CAPÍTULO DOCE #2
—Prefiero ser un caballero y no mencionar lo que sucedió con ellas. ¿Y de verdad soy su primer novio?
Levanté las cejas.
—Mi orfanato era de niñas.
—Sí, lo olvidé. Hablando de otras cosas, Caobán le gustará. Es un pueblo campestre muy bonito con solo dos calles comerciales. Es muy diferente a Montefuegos.
Mis ideas brotaron en un impulso al recordar la conversación con su madre:
—¿Tuvo problemas con su padre igual que yo? No quiero errar de grosera, es que mi viaje no es de vacaciones ni nada placentero.
Él apretó la quijada y asintió.
—¿Sabía que Caobán tiene miles de años fundado y conserva su nombre aborigen original?
Percibí su incomodidad y abordé otro tema para conocerlo mejor.
—Eso es muy interesante, pero tengo una duda desde el día en que lo conocí y quería saber si era tan amable en aclararla.
—Por supuesto, dígame.
Escogí mi discurso, renuente a admitir frente a él que veía fantasmas y despertarle el rechazo tan común que ocurría con las mujeres de mi clase. De todas maneras, los bampiroas habían sido perros que se habían transformado por la contaminación de la ciudad, cualquiera podía verlos.
—Cuando recuperé la conciencia, un bampiroa iba a atacarme, entonces vi que usted hizo un dibujo en el aire muy curioso, y el animalucho se espantó.
¿Por qué conocía la forma de alejarlo? —inquirí, mas su silencio me hincó como agujas, y en un brote nervioso añadí—.
¿Qué significa el trazo que realizó? La mayoría de la gente atrevida los espanta a porrazos.
El doctor estrechó los labios como si probara una fruta amarga y deslizó su mirada borrascosa por la ventana a su lado.
¡Lo volví a hacer! Agaché la cabeza y elogié la paciencia con la que él manejaba mis intromisiones, puesto que a veces se me resultaba imposible detener la cascada de mi parloteo.
Pero antes de que me disculpara, nos tomó de sorpresa que la diligencia se tambaleó con brusquedad en tanto que resonaban gruñidos y relinchos, seguido de disparos y palabrotas del cochero.
El carruaje se viró a un lado, arrancándonos un grito, y hasta el pintor borracho se despertó entre maldiciones.
Lírico se agarró de una pared del carruaje y encrespó el lomo, mientras yo caía sobre el doctor igual a una muñeca de trapo.
El corazón me brincó en el pecho como acróbata de ferias. ¿Nos asaltaban los temibles bandoleros?
El doctor Gizon se apartó con cuidado, respirando agitadamente de seguro por la conmoción que pasábamos, y yo me ruboricé por el contacto esporádico de nuestros cuerpos.
Él pateó la puerta opuesta a la que estaba contra el suelo y saltó del vehículo para asegurarse de que no sufriésemos peligros adicionales.
Menos de un minuto después, aun cuando el doctor extendió una mano para ayudarme a salir, Lírico se escabulló más rápido que yo, y se me escapó una sonrisa de admiración al felino.
Por último, el borracho se arrastró hasta afuera.
Una gárgola yacía muerta a los pies de uno de los caballos delanteros. Los cuatro equinos resoplaban, ensanchaban sus fosas nasales y movían las orejas hacia atrás y hacia adelante, tratando de incorporarse del suelo.
Dos ruedas de la diligencia habían caído en una zanja provocando que el carruaje se hubiese tumbado de lado.
—Esa maldita gárgola salió de la nada —se quejó el cochero, todavía con el revolver en la mano— y amenazó a los zaldias.
—Muchas criaturas salvajes suelen ser bien atrevidas —comentó el doctor.
El artista ordenó:
—Enderecemos los zaldias; hay que revisarlos.
El señor Gizon y los hombres ayudaron a levantar los caballos aún amarrados al atalaje de pechera. Luego de varios intentos, los equinos respondieron a las exhortaciones masculinas.
Y cuestioné preocupada de que se me atrasara el logro de mis metas, además de mi cariño por los animales:
—¿Los caballos están bien?
—Tuvimos suerte de que no se lastimaran —contestó el conductor luego de palparlos.
—Saque la gárgola del camino, eso asusta todavía a los caballos —ordenó el señor Gizon acariciando los hocicos de los equinos. Se colocó cerca de sus orejas para consolarlos en susurros uno a uno, y los zaldias se calmaron al poco tiempo.
El cochero se limpió el sudor de la frente con el antebrazo.
—Sí, lo sé.
Por suerte era una gárgola pequeña, y el hombre la haló con facilidad; aves de rapiña se encaramaron al instante sobre la criatura para saciar el hambre.
Los tres hombres rodearon el carruaje e impelieron hasta enderezarlo. Traté de no mirar fijamente como la ropa se pegaba al cuerpo del señor Gizon, y el calor del sol tampoco ayudaba.
Me distraje rozando la hierba con mis botines.
Cuando el carruaje estuvo listo, recogí los paquetes que habían caído del techo, y el conductor los acomodó nuevamente y aseguró la baca sobre estos con cuerdas anudadas fuertemente a la barandilla. Abracé a Lirico.
—Las ruedas de la diligencia se encuentran bien —comentó el cochero—, así que podemos llegar a la estación que nos queda cerca para cambiar de caballos y para que ustedes descansen de una vez.
—Me parece buena idea —contestó el señor Gizon, y volvimos a subir al carruaje.
Suspiré aliviada de que el problema se había resuelto de manera rápida y eficiente.
Recorrimos el resto del viaje sin incidentes, y como había prometido el conductor, arribamos al puesto. Se componía de un granero, un establo para veinte caballos y una cantina junto a una posada.
El doctor Gizon volvió a presentarme como su prometida al dueño de la cantina, y yo casi me ahogué por su audacia. Creí que iba a dejar el juego, mas su chanza despertó mi fibra juguetona y se lo permití.
Cada uno nos marchamos a nuestras habitaciones luego de una ligera cena, puesto que saldríamos al siguiente día antes del amanecer.
Acurrucada junto a Lírico sobre la cama, repasé los eventos del día, concluyendo que me encantaron las aventuras al punto de olvidar los propósitos furiosos del viaje. Poco después, el barco de los sueños durmió mi consciencia en un mar de peces pacíficos.