Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Laia, en el mes de Udazken I

M e senté en el escritorio para escribir el artículo del periódico, pero primero me distrajo Endrike cuando se acostó a mis pies descalzos, para dormir.

Su blancura contrastaba con mi piel marrón, y había cerrado sus pequeñas alas graciosas comparadas con el gran tamaño de su cuerpo. No le servían para volar.

Devolví mi mirada al escritorio. Me había preparado con mi pluma de ganso, el tintero y las hojas sueltas.

Suspiré.

Y luego mi bostezo aburrido desarmonizó el ambiente pacífico, el cual no tenía nada que ver con la oscuridad y las velas de citronela para espantar los insectos. Al contrario, usualmente el silencio y la oscuridad me inspiraban a escribir.

Un susurro de aleteo me hizo buscar el origen a mi espalda.

Me llamó la atención el lindo búho marrón que me visitaba alguna que otra vez desde mi infancia, apoyado en el alféizar.

Como había percibido que era un búho hembra, la había llamado Gema.

Cuando la luz de las lunas tocaba entre los dos penachos de sus ojos amarillos, se distinguía una diminuta marca en azul claro y luminoso: una luna menguante acostada de donde colgaban tres gotas.

Aunque todos los búhos nacían con marcas azules en la frente, nunca había visto uno como el que me visitaba.

Detrás del ave, se alzaban los regios árboles ancestrales contra el cielo de las lunas y estrellas. Tenía una visión clara del bosque por el hecho de que mi dormitorio se encontraba al final del pasillo. Una bruja pasó volando en una escoba y supuse que Irune Galindoz se había marchado de paseo.

El búho ululó como si me reprendiera.

—Sí, lo sé, tengo que trabajar —le aseguré como si me entendiera.

Me obligué a concentrarme en el artículo.

Lo vendería al siguiente día; mi familia y yo necesitábamos el inar.

La imprenta había llegado desde el siglo pasado; por supuesto, acarreada en barco del continente Belardia a la isla, si bien en el pueblo solo llevaba diez años y ya había pasado por las manos de dos impresores, este último el señor Zelaya.

Empero si enfrentaba la sinceridad, quería hacer otra cosa que me devolviera la felicidad como si con esos trazos mi vida recuperara el sentido.

Saqué del cajón un viejo manuscrito: mi primera novela.

De pequeña había escrito relatos cortos o intentos de poesía que no llegaron a nada, o tal vez solo podía justificarlos en el ámbito de la práctica.

La novela contaba con alrededor de ciento ochenta páginas y le faltaba solo el final; un libro de romance y aventura.

A pesar de que escribir la novela la había disfrutado similar a la aventura que me completaba como leer todo tipo de ficción, ¿quién era yo para creer que me equiparaba a los grandes escritores de la ciudad o de Torrente Azul entera?

¿Cómo tomarlo en serio si yo carecía de talento?

Yo, una poquita cosa, era inaudito que me atreviera a soñar con ser una escritora, una autora publicada…

un campo dominado por las reglas de los hombres donde muy pocas mujeres resultaban triunfadoras.

No valía la pena torturarme con sueños imposibles y nunca se lo había comentado a nadie. Mis padres sabían que escribía, no obstante, creían que era solo un juego infantil. Debía ser realista y responsable. A mis veinte años, carecía de tiempo para relajarme con pasatiempos inútiles.

Guardé la novela en el cajón.

—Malquisto —insulté el papel blanco como si fuera culpable de mis tristezas, y mis dedos se enredaron en mis rizos negros que se habían escapado del sombrerito para dormir.

Terminé el artículo y me acosté a dormir bajo el mosquitero de la cama.

Me levanté temprano. Mis padres ya habían desayunado, por lo tanto, me fui directo al establo para realizar mis tareas, con mi viejo vestido marrón, bordeando mis tobillos, y encima un delantal crema que había perdido la blancura con los años de uso.

