CAPÍTULO NUEVE
Laia
S aqué agua de la bomba en la pileta de la cocina y llené mi tazón para beberlo de un trago. Anoche había caído un buen aguacero, pero esta mañana la humedad se me pegaba de la piel tan calurosa como esperaba.
No volví a intentar hechizos del grimorio.
Debía primero aprender el idioma extranjero, aunque no todos los sortilegios se habían escrito en ese.
Menos mal que mamá no se había molestado mucho por el reguero del día anterior.
Ella había creído que yo practicaba a cocinar una sopa, y yo no la había sacado de su error.
Endrike salió ladrando de la cocina, entre tanto que me arrimaba al marco de la puerta desde donde divisaba la calle.
Alguien se acercaba. A juzgar por la insignia pintada en la portezuela del carruaje extranjero, de lujo, nos visitaba un miembro de la familia Azkarraga.
Había escuchado que importaban sus carruajes de Lurragerrari o los países vecinos del continente Belardia.
Por instinto, primero me limpié las manos en el delantal de mi falda para después acomodarme los rizos indómitos que se habían escapado de mi moño.
El conductor atajó a los caballos frente a la casa, brincó de su asiento por la costumbre que le exigía su trabajo y abrió la portezuela. En un movimiento elegante, extendió su mano para ayudar a salir a la persona: nada menos que la señorita Katariñe. Una sirvienta acompañante salió tras ella.
Entré de nuevo a la cocina. ¿Se aparecía como mensajera de sus padres para arrebatarnos la granja? Mi respiración chocó entre mis dientes apretados; sin embargo, mis padres no habían tomado una decisión. Ellos habían prometido discutirlo como familia primero y ellos no solían romper sus promesas.
Apreté el cuello del salero sobre la mesa y antes de reventarlo, mamá se detuvo en el dintel de la puerta.
—Ve al salón. La señorita Katy quiere hablar contigo.
Respiré para encontrar mi armonía usual.
—¿Le ofrecemos algo de beber?
—Ya lo hice, y no quiso.
Entrecerré los ojos.
—¿Por qué quiere hablarme? No tenemos nada en común ni nada pendiente.
Mamá sonrió al pellizcarme la mejilla. Su cabello rizo, como el mío, lo llevaba alto sobre la cabeza del mismo modo en que yo me había peinado.
—Aprovecha esta oportunidad para hacer una nueva amiga. Si me necesitas, estaré en el huerto.
Gruñí como Endrike y me dirigí al salón.
Lo menos que deseaba era tenerla de amiga, puesto que era suficiente tortura con verla de vez en cuando en el pueblo.
Nadie en su buen juicio entablaba amistad con una gárgola como ella.
De todos modos, yo gozaba, hasta el momento, del apoyo de Taresa, Irune, mi familia y mis animales. No me hacía falta nadie adicional.
Ella vestía uno de sus preciosos vestidos, el cual ignoré a propósito.
Le hice un gesto para que tomara asiento y me acomodé en una butaca tosca junto a ella; una mesita redonda frente a las butacas nos separaba del sofá.
Las cortinas en las ventanas se mecieron con la brisa, y la fragilidad del movimiento sumado a la delgada tela me transmitieron sentimientos extraños como si yo fuese otro pedazo de paño, mas desatendí las razones. Me rehusaba hacerles frente.
—Vengo por negocios —anunció Katariñe sin preámbulos.
Me tensé al no esperar nada bueno de mi vecina, admitiendo que mis prejuicios de antaño me impelían erigir murallas protectoras como torreones medievales.
—¿A qué se refiere?
—Te pagaré si me haces una poción mágica. Sé que necesitas el inar.
Mis ojos marrones se abrieron como platillos de té.
—¿Qué? ¿Cómo sabe eso?
—No importan mis métodos, sino lo que sé —enunció vagamente Katariñe.
¿Querría decir espías?
—¿Para qué lo quiere? —Las sospechas alertaron mi agudeza mental.
—Para enamorar al señor Mitxel Águila Salvaje.
Perdí el aliento como si hubiese chocado con un muro por lo cual escogí con cuidado la contestación, aunque había poco que considerar.
—No, no puedo. Todos sabemos que poseo poderes anormales, pero no los uso —le dije con firmeza.
—¿Entonces para qué los tienes? —se burló ella.
—Eso es un asunto personal.
—Piénsalo. El inar siempre hace falta.
—Mi decisión está tomada.
Ella levantó las cejas.
—Ya veo… ¿Y si te dijera que el señor Zelaya está considerando cerrar la imprenta de un modo definitivo? Él está en bancarrotas. ¿Sabías ese detalle?
Las manos me temblaron, no solo por su insistencia de faltarme el respeto y tutearme, sino también por la posible verdad de lo que me comunicaba. Creí que el corazón se me escaparía del pecho. ¿El señor Zelaya me había traicionado?
—No le creo —murmuré.
Ella lanzó una risotada como un latigazo en tanto que se levantaba de su asiento. La imité por la etiqueta social, en adición a que le temía al veneno de su lengua y la acompañé a la puerta.
—Que tengas un día bendecido por Nolako —ella enunció como si atravesara cada palabra de ironía.
Se refería al Dios de la paz, la meditación y la religión sustraiquista. Su burla indirecta me atormentó como si una vara de hierro hurgara en la médula de mis huesos.
En cuanto ella se marchó en su carruaje, corrí fuera de la casa hacia la caballeriza. Saqué a Luna y galopé como si un huracán me azotara los talones. Papá y mamá levantaron las manos llamándome. Los ignoré para ganar tiempo.
