CAPÍTULO SIETE
Laia
D esde la puerta de la entrada, papá y mamá atendían al señor y la señora Corral, los padres de Jon, quienes se negaron a pasar al salón.
Aunque eran gente más pobre que nosotros, la rectitud de sus actitudes marcaba sus rígidos hombros y barbillas levantadas.
Escuché todo desde el pasillo que conectaba con la cocina.
—Su hija estaba ayer en casa de esa bruja —decía la mujer con su acento de inmigrante de las islitas del archipiélago.
—Nosotros no fuimos los únicos testigos —confirmó el marido.
—Lo sentimos tanto. No sabíamos nada —se disculpó mamá.
—Ustedes comprenderán que debido a tales circunstancias —afirmó ella—, le prohibimos a Jon regresar a trabajar a esta casa.
—Le ruego que lo considere —intervino papá—. Laia no volverá a ver a esa mujer. Se lo aseguro. Además, Jon será pequeño, empero su ayuda es invaluable.
La mujer negó con la cabeza.
—Aun cuando sabíamos la naturaleza de su hija y lo pasamos por alto porque necesitábamos el inar, la reputación de Jon se dañará por completo si continúa aquí —argumentó la mujer.
Malquistos.
Se me cerró el estómago, empujando a la nimiedad mis deseos de desayunar cualquier alimento. No quise seguir escuchando y entré a la cocina. Le di a Endrike un plato con trocitos de carne del día anterior, y él extendió sus alitas satisfecho.
La puerta de entrada sonó al cerrarse, y mis padres, como veloces sabuesos, me encontraron.
—Laia, ¿es verdad que visitaste a Irune Galindoz? —interrogó mamá en un tono lastimado.
Tomé una bocanada de aire para darme valor. Si bien no quería disgustarla, tampoco mentiría para protegerme.
—Sí.
Mamá suspiró cerrando los ojos, y papá me tomó las manos.
—Sé que es difícil para ti mantenerte aislada, pero te lo habíamos prohibido por tu bien, para que tengas un mejor futuro.
—Te habíamos advertido —intervino ella— de lo que podía pasar y, aun así, desobedeciste.
—¿De verdad me entienden? ¿Que quiero compartir con gente como yo? —Me solté—. No lo creo.
—Sabes que ahora te tocarán igualmente las tareas de Jon —advirtió papá.
Mucho trabajo adicional para mí, y de beneficio para ellos, quienes se ahorraban el inar del salario.
De todas maneras, creí que las consecuencias serían menos graves; que tal vez alejaran a Jon por algunos días.
Para mi desdicha, la reacción de los padres había sonado tan definitiva como el amanecer matutino.
—Por supuesto. —Troté fuera de la cocina hacia la caballeriza y en esta subí por las escaleras al henal para buscar la comida de la yegua que papá había dividido en pequeños grupos para que Jon los hubiese cargado con facilidad.
Alimenté a los caballos, vertí agua fresca en los abrevaderos y salí. Luego atendí las vacas.
Me gustaba la actividad mecánica; dejaba libre mi mente para pensar en mi obra literaria y las muchas otras que quisiera escribir.
El gallinero {de estructura rectangular sencilla de madera, de tamaño modesto comparado con los que se construían en haciendas}, se encontraba junto al establo, una ventana a ambos lados para ventilación, con espacio para diez gallinas y, adjunto, la porqueriza pequeña donde papá criaba dos txerris.
Los separaba una cerca para que comieran en paz.
Abrí la puertita de madera para que las gallinas picotearan alrededor.
Las autóctonas violetas se mezclaban con una variedad roja que papá había comprado en una feria del este.
No obstante, el color de las carmesí me trasladó a un sueño recurrente sobre una joven desconocida de pelo rojo y cara pecosa. Con frecuencia, la veía parada frente a la puerta de la casa. No sé por qué soñaba con ella.
Entre el cacareo de las gallinas, me llamó la atención la algarabía de un grupo de niños que se acercaba.
Debían haberse escapado de la escuela en virtud de que las leyes no obligaban a los padres de niños inmigrantes para que se educaran.
Técnicamente, algunos no eran inmigrantes si provenían de las islitas alrededor de Torrente Azul, ya que se consideraban como parte del archipiélago.
Pero las leyes no se habían enmendado para cambiar ese detalle donde, después de todo, vivían piratas que buscaban un tropel de excusas para amotinarse y propiciar la separación de Torrente Azul.
Los niños metieron las manos en los bolsillos de sus pantalones. Les di la espalda pensando que iban a jugar, y, para mi desdicha, yo fui el blanco de sus juegos. Me lanzaron piedras.
—¡Bruja!
