Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO UNO
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Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1)

Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1)

Por Eliza Padro Castro

© inepub.com

CAPÍTULO UNO

Arin, en el mes de Udazken I

L a oscuridad amenazaba tragarme como si estuviese en la cueva de una novela de aventuras. Pero peor que el miedo a las tinieblas, resaltaba el dolor detrás de mi cabeza, caliente y punzante. La sangre me mojó la punta de los dedos y gemí, apretando los ojos. ¿Estaba acostada?

​ —Tranquila. —Quebró el silencio de la lobreguez una voz masculina con un ligero acento regional, cerca de mi oreja—. Voy a ayudarle.

​ Abrí los ojos poco a poco y me encontré con el rostro serio de un hombre de tez marrón cobriza y largo cabello negro azuloso que caía hasta la cintura.

Una tela amarrada a su frente se lo mantenía fuera del rostro.

Solamente un aborigen humano, de raza guaitika, se atrevería a rebelarse contra las convenciones de la moda en la ciudad y llevarlo tan largo.

No obstante, vestía como los caballeros de la capital, y yo estaba en sus brazos musculosos, acostada sobre el suelo. Él se acuclillaba junto a mí.

Me llamaron la atención sus fantásticos ojos amarillos.

Nos encontrábamos en un callejón sucio y maloliente; los edificios viejos con pintura descascarada se apretaban unos a otros a ambos lados.

No reconocí el lugar. Gatos enclenques husmeaban en la basura y un perro vampiro {o bampiroa como lo llamaban las personas cultas}, con ojos rojos olisqueaba en mi dirección.

El hombre realizó un dibujo de energía en el aire, y el perro escapó con el rabo entre las patas.

¿Quién era él?

Mi ondulante cabello rojo se enredaba en las manos masculinas.

En el cielo brillaban las estrellas {más una roja que nunca había visto antes}, junto a las dos lunas: una gris-verde pálido, la más grande al fondo, y la pequeña, azul claro; ambas en forma de sonrisa inconclusa, por estos días.

La luz resplandecía sobre espíritus que se alimentaban de la contaminación y sobre tímidos espectros que los revelaban flotando sobre balcones.

Otros de personalidades curiosas se arremolinaron alrededor nuestro, pero el caballero no se daba cuenta.

¿Estaría alucinando? De alguna manera, un conocimiento interno me susurraba que no era la primera vez que los percibía.

—¿Qué pasó? —susurré, mi respiración raída ente los dientes puesto que el corsé me apretaba las costillas; mi sencillo vestido pálido se había ensuciado con la tierra del suelo, y ocultaba las magulladuras en mis piernas.

Las botas gastadas del diario a los tobillos, imitación de las Adiranes, sobresalían como oscuros cachorros.

El hombre abrió un pequeño maletín junto a él y sacó un pedazo de tela. Un gato negro como la tinta y de ojos verdes se sentó cerca de mí a observarnos.

—¿No lo recuerda?

Mi mente se asemejaba a una sopa de frases inconexas, silencios largos y un vacío inexplicable.

—No. —Me senté lentamente y encontré mi bonete de viaje.

Él apretó la tela sobre mi cabeza por donde sangraba.

—¿Cómo se llama, señorita?

Me llevé una mano a la frente tratando de recordar y el dolor de cabeza empeoró. ¿Quién soy? La interrogante sin respuesta me asustó.

Y tartamudeé:

—A… A… No sé.

—Bueno, lo recordará después; debe tener una contusión.

Yo soy el doctor Gizon Biskarret. Salía de atender un paciente cuando vi a un hombre que la perseguía y le robó, aunque no se le hizo fácil, porque usted se resistió.

Él le golpeó la cabeza y se escapó con su bolso antes de que pudiera detenerlo.

El doctor Biskarret me ayudó a ponerme de pie.

Del misterioso atraco omitido por mi mente que me describió, me picó la curiosidad que su apellido reflejara el origen de mi pueblo cuando los aborígenes guaitikas habían luchado tanto por conservar los nombres de sus tribus {los aborígenes de otras especies, como los tejedores, no se inmiscuían con los humanos}.

Y ellos eran chamanes; era muy raro que se dedicaran a la medicina moderna…

Ah, mis queridas memorias selectivas. ¿Habré trabajado como una maestra de historia?

El doctor comentó:

—Sostenga la tela sobre su cabeza. Esa herida necesita atención urgente, empero mis demás materiales están en el consultorio. Debe venir conmigo.

Las dudas volaron sobre mi pecho como metáforas fugaces, puesto que percibí en su ofrecimiento a un hombre decente, pese a que estaba segura de que no lo conocía. O me agradaban sus atenciones y su cercanía…

—No se preocupe —me confortó él—. No estaremos solos. Mi aprendiz, Ipar, trabaja y vive conmigo, incluyendo a mi madre.

