre el mismo.
Detrás de mí, entró un joven cargando mi baúl de ropa. Me ofreció una reverencia y se marchó.
Avancé a asearme para bajar primero que el señor Biskarret.
Deseaba tener un momento a solas con la hija del dueño.
Fingir ser otra persona, la “prometida” de un doctor, rompía las rígidas reglas sociales de una forma inocente y juguetona.
En el orfanato me habían calificado como una oveja descarriada entre otros insultos.
E imaginar que era otra persona, como una dama respetable, me hacía sentir libre, aunque fuese por breves momentos, de las manchas del pasado.
Lírico se estiró y fijó su mirada penetrante en mí; sucumbí a la tentación de acariciarlo. Luego, me lavé las manos en la palangana y bajé las escaleras.
El comedor se hallaba vacío. Los tejedores se habían marchado, y el señor Ibarruri servía la mesa de una bandeja que sostenía con una mano. Taresa llenaba los vasos de agua de una jarra de cristal.
Cuando se marchó el dueño, abordé a la señorita Taresa de un modo afable:
—Nunca me habían recibido en un lugar de una forma tan calurosa, y como he viajado poco comprenderá mi sorpresa. Gracias; son muy amables. En otros temas… ¿Por qué conoce al señor… Toro Fuerte? —Tomé un sorbo de mi vaso.
—Todo el mundo lo conoce. Él es el hijo del alcalde.
Tosí; me había ahogado con un trago de agua, y Taresa entrecerró los ojos.
Cuando me calmé, prendí las palabras adecuadas como si las cazara del aire sin decir la completa verdad y expliqué:
—Perdóneme, señorita Ibarruri, pero el señor Toro Fuerte es muy privado. No me había mencionado ese detalle, puesto que nuestro compromiso es muy… reciente.