CAPÍTULO TRES
Arin
E l doctor Biskarret revisó mi herida; me aseguró que sanaba de forma adecuada y se marchó con su aprendiz Ipar a visitar pacientes encamados en su hogar, y me quedé sola con su madre en la cocina. La señorita Verisoro limpiaba las habitaciones, y la señora Biskarret prefería preparar el almuerzo.
Corté vegetales sobre la mesa mientras la mujer echaba los leños en la cámara de ladrillos de la estufa de hierro.
Debajo había un espacio para el cenicero.
Cerró la puerta de hierro. El tubo del humero exhalaba los humos fuera de la ventana, en tanto que los anillos sobre la placa de la estufa se tornaron rojos, y el agua dentro de las ollas comenzó a hervir.
—Me da curiosidad la ausencia de su esposo… —Tuve que romper el incómodo silencio; por alguna razón me desagradaba el ambiente sin ruido—. Debido a que todavía no he conocido al señor Biskarret padre.
—Murió hace un tiempo.
—Lo lamento —murmuré, y la señora asintió callada. No vestía luto así que había ocurrido alrededor de dos años antes—. Supongo que eso cambió mucho las cosas, ¿verdad? Lo digo porque la vida debió ser muy difícil sin él. ¿Llevan mucho tiempo en la ciudad?
Ella apretó las cejas y mientras echaba los vegetales en las ollas respondió:
—Sí, pese a que vivimos aquí hace años, Gizon es muy resistente y aventurero. Se adapta rápido a los cambios.
Corté algunos pedazos de carne que había traído el carnicero en la mañana y le di un trocito a mi nuevo gato, Lírico, el cual rozaba mis tobillos demandando atención.
Para rellenar el silencio como una tarta vacía, declaré:
—Es muy buen doctor.
—Fue aprendiz de su padre. Cuando el señor Biskarret murió, Gizon heredó todo: la casa, el consultorio y los pacientes.
Sonreí ante la soltura de la señora, quien ya no dudaba tanto, tomándome confianza.
De la alacena a la izquierda de la estufa, ella abrió una puerta y sacó varios platos.
—Enjuáguelos en la pileta —me ordenó ella, señalando la caja de madera a la derecha de la estufa. Se trabajaba con un sistema de bomba para sacar agua y la sucia bajaría por un drenaje al cubo en el suelo.
Cuando los fui a tomar, uno resbaló y se cayó contra el piso. Se hizo pedazos.
De inmediato, mi mente saltó a otros tiempos y se abalanzó sobre mí el rostro de una mujer blanca de mediana edad con el cabello rubio grisáceo recogido sobre la cabeza, las cejas sobre sus ojos azul oscuro se unían en una línea apretada y su boca se movía en una ristra de regaños por el simple hecho de que yo había roto su plato favorito.
El miedo me había arropado como una niebla de mal agüero.
—Señorita Urtuberri, ¿se siente bien?
Me pasé una mano temblorosa por la frente, la reminiscencia se desvaneció y contesté:
—Me asaltaron unas remembranzas extrañas, inconexas… Estaba en un lugar muy ruidoso, pero solo vi el rostro de una mujer.
La señora Biskarret apretó mi brazo.
—Calma. Pronto recuperará la memoria y todo tendrá una explicación.
—Sí, supongo que así será. Recogeré esto. Lamento tanto mi descuido, señora Biskarret. —Me arrodillé para reunir los pedazos.
Ella me ayudó a recoger lo que faltaba, lo juntó y lo desapareció en una esquina de la alacena.
—No se preocupe, trataré de pegarlo tan pronto reúna los majisis —anunció ella.
Preparamos para el almuerzo la mesa rectangular mediana para seis personas en el comedor: primero el mantel, luego los platos, cubiertos y manjares que consumiríamos. Mi apetito gemía como un fantasma hambriento.
Como la cocina, la habitación se había pintado de azul. Pequeñas pinturas enmarcadas ornaban las paredes.
En ese momento irrumpió el doctor Biskarret, al parecer almorzaba habitualmente con su madre, y se detuvo bajo el marco de la puerta que conectaba con el salón y el comedor.
—Les traigo noticias. —Se acomodó en una silla—. Como fui testigo del incidente del robo, expliqué la calamidad que sufrió la señorita Urtuberri en la Casa de Justicia Civil, y dibujaron el rostro del criminal. Parece que no es su primer delito.
—Esas son maravillosas noticias, y espero que lo encuentren pronto —declaré deseosa de justicia mientras nos pasábamos los platos de filetes pequeños, papas asadas y algas negras salpicadas de nueces rojas.
—Los procedimientos son un poco lentos —advirtió él—, de todos modos, confiemos en que cumplirán con su trabajo.
Salí a pie con la señora Biskarret para ver si el paseo despertaba alguna remembranza de quién yo era.
La acera estaba llena de gente tanto de ricos, de clase media como sirvientes que cumplían con los recados de sus empleadores.
Rodeada de tanta algarabía y personas de todos los niveles me inyectaba de alegría.
