CAPÍTULO TRECE
Laia
A la izquierda de la entrada, Taresa se había colocado tras un mostrador bajito de la posada, una mestiza hermosa de cabello castaño y ojos verde marrones o lo que comúnmente llamaban avellana.
A la derecha se encontraba el área del comedor, el cual fungía asimismo como salón de recreación, donde Ruli estudiaba sentada frente a una de las mesas.
A pesar de que su raza tenía el poder mágico de asimilar cualquier lenguaje al tocar a una persona, era solo oral.
La parte escrita y lectura debía aprenderla como las personas normales.
La acompañaba el varón de su pueblo que la seguía a todas partes.
Él me dirigió una mirada de oso nada divertido. Cambié la cara.
En esos momentos, Taresa dibujaba en un papel y al verme sonrió.
Soltó el carboncillo, se limpió las manos en un paño y dio la vuelta, aun sentada en su silla de ruedas inventada por su padre, el señor Paken Ibarruri.
Había tomado un sillón de la posada y le había ajustado dos ruedas grandes a los lados y una pequeña atrás para manejar mejor los cambios de dirección y el balance.
Frente al sillón había clavado un pedazo de madera que servía de descanso para los pies de mi amiga.
Cuando su padre la había inventado, Taresa solo tenía siete años, había sido todo una maravilla para la comunidad.
Me incliné hacia ella, y nos abrazamos.
—Hace tiempo que no me visitabas —observó ella.
—He estado bien ocupada, y con tantos problemas…
—Sí, me enteré de que se marchó para Montefuegos el jayán del señor Zelaya.
Torcí mis labios en una mueca.
—Me dejó sin trabajo, y la señora Obecruz no quiso darme empleo. ¿Podrías ayudarme, Taresa?
—Yo quisiera, Laia, pero en estos momentos no tengo inquilinos. No tengo forma de pagarte con monedas, solo con almuerzos gratis.
Ruli no contaba como inquilina en virtud de que pagaba su estadía y educación con los sacos de kafea que traía del bosque de donde provenía al sur de Caobán.
Un producto que le había dado fama a la posada del señor Ibarruri.
Los paisanos y de los ayuntamientos vecinos muchas veces venían tan solo por probar una de sus famosas tazas de kafea.
Unos lo pedían puro y amargo; otros, suavizado con leche y azúcar o miel de abeja.
Suspiré.
—Comprendo; no es temporada, y mi familia necesita el inar en efectivo —murmuré. La posada usualmente se llenaba en el invierno cuando arribaban visitantes ricos lurragerraríes y de otros países norteños, huyéndole a la nieve y en busca de nuestro calor tropical.
—Yo sé quién está buscando empleados —intervino Ruli en la conversación desde la mesa.
—¿Quién? —indagué, la esperanza como un misterioso libro cerrado, si bien asequible sobre un estante.
—Tu enemiga, la señorita Katy y su madre, pero no sé si es para la hacienda o para trabajar como sirvienta dentro de la casa señorial —respondió ella.
Malquista. Los músculos de mi vientre se tensaron por su comentario.
—¿Y de cuándo acá la gaznápira es tu amiga para llamarla por su apodo? —inquirió Taresa.
Ruli levantó un hombro.
—En verdad me es indiferente, sin embargo, es más fácil llamarla así.
Acepté su excusa creíble, ya que se le hacía difícil pronunciar la eñe de Katariñe.
Les sucedía a personas que trataban de aprender nuestro lenguaje como segundo idioma.
Del mismo modo, producía muchos problemas pronunciar la doble erre tan común en los apellidos de gente rural. Mi disgusto por su comentario amainó.
—¿Qué vas a hacer? —Taresa me arrastró a mis propios asuntos.
—No sé —verbalicé en un arranque de sinceridad, y la congoja se coló en mi voz como leche rancia y con el mismo mal sabor—. Te veo luego.
—Lo siento —ella concluyó con una mueca triste, y asentí aceptando que hoy era uno de esos días oscuros en que todo me salía mal.
Me marché sobre Luna y regresé a casa, mas un carruaje se había estacionado al frente por la entrada principal.
Al coche le habían pintado sobre la puerta el símbolo de un sol con un espiral en su centro, y el temor apretó mi pecho: el chamán se encontraba en casa.
Algo malo pasaba a uno de mis padres. Dejé a Luna en el establo y entré por la puerta lateral de la cocina.
Corrí por las escaleras centrales que llevaban a las habitaciones, y las voces me dirigieron al cuarto de papá.
Este yacía en la cama con los ojos cerrados. Mamá lo vigilaba, por un lado, y por el otro el chamán Markel lo limpiaba con un sahumerio oloroso a hierbabuena que sostenía en la mano izquierda. Murmuraba en su idioma aborigen como una melodía que subía y bajaba de entonación.
