Las bibliotecarias de Lisboa 46
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Bea se quitó la peluca y entró en su habitación de hotel. La adrenalina que la había impulsado durante las últimas veinticuatro horas se estaba disolviendo y dejaba paso al cansancio.

Gable le tomó la mano.

—Selene está a salvo.

—Ojalá pudiera creerte. —Se le llenaron los ojos de lágrimas—. Siempre ha sido una persona muy llena de vida y muy valiente. Pero ahora está… rota.

—Has hecho todo lo que podías. Lo que le ocurra ahora solo depende de ella. Y del paso del tiempo.

Los ojos de Gable se veían grises a la luz de la lámpara y ella se preguntó por la melancolía que veía en ellos. ¿Estaría recordando a esos padres que había perdido? ¿Su tierra natal, destrozada por la guerra mucho antes de la llegada de Hitler?

Pensó en sus propias nostalgias: su madre, su bebé.

Pérdidas como las de Gable, las de Selene o las suyas nunca desaparecían.

Siempre estarían ahí, como polillas pegadas al cristal, esperando para sobrevolar las vidas de los que se quedaban.

Lo único que las hacía tolerables era la compañía de otra alma.

Alguien a quien aferrarte en los momentos de dolor.

¿Volvería Selene a encontrar a alguien así?

La embargó la duda.

—Debería haberle dicho la verdad. Se sentiría mejor si supiera…

—¿Y poner en riesgo su seguridad? —Gable sacudió la cabeza—. Solo le habría causado más dolor, aparte de que esa información la habría puesto en peligro. Si alguien la interrogara, sobre todo ahora, en pleno estado de shock …, se convertiría en un inconveniente.

Bea se enfadó al ver que Gable podía sentir esa desconfianza intrínseca por alguien a quien ella quería tanto.

—Ella nunca sería un inconveniente.

Él la miró y, al ver su ceño fruncido, su expresión se suavizó.

—No es cuestión de que no confíe en ella. En lo que no confío es en lo que haría el enemigo si supiera que ella sabe la verdad.

Bea quiso contradecirlo, pero sabía en el fondo que tenía razón. Los recelos eran parte de él por culpa de su trabajo, pero esa precaución le había servido para seguir vivo y a salvo. Tendría que ser una concesión necesaria en su relación; una que ya estaba decidida a hacer.

—No quieres que sufra más de lo que ya lo hace —continuó él con voz tierna.

Ella suspiró.

—No, claro.

—Pues de esta forma podrá seguir adelante.

—Espero que tengas razón —susurró Bea, pero un instante después se sobresaltó al oír que alguien llamaba a la puerta.

Ambos esperaron. Bea contuvo la respiración y escuchó atenta.

Fue a por el arma que tenía en la mesita y apuntó hacia la puerta.

Si el enemigo estaba al otro lado, la encontraría lista para enfrentarlo.

Poco después se oyó el ruido del roce del papel cuando pasaron una nota por debajo.

A continuación, les llegó el sonido de unos pasos que se alejaban por el pasillo.

Bea bajó el arma, tomó el papel y lo descodificó enseguida.

—Es del coronel Fitzgerald. Me voy a las siete de la mañana. Enviará un coche a buscarme.

Gable asintió, pero apretó los labios. Se acercó a la ventana y revisó los jardines que flanqueaban la avenida de abajo.

—Veo que ya le has dado tu respuesta.

—Sí. Me he reunido con él esta mañana, mientras tú estabas con Selene.

Necesitaba hacerlo sola, sin que Gable lo supiera. Seguro que se habría sentido tentado a advertirla de los peligros. Pero esa decisión tenía que tomarla ella por su cuenta.

El corazón le dio un vuelco. Cuando lo dijera en voz alta sería algo tangible, inamovible.

—He aceptado otra misión. Tengo un nuevo alias. Me darán un pasaporte falso y papeles para viajar mañana.

Maeve Blanchard. Ese era su nuevo nombre. Había insistido en que le pusieran el nombre de Maeve, el de su madre, y el coronel había aceptado. Al menos podría llevar ese trocito de su verdadera identidad con ella.

—No te voy a preguntar los detalles. No quiero que me tengas que mentir. Todavía no.

