CAPÍTULO CINCO
Laia
A l regresar de la feria, cerca de las cinco, me lavé las manos en la pileta de la cocina y me senté a la mesa en el comedor para acompañar a mis padres. El sencillo salón solo contenía un aparador mediano de dos puertas, tallado en hojas, para guardar los cubiertos y manteles, pegado de la pared.
Aunque la cena estaba servida, las malas experiencias del día me habían robado el apetito.
—No recibí mucho inar —confesé a mis padres—.
Vendí poco en la feria, y el señor Zelaya me pagó solo la mitad.
Pero, en buenas noticias, ahorré el inar y no compré nada.
Por lo menos, nosotros mismos podemos consumir lo que sobró de la venta —enuncié orgullosa de mis métodos ahorrativos y fuerza de voluntad.
—Hija, esas noticias son un problema —señaló mamá y se pasó una mano por su cabello crespo. Me asaltó la sorpresa de que le importara poco mi virtud de frugalidad—. Contábamos con eso para pagar las deudas. Ya no sabemos qué hacer.
—¿A quién le deben? —expresé un poco desalentada.
—Yo, al carnicero tres semanas de carne —contestó mamá jugando con la comida—, y al panadero cuando me alquiló su horno el mes pasado porque el de aquí se había dañado.
—Le debo al herrero por el arado y las herraduras, a un granjero por la comida de los caballos y las vacas, y todavía estoy pagando la compra de los caballos nuevos —finalizó papá.
El temor surcó mi corazón como una lombriz en la tierra, no obstante, me alegró la honestidad con que me hablaban. Me trataban como una adulta igual a ellos.
—Esto es peor de lo que imaginaba… Creía que era menos o que estaban exagerando —murmuré.
—Tenemos la alternativa de vender la granja al señor Azkarraga —consideró papá, y en los rayos del atardecer, se resaltaron círculos grisáceos bajo sus ojos como si la alternativa no lo dejara dormir.
—Sí, él nos ha verbalizado su interés en otras ocasiones —confirmó mamá.
¿Vendérsela a los malquistos de mis vecinos? ¿A los padres de la señorita Katariñe? Una ola aterradora me abrumó como si me hubiesen trasplantado a un cementerio vacío. De noche.
—¿Después de tantos sacrificios? —Levanté la voz—. Además, ¿dónde vamos a vivir? Ellos de seguro demolerán esta granja para expandir su hacienda —añadí.
—Tendríamos que mudarnos a la ciudad —dedujo papá y cerró los ojos frotándose la frente.
—No, debe haber otra solución. —Negué con la cabeza—. Les prometo que los ayudaré de alguna manera. Esperen y no tomen ninguna decisión drástica hasta que agotemos todos los recursos.
Mi madre palmoteó mi mano sobre la mesa.
—Mi hija, siempre tan responsable y madura…
—Bien —concluyó papá—, aguardaré por unas cuantas semanas.
Sonreí y salí de la casa dirigiéndome al sur de la granja.
Endrike me acompañó. No tenía idea de cómo ayudarlos.
Yo no quería perder mi hogar y tampoco debía decirles mi secreto, que mi gran solución era hablar con la bruja del pueblo, Irune Galindoz; ellos se opondrían.
¿Era sabio y responsable? Concluí que no ante la difícil aceptación de que las alternativas se me habían agotado.
Mis padres, como la mayoría de los compueblanos, ignoraban la presencia de la mujer que vivía cerca del bosque. Cualquiera que osara visitarla corría el riesgo de sufrir el desprestigio silencioso de la deshonra y los agravios del pueblo, aun cuando las leyes prohibían tales demostraciones de odio.
Me fui a pie para que mis padres no sospecharan de mis acciones y pensaran que caminaba para fomentar la buena digestión. A pesar de que yo era una bruja, ellos no me incluían en la escoria de los habitantes. Al contrario, me protegían con su amor incondicional.
De todas maneras, Irune vivía aparte de la sociedad en razón de que quería. Nadie la obligaba, sin embargo, le hacían la vida difícil cuando ella trataba de comprar o vender sus servicios divinatorios, consejos y otros productos caseros de resultados poderosos. Le temían.
La casucha de madera colindaba con el bosque, y ella trabajaba en su jardín de rosas amarillas tan grandes como lechugas.
Protegía su delicado cutis del sol con su ancho sombrero de bruja.
Endrike salió corriendo y la cola se bamboleaba como una bandera blanca.
Cuando arribó, Irune acarició su cabeza, y Endrike ladró agradecido.
La piel blanca de la bruja contrastaba con su cabello negro y vestido oscuro, el cual disimulaba poco la amplitud natural de sus caderas.
Pese a que no era obesa, cargaba libritas superiores a lo que dictaba la moda sin afectar la delgadez de su rostro ovalado ni los brazos.
La falda del vestido no caía en la forma de campana, como demandaba la tendencia de la alta costura en todo Torrente Azul, y sospeché que no llevaba puesta las cuatro a seis enaguas de rigor.
Aunque con el calor tropical, yo tampoco la seguía y usualmente solo usaba la de cordones y dos adicionales encima.
