Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO CUATRO
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CAPÍTULO CUATRO

Laia

L a tarde me sofocaba del calor y el sol me deslumbraba a pesar de mi sombrero de paja. Manejaba la carreta con los productos que vendería en la feria. Tendría que hablar rápido con el señor Zelaya para que no se estropearan.

Llevaba el artículo en un bolso que yo misma había diseñado más grande de lo habitual para que no se estrujara ni se ensuciara el papel durante el trayecto.

La mayoría de las granjas y haciendas se encontraban al sur y al sureste del pueblo. Así que me enfilé en la calle de tierra hacia el norte bordeada por árboles de caoba. Pasé a la derecha la escuela y a mi izquierda, la ermita.

Cuando llegué a la entrada del pueblo, giré hacia la izquierda.

La imprenta, el primer edificio grande del pueblo, contaba con dos pisos, si bien rivalizaba con la alcaldía, la cual de igual manera comprendía de dos niveles.

La imprenta se encontraba antes de la plaza y sus vistosos árboles zuháitzgorris de flores coloradas, entre la modista y la estación de correo.

Los perrhegaztis anunciaban sus llegadas con sus ladridos y alas extendidas desde todos los rincones de la isla.

Algunos llevaban mensajes amarrados a las patas y otros cargaban paquetes medianos entre tres o cuatro.

Los perrhegaztis eran pequeños, inteligentes y adiestrados con facilidad.

Recordaban las rutas aéreas sin dificultad.

Al cruzar la plaza, se alzaba la alcaldía de forma céntrica: a la derecha de esta, la carretera de entrada, desde la capital, junto a varios comercios, y a la izquierda, la posada del señor Ibarruri {que la gente llamaba La Posada de la Rosa por la que se había pintado sobre el marco de la entrada}, entre otros establecimientos.

Ya me los sabía de memoria. Había vivido aquí toda mi vida.

Cuando continué por la calle Lobo Rojo, el señor Zelaya salía de la imprenta. No tuve que amarrar las riendas de Luna. Papá la había entrenado para que me esperara, y ella era muy dócil.

—Bendecido por los Cuatro, señor Zelaya, le traigo el artículo que me pidió.

Él devolvió el saludo subiendo y bajando el sombrero sobre su cabeza, pese a que su rostro se mantuvo serio, algo poco común en su persona. ¿Qué le pasaba?

—Gracias, señorita Zenarrutza. —El señor Zelaya sacó unas monedas del bolsillo de su pantalón—, pero no voy a poder pagarle completo, solo la mitad.

¡Malquisto! El aire se me escapó como si una pared me hubiese caído encima, aun así, recibí lo que me tendía.

—Ese no fue el acuerdo —murmuré un poco temerosa de protestar, y las guardé en mi bolso. Le entregué el papel, ansiando que terminara la incomodidad del momento.

—Lo lamento muchísimo, es que con los nuevos impuestos del virrey… casi me dejó sin inares.

Me empujé a ser asertiva. Lo menos que me gustaba en la vida era discutir.

—¿Cuándo me pagará lo que me debe?

—Pronto.

El señor Zelaya había sido honorable en sus pagos; no tuve razón para dudar de su sinceridad.

—Está bien. Regresaré otro día.

Nos despedimos. Antes de marcharme a la feria, él entró a la taberna Barril Borracho después de cruzar la plaza y la calle Atabex bastante transitada por carretas o carruajes de alquiler. ¿Iba a beber tan temprano? Ese no era mi problema.

Me monté sobre Luna y me dirigí al oeste de la calle empedrada, en un espacio abierto donde usualmente se llevaba a cabo la feria {una vez al mes}.

El mercado se realizaba dos veces a la semana para las necesidades básicas del pueblo.

Los que compraban o vendían animales se marchaban al este de la isla donde se especializaban en ganado vivo mayor y menor.

Los empleados de la alcaldía habían levantado los toldos para proteger los productos.

Localizados en una hilera había una variedad de agricultores y sus familiares que vendían vegetales, frutas y legumbres.

En la de al frente se ubicaban floristas y, al final, diferentes grupos de marionetas de guantes que representaban historias, inventadas o reales, en sus teatros de cartón.

No faltaban los espectáculos de perros, ratas y saltamontes, los últimos dos entrenados en sus casitas de cristal y para concluir, músicos.

Como se acostumbraba, mi puesto quedó junto a Ruli, la tejedora.

Su raza se especializaba en tejer cualquier cosa, incluyendo su ropa, con hilos que producían de las puntas de los dedos y cortas uñas negras.

Ella tenía la piel verde como la hierba, al igual que el cabello, con dos mechones azules que enmarcaban su rostro.

Sobre la cabeza, sus verdes orejas pequeñas y triangulares me recordaban las de los gatos.

A pesar de su ágil cuerpo humanoide y su cutis terso, ella contaba con doscientos años {Taresa me lo había dicho una vez}. Para su raza era una joven adulta.