—Gracias.

Llegaría el momento en que ambos tendrían que mentir de nuevo; era el precio a pagar por las vidas que habían elegido. Solo podía esperar que el amor que sentían el uno por el otro fuera suficiente para que todas las invenciones fueran perdonables, o incluso completamente olvidables.

Él le dio la espalda a la ventana y la miró. En sus ojos vio miedo.

—Bea, ¿estás segura?

No lo estaba. Nunca lo estaría. ¿Cómo se podía estar preparada para esa misión?

Era mucho más peligrosa que nada de lo que había hecho en Lisboa.

La Francia de Vichy, el lugar adonde iba, estaba llena de nazis.

La información limitada que le había proporcionado el coronel le dejó claros los peligros a los que tendría que enfrentarse.

Esto era lo que le había dicho: «Ya hemos perdido a dos de nuestros agentes en Francia, en Normandía, en las últimas semanas.

Los dos capturados y torturados por los nazis.

No tenemos a nadie con una habilidad con la codificación como la suya.

Trabajará con grupos de resistencia judíos en La Haya para elegir zonas de recepción para el transporte de manuscritos e interceptará comunicaciones enemigas con el fin de asegurar el tránsito seguro de libros y documentos.

Los Aliados están planeando una invasión masiva y usted tendrá que poner a salvo algunos de los libros más importantes del mundo antes de que se produzca.

El trabajo que va a hacer será el más importante de su vida».

Le parecía aterrador. Lo más probable era que no lograra salir de Francia con vida. Pero la necesitaban. Si podía marcar la diferencia en medio de esa guerra monumental, cambiar el rumbo de la lucha hacia la dirección correcta, ¿qué otra cosa iba a hacer?

—Estoy segura —le dijo a Gable—. No quiero volver a Boston. Mi hermano, Robert, se va a casar este verano. Y quiere vivir en Hawái. Mis padres ya no están…

—¿Y Selene?

Se le hizo un nudo en el estómago. Su mundo se había ampliado y también su decisión de explorarlo. Selene era la única persona por la que volvería a casa. Pero si regresaba, perdería a Gable para siempre.

—Me reencontraré con Selene algún día. Buscaré la forma.

—Fue hasta donde estaba Gable. La luna le iluminaba la cara.

Sus ojos brillaban con un tono índigo y la atraían a sus enternecedoras profundidades, como habían hecho desde el principio—.

Pero esto es lo más adecuado para mí. Voy a aceptar esta misión y después haré lo mismo con la siguiente. Y seguiré trabajando mientras pueda.

Gable le cogió la cara entre las manos.

—Entonces entenderás la razón por la que no puedo dejar mi trabajo aquí. Aunque eso signifique estar lejos de ti.

Bea lo abrazó por la cintura.

—Lo comprendo. Pero quiero estar contigo ahora. Esta noche. El resto del tiempo que nos quede juntos.

—Sí, mi amor —susurró él.

Miró de arriba abajo al hombre que tenía delante, que la había encandilado con su fiereza, su astucia, su pasión y, al final, también con su amor.

Había memorizado su cara muchas veces, con todas las expresiones imaginables.

Pero quería capturar su imagen en aquel momento, con la expresión sincera y llena de veneración.

La colgaría para siempre en la galería de su mente, para poder mirarla cada vez que necesitara consuelo en los meses que estaban por venir.

—No importa dónde esté, ni la distancia que haya entre nosotros, sabré que estás trabajando conmigo. Que estamos luchando en esta guerra juntos. Y eso será suficiente hasta que nos volvamos a ver.

—Porque nos volveremos a ver —aseguró Gable, y la besó.

—Nos encontraremos —prometió ella, respondiendo a sus besos—. Y nos amaremos todo el tiempo que tengamos.

—Sí.

Él siguió abrazándola mientras la luna y las sombras se iban confundiendo, hasta que ya fue imposible saber dónde acababa él y empezaba ella.

Bea se dejó llevar en esos momentos finales, mientras el reloj avanzaba inexorablemente hacia el agridulce amanecer.

Tenía por delante días traicioneros y desgarradores por culpa de la guerra, pero, aquella noche, la promesa de unos mañanas robados con Gable le hizo sentir una gran paz.