Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

Arin

B usqué el papelito que había guardado en la habitación y el cual movía del escondite a uno diferente cada día. Lo compartiría con mis anfitriones. Tal vez ellos arrojarían luz sobre el misterio de este lugar antes de marcharme.

No me cabía en mi imaginación colorida trabajar como sirvienta de la señora Domeka y del orfanato hasta entrada la ancianidad.

Ese no podía ser el propósito de mi vida, y si bien lo desconocía, debía dejarlo en una segunda posición, pues quería encontrar primero a mis padres para exigirles la razón de su abandono.

Por otra parte, dudé si debía perder el tiempo en esa investigación.

¿Marchitaría los años de mi juventud cazándolos para tener una discusión absurda de la que ellos de seguro se defenderían con revólver y fusiles de bayonetas?

Ah, pero es que yo no me podía morir sin decirles en la cara lo mal padres que habían sido y acusarlos de que mi malvada sangre provenía de ellos.

Llevaba muchos años practicando los terribles insultos que les arrojaría.

Caminé a prisa desde el pasillo de las habitaciones, olvidando la educación o los buenos modales que debía presentar una señorita puesto que era su obligación moverse como un cisne delicado para no ofender a los Cuatro ni a un posible futuro marido.

Pero yo no me preocupaba por esas pequeñeces.

Entré a la cocina donde se encontraba la señora Biskarret frente a la estufa, preparando el almuerzo, y el doctor lavaba unos platos en la pileta de madera.

Mi corazón se estrujó de ternura. La sociedad esperaba de los hombres {en sus múltiples expectativas}, valentía, honor o violencia; nunca que ayudaran a sus madres, lo cual superaba los méritos de mayor importancia.

—Aquí está. —Les mostré el fragmento de hoja, maltratado por las veces que lo había leído y doblado para esconderlo como mi más preciado tesoro.

El doctor se secó las manos con un paño que tomó de la mesa y lo leyó en voz alta:

—Antigua Granja de los Serra en el pueblo de Caobán.

Él y su madre intercambiaron miradas; la de él, sorprendida, y la de ella, una mezcla de emociones donde reinó la preocupación.

—Recuerdo esta dirección. Mi madre y yo somos oriundos de ese pueblo.

—¿Entonces conocieron a mis padres?

La señora Biskarret negó con la cabeza.

—Es imposible que sean sus padres ya que allí vivía una pareja de ancianos. Gizon no los conoció debido a que era muy pequeño en esa época —comentó la señora Biskarret.

—Pero cuando murieron —añadió él—, una familia se mudó allí a vivir según lo que escuché hablar a las vecinas jornaleras en esas historias de pueblo que narraban y de las cuales sus hijos repetían a su manera.

El nombre del dueño se me escapa de la memoria; yo no frecuentaba esos lugares ni siquiera cuando alcancé la mocedad.

—Sí, al sur del pueblo —intervino la señora Biskarret pensativa y dejó de remover los alimentos en la olla—. Yo tampoco recuerdo a los dueños nuevos. Gizon tendría alrededor de un año cuando llegaron a Caobán; yo casi no salía atendiéndolo. Y luego…

La señora Biskarret no concluyó su explicación por un misterioso motivo, en tanto que fijaba su mirada en el suelo, perdida en los resquicios de los recuerdos.

Aun cuando la confusión y las dudas trataron de vencerme, me encontraba demasiado cerca de resolver el viejo acertijo. No me rendiría tan fácilmente.

Tomé el papelito estrujado de las manos del doctor, comunicando resuelta, con tal vez una migaja de exageración:

—De todas maneras, los visitaré. Es muy importante para mí, desde que tengo memoria.

—Es mejor olvidarse del pasado —comentó la señora Biskarret—; en muchas ocasiones solo trae problemas innecesarios.

El doctor Biskarret dirimió:

—Mamá, no seas pesimista. A veces, es la única manera de superar viejas heridas; sanarlas para vivir con mayor paz.

Me gustó su discurso, a pesar de que mis razones de visitar a mis padres se alejaran por mucho de la armonía que él explicaba.