Yo abrí la boca para averiguar qué pasaba, pero mamá se colocó un dedo sobre los labios para que no interrumpiera.
La habitación solo contenía una cama con dosel, un armario amplio y una butaca acolchada; para mamá, una cómoda de tres cajones con espejo, montada sobre garras de león.
Como muchas personas de clase media, los esposos compartían el mismo dormitorio por la escasez de habitaciones y el inar para añadirlas.
El alcalde, Gergori Águila Salvaje, era el chamán principal de Caobán, pero el costo de sus servicios era demasiado caro para la gente humilde de mi clase, así que optábamos por llamar al señor Markel, quien cobraba mucho menos.
El alcalde se ocupaba de los ricos aborígenes nobles, hacendados ricos o de la aristocracia de blancos y negros.
Sin embargo, si analizaba con rigor nuestra sociedad, las brujas podían asimismo sanar enfermos, no obstante, la gente le temía tanto que nadie las llamaba ni siquiera los pobres.
Preferían endeudarse, puesto que proteger la reputación a veces equivalía a sobrevivencia.
De todas maneras, las leyes del virrey protegían los derechos de los chamanes como únicos sanadores aprobados por el gobierno en las zonas rurales y no los de las brujas como se había acordado en los tratados de paz quinientos años antes.
De la mano derecha de Markel brotó luz amarilla y en un remolino suave penetró el pecho de mi padre, el cual se levantó por el impacto. Lentamente regresó a su posición original.
Papá abrió despacio los ojos, y mamá se sentó a su lado tomándole una mano entre las suyas. El alivio mitigó las arrugas de la frente femenina.
Se apagó la llamarada del sahumerio como por cuenta propia, y el chamán Markel regresó su atención a nosotros.
—Ya se encuentra estable —confirmó él—. La luz amarilla que vieron indica el poder de la diosa Atabex que invoqué.
—¿Qué sucedió? —La preocupación horadaba mi pecho.
—Padeció un ataque al corazón —respondió el chamán—. Debe descansar por lo menos tres semanas, así que no puede trabajar en la granja.
Imploré en silencio a la Diosa Laborantza, diosa del hogar, la familia y la agricultura para que nos protegiera de la ruina económica que nos acechaba el rastro como un depredador. Pero papá estaba vivo y eso superaba en importancia a cualquier otro contratiempo.
—¿Cómo se enfermó? —demandó mamá.
—¿Sufría de insomnio o dolores de cabeza? —inquirió el chamán.
—Sí. —Mamá adhirió la mano de mi padre contra su pecho femenino en un gesto protector que me conmovió.
Mi mente se extravió en los mares dubitativos donde me inquietaba la sospecha de que si mi condición de bruja había prevenido que yo encontrase un amor como el que ellos se profesaban.
Eludí indagar el doloroso abismo de esos sentimientos.
—Son síntomas de que soportaba mucha tensión emocional —prosiguió el chamán—.
Cuando lleva mucho tiempo así, repercute en que la sangre dentro de las venas empuja con mayor fuerza; se rompe el equilibrio de poder entre los espíritus protectores de las venas y el corazón, lo que resulta en un ataque y en un desmayo.
—El espíritu se va porque no soporta la tensión entre las dos fuerzas —interpreté.
El chamán Markel asintió.
—Mediante el poder de la diosa equilibré las energías —explicó el chamán—, y así el espíritu del señor Zenarrutza pudo regresar.
—¿Qué va a pasar ahora? —La voz de papá se deslizó como un débil polluelo recién nacido.
—Les recomiendo como familia que eviten las discusiones y los disgustos, asimismo como un cambio en su alimentación, señor Zenarrutza; elimine las carnes rojas de forma indefinida.
Mamá rio ante la mueca de mi padre.
—Eso puede llevar a discusiones —argumentó ella.
Salí de la habitación y bajé las escaleras. Solo me quedaba una alternativa para ayudar a mi familia y debía realizarla, aunque me pareciera odiosa o un exceso de trabajo. Viajé sobre Luna hacia la hacienda vecina, hacia el este.
Los cultivos y las casitas de los trabajadores se hallaban apartados de la casa señorial por unos setos de madera enredados con hiedras, tan altos como un edificio.
La entrada principal en forma de arco se encontraba abierta y al cruzarla, guie a la yegua hacia la puerta frontal del pórtico en la mansión elegante de dos pisos.
Jardineros se encargaban de podar arbustos y atender diferentes flores en el enorme jardín: racimos de farolitos colgantes en rosado oscuro con venas coloradas; asimismo cuidaban a las trompetas de la diosa, de igual modo colgantes de rojo fuego.
Cuando la brisa las empujaba soltaban un zumbido musical extrañamente delicado.