Me había calzado las medias y los botines de trabajar.

El señor Zelaya no abría la imprenta tan temprano.

El pequeño Jon ya había llegado y limpiaba el heno de la caballeriza donde pastaba mi yegua Luna, y los otros dos caballos, todos de la raza zaldia gabe begiak, los “autóctonos sin ojos”.

—Bendecido por los Cuatro, Jon.

—Reciproco, señorita Laia —respondió el niño.

Me dirigí al establo junto a la caballeriza {le seguían en fila el gallinero y la porqueriza}, me senté en el taburete de madera con la cubeta bajo la vaca y comencé a ordeñarla, mientras la otra pastaba en su corral.

Me alegró el verde saludable de su pelaje como se esperaba de estos mamíferos, aunque si estaban cerca de cuerpos de agua tenían la capacidad de transformarlos en azul y así protegerse de los depredadores.

A pesar de que Jon trabajaba con ahínco, extrañaba al señor Mitxel, el primer ayudante que hubo en la granja cuando había sido una niña.

Él había llegado cuando él contaba el año noveno {oriundo de la islita de Lobito}, mas su madre se lo había llevado en su duodécimo año cuando ella había conseguido un mejor trabajo en la hacienda del alcalde.

Ah, Mitxel Águila Salvaje… Lo veía a veces en el mercado o cuando se enfermaban mis animales.

Era el hombre más atractivo de todo el pueblo, sin embargo, algunas admiraban o preferían a su hermano Markel porque, comparado con el veterinario, parecía un mejor partido: maduro y responsable.

—Señorita Laia, ¿me está escuchando?

Dejé de ordeñar la vaca. No me di cuenta cuando Jon se había parado a mi lado.

—Perdóname. ¿Qué dijiste?

—Luna se está rascando otra vez. Creo que la picó un eltxo.

Los eltxos vivían en la Charca Caminante y chupaban sangre de las patas afiladas como agujas y del probóscide.

Salimos del establo, me acerqué a Luna en la caballeriza y, en efecto, se rascaba contra la pared con insistencia. Acaricié su hocico.

—¿La llevaste otra vez a comer cerca de la Charca Caminante?

El niño se ruborizó por toda contestación, de todas maneras, no le reprendí. ¿Para qué? Jon era tan despistado que de seguro cometería el mismo error tan pronto cualquier cosa lo distrajera de la amonestación.

—Olvídalo. —Saqué una manzana de mi bolsillo y se la ofrecí a Luna para distraerla de su comezón, pero la rechazó—. ¿Y la crema?

—Se acabó.

Mi corazón se agitó igual a una rueda sin carreta y me tuve que morder el labio inferior para no sonreír como una mozuela.

—Ve a buscar al veterinario. No sé en dónde se encuentra; tal vez todavía esté en su casa. Como es temprano, a lo mejor está desayunando. Ve primero ahí.

Me distraje con las diferentes tareas de la granja; siempre había algo que hacer.

Papá se dedicaba a labrar y cultivar la tierra, en tanto que Jon y yo nos encargábamos de aspectos menores como recoger los huevos o darle de comer a los animales, mientras mamá se ocupaba con el almuerzo y limpiar la casa.

Debía ir a la imprenta, pero si me marchaba perdería la visita del señor Mitxel, y desde su regreso del exterior había compartido con él muy pocas veces.

Este llegó justo a tiempo. Arribó en su humilde carreta de cuatro ruedas, pintada por ambos lados en negro el diseño de una pisada de un lobo, símbolo de triunfo para los aborígenes.

El joven vestía con sus holgados pantalones y camisa con mangas enrolladas hasta los codos, dejando al descubierto sus fuertes antebrazos cobrizos.

¿Quién podía imaginar que era uno de los hijos adoptivos del alcalde?

Recogí las riendas de mi mente para que no se perdiera en ese escandaloso pasado.

