CAPÍTULO OCHO
Arin
E l salón se había llenado del olor a dos rosas amarillas recién cortadas cuando la señorita Verisoro las había colocado dentro de un recipiente, como el bebedero para pájaros, sobre la mesita central de patas curvas.
Las había traído de su compra en el mercado esa mañana.
Ese tipo de flores, una rosa tan grande como una coliflor, solo nacían en el campo.
Alguna bruja debió haberlas hechizado para que no se marchitaran en el trayecto.
Yo leía un poemario o trataba, mientras la señora Biskarret se enfocaba en su bordado y a veces se detenía a refrescarse con su abanico de encaje.
El doctor Biskarret trabajaba en el consultorio, y nos habíamos visto brevemente en el desayuno.
¡Tan atractivo! Deseaba que llegara el almuerzo para compartir con él y conocerlo mejor.
Daba la impresión de ser soltero, aunque evitaba el tema del romance, el noviazgo y el matrimonio como si se tratara de un anatema.
Por mucho que yo soñara con él, ¿cómo se iba a fijar en mí con este espantoso cabello rojo y mi cara pecosa como un sendero lleno de piedritas?
Intenté concentrarme de nuevo en la lectura con pocos resultados favorables…
Desde que me había tropezado con la señora Errázuriz, la dueña del orfanato, mi mente rugía como una mezcla de aguaceros turbulentos en medio de un huracán que golpeaba sin misericordia la cúpula de energía con la que los hechiceros protegían las ciudades de la isla {no les importaban los campos}.
Había recordado todo mi pasado: una tragedia terrible como habían vivido los antiguos aborígenes cuando los conquistadores, ancestros de mi pueblo, habían invadido Torrente Azul hacía quinientos años.
Sin embargo, pensándolo bien, tal vez no tan sangriento. Jamás debí comparar mi situación con la que ellos habían sufrido. Yo adolecía, a veces, de un poco de exageración.
Pero no cabía duda en que la desgracia de mi vida se compilaba en tomos de castigos y volúmenes de llanto. No me cabía en la cabeza las injusticias que había vivido. Con razón me había escapado tan pronto pude.
Solo a Domeka Errázuriz se le había ocurrido castigarme en mi infancia por hablar con los árboles, con las piedritas que coleccionaba del patio, con mis amigos imaginarios {que a veces eran fantasmas que nadie podía ver}, o las dulces arañas y polillas que abundaban en el sótano cuando me escabullía a investigar.
Tal vez, mi único castigo merecido había sido cuando me había inmiscuido, sin permiso, en su biblioteca y, en vez de estar en el salón de clases, había disfrutado horas leyendo libros para adultos sobre política, novelas de piratas lascivos y poemarios de asuntos rebeldes o románticos.
Ah, sí. Me avergonzaba un poco haber aprendido cosas que no debía a mi corta edad decimotercera.
Me había extrañado asimismo que la Errázuriz, como la corporeidad de un ensayo de ética, tan correcta, hubiese tenido en su posesión semejantes obras insurgentes e impúdicas.
Ah, quién entendía los laberintos extravagantes de la psique humana.
La pobre, tal vez, se sentía muy sola, con lo vieja que era.
Pero… ¿Quién era el hombre elegante que la había acompañado cuando habíamos tropezado ayer?
Sin embargo, a pesar de todo lo que había recordado todavía faltaba algo y se relacionaba de manera misteriosa con el papelito que había escondido en mi habitación. Sospechaba que era una dirección, aunque no entendía para qué.
Ipar, el aprendiz del doctor Biskarret, abrió desde afuera una puerta que conectaba con las escaleras laterales del edificio, y lo siguió la señora Errázuriz.
El poemario se me cayó al suelo, y un calentón me quemó las mejillas. ¿Qué hacía aquí? ¿Es que me perseguiría hasta los confines del planeta?
La señora Biskarret y yo nos levantamos {recogí rápido el librito maltratado}, ella con el abanico en mano.
—Lamento mi intromisión —se disculpó la advenediza—, aun así, vengo por mi empleada.
—¿Cómo encontró mi casa? —La voz de la señora Biskarret subió a un tono indignado, en tanto que la furia se le desprendió por los ojos castaños. Intuí que Errázuriz y ella no eran amigas. ¡Muy bien!