De día colgaban y de noche se paraban alertas a la luz lunar.
Una sirvienta limpiaba con un paño los asientos en el pórtico, quitando el polvo que las lunas habían vertido la noche anterior. Me desmonté de mi yegua y subí los peldaños hacia la criada.
—Bendecida por los Cuatro. Por favor, avísele a la señora Azkarraga que necesito hablar con ella. Soy la señorita Zenarrutza.
—Por supuesto que la conozco —dijo la mujer—. Usted es la bru…
Ella se detuvo de forma súbita con su rostro blanco más pálido que de lo normal, realizó una reverencia y entró en la mansión.
¿Había estado a punto de llamarme bruja en mi cara?
Me pasé una mano por los ojos, en tanto que respiraba profundamente para calmarme.
Traté de no pensar en la decisión que había tomado o me arrepentiría.
La enfermedad de mi padre me presionaba a encontrar trabajo urgente, y yo no podía perder tiempo.
Con la experiencia que había sufrido con la señora Obecruz, la maestra anciana, no me despertaba muchas esperanzas de lograr mi meta, pero debía intentarlo.
La sirvienta abrió la puerta, y apareció la señora Azkarraga seguida de su detestable hija, Katariñe. La mayor vestía un traje mañanero de muselina blanca y escarpines de tela amarrados con cintas; la hija, un atuendo similar de tono amarillo con detalles en azul claro.
—Así que mi querida vecina se digna en visitarme.
—La aspereza de su voz se menguó al tiempo que Katariñe enredaba un dedo en un bucle sobre su hombro.
¿Por qué estaba nerviosa? ¿Temía que le delataría a su madre del negocio sucio que había intentado realizar conmigo para conquistar al señor Mitxel?
No me conocía si creía eso de mi persona.
Su madre me invitó a sentarme, y ellas tomaron asiento.
—¿Cómo están sus padres, señorita Laia? ¿A qué debemos su presencia? —La señora Azkarraga extendió la falda para no estrujarla.
—Mi padre está enfermo; no puede trabajar en la granja. Por tal razón vengo a buscar trabajo con ustedes —añadí en un susurro.
La señorita Katariñe sonrió como una zorra que capturaba su presa.
—Necesitan inar —razonó la joven.
A pesar de que su descortesía me calentó las mejillas como una bofetada, me tragué el orgullo, afirmando con la cabeza.
—Lamento mucho lo de su padre —comentó la señora Azkarraga—, pero comprenderá que no puedo emplear a alguien de su clase. Necesitamos una sirvienta que atienda la cocina y a nuestra visita, la cual, por supuesto, es de alta alcurnia. No obstante, la habladuría de la gente…
—Mamá —interrumpió Katariñe—, con tu sabiduría puedes manejar la opinión pública de que honras a los dioses al ser caritativa y ayudar a los menos favorecidos. Estoy segura de que te ensalzarán.
Se me erizaron los vellos de los brazos. ¿Cómo podía utilizar la religión para fines egoístas?
—Tal vez tienes razón —indicó su madre.
—Recuerda que la aclamación social repercute en mayores y ventajosos negocios comerciales para nuestros productos —vaticinó la señorita.
Cada una de sus palabras se me clavó como espinas de mal augurio capaces de revolverme las sospechas. ¿Por qué insistía tanto en ayudarme?
—Tienes una cabeza clara, buena para los negocios como tu tía y tu padre. Que pena que no seas un hombre —opinó la señora Azkarraga, y la señorita Katariñe torció el rígido cuello para evitar mirarnos. Me alegré de su incomodidad—. Señorita Laia, ¿puede comenzar mañana?
La mujer y su hija se levantaron. Las imité con torpeza, aturdida de que la joven Katariñe se había aliado a mi causa por primera vez en su vida. Sin embargo, ese misterio me importaba poco. Me urgía ayudar a mis padres y salvar la granja.
—Sí, como usted quiera, señora Azkarraga.
—Mañana tendré el contrato listo para que lo firme. Pero hay una condición.
—Dígame.
El rostro de la mujer se tornó serio.
—Nunca puede utilizar magia para realizar las tareas, ni frente a nosotras, ni frente a las visitas ni cuando esté sola. ¿Entendido?
—Sí, señora, como usted desee. Muchas gracias por la oportunidad que me brinda. —Realicé una reverencia.
—Katariñe, muéstrale el primer piso de la casa, así como la entrada que utilizará mañana —ordenó la señora Azkarraga. Sin más ceremonias, entró a la mansión.
La señorita cumplió el mandato en silencio y me dejó sorpresivamente en paz; creí que, con la ausencia de la madre, aprovecharía para mortificarme. Aun así, bajé los escalones del pórtico como si hubiese vendido mi alma al dios de la muerte, a Erraldoi.