Sí, algo me indicaba que esa situación era muy común en muchos ámbitos profesionales de clase media, y murmuré:

—Gracias. —El gato negro se frotó contra mis pantorrillas, y me sorprendió la limpieza de su pelaje en contraste con nuestros alrededores. Si bien deseaba acariciarlo, el dolor no me permitía bajar la cabeza y llevaba las manos ocupadas con el bonete y la tela apretada sobre la herida.

Caminamos despacio fuera del callejón, y el gato nos siguió hasta la calle principal donde se encontraba estacionado un cabriolé de dos ruedas ajustado con atalaje de varas a un solo caballo sin ojos, de la raza zaldia, especie autóctona de Torrente Azul.

Un hombre recostado de un edificio lo vigilaba.

La calle concurrida se llenaba con las voces, risas y canciones de varios centros públicos, casas de alegría sexual, teatros, hospederías y transeúntes.

Las lunas iluminaban los adoquines de la calle ancha donde se paseaban los carruajes, y los largos postes con linternas de aceite dominaban la acera.

Brujos que planeaban sobre escobas rondaban el perímetro en busca de la gente de su clase.

En tanto que carruajes lujosos amarrados a cuatro gárgolas volaban por el cielo, y me estremecí.

Solo los hechiceros contaban con el permiso del virrey Nikanor Jaurregui para utilizar las grotescas criaturas como transportación. ¿A dónde irían a estas horas?

Y me mordiscó la ponzoña de mi mayor incertidumbre: ¿por qué yo estaba fuera de mi casa incitando al peligro?

—¿Reconoce este lugar? —me cuestionó el doctor y le lanzó una moneda al hombre. Este tocó su sombrero en agradecimiento y se marchó a uno de los centros.

—No, lamentablemente.

Él tendió una mano para ayudarme a montar el cabriolé y la acepté. A la vez que mi puño sostenía el bonete, una mano grande y cálida arropó la mía. Cuando me acomodé, el gato brincó sobre mi falda; solté mi bonete y acaricié al felino para distraerme de las sensaciones que el hombre me provocaba.

Me miró brevemente y sus ojos dorados como monedas nuevas bailaron con un brillo similar al humor.

—Le cayó bien al gato. ¿Se lo queda?

—Por ahora.

El doctor se sentó junto a mí y tomó las riendas, las agitó, y el caballo marchó a la calle principal uniéndose al flujo de carruajes.

Escondí mi bonete en el escote de mi vestido y aspiré el olor masculino a limpio y jabón como si el doctor se lavara constantemente las manos, su muslo rozaba el mío y me agitó tanto que sospeché era mi primera vez sentada cerca de un caballero debido a que…

—¡Ah, ya sé! —prorrumpí; el recuerdo se desplegó en mi memoria como un pergamino desenrollado—.

Me llamo Arin… Urtuberri. Eso es lo único que recuerdo; es como si estuviese perdida en las ruinas de una civilización legendaria encubierta por una selva.

—Las palabras brotaron fuera de mí, rápidas como una llamarada. Tomé una bocanada de aire.

Él sonrió y sus dientes blancos contrastaron con su piel.

—Encantado de conocerla.

Dejamos atrás la algarabía y nos encontramos en una sección tranquila llena de tiendas a nuestra derecha que habían cerrado al culminar sus trabajos; casi todos tenían sus moradas en el segundo plantel: la barbería, la panadería, la modista y boticarios.

A la izquierda de la calle ancha se extendían arboledas salpicadas con bancos de piedra y fuentes; parques interconectados para el deleite de familias o, a esa hora, parejas que rompían las expectativas sociales.

El doctor Biskarret dio la vuelta en la esquina donde en un letrero habían pintado el nombre de su consultorio en un edificio de dos pisos, de diseño sencillo comparado con los anteriores, los cuales se habían construido de tres o cuatro; seis, si el propietario era rico.

Detrás, se encontraba la estructura donde guardaba el cabriolé: una casa de madera con dos grandes puertas que permitían la entrada del vehículo.

Pese a que un chico adormilado esperaba afuera, se despertó con los cascos del caballo, abrió las puertas y se hizo cargo del equino cuando el doctor brincó y le tendió las riendas.

Él me ayudó a bajar, cruzamos el patio interior, con una mesa y un banco largo de piedra, que conectaba la caballeriza con el consultorio, y entramos por una puerta trasera seguidos del gato.

No volví a ver a los fantasmas ni espíritus de la contaminación, aun cuando algo me decía que no habían desaparecido.

El consultorio contaba con dos habitaciones: un salón de espera con varias sillas y otro de examinación. En el último, había un escritorio y una estrecha mesa larga. Sobre esta, el doctor la señaló para que me sentara.

El médico prendió algunas velas con las famosas astillas inflamables que se rascaban contra la cajita en donde venían; sobre su escritorio había papeles, un tintero y una pluma para escribir.