Arribó por la ventana un perrhegazti marrón, y una carta cayó sobre la mesa como si dedos invisibles la desamarraran de su pata {en realidad, un hechicero de correos la había imbuido de magia para que sucediera en el lugar correcto}.

A continuación, se detuvo en el alféizar.

Ladró y movió su cola en busca de una recompensa que el doctor ofreció rápidamente con un trocito de carne de las que se enfriaban en un plato sobre la mesa, y Lírico se escondió bajo esta.

El perrhegazti voló fuera de la casa; muy bien entrenado, ignoró al felino.

El doctor abrió la carta; las manos le temblaban, y el suceso me germinó la curiosidad.

—¿De quién es, Gizon? —preguntó su madre.

Él levantó el rostro pálido por las noticias.

—De mi padre.

Fruncí el ceño. ¿El doctor tenía dos padres? Ellos notaron la perplejidad en mi frente arrugada.

—El señor Biskarret era el padrastro de Gizon —aclaró ella y su voz, como la sopa que revolvía ahora con fuerza, delataba sus emociones—. ¿Qué dice tu padre? ¿Cómo nos encontró?

El doctor dudó en contestar; de seguro no deseaba involucrarme en sus asuntos privados. Sin embargo, no me ofendí. Después de todo, yo solo era la huésped casi intrusa que había interrumpido sus vidas cotidianas y expresé:

—Yo entiendo si quieren hablar a solas…

Él dirigió hacia mí sus ojos ambarinos, en una mirada que me recordó a un filósofo o poeta como si escudriñara el pozo profundo de mis miedos ribeteados de valores. ¿Buscaba un indicio para saber si podía confiar en mí?

—Quédese, señorita Urtuberri —concluyó él—. Mi pasado no es un secreto agradable, asimismo, si va para Caobán, allá todo el mundo lo conoce y se enterará tarde o temprano.

Asentí, y él nos afirmó en un tono seco como una planta muerta:

—Mi padre está enfermo; por eso quiere verme. Es curioso que no explica cómo averiguó nuestra dirección.

La señora Biskarret sacó el cucharón y lo colocó sobre un plato en un lento gesto prudente, como si estudiara las alternativas de aquel mensaje ominoso y declaró por fin:

—Debes ir a verlo; es tu deber como hijo. Yo me quedaré aquí para cuidar de tu herencia.

¿Desde cuándo no se veían? Mas me mordí la lengua para que mi curiosidad no los incomodara. Me extrañó, de manera similar, que no explicara el tipo de enfermedad que lo afligía.

—No puedo desatender a mis pacientes.

Su madre consideró la situación y refutó:

—Déjalos al cuidado del doctor Baraona y tu asistente Ipar.

—A pesar de que Biktor es mi amigo, no sé si acepte. Sería el doble de trabajo para él.

—Es un hombre razonable. Comprenderá que es una emergencia —arguyó ella—. Por otro lado, la señorita Urtuberri no debe ir sola hasta Caobán por el hecho de que es un viaje largo y peligroso. Debes acompañarla.

Yo parpadeé rápido a la vez que un calentón ardía en mis mejillas, pero él tampoco se quedó inmune pues un destello brillaba en su mirada profunda.

—Por supuesto —aceptó él—, una señorita nunca debe viajar sola y mucho menos a un lugar desconocido para ella. De todos modos, no te puedo prometer, mamá, que vaya a visitar a mi padre.

La tensión con el progenitor rozaba las fronteras de un asunto difícil, si bien no debía entrometer mi opinión. Por otro lado, dudé de que en verdad me acompañara; la gente prometía cosas que por miles de razones después no cumplían. Aun así, lo mejor era abrazar el optimismo, y expresé:

—Es usted muy amable; me encantará que sea mi acompañante. Iré a prepararme, aunque puedo irme en cualquier momento pues usted sabe que poseo muy pocas cosas. Mis únicos dos vestidos nunca aparecieron, y gracias a ustedes tengo algo que ponerme.

Detuve mi verborrea como si frenara a una yegua indomable para tomar una bocanada de aire. Ellos sonrieron, agasajándome con su amabilidad.