El señor Mitxel bajó de la carreta. Llevaba, como dictaba su estilo, el lacio cabello negro en dos largas trenzas, y mi corazón casi se escapó de mi garganta como un pollito nervioso.

Su sonrisa amigable me deslumbró.

—Que Atabex la guarde, señorita Laia, me alegra verla de nuevo.

Realicé la reverencia pertinente.

—Reciproco, señor Águila Salvaje.

—Jon me explicó lo que pasó con Luna. Si recuerdo bien, ella sufre de esta alergia desde que era una potra.

Caminamos hacia la caballeriza. Como de costumbre, el sol nos abrazaba con su fuerza tropical.

Esa tarde había una feria donde trabajaríamos los vendedores locales…

¿Y si él me invitaba a caminar por la feria?

Hasta donde yo sabía, él era soltero igual que yo.

De solo imaginar que paseáramos juntos, mi corazón se convertía en una tarta de miel.

Para mi desdicha, la valentía se evaporó de mis palabras como un concepto difícil de formular y continué hablando de Luna.

—Así es, y la crema que le había recetado se acabó.

La caballeriza y el cobertizo del carruaje se encontraban detrás de la granja, cerca de la calle de tierra.

Con una mano en alto, papá lo saludó desde los sembradíos, su piel morena brillando por las gotas de sudor, a pesar del sombrero de paja que le protegía la cabeza, y Mitxel devolvió el saludo.

Entramos a la caballeriza, la cual era muy parecida a la de otros granjeros de clase media: a la izquierda, la cuadra se había dividido en tres partes con los bebederos para que cada caballo estuviese separado, y a la derecha, la mesa con dos sillas de montar y bridas.

Contigua, sobre otra más pequeña, se amontonaban limpias mantas dobladas.

—Veo que siguen sin usar bocados para el freno de los caballos —observó el veterinario.

—Pues papá y yo concordamos en que eso lastima la boca de los zaldias y es una crueldad innecesaria.

Él me lanzó una mirada penetrante con una misteriosa sonrisa breve. Mi respiración se anudó en mi pecho como un lazo delicado.

—Es más trabajoso entrenarlos para que obedezcan, pero es más humano —opinó él, y yo asentí.

El señor Mitxel saludó a Luna, rascándole entre las orejas y luego la inspeccionó con cuidado de no lastimarla.

—Sí, son mordidas del eltxo, cagalindes —expresó Mitxel, y sonreí por su palabra malsonante, la cual usaba desde su juventud y me acordaba a las actitudes de Taresa—.

La crema le viene bien, sin embargo, creo que le convendría mejor una manta especial que teje Ruli.

El olor espanta al insecto y, a largo plazo, le saldría más barato.

Ruli, la tejedora del bosque; aborígenes humanoides que muy pocas veces se relacionaban con nosotros. No la conocía bien.

—¿No se ha marchado? —pregunté.

Él negó con la cabeza.

—Sigue en la hospedería de Taresa, parece que indefinidamente.

—¿Cómo funciona la manta?

—Se la puedes dejar puesta cuando vaya afuera a pastar; incluso todo el día porque el material absorbe el sudor del caballo y no le hará daño porque otros de mis clientes la han utilizado con buenos resultados.

—Está bien, lo intentaré —le prometí sacando de una esquina una canasta con huevos—. No puedo pagarle con inares. ¿Le molesta si lo hago con esto?

Él tomó la canasta y sus ojos marrones evocaban la suavidad de la azúcar morena derretida.

—No faltaba más; nos conocemos hace años.

—Espero reunir todo el inar cuando venda mi artículo al señor Zelaya y los vegetales en la feria… —La voz se me esfumó por la timidez, a ver si a él se le ocurría invitarme a la feria.

En cambio, el albéitar escapó a mi débil anzuelo.

—A la orden, señorita. Nos veremos en otro momento.

Doblé mis rodillas en la reverencia de la despedida, y él se marchó con un pedazo de mi alegría enredada en sus pasos largos.