CAPÍTULO SEIS
Xhab
E l cochero abrió la portezuela, y me desmonté del carruaje de gárgolas, las cuales protestaron con ruidos profundos de hambre, y el cochero le lanzó de un cubo en su asiento una mezcla de ratas, ratones y otros roedores desagradables.
Las gárgolas gruñeron de satisfacción. Sus pieles rugosas asemejaban rocas y por ello la gente creía erróneamente que estas se transformaban en piedra si el sol las tocaba.
La entrada principal del edificio imponente se había construido con grandes espacios para permitir el paso de las carretas de los basureros, haladas por zaldias, que en ese momento arribaban tras él, y una cerca de estacas lo rodeaba para impedir la intromisión de curiosos, ladrones o piratas, a pesar de que no había nada que robar y la salamantantai devoraría a cualquier intruso.
Los basureros dieron la vuelta para halar la basura por las anchas puertas traseras.
El sol poniente enrojecía el cielo como un charco de sangre, y el edificio redondo pintado de gris sin ventanas le daba un aspecto lúgubre.
Un guardia abrió la doble puerta principal, y entré en zancadas. Quería terminar el trabajo lo antes posible.
Adentro, la oscuridad se extendía como una sombra desolada, y encendí la luz que brotó de la palma de mi mano.
Pilas de basura nueva se acumulaban en el gran espacio que rodeaban un enorme hueco que se arrastraba bajo la tierra.
Supervisé que acumularan la basura de la forma correcta sin que estorbaran la boca de la caverna.
Las horas pasaron igual a la lentitud de llenar mis cofres casi vacíos en mi cuenta bancaria, y el jefe de los basureros caminó hasta mí, estrujando su sombrero barato.
Se habían ensuciado su pantalón y camisa grisáceos.
Por ser los trabajadores más pobres de la ciudad, el virrey no les exigía uniformes.
—Eso es todo por hoy, hechicero Nihura.
El hedor del lugar me tenía mareado. Además de los excrementos de los caballos, se incluía la fetidez de la basura de los residentes de toda la ciudad.
—Lárguense —ordené en un tono aburrido.
—Que los dioses de la noche lo protejan —murmuró el hombre y se marchó seguido de los otros.
Torcí los labios en una mueca. ¿Me estaba bendiciendo o amenazando?
Desgraciada gente vulgar.
No obstante, entre la basura me llamó la atención un atuendo de gentuza, tomé un palo de remover cenizas y lo saqué para el lado, fuera del alcance del monstruo: una camisa manchada, un pantalón y un chaleco grisáceos y deshilachados. Debía guardarlos para tener disfraces de repuesto.
Con mi mente llamé a la salamantantai amaestrada.
Se habían descubierto doce alrededor de la isla (aunque sospechaban de la existencia de varias docenas perdidas en las entrañas de la tierra).
Cuando había ocurrido la invasión hacía quinientos años, los hechiceros las habían doblegado y habían aprovechado sus facultades de lanzar fuego por los ojos para beneficio de los habitantes y el virrey.
La enorme salamantantai negra de manchas anaranjadas y rojas salió del agujero, bajó la cabeza que rozaba el techo y olisqueó mi mano extendida.
Me reconoció al instante y dejó que le acariciara el hocico.
Corrió en círculos, y su alegría me pareció tan tierna como un perro recibiría a su amo a cualquier hora del día.
Tuvo cuidado de no golpearme con su cola.
—También me alegra verte. —La cautela me llevó a corresponderle, pues eran criaturas muy emocionales y captaban los cambios de humor al momento. Le di palmaditas firmes a su costado—. Ahora, vamos a trabajar.
La salamantantai incineró la basura al utilizar el fuego de sus ojos, y me cubrí con una burbuja mágica para que no me sofocara el calor ni los humos. Algunos minutos transcurrieron y engulló los encendidos desperdicios, la mayoría transformados en cenizas, como si probara un manjar delicioso.
No tenía nada en contra del pobre animal, pero yo no había estudiado en la universidad para perder mis talentos de esta manera.
Lamentablemente, no había suficientes puestos como consejero del virrey pues la isla solo contaba con seis regiones, así que cada hechicero consejero se encargaba de supervisar una.
Entre los empleos disponibles para hechiceros, era el trabajo mejor pagado, por lo tanto, el que todos solicitaban, y yo había estado tan cerca.
Mi error de seducir y abandonar a la hija virginal del hechicero Lorralda (consejero de la región oeste), me había costado el puesto de asistente, por lo tanto, me habían penalizado con el trabajo actual.
¿Pero cuántos años adicionales tenía que pagarlo?
Ellos no pretenderían que yo esperara redimir mis errores hasta la vejez.
Nunca entendí el alboroto. ¿Me castigaban por mi juventud?
Yo tenía el derecho de disfrutar con quien quisiera y cuántas veces lo deseara.
Mi cuerpo aparentaba menos edad de la que en realidad tenía, de manera que lo aprovecharía al máximo.
Por eso tomé el destino en mis manos y había visitado anoche al jefe de los consejeros, el hechicero Hartz Poveda, en su mansión. Casi había vaciado mi cuenta bancaria para inspirarlo a que me cambiara de ocupación. Afortunadamente, él había aceptado el inar…
Por mis estudios me merecía una mejor profesión. No iba a estar entre la basura toda mi vida.
Además, otros proyectos me obligaban a proceder con cautela, si bien con rapidez.
Hacía veinte años que había cometido otro delito, casi recién llegado a Montefuegos, mas los protectores civiles no habían descubierto mis secretos, y debía actuar antes de que lo hicieran.
A pesar de que la culpabilidad intentó lesionar mi conciencia por aquel evento, todo había ocurrido porque la borrachera me había vencido y había sucedido en un abrir y cerrar de ojos. Había sido imposible evitarlo.
La puerta trasera se abrió, y entró un hombre de mediana edad uniformado como los asistentes: la capa negra, con esclavina, unos dedos abajo de las rodillas y vivo plateado al igual que la tira del embozo que le daba un aire distinguido; sobre la camisa blanca, chaleco abotonado y pantalón, ambos negros. Sostenía un fajo de papeles.
Envidié su elegancia y colorido. El vivo y embozo marrones de mi capa indicaban mi rango como administrador de los basureros.
El hombre se tapaba la nariz con un pañuelo blanquísimo, y lo encerré en mi burbuja protectora contra el fuego y los humos, además para que la salamantantai no lo lastimara. Le desagradaban los extraños.
—Bendecido por los Cuatro, Hechicero Nihura —dijo él—, debe ir conmigo a la oficina del hechicero Poveda para que firme su nuevo contrato.
Controlé una sonrisa de satisfacción que amenazaba con revelar mis sentimientos.
—¿Eso quiere decir que ya no trabajaré aquí?
—Correcto. Se cambiará de puesto tan pronto adiestre al suplente.
—¿Cuál es el trabajo que realizaré?
El asistente revisó las hojas que sujetaba.
—Discúlpeme, parece que dejé el aviso en la oficina. El hechicero escriba se hizo cargo de los detalles, por tal razón, si no me equivoco, creo que auditará a los alcaldes de la isla.
El pecho se me expandió por la dicha del triunfo y mi sonrisa ancha ganó mi control interior.
—Acepto, por supuesto.