Junto a una pared había un fogón apagado de tres piedras donde encima descansaba un caldero y, al lado, un anafre de hierro del siglo pasado.
—Te estaba esperando. Com estàs ?—Ella se sacudió las manos cuando me detuve cerca, y sus ojos verde pálido brillaron traviesos.
No me extrañó que me preguntara en el lenguaje de su pueblo.
El oeste de Torrente Azul se caracterizaba por una colonia de descendientes o inmigrantes provenientes de la provincia Terra de Castells en Lurragerrari.
La provincia había tratado de independizarse porque tenían una lengua y cultura diferentes al resto del país, pero hasta el momento no lo habían conseguido.
—Bien. ¿Cómo sabías que vendría? —La interrogante, en vez de asustarme, avivó mi curiosidad.
Ella sonrió brevemente, como si escondiera un secreto, acentuándose las líneas alrededor de los ojos. Ella tendría alrededor de treinta años, pero era difícil descifrarlo. Las brujas no envejecían como la gente normal.
—Tengo mis medios. Passa . —Abrió la puerta.
—Necesito tu ayuda. Tengo un problema y no sé qué hacer. Tampoco puedo pagarte con inar. —Mi voz vibró estrangulada pues me mordió la culpabilidad de que solo la visitaba para pedir una guía y ello sucedía muy pocas veces al año.
—Algo tan común a las de nuestra clase —sostuvo con resignación y simpatía—. Acordaremos algo después.
La casita solo contenía una habitación donde dormía y comía.
En una pared se recostaba una estantería para guardar su escaza vajilla limpia.
Olvidada en el suelo de una esquina, la artesa, en vez de utilizarla para amasar pan, estaba llena de platos con abundante comida ingerida a medias y descartada.
Supuse que con algún hechizo evitaba las moscas y el mal olor.
—Perdona el desorden —anunció ella al advertir la sorpresa de mi mirada. Con un movimiento de la muñeca, desapareció el contenido en la pila de madera, que dejó a su paso un humo centelleante.
—¿Tú crees que la sociedad nos aceptará algún día? —Cambié de tema para enmascarar mi vergüenza ajena.
Ella se encogió de hombros y señaló un taburete.
—Puede que sí, puede que no… No he visto tan lejos en el futuro.
Me senté frente a la mesa {Endrike se acostó a mis pies}, mientras ella buscaba un tazón con agua de una jarra de estaño, y del baúl junto al colchón relleno de paja, una bolsita amarrada con una cinta negra.
Creí que iba a preparar té o kafea, pero colocó las cosas sobre la mesa pequeña y, con un ligero movimiento de la mano, prendió en el centro una vela blanca.
Mi fascinación me robó el aliento. Con cada visita, era imposible predecir las acciones de Irune y sus métodos.
Ella se quedó de pie frente al tazón con agua, murmuró un encantamiento y su mirada se concentró en el líquido. El tiempo se volvió una clara de huevo pegajosa en las manos, y aguardé en silencio.
Irune salió del trance y sacó de la bolsita unos cubitos de madera tallados con símbolos extraños. Los agitó como si jugara con ellos y los tiró sobre la mesa. Leyó el patrón y lo aprobó con un gesto de la cabeza.
—Las runas confirman lo que vi en el tazón —expresó ella—. Si deseas triunfar, debes seguir tu pasión literaria.
La decepción de la lectura oprimió mi frente.
—¿Estás segura? Yo no tengo talento.
Irune entrecerró los ojos verdes.
—Otra opción es que seas mi estudiante de brujería para que alcances tus metas.
—Yo no soy artística ni una buena bruja… No sirvo para nada. Solo para que las cosas floten descontroladas.
Ella dejó escapar una carcajada ante mis pesimistas gemidos infantiles.
—Ay, Laia… —Se enfocó de nuevo en los cubitos—. Las runas ofrecen una alternativa que te puede ayudar… ¿Te interesa saberlo?
Suspiré.
—Sé que quieres decírmelo; puedes continuar si lo deseas.
Ella asintió con una expresión divertida por mi mal humor.
—En alguna parte de tu casa hay un grimorio escondido —señaló inesperadamente.
—No puede ser. Mis padres no son brujos, y yo no he creado ninguno.
—Las runas dicen que perteneció a los dueños anteriores de la granja.
La información mágica volvía a acertar en su mensaje, puesto que mis padres me habían relatado que se habían establecido en el pueblo cuando yo apenas contaba con meses de nacida.
—Tiene sentido. Mis padres no son de Caobán.
Ella le dio palmaditas a mi hombro.
—Confía en ti misma, Laia, y todo saldrá bien.
Una luz de esperanza germinó en mi pecho como un jardín de palabras poéticas.
—Gracias, Irune —dije realizando una reverencia de despedida. Me deslicé a la única entrada y salida del hogar como si rocas invisibles apretaran mis empeines.
—Aquí estaré si tienes otra duda. No me molesta ayudarte. Adéu —se despidió ella desde el marco de la puerta.
Asentí, pasmada por su generosidad.