Hasta le sonreí a los barrenderos. El gobierno les pagaba para limpiar la ciudad y llevaban sus carretas de basura y desechos de caballos a las afueras hasta el edificio colosal junto a la cárcel donde moraba el monstruo.
Habían descubierto al animal subterráneo siglos atrás y habían construido alrededor el edificio para contenerlo.
Los hechiceros lo habían amaestrado y ese, luego de incinerar los desperdicios con el fuego que brotaba de los ojos, se alimentaba de las cosas ardientes.
O eso aseguraban los barrenderos. Unos decían que era un sapo, una salamandra o una serpiente gigante.
Nadie estaba seguro por la oscuridad, los humos y el calor en la cámara, si bien todos concordaban en las llamaradas de sus ojos y en que era tan grande como el palacio del virrey.
Desde aquí no podía admirar el legendario lugar y tomé nota mental de visitarlo algún día, aun cuando no estaba segura si cualquiera tenía el permiso para entrar.
La calle surgía como uno de mis sueños estrambóticos supremos: joyerías, sombrererías, orfebres, la óptica, el relojero, la mercería, la cristalería, la zapatería, entre otros que me dejaban con la boca abierta y las palabras desmayadas en mi lengua.
Nunca había visto tantas riquezas juntas ni en mis fantasías antípodas.
Cruzamos la calle y esta resaltó de la anterior por su enfoque artístico.
Había una tienda de instrumentos musicales, una librería seguida de una casa publicadora.
De esta última, salió un hombre y una mujer, pero me distraje debido a que creí ver a un vagabundo sospechoso en harapos que corría en la acera paralela, y tropecé como una yegua desbocada contra la mujer.
—¡Arin Urtuberri! —voceó la extraña.
Ella me detuvo en seco, apretándome la muñeca.
La mujer no era una extraña, sino la misma de la visión: Domeka.
Mi primer instinto fue salir corriendo junto con el ladrón, aun cuando este se había esfumado en la muchedumbre.
Las memorias se me clavaron al cuerpo, pegajosas y desagradables con las cicatrices de cada golpe verbal y físico.
—Por fin te encuentro —replicó ella, y rescaté mi brazo como si me hubiese quemado con las llamas de un volcán activo en un desierto inhóspito.
—Excelsa de Errázuriz —interpoló la señora Biskarret, y por poco me desmayo—, me alegra verla de nuevo. Célebre de Otxoa.
Se inclinaron en las reverencias pertinentes, tan propios y cultos como salidos de un libro de historia antigua o de las aburridas revistas de etiqueta social.
¿Por qué se conocían? La señora Biskarret había utilizado los títulos nobiliarios; detalle que implicaba un grado de familiaridad respetuosa.
—El placer es mío —comentó la mujer rubia de mediana edad.
—Veo que ya conoce a la señorita Urtuberri —continuó la señora Biskarret.
—Desde que arribó al orfanato en un escándalo de berreos —arguyó ella tan insensible como se dibujaba en mis reminiscencias. Nunca entendí por qué era la dueña de un orfanato si odiaba los niños.
Despedí, como un pirata pierde en el fondo del mar su más preciado cofre de tesoros, mis lindas creencias de haber sido una honorable maestra de historia.
Y como si las palabras tuviesen vida propia, alegué:
—Y usted es una desalmada —me defendí sin pensar, tachando el arrepentimiento de mi conciencia como un sustantivo innecesario.
Las mujeres perdieron el aliento, y el hombre arrugó la frente como una oruga airada.
—Jovencita, ¿qué recordaste? —la señora Biskarret murmuró.
—Malagradecida —se quejó la señora Errázuriz—. Regresa ahora mismo al orfanato.
—¿Qué sucede? No entiendo —la señora Biskarret intervino.
—Nadie quiso adoptarla para cuando Arin cumplió la mayoría de edad —explicó la señora Errázuriz— y, para no arrojarla a los peligros de la calle, le ofrecí trabajo como sirvienta.
—Y llevo demasiado tiempo en esa tortura —compartí mi visión del asunto como cuando la heroína de una novela levanta su espada ante la amenaza de un león salvaje—. Así que no me espere en su nido de horror.
La gente caminó a nuestro alrededor como si nos hubiesen brotado alas en la cara, evitando tropezar con nosotros.
—Vas a regresar —exigió ella.
Esa berzotas creía que me podía intimidar y estaba muy equivocada. Argüí:
—No. ¡Renuncio! Jamás volveré.
—El trabajo de sirvienta es tan honorable como cualquier otro oficio —porfió el célebre de Otxoa, sus ojos un tono de gris más oscuros que los míos—. ¿Prefieres morirte de hambre limosneando en la calle? Esa clase de mujeres terminan muy mal.
El calor de la vergüenza se arrastró a mis mejillas, y la señora Biskarret suspiró.
—Ella se hospeda conmigo. No le pasará nada. Mi hijo y yo velaremos por su honor hasta que ella consiga un trabajo adecuado que se acerque a sus intereses. Así que, si nos disculpan, tenemos cosas que hacer.
La señora Biskarret continuó la marcha, y yo apresuré el paso detrás de ella; reprimí el impulso infantil de sacarles la lengua.