Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO CINCO #2
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CAPÍTULO CINCO #2

Al salir de la casucha con Endrike, dos familias transitaban el sendero principal que cortaba perpendicular al que llevaba a mi casa.

Irían a la ermita a encender velas y venerar a los cuatro dioses principales.

Pese a que había perdido las paredes con los siglos {el alcalde sólo había restaurado el techo sobre cuatro columnas}, era tradición visitarlo para algunas familias lugareñas, pero no en la mía pues preferíamos los altares personales en la privacidad de nuestro hogar.

Jon iba entre ellos y me saludó con la mano; en cambio, su madre, la señora Corral, le empujó el antebrazo y lo reprendió.

Las miradas reprobatorias de los adultos me atravesaron como tijeras. Habían advertido de dónde salía y me dejaron muy claro su opinión silenciosa. El desánimo se infiltró como humo nocivo en mis pensamientos lóbregos por naturaleza.

Fingí que los ignoraba y, cuando se alejaron dejando el sendero libre, continué mi camino. Los chismes correrían como gárgolas furiosas. Seguramente, mis padres se enterarían mañana de mi visita prohibida. Afrontaría después las consecuencias.

En ese momento, debía pensar en dónde buscar el grimorio.

El lugar preferido por los brujos sería el sótano o el ático.

Mis padres jugaban cartas en el salón, y descendí las escaleras en el extremo de la cocina para ir al sótano.

Solo encontré las cosas usuales que allí guardaban como mis juguetes viejos, cajas con documentos, entre otras cosas.

Subí por las escaleras centrales de la casa al segundo piso, pasé junto a las habitaciones y de allí trepé por las escaleras hacia el ático, pero la puerta estaba cerrada bajo llave.

Por supuesto, cuando habían comprado la casa, la llave nunca había aparecido.

Era un chiste misterioso para mis padres, al cual habían prestado poca importancia.

Pese a que un hormigueo revoloteó en la punta de mis dedos, no forzaría la puerta. Todo en mi ser me indicaba que debía respetar los designios de los dueños anteriores.

En mi cuarto, me bañé con una palangana grande que guardaba bajo la cama y donde podía pararme para echarme el agua desde la cabeza, y me acosté a dormir bajo el toldo de mosquitos amarrados al dosel de la cama antigua.

Mi camisón de dormir de tirantes anchos permitía que el fresco de la noche me arrullara, a pesar de mis preocupaciones.

Extrañé a Gema; no me visitó en la noche.

Me quedé dormida.

En un lugar cubierto de neblina, como un legendario valle deshabitado, se presentó una mujer con máscara de búho.

A pesar de su largo cabello blanco, su cuerpo bronceado era joven y delgado, de caderas amplias.

Vestía una larga túnica blanca. Fantasmas inofensivos se escondían tras los árboles rodeados de rosas amarillas tan anchas como lechugas.

—¿Quién eres? —le cuestioné, en tanto que la ansiedad mordía mi interrogante.

—Eso no importa. Vengo a decirte que debes prepararte —ella comunicó tan serena como las rosas.

—¿Por qué?

—Te sugiero que debes estar abierta a las energías de cualquier plano de la realidad y eso incluye que abras el ático.

—No sé dónde está la llave.

—Busca en la mesita del salón. —Ella leyó las dudas pintadas en mis ojos marrones—. Muchas veces la solución es más simple de lo que crees.

Cuando abrí la boca para formular otra pregunta, ella se desvaneció como un humo en espiral.

Caí sentada en la cama. Las lunas se habían movido y reinaban en el centro del firmamento indicando que era la medianoche.

El sueño había sido tan real. ¿Sería posible que me había visitado una diosa del panteón menor?

Entre los cuatro dioses principales, Sorgina era la diosa de la hechicería, pero no la describían como la había visto, y los teólogos afirmaban que los dioses no se aparecían ante los brujos, solo a los hechiceros. Nunca había entendido por qué.

Me apreté las sienes y me bajé de la cama.

Alguien me había visitado, aunque no sabía quién, sin embargo, valía la pena investigar lo que me había indicado.

Salí de mi dormitorio, descendí las escaleras centrales y me dirigí hasta la estancia.

¿Por qué iba a dudar de su sugerencia? Nada perdía con intentarlo.

Endrike me siguió. Toqué la pata de la mesita de pedestal donde se abrió un compartimiento y cayó al suelo una llave antigua de hierro: la empuñadura formaba la silueta de una planta con tres hojas entrelazadas. Mis manos temblaron de la emoción.

Sigilosa como un ratoncito, subí las escaleras; me deslicé de puntillas por el pasillo, me arrimé a la puerta del ático y para mi alivio la llave abrió la puerta sin mayor dilación.

Endrike entró primero con la nariz pegada del suelo, y su cola se agitó alegre de descubrir cosas nuevas. Intuí que no había peligro.

Las paredes del ático se habían cubierto de estantes con libros hacia un lado y hacia el otro, una calavera humana y de animales pequeños y frascos con tapas de todos los tamaños.

En el suelo del centro de la habitación se había pintado un pentagrama blanco sobre un piso negro.

Descansaban en el escritorio cabos de velas en candeleros de bronce, pergaminos enrollados y sobre otra mesita, una balanza vacía.

Manojos de hierbas secas colgaban del techo; en cambio, otras habían caído como aves heridas por el tiempo.

Telarañas adornaban gran parte del lugar, y los ojillos de las pequeñas criaturas parecían demandarme por qué me encontraba en su reino.

Me recorrió un calorcillo agradable y de aceptación; como un hogar dentro de otro.

Renuente aparté la intrincada belleza de algunas telarañas para dirigirme a la biblioteca. Revisé los lomos de los antiguos libros donde se había escrito los títulos en tinta plateada o de oro, pero ninguno era el grimorio.

Pese a que no hallé nada tampoco sobre el escritorio, en uno de los cajones encontré una lista de inventario en códigos de versos. Uno me llamó la atención:

Nutre la disciplina

bajo los pies de la doctrina.

“Nutrir” se refería a alimentos… como un recetario que guiaba mientras cocinabas…

Reprimí mi entusiasmo para no correr y descendí las escaleras centrales, crucé el pasillo hasta entrar a la cocina.

Me arrodillé y golpeé los tablones con los nudillos ya que estaban “bajo los pies”.

Cerca de la escalera que bajaba al sótano, había un tablón flojo, lo despegué y allí se encontraba el libro de “la disciplina” y “la doctrina”, el grimorio.

Lo apreté a mi pecho y mi pulso se aligeró como el aleteo de un picaflor.