Detrás, un librero contenía además de los libros de medicina, un microscopio, un cráneo humano y un estante lleno de botellas de cristal con coloridos líquidos medicinales.

Junto a este había un diploma enmarcado que aseguraba la licencia del doctor y sus años de aprendiz.

El médico separó con cuidado los mechones de mi moño deshecho, limpió y desinfectó la herida. Pese a que enhebró una aguja con hilo blanco igual al algodón, no me amenazó el temor. Mi instinto me susurraba que confiara en él, y este comentó:

—Se supone que un cirujano trabaje este tipo de heridas, pero yo sé hacerlo y por eso no lo llamaré. Dolerá un poco, aunque serán solo dos puntadas; no es nada grave.

Un poco preocupada confesé:

—Gracias, sin embargo, no podré pagarle por ahora. Ni siquiera sé a qué me dedico.

Pese a la advertencia del médico, me sobresalté cuando la aguja cerró la herida con dos zurcidos.

—Hablaremos después sobre eso.

Al fondo del consultorio, una escalera nos llevó al segundo nivel.

El recibidor con un perchero de pie en una esquina se abrió a un saloncito donde una mujer aborigen humana leía un libro a la luz de las velas.

Los aborígenes habían abandonado sus indumentarias tradicionales y las reservaban para ceremonias antiguas.

La señora vestía la ropa femenina que estaba de moda: un discreto vestido largo con cuello de barco y abultadas mangas cortas.

Una pintura de una familia embellecía la pared tras ella: un hombre rubio en el centro abrazaba a la mujer aborigen frente a mí, pero más joven y al mozuelo Gizon Biskarret.

El resto de las paredes se había cubierto con papel floreado, y una alfombra pequeña descansaba bajo una mesita céntrica de patas curvas.

Ella levantó la cabeza al escuchar los pasos, y el médico tomó la iniciativa:

—Madre, te presento a la señorita Urtuberri. Sufrió un golpe a consecuencia de un hurto y ahora padece de amnesia.

—Pobrecita. —La mujer se incorporó y ambas realizamos una leve reverencia—. ¿Cómo se siente?

Y hablé casi sin parar:

—Mejor, gracias al doctor, sin embargo, me apena molestarlos. Es tan imprudente de mi parte, y pese a que detesto errar de grosera, no tengo a donde ir. ¿Tal vez un hotel? Tampoco recuerdo donde vivo. Yo… —Tomé una bocanada de aire para acallar la rápida verborrea. Era una berzotas.

—Tonterías —él comentó—, no debe quedarse sola en su condición. ¿La habitación para huéspedes está preparada?

—Por supuesto. Y estoy de acuerdo en que es un peligro que una señorita ande sola a estas horas de la noche.

Mis anfitriones me conmovieron con su sinceridad, y añadí:

—Se los agradezco desde el fondo de mi alma melancólica. Estoy un poco cansada, no obstante, mañana estoy segura de que mi mente se prenderá como una vela, recordaré todo y les pagaré con creces su maravillosa hospitalidad.

El doctor sonrió con diversión; en cambio, la madre frunció la frente.

—La acompañará la señorita Verisoro. —La señora tocó una campanita sobre la mesa, y apareció una joven con uniforme de sirvienta—. Por favor, Rafaela, llévala a la habitación de huéspedes.

Me disculpé con una leve inclinación de la cabeza, antes de avergonzarme y decir tonterías adicionales, y seguí a la joven por un pasillo iluminado a la izquierda del salón. Pasamos puertas cerradas, a ambos lados del pasillo, con cuadros que engalanaban entre las mismas.

¿Por qué confiaba en la familia Biskarret? Un diminuto recelo como una leve llovizna amenazaba ensombrecer mis ánimos, en cambio, amarré la insinuación con un nudo brusco. Estas personas amables no tenían ninguna razón para hacerme daño, a diferencia del ladrón que me había atacado.

Mi habitación la dominaba la cama en el centro con sábanas blancas y, detrás, papel de pared blanco con flores granates; por un lado de la cama, un armario grande y, por el otro, una cómoda.

Entré seguida del gato y la joven cerró la puerta. Sonreí. Si el felino continuaba persiguiéndome, tendría que ponerle un nombre. ¿Tal vez Lírico?

Me quité el vestido y me quedé en la ropa interior: cubrecorsé sobre el corsé, camisa debajo y enaguas sobre los pololos.

Ansiaba darme un baño, no obstante, dentro de un bolsillo interno de la camisa encontré un papelito con unas palabras escritas.

¿Por qué tenía esto? ¿Para qué era? ¿Y cuál habría sido el propósito de visitar esa área de la ciudad capital donde me había encontrado al doctor?

Se reflejaba en el espejo mi rostro pecoso y mis ojos grises confundidos; mi piel blanca dorada había palidecido más que de costumbre.

¿Cómo podía mi vida depender de un papelito insignificante? ¿O le estaba impartiendo demasiado valor?

Tantas interrogantes sin contestación…