Varios metros tras ella, la acompañaba un hombre de su pueblo {o la vigilaba, nadie sabía}, con los brazos cruzados y cara de malhumor perenne; un mestizo de padre tejedor y madre humana, cabello marrón oscuro, de piel blanca bronceada.

Sobre la mesa, ella extendía sus bellas creaciones tejidas: mantelitos, gorras para las mujeres casadas, ropa para infantes, pañuelos bordados y demás, algunos exhibidos sobre la mesa y otros dentro de canastas.

Su pueblo no utilizaba nuestro sistema de monedas, así que Ruli comerciaba con trueques para adquirir lo que no producían: cuchillos, jarras, carretas y otros productos que, al concluir el día, los llevaría al bosque.

Detuve mi carreta detrás de mi puesto y coloqué sobre mi mesa frutas que se producían todo el año como el limón, el pepinillo, pimiento de cocinar y la mano de Nolako; de igual modo, vegetales perennes como la lechuga.

Como nuestro invierno era casi inexistente pude traer gandules y habichuelas tiernas, los cuales se cosechaban en los meses de Negu I, II o III.

—Bendecida por los Cuatro, Ruli.

—Llegas tarde. —La mirada atenta de sus ojos marrones vigiló lo que yo hacía.

Yo no entendía su falta de tacto.

—Lo sé. Espero vender algo —y no añadí que lo necesitaba con urgencia.

Taresa juraba que ella era una buena muchacha, pero la incomodidad me apretaba las costillas cada vez que me encontraba a su lado como si me hallara cerca de una araña real.

Esperaba sus ataques verbales en cualquier momento y la preocupación me quemaba las sienes al punto de que a veces deseaba que ella y su gente desaparecieran de mi vista.

¿Mis sentimientos me enconaban contra los tejedores? ¿Todos serían tan malos como ella?

Mis hombros se endurecieron como si me hubiese golpeado con una tabla, lo cual se debía tanto por la noticia del impresor como por la presencia de Ruli. La tensión me acechaba como un bampiroa.

—¿Esperas? Con esa actitud pesimista solo atraerás las moscas —replicó ella.

Apreté los dientes y, a pesar de los pronósticos funestos de Ruli, algunos clientes me compraron frutas, vegetales y conservas que mamá había preparado en la mañana.

Cuando se alejaron, guardé las monedas en mi bolso y me entretuve contemplando a los visitantes, algunos del patio y otros de pueblos vecinos.

Y fue cuando vislumbré a Katariñe Azkarraga paseando del brazo con el señor Mitxel.

Hermosa, su cabello como hilos de sol lo llevaba en bucles sobre la cabeza y protegía su piel blanca con un elegante sombrero adornado con flores, amarrado bajo la barbilla .

Vestida a la moda, el traje rozaba los tobillos para dejar ver la punta de sus finas botas Adiranes de piel, cerradas al lado.

El escote de barco del vestido rosa pálido permitía el asomo de sus hombros paliduchos y las cortas mangas no eran tan abultadas como en el continente Belardia {había visto la moda original en una revista de la posada}.

Si bien, debía aceptar que en general, se veía etérea y graciosa, muy lejos de su verdadera personalidad áspera.

¿El señor Mitxel se habría dado cuenta de esa disparidad? Por la culpa de Katariñe no me había invitado a pasear.

Malquista.

Y los recuerdos me abrumaron como una nube de mosquitos.

Estudiábamos juntas en la escuela y un día Katariñe me robó un relato de amor que yo había creído perdido.

Ella, con el papel en la mano, y los varones se mofaron en mi cara {entre ellos, uno de los que me gustaba}, puesto que ella lo había leído en voz alta.

La humillación me inundó los ojos de lágrimas y, para colmo, las cosas escolares comenzaron a volar como palomas torvas: papeles, libros, libretas, tizas; hasta las mesas temblaron.

Se enteraron de mis capacidades secretas.

Me acusaron de bruja, y la maestra me sentó en la parte de atrás del salón {cuando yo siempre me había sentado al frente por mis buenas calificaciones}, debido a que a las brujas se les trataba diferente.

Incluso, la maestra llamó a mis padres para narrarles lo que había acontecido y para que me enseñaran a controlar mi ira y mis poderes.

—Laia, Laia… ¡Tus poderes! ¿Qué te pasa? —Ruli me llamaba.

Mis frutas y verduras flotaban fuera de la mesa y de las canastas.

El calor me azotó como si un río de fuego recorriera mi cuerpo, y mi respiración se agitaba como si alguien me hubiese empujado por un acantilado.

A la prisa, rescaté las lechugas y frutas que ondulaban sobre mí para que los desconocidos no se dieran cuenta de mis habilidades. Las brujas no eran apreciadas en ninguna esquina de la isla.

Para mi desdicha, no fui lo suficientemente rápida, y los que presenciaron mi infortunio sus rostros palidecieron por el miedo y se alejaron de mi puesto. El día de la feria concluyó y no vendí nada adicional. El fracaso, igual a una noche tormentosa, se encarceló en mi pecho.