Guie a Luna hacia el norte.
El señor Zelaya me había jurado pagarme lo que me debía. Tenía que cumplir su promesa, aunque se fuera después a los rincones ignotos del mundo.
Pasé junto a los árboles del camino como una ráfaga alocada, levantando el polvo, y luego de un tiempo advertí la parte trasera de la imprenta entre la modista y la estación de correo. Los perrhegaztis no dejaban de entrar y salir de esta.
Para mi consternación, el señor Zelaya había terminado de colocar cosas en su carreta por la puerta posterior.
Al verme, se montó en su vehículo y salió disparado como si lo persiguiera el Dios de la guerra y la valentía, Erraldoi.
Corrió hacia la entrada del pueblo, luego siguió derecho como si se fugara en dirección de Montefuegos a un destino incierto, pues las lenguas viperinas decían que él había vivido con varias mujeres, sin haber establecido un hogar seguro con ninguna.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Se marchaba sin pagarme, sin explicarme nada. Yo había confiado en él en virtud de que había sido mi primer jefe. ¿O fui demasiado ingenua?
Reduje la intensidad de Luna a un trote suave y di la vuelta hacia la calle principal frente a los edificios.
En ese momento, Ruli apareció por la puerta del correo con un fajo de cartas, acompañada del hombre de su pueblo quien cargaba un saco repleto de cosas sobre sus musculosos hombros, y se detuvieron al verme.
—¡Laia! ¿Supiste que el señor Zelaya está en bancarrotas? —inquirió la tejedora.
Parpadeé para esfumar las lágrimas; lo menos que deseaba era que me viera llorar.
—Sí, se acaba de marchar —murmuré.
—Los rumores dicen que fue culpa de los impuestos del virrey —explicó Ruli.
Así que Katariñe me había dicho la verdad. En estos momentos, la malquista gozaba seguramente por mi mala suerte.
Ruli chasqueó la lengua.
—Te ves muy mal —opinó ella, y me tensé por su falta de tacto—. ¿Por qué no me acompañas a la taberna a tomar algo?
Deseaba dar la vuelta a la plaza para visitar a Taresa en el alojamiento, mas la tristeza se me había clavado entre las costillas como un sable extranjero. Necesitaba pensar a solas.
—Gracias, pero debo regresar a casa.
La tejedora levantó un hombro y se marchó a la hospedería.
Había olvidado el vaso de agua en el alféizar de la ventana en mi habitación desde el atardecer.
Las lunas brillaban llenas, y el vaso se había acumulado en el fondo de polvo lunar azul grisáceo con puntitos verdes, y sabía que era lunar por la consistencia iridiscente; un residuo orgánico que poseía poderes mágicos, o eso narraban las leyendas.
Le presté poca importancia y me bebí el líquido junto con el polvo. Estaba segura de que no me haría daño, puesto que una vez lo había probado cuando niña. El sabor se asemejaba a las tisanas de raíces. Era fácil beberlo.
Cuando había llegado a casa, al finalizar mis tareas en la granja, me había encerrado en mi habitación el restante del día.
La tristeza había empapado tanto mis ánimos que había evitado el tema.
Mis padres trataron de sacarme la verdad, mas me dejaron en paz cuando el resultado se encontró con una muralla de silencio.
Me acosté, ya me había bañado, y observé el toldo sobre mí, un blanco semitransparente como una tela de araña. Me quedé dormida.
Me encontraba nuevamente en el valle desolado, salpicado de caobas florecidas, rosas como lunas amarillas en las raíces protuberantes de los árboles, sumado a fantasmas tímidos que ondulaban alrededor.
A pesar de los espíritus y el rechazo de la sociedad hacia ellos, me olvidé de las normas culturales; me dejé llevar por los dictados de mi alma, más relajada que la visita de la primera vez.
Flotó ante mí la mujer con máscara de búho y la cubría la misma túnica nívea.
—Señora —murmuré; por instinto me incliné en una reverencia ante su porte de nobleza.
—No es necesario, pequeña.
Su humildad me impresionó, acostumbrada a las altanerías de la señorita Katariñe y las familias de abolengo.
—Está bien, pero ¿por qué estamos aquí? —inquirí deseosa de conocer sus propósitos igual que a ella como persona. Algo muy extraño en mí, pues me desagradaba comunicarme con gente desconocida.
—Como te habrás dado cuenta, Laia, estos sueños no son sueños.
—Sí, lo sé.
—Por consiguiente, es importante que sigas mis instrucciones. De ahora en adelante, cada vez que las lunas estén llenas, dejarás el vaso con agua sobre el alféizar, aunque el resultado es igualmente beneficioso en otros días del mes, el importante es en las lunas llenas.
—¿Por qué?
—Fortalecerá nuestra relación y tu magia natural.
¿Y por qué ella deseaba reforzar nuestro vínculo? ¿Cómo ella conocía de mis accidentes sobrenaturales?
—Yo no tengo talentos —refuté.
Ella sonrió con compasión tal como si fuese una madre que me conocía mejor que yo misma. En vez de discutir conmigo, desapareció en un remolino de luz.
Caí sentada sobre la cama del modo en que mi ánima se hubiese desplomado sobre mi cuerpo, si tal hazaña era posible. Por añadidura, me di cuenta de que recordaba mejor el sueño, tan claro y definido como las paredes de mi habitación.