La expresión de la intrusa se mantuvo inalterada.
—Solo tuve que preguntar por el consultorio de su hijo. Créame que no tenía deseos de visitarla.
La señora Biskarret apretó la quijada. Sospeché que aquí había un chisme encerrado.
—Está perdiendo su tiempo. Ya le había indicado que la señorita Urtuberri se hospeda con nosotros, y ella no desea regresar al orfanato.
—Yo crie a Arin desde que llegó de un mes de nacida. —La mujer se llevó una mano al pecho como actriz barata—. Ella es como mi hija…
Berzotas; la muy descarada. Sin miedo, argüí:
—¡Mentira! —Lancé el librito a la silla donde había estado leyendo—. Siempre me trató peor que a un perro, y cuando nadie me quiso adoptar y ya era una adulta, la ley la obligó a darme trabajo. ¿Usted se cree que no conozco mis derechos? Recuerde todos los libros que leí a escondidas.
La mujer tuvo la decencia de ruborizarse y desviar la mirada durante un corto momento. Debió agradecerme que no recitaba la lista de sus textos prohibidos.
Continué con mi propia defensa y declaré apretando los puños:
—Soy una adulta y puedo finalizar el contrato de empleo cuando yo quiera.
La señora Errázuriz palideció.
—Bueno, yo…
—La señorita Urtuberri tiene razón —añadió la señora Biskarret—. Además, los contratos se anulan si una de las dos partes se encuentra en desacuerdo; y la anulación verbal es aceptable.
Un nuevo visitante tocó dos veces la puerta de acceso lateral, esta volvió a abrirse y aparecieron dos protectores civiles de la ciudad.
Se colocaron con las manos tras la espalda y las piernas abiertas.
Vestían el uniforme apropiado: reluciente camisa blanca; pantalón, chaleco y chaqueta grises; les daba un aire de distinción la pajarita negra al cuello y las relucientes botas negras.
Nadie los había llamado. ¿Por qué nos visitaban?
La señora Errázuriz recuperó la compostura ante los recién llegados e informó:
—Su observación es correcta, así que me retiro. Encontraré a una joven laboriosa y agradecida que no viva como un parásito de los demás. —Ella realizó una reverencia tiesa, nos arrojó miradas como truenos y se marchó.
Me tembló el labio inferior por el insulto. Admitía que yo era mala, resentida y desagradecida, pero ella era peor que yo, ensañándose con niños y jóvenes indefensos.
La señora Biskarret me tocó suavemente el brazo con su abanico cerrado como si leyera mis pensamientos.
—Ignórela —murmuró.
Yo incliné la cabeza en una corta afirmación, y ella se dirigió a los protectores civiles y los recibió con el saludo cortés esperado:
—Que les guarde Atabex, señores, ¿a qué debo su visita? —La señora Biskarret señaló los asientos; ellos declinaron la invitación.
—Reciprocamos. Nuestra visita es corta, señora. Solo vinimos a devolver esto. —El protector civil extendió la mano con la que sostenía mi bolso viejo, y jadeé sorprendida—. Encontramos al delincuente en su guarida y hayamos, entre otras cosas, lo que le había robado a la señorita Urtuberri.
—¡Gracias! —Arrebaté el bolso, sin embargo, al abrirlo mi inar había desaparecido. Por supuesto, el ladrón lo había gastado de inmediato.
La presión de que algo importante faltaba en mis recuerdos estalló dentro de mí, y entendí lo que el papelito escondido en mi habitación explicaba.
—Nos marchamos. —Levantaron sus sombreros y partieron seguidos de Ipar.
Apreté la mano de la señora Biskarret, en tanto que mi pecho subía y bajaba de la emoción como si hubiese ganado una carrera contra un carruaje tirado por gárgolas salvajes.
—Ya sé por qué vine a esta parte de la ciudad y dejé el orfanato.
—Recordó todo.
Asentí y expresé:
—Iba para la estación de carruajes de alquiler cuando me persiguió el ladrón.
—¿A dónde se marchaba?
—A encontrar a mis padres, porque sé que están vivos.