Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

Laia

M e desperté por segunda vez y me estiré recordando que había soñado de nuevo con la señora enmascarada.

Luego de haber recibido sus instrucciones y haberme despertado, me había quedado dormida otra vez.

Sin embargo, las dudas importantes me asaltaron como bandidos armados.

¿Cumpliré sus órdenes? ¿Por qué debía hacerlo si no la conocía?

¿Ella era de fiar, un ser que no quería identificarse?

Suspiré.

A pesar de la incertidumbre, en su presencia me había sentido calmada puesto que de ella emanaba bondad. De todas maneras, muy pocas veces me había equivocado cuando había juzgado el carácter de una persona. No debía preocuparme tanto, ¿o sí?

Quité el toldo del dosel y me abracé con Endrike en la cama.

El vaso continuaba en el alféizar de la ventana, donde había caído polvo adicional de las lunas.

Me daba la impresión de que nunca cesaban de caer, pero como era poco y se dejaba reubicar con el viento, el planeta se encontraba a salvo, según los hechiceros eruditos en magia y geología.

Se me ocurrió una idea.

Estiré la mano en dirección del vaso y moví los dedos.

A pesar de la distancia, amasé el polvo con mi poder mental, flotó hacia afuera como un hilo brillante y se acercó a la cama.

Bajo mis órdenes mentales, el polvo cambió de forma y se convirtió en una cuchara pequeña, en una cinta corta y en una aguja.

Las cosas se habían transformado como en un juego, tan rápido como las pensaba.

La emoción me encendió los ánimos igual a las estrellas del anochecer. ¿Yo había hecho todo eso? Sonreí y me cubrí la boca. Endrike ladró junto a mí como si contestara que sí.

Las memorias de mi infancia, antes del incidente en la escuela con la señorita Katariñe, volaron como hadas inquietas al momento cuando recuperé parte de mis habilidades.

Cuando pequeña había jugado a crear cosas con el polvo lunar, pero mis padres me habían regañado y me habían prohibido que me divirtiera de esa manera. Yo había obedecido, olvidando ese diminuto eslabón del tiempo.

Mis reflexiones volaron a mi situación de pobreza que abarcaba los problemas de mis padres.

¿Podría crear cualquier objeto con el polvo de las lunas?

¿Hasta monedas y todo el inar que necesitábamos?

Sin embargo, esas monedas serían ilegales si las utilizaba.

Descarté la intención torcida, avergonzada de mis ideas fraudulentas y como un bastonazo asaltó mi memoria cuando intenté crear oro.

¿Debería realizar un hechizo para manipular a la gente y así conseguir el trabajo que quería?

Me arrepentí de ese pensamiento demente tan pronto se me ocurrió. El peligro de afectar el balance del destino era demasiado grande para las personas involucradas e incluso para mí. En conclusión, tales ardides mancillarían la paz de mi mente.

Quité el hechizo del polvo lunar y lo regresé al vaso.

Decidí buscar trabajo de forma tradicional para evitar problemas superfluos, así que me vestí con mi ropa de salir.

Sobre la ropa íntima, el corsé y simples medias blancas con ligas de algodón amarradas bajo las rodillas, me atavié un albo vestido fresco en algodón de abultadas mangas cortas y escote de barco.

Por su puesto, en nuestro ambiente tropical se omitían los largos guantes famosos de Lurragerrari.

Ni siquiera las damas ricas o nobles los utilizaban.

Me calcé mis mejores botines de salir, de tacón bajo, a imitación de las Adiranes, incluyendo las punteras estrechas, cerrados a los lados de los tobillos con cordones.

Por la prisa, desayuné un vaso de jugo, le avisé a mis padres de lo que pensaba hacer y me marché sobre Luna.

Pese a que las posibilidades de que consiguiera trabajo eran casi nulas, tenía que intentarlo.

La escuelita se encontraba antes de llegar al pueblo para que estuviese cerca de los estudiantes puesto que todos vivían en el campo.

La habían pintado de un tono formal gris pálido; la puerta y los postigos, verdes y los marcos, azul pálido.

La maestra llevaba tantos años en el puesto, que le decían la Erudita.

Llegué a la hora de la merienda, y la señora Obecruz me atendió en la puerta, en tanto que dejó al estudiante de mayor edad para que vigilara al grupo.

La maestra cargaba un estilo de ropa que tenía como veinte años de atraso y su cabello blanco lo recogía en un simple moño sobre la cabeza.

En cambio, su mente era tan clara como los ríos del bosque.

Ella se ajustó los espejuelos redondos que no escondían sus ojos azules y mirada inteligente.

—Señorita Zenarrutza, tanto tiempo sin verla.

Nos realizamos las reverencias pertinentes.

—Sí, espero que usted y su familia se encuentren bien —enuncié amparada en la cortesía.

Ella asintió.

—Por supuesto. ¿A qué debo su visita?

—¿Sabe que el señor Zelaya se marchó?

—Es un infortunio que nos hayamos quedado sin el periódico del pueblo. Oí que usted trabajaba para él —respondió la señora Obecruz.

—Así es. Como entenderá, estoy desempleada y quería saber si podía trabajar como su asistente —expresé con el estómago apretado.

La mujer se tensó igual a si le hubiese arrancado su bolso.

—No me corresponde emplear a nadie…

—Lo sé, pero si usted pudiera hablar con el alcalde, estoy segura de que la escucharía. —El desaliento se desbordó por mi boca como un moribundo arroyo en las dunas arenosas de Egarria.

—¿Por qué no fue directamente con él?

—Me va a pedir una carta de recomendación y no la tengo. El señor Zelaya no me dejó ninguna y tampoco me pagó lo que me debía. —Mi voz subió de tono al borde de la desesperación.

Ella bajó la cabeza como si un insecto hubiese manchado sus botines.

—Señorita Zenarrutza, usted demostró ser una estudiante muy aplicada, pero no tiene experiencia como maestra y…

El silencio ponderoso como en una biblioteca fantasma me vaticinó lo peor.

—Es en virtud de que soy bruja, ¿verdad? —murmuré conteniendo las lágrimas.

—Y a causa de que dos familias la vieron codearse con Irune Galindoz; el pueblo sabe que ella no ha cambiado sus actitudes.

Las habladurías corrían rebasando la velocidad de Luna, lo cual no me favorecía en nada.

—No entiendo lo que quiere decir —murmuré apenada ya que la señorita Irune era una persona honrada y me caía bien.

—Con actitudes me refiero a su uso desvergonzado de la magia.

—Yo no comprendo por qué hay tantos prejuicios: los hechiceros y las brujas son igual de mágicos. —Auné valor de donde no tenía, y el esfuerzo me desbocaba el corazón.

—Los hechiceros se educan y siguen las reglas del gobierno.

La mayoría de los brujos no tenía inar para pagar esos costosos estudios.

Era absurdo la forma en que nos marginaban.

La separación no era moral como nos querían hacer creer, sino por clase y riquezas.

Mas por respeto a mi maestra, no continué argumentando; ella no podía cambiar las reglas sociales.

—La señorita Irune no tiene la culpa de haber nacido bruja ni de su pobreza —protesté débilmente.

—La comprendo, empero los padres no van a querer que una de su clase atienda a sus hijos —enunció ella con suavidad y la mirada triste, de esos que se compadecen, pero no hacen nada por el prójimo.

—Lamento… —Los pensamientos se enredaron con mis emociones. Las manos me temblaron y corrí hacia mi yegua antes de que perdiera el control y plañera frente a la maestra.