—¡Bruja, vete de aquí!
Niños. Tal vez habían escuchado a sus padres hablar porquerías sobre mí y por eso ellos tomaron acción; la que no se atrevían a realizar los padres cobardes.
—¡Oigan, yo conozco a sus padres! —Me protegí la cara con los antebrazos para hablarles. Aun cuando Endrike les ladró con furia, le toqué la cabeza para amansarlo.
Los niños continuaron lanzándome piedras.
Corrí hacia la cocina seguida de Endrike, y ellos se alejaron entre carcajadas de diversión.
Mamá no se encontraba abajo. Estaría limpiando las habitaciones. Examiné mis rasponazos. Me acerqué a la pileta, bajé y subí la palanca de la bomba de agua y me enjuagué las heridas.
Endrike se acostó bajo la mesa con el hocico sobre las patas y su mirada seria daba la impresión de que me acompañaba en mi dolor.
¿Por qué no me defendí? Si levitaba cosas, tal vez pude haber desviado el curso de las piedras… Pero la verdad, desconocía el potencial completo de mis poderes. Por otro lado, esa situación, y la pobreza de nuestra familia, cambiaría si yo aprovechaba los recursos a mi alcance.
Saqué el grimorio del escondite. ¿Habría algún hechizo para convertir objetos en oro?
Mamá no bajaría en buen tiempo así que transformaría la cocina en un laboratorio y, de paso, arrinconaba el miedo a que se descubriera el fraude de crear monedas ilegales en la bodega grisácea de mis buenas intenciones y moral rígida.
Hasta cierto punto, mis padres eran pobres por mi culpa, en virtud de que nadie osaba emplear a una bruja, así que me tocaba rescatarlos a las buenas o a las malas.
No obstante, la irresponsabilidad de mis actos amenazó con entreabrir las ventanas en las miradas divinas, pero las cerré al instante. Prometí hacer sacrificios como donaciones caritativas en un futuro cercano para aplacarlos si mi experimento rendía buenos frutos.
Abrí el grimorio con el cuidado de un pergamino viejo pues las páginas asemejaban pétalos amarillentos. Las palabras de las descripciones y listas de ingredientes se habían trazado en letras floreadas; el embrujo, en cambio, en otro idioma que no entendí. Encontré uno sobre alquimia.
Busqué los ingredientes extraños en el ático: la verruga de un sapo, el colmillo de una gárgola y el aroma de un arcoíris.
Con alivio, los encontré en los frascos correspondientes.
¿A qué olía el arcoíris? Lo averiguaría pronto, y el corazón me saltó de la emoción.
Mi primer hechizo… No es que estos fuesen de naturaleza malvada, pero el que yo quería realizar…
En otras circunstancias, se hubiese sentido tan correcto y natural como contemplar las lunas.
De todos modos, ignoré tercamente mis sentimientos confusos.
La receta incluía, a partes iguales, hierbas que mamá utilizaba a diario para sazonar la comida. Me maravilló que hasta las plantas normales tuviesen propiedades mágicas.
Prendí la estufa, coloqué el caldero sobre la hornilla y lo llené de agua. Cuando hirvió, vacié los contenidos y sí, el olor del arcoíris permeaba como un aguacero sobre un campo florecido. Lo revolví con el viejo cucharón de madera.
Mientras lo cocinaba, leí en voz alta la parte en el idioma extranjero.
No había una guía de pronunciación, así que lo verbalicé lo mejor que pude.
No obstante, mis cálculos me fallaron debido a que las burbujas crecieron con demasiada fuerza.
Me congelé sin saber qué hacer, mi corazón al ritmo de las burbujas, hasta que la mezcolanza explotó.
Parte cayó sobre mi vestido y en el suelo.
Endrike lamió la porción derramada sobre el piso y, al instante, su hocico se transformó en el aplastado de un txerri. El horror de mi torpeza se agravó cuando, en vez de ladrar, Endrique produjo el sonido de “oinc, oinc”. Si no estuviese tan asustada, me hubiese reído por el disparate.
Pasos en la escalera me advirtieron de la llegada de mamá, y escondí el grimorio de inmediato bajo el tablón.
—Oh, Endrike. —Limpié su raro morro con un paño que agarré de la mesa, sin embargo, en poco tiempo recuperó su antigua nariz y movió su cola contento.
Aun cuando fui una tonta al rechazar las enseñanzas de la bruja Irune, no me atreví a buscarla de nuevo.
Mis acciones habían provocado suficientes malestares y, tan claro como el fuego de una hoguera, el fracaso de mi experimento me decía que debía insistir en conseguir empleo de forma tradicional.
Me alegré de que se malograra mi ensayo de bruja.