Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

Arin

E l carruaje de alquiler que llamaban diligencia traqueteaba por la salida de la ciudad.

Sobre mi falda dormía Lírico, a mi derecha se había sentado el doctor Biskarret, con un pantalón marrón y chaqué del diario del mismo color, chaleco crema, camisa blanca y alrededor del cuello, una pajarita, igualmente alba.

Terminaba el atuendo con largas botas negras que le daban un aire militar y masculino.

Se veía tan guapo como cuando anoche habíamos celebrado la cena de despedida.

El doctor Biskarret había invitado a su amigo colega, Biktor Baraona, a otro amigo abogado del cual no recordaba su nombre y a la joven coqueta vecina, Zuzene Harismendy.

Esta no me simpatizaba puesto que había tratado de acaparar la atención del señor Biskarret casi toda la velada.

Pero el doctor, como un anfitrión educado, había compartido con nosotros con el mismo respeto que había hecho con ella.

Admiré su sentido de hospitalidad. La mayoría de las veces tenía algún invitado para almorzar o cenar con nosotros y, en ocasiones, eran personas de recursos humildes. A su vez, la madre lo aceptaba como un comportamiento normal en su hijo y lo apoyaba.

En la diligencia, un hombre carraspeó, sacándome de mis recuerdos.

Al frente de nosotros, un señor de mediana edad sacaba del bolsillo de su pantalón una petaca para beber licor.

Hasta nosotros llegaba su hedor a borrachera.

Supuse que había bebido varias petacas desde temprano.

Mas debía tener bastantes caonas, por el hecho de que había pagado al cochero los asientos restantes para que nos marcháramos inmediatamente.

La barba y el bigote desaliñados rubio grisáceos escondían el contorno de su cara blanca enrojecida.

Me asustó su aspecto, y como un mal presagio, me contaminó el recuerdo del malhechor que me había robado. ¿Este hombre intentaría hacernos daño?

—Hermosa señorita —él expresó arrastrando las palabras, sus ojos azules, rojos por el alcohol. ¿Se refería a mí, la Pecosa, la Tomate y otros como se habían burlado en el orfanato? El exceso de licor le había trastabillado su sentido de belleza—. ¿Anda sola?

Pese a que el instinto de sobrevivencia me empujaba la mano para que lo abofeteara o le enterrara mi bota en su cara, el doctor Biskarret avanzó antes que yo y lo amenazó como todo un caballero:

—No le falte el respeto que ella es mi prometida.

Por poco me muero por el anuncio. El doctor Biskarret me guiñó un ojo, y tuve que morderme el labio inferior para no romper en una carcajada.

Mis miedos se desintegraron como papel quemado.

Desde que se había sentado a mi lado, había vuelto a sentir esa cosquilla de atracción, que la verdad me ocurría a menudo cuando él estaba presente.

—Disculpe. Si no me reconoce, soy el pintor ilustre Joakim Karrantza. —El hombre extendió una mano, y el doctor Biskarret la apretó.

Yo traté de capturar las imágenes de los pintores que había visto en revistas de arte y literatura, mas nada del pintor resaltaba en mis recuerdos.

—Por supuesto —afirmó el doctor—. Admiré muchas veces sus pinturas en las colecciones privadas de mis colegas y la galería del Museo Nacional de Arte. Soy el doctor Biskarret y ella, la señorita Urtuberri.

Entonces, el artista sí era reconocido y había dicho la verdad; lo que reflejaba mi falta de cultura, pues nunca había visitado el museo.

El pintor se frotó la barba con la mirada perdida.

—Esos buenos tiempos… —murmuró él.

Indagué en un impulso:

—¿Qué pasó? ¿Ya no pinta?

Por respuesta se llevó otra vez la petaca a la boca, tomó un sorbo y se limpió las comisuras con el dorso de la mano.

—Son cosas del pasado —susurró—. Así que volvamos al presente. ¿A dónde van?

—A Caobán —informó el doctor.

—¡Qué coincidencias! Yo también.

Me desagradó su aviso. Artista famoso o no, los borrachones solían ser muy temperamentales y problemáticos.

Había tratado con algunos padres ebrios que habían venido a deshacerse de su hija o a tratar de saber su paradero una vez abandonada y yo había lidiado con la situación cuando había servido temporeramente de portera {cumpliendo algunos de mis numerosos castigos}.

Iba a ser difícil aguantarlo todo el trayecto.

—Dígame, doctor. ¿Leyó las noticias en los periódicos? —inquirió él.

—¿Cuál de ellas?

—La que advierte de que los bandidos han crecido en sus pillajes y rondan casi todos los caminos que salen de las ciudades.

El corazón se me aceleró como en una carrera de zaldias y comenté:

—¿Estamos en peligro?

El doctor negó con la cabeza, abrió su chaqueta mañanera abotonada a la cintura, en dril, y me mostró que portaba un revólver. Lo sacó un poco del bolsillo en el chaleco bordado. El arma plateada constaba de tres cañones con empuñadura de madera, y lo guardó de inmediato.

—No se contentan con robar las pertenencias ajenas —prosiguió el señor Karrantza—. Matan a los choferes o a todo el que se le oponga y violan a las mujeres. O las raptan y las usan como esclavas de—

El doctor levantó una mano y detuvo su locuacidad.

Me llevé una mano al pecho; creí que se me escaparía la razón por la boca abierta. El temor, como bampiroas, gruñó en mi mente mi posible muerte inminente o algo peor.

—Por favor, respetemos la inocencia de mi prometida.

El señor Karrantza se golpeó la frente.

—Soy un mamarracho. Disculpen. Ay, perdonen mi palabrota. —Se llevó la petaca a los labios y tragó un sorbo largo—. Pero conmigo aquí no pasará nada. ¡Mataré al que se atreva a robarnos o a tocar a la señorita Urtuberri!

La tensión de que vivenciáramos esos volúmenes de tragedia que él auguraba apretó mi cabeza como si estuviese a punto de sufrir una apoplejía.

Corrí la cortinita de piel aceitada frente a la ventanilla para recibir el aire frío de la mañana y calmar el asomo de mis temores. Nunca había salido del orfanato o de la ciudad y aprecié los alrededores.

Montefuegos se había construido sobre una loma que habían redondeado cientos de años antes para que a los hechiceros se le hiciese erigir con mayor facilidad sus barreras de energía en caso de cualquier peligro.

Por tal razón, no habían amurallado las ciudades como en el país Lurragerrari a seis mil o siete mil kilómetros al noreste de Torrente Azul.

Bajamos de la ciudad, por donde se esparcían casuchas nuevas y templos con sus cementerios, y la calle empedrada se transformó en un concurrido camino ancho de tierra por donde salían y entraban otros carruajes, carretas, quitrines, tartanas de titiriteros o personas a caballo.

Una manada de caballos salvajes pastaba en la llanura al igual que el ganado, a veces perseguidos por gárgolas montaraces que aparecían de las florestas y, tras su corta cacería, desaparecían con su presa en un instante.

El ganado presentaba el color característico de verde grisáceo del suburbio.

Decían que en el campo eran de un verde hoja más saludable o azules; un detalle interesante que picaba mi curiosidad de versificadora.

A lo lejos se alzaba una cadena de montañas y su misteriosa presencia me cautivó acostumbrada a estar rodeada de edificios de ladrillo y piedra. La amplitud del paisaje natural me invitó a imaginar versos de heroínas y héroes que vivían libres y felices en su entorno…

Acaricié a Lírico deseando tener una pluma y un papel, y el pequeño felino ronroneó.

El doctor sacó su leontina de plata y verificó la hora, e inquirí:

—¿Falta mucho por llegar? —¿Por qué lo importuné con semejante tontería como una mocosa?

—Sí, descansaremos en una posada antes de arribar a Caobán.

Él nunca aclaró si había decidido visitar a su padre o si su viaje solo era para escoltarme.

De todas maneras, la costumbre de los chaperones había caído un poco en desuso, excepto para viajes largos o fiestas formales.

Y en su casa me había sentido como en mi hogar; casi había borrado las cicatrices que me había infligido el orfanato.

Había sido un buen anfitrión, y sumado a la bondad de su madre y la de él despertaron mis sentimientos de culpabilidad. Lo que me llevo a decir:

—Gracias por acompañarme. Pero no se hubiese molestado. Sé que es una persona muy ocupada.

Sus ojos ambarinos brillaron como trocitos de sol, con una pizca de ternura, y atraganté un suspiro, consciente del gran espacio que ocupaba a mi lado su cuerpo musculoso. ¿Qué sentiría él por mi cercanía? ¿Lo perturbaba como a mí?

Los ronquidos del pintor anunciaron la razón de su silencio y rompieron el hechizo.

Reí tapándome la boca, y el doctor me deslumbró con su sonrisa. El viento desamarró de mi moño alto uno de mis mechones, y él lo colocó suavemente detrás de mi oreja. La leve caricia de sus dedos me ruborizó.

—Estamos comprometidos; recuérdelo, señorita Arin.

Llámeme “señor Gizon” —ordenó con voz ronca y apartó rápidamente la mano—.

¿Cómo no voy a acompañarle? Es mi deber de novio y anfitrión proteger su bienestar para que llegue a salvo a su destino —añadió en un tono tan delicado como un verso romántico.

Medias verdades; me contagió su ocurrencia graciosa, por lo tanto, le seguí el juego.

—Como quiera, señor Gizon. Y hablando de novios y novias, sabe que es mi primer novio, ¿verdad? Su mamá me dijo que ha tenido ya dos novias antes que yo, y rompió los compromisos. ¿Qué pasó?

Yo hablé con la verdad. Su madre me había ayudado a empacar trajes nuevos {había ajustado algunos de sus propios vestidos a mi cuerpo delgado} y, en ese momento a solas, me había contado esa pequeña indiscreción.

Además de haberme pedido encarecidamente que, si él no visitaba a su padre, que lo animara a hacerlo, pero no me había explicado por qué iba a querer evitar un encuentro tan importante.

El doctor Gizon apretó los labios y una nube tormentosa ensombreció su rostro, y me avergoncé de querer saber cada detalle de su vida. Después de todo, yo no tenía ningún derecho de indagar en sus asuntos privados; no era realmente su prometida.

Él carraspeó y contestó: