Epílogo. Septiembre de 1993
Epílogo
Selene no le soltó la mano a Bea mientras observaba al hombre que se acercaba a su mesa. Tenía los hombros anchos un poco hundidos y esa cara, que conocía tan bien, estaba cubierta de arrugas.
Lo miró a los ojos y el hombre se paró a unos metros de ella, dudando, como si esperara su aprobación. Entonces lo supo. Su cara se parecía mucho a la de su hermano, pero esos ojos… Nunca tendrían la peculiar mezcla de diversión, dureza y calidez de los de Luca.
Tembló, con el pulso tan acelerado que estaba poniendo a prueba las finas paredes de su corazón cansado.
—André. —Decir su nombre en voz alta era perturbador. Era como conjurar a un espectro. Aunque... ¿no lo era en realidad?—. Pero… si moriste también aquella noche. Rafael me dijo…
Bea negó con la cabeza.
—Es lo que tenía que decirte. Para protegerte a ti. Y a André.
—Le he pedido a Bea que quedara contigo aquí para verte. —La voz de André transmitía cautela—. Tras todos estos años podemos hablar libremente. Y ser sinceros.
Bea se inclinó hacia Selene con expresión intensa.
—Ya es hora de que sepas la verdad. Por fin se han desclasificado nuestras misiones y creemos que mereces saberlo.
Selene le hizo un gesto con la cabeza a André para que se sentara.
Fue más bien por educación que un gesto de bienvenida.
Todavía no estaba preparada para un acercamiento.
No podía apaciguar el huracán que su presencia había desatado en su mente, en cuyo ojo estaba la muerte de Luca.
Porque no era él quien estaba allí, sino André, y su sola presencia le parecía una traición.
—Cuéntame.
—Gracias por acceder a escucharme. —André se sentó y exhaló despacio, nervioso—.
Mi negocio de wolframio era más complejo de lo que creíais mi hermano y tú.
Efectivamente yo gestionaba las minas familiares, pero durante la guerra también me convertí en agente del mi5.
Sabía de los negocios clandestinos con el wolframio que hacía Alemania y quería contribuir a detenerlos.
Nunca fui tan valiente como Luca, que rechazó públicamente las exigencias de Salazar, pero necesitaba hacer algo, y el comercio de wolframio era lo que mejor conocía.
Así que contacté con otro agente en Lisboa para ofrecerle mis servicios.
Selene miró a Bea, pero supo que no había sido con ella; no podía ser.
Ella estuvo en Lisboa una temporada muy breve.
Entonces le vino a la cabeza otra persona.
Tenía sentido que el otro agente del mi5 presente aquella noche, el hombre que le dijo que André había muerto, estuviera aún más implicado en los destinos de Luca y André de lo que Selene se imaginó en su momento.
—Hablaste con Rafael Delgado.
André asintió.
—Su nombre en clave en aquel momento era Gable.
Le prometí que les proporcionaría a los británicos información sobre el contrabando de wolframio del Reich.
Y ellos accedieron. Pero tenía un precio.
Para ganarme la confianza de Hitler, tuve que ayudar a desviar cantidades de wolframio que acabaron directamente en manos de los nazis. Era un señuelo.
—Y funcionó —continuó Bea—. Hasta el punto de que Hitler llegó a concederle a André la Gran Cruz de Hierro por su ayuda en el esfuerzo bélico.
Para evitar por todos los medios que los alemanes se enteraran de los verdaderos motivos de André, el mi5 organizó una investigación propia sobre las transacciones de wolframio de André como tapadera para su trabajo clandestino.
La operación Caperucita. Esa es la misión en la que yo trabajaba. Con Gable.
Poco a poco, las piezas fueron encajando en la mente de Selene, pero seguía habiendo muchas preguntas sin respuesta. Miró a Bea.
—Entonces… tú estabas fingiendo que investigabas el desvío de cantidades de wolframio de André.
—No. Mi investigación era auténtica, al menos eso creía yo.
Gable sabía la verdad, pero tenía que cooperar con la operación Caperucita, mientras al mismo tiempo trabajaba en secreto para evitar que el Reich averiguara las verdaderas intenciones de André.
Cuando descubrimos a André y lo denunciamos al mi5, él estaba al tanto de todo. Era parte del plan.
—Pero Salazar también se enteró de que yo estaba desviando mineral —retomó André—. El mi5 cree que le dio órdenes a la pvde para que me asesinaran. Le encargaron a Gable cancelar mi misión y sacarme de Lisboa para llevarme a un lugar seguro antes de que pudieran ir a por mí.
A Selene se le aceleró el corazón de nuevo.
—Aquella noche en la playa. Por eso Raf… Gable os estaba siguiendo a Luca y a ti.
—Íbamos a fingir mi muerte —explicó André—. Su arma estaba cargada con balas de fogueo. Me dispararía, yo me dejaría caer en la orilla y allí me rescatarían otros agentes del mi5, que después me meterían en un barco rumbo a Estados Unidos.
Bea miró a Selene con compasión y habló con voz suave.
—Pero Luca no tenía que estar allí aquella noche. Nada salió según lo planeado.
La expresión de André se desmoronó al oír el nombre de Luca, pero carraspeó y se irguió.
—La pvde estaba en la playa aquella noche también. Me siguieron. Antes de que Gable pudiera sacarme, dispararon y…
—Pensaron que Luca eras tú. —Selene se cubrió la boca con la mano.
Los recuerdos de aquella noche resurgieron y pasaron por delante de sus ojos, como salidos de una pesadilla. Unas gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.
Durante un momento los tres se quedaron sentados en silencio, sumidos en sus recuerdos y en sus arrepentimientos.
Bea fue quien retomó la historia.
—Cuando el cadáver de Luca apareció en la playa, unos días después, lo identificaron como el de André. Y Salazar se quedó satisfecho, pensando que había eliminado al traidor del wolframio que amenazaba la neutralidad de Portugal.
—¿Y los alemanes? —quiso saber Selene.
—Sintieron la pérdida de André, pero la aceptaron sin abrir ninguna investigación.
Y la información que consiguieron los británicos sobre los negocios de wolframio con Alemania, gracias a André, sirvió para convencer a Salazar de que accediera por fin al embargo de ese mineral.
Justo a tiempo para la invasión de Normandía.
La mente de Selene funcionaba a toda velocidad, intentando asumir todo ese tsunami de información.
—¿Y dónde has estado durante todos estos años? —le preguntó a André.
—Viví en Nueva York hasta que acabó la guerra. Después, cuando ya no había peligro, regresé a Portugal.
Selene sacudió la cabeza, sin poder creérselo.
—Hemos vivido solo a unas horas la una del otro, pero yo no lo sabía.
—El fbi se aseguró de que vosotros nunca llegarais a cruzaros —intervino Bea—. Que André había sobrevivido era un secreto muy bien guardado. Le concedieron asilo político y una identidad falsa. No querían arriesgarse a que lo localizaran ni los nazis ni Salazar.
A André se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Si hubiera sabido lo que iba a pasar esa noche, lo habría evitado. Me habría lanzado delante de Luca para salvarlo. Pero no tuve tiempo…
Selene miró a André, que tenía la cabeza agachada por la vergüenza, y la presión que sentía en el corazón se redujo.
Durante décadas había llevado en su conciencia el enorme peso de la muerte de Luca, sofocante e implacable.
Si lo hubiera sacado de Lisboa antes, si lo hubiera convencido de que no fuera al casino aquella última noche…
Se había torturado con infinitas posibilidades.
Pero no había sido la única que había soportado ese sufrimiento.
Se dio cuenta de que André había cargado con la misma culpa.
¿Cómo podría guardarle rencor a esas alturas, cuando lo tenía sentado delante de ella, abierto en canal tras su confesión?
Le tomó la mano y él levantó la vista para mirarla, desconcertado al sentir su contacto.
—Durante todos estos años he pensado que la muerte de Luca fue en vano. Pero no lo fue. Tú sigues aquí gracias a él.
André se enjugó los ojos.
—No me lo merecía…
—No digas eso. Ambos librasteis vuestras propias batallas, cada uno a su manera. Desempeñasteis un papel en la derrota de Hitler. Él te quería y tú todavía lo quieres a él. Luca lo arriesgó todo por salvar a unos desconocidos. Y habría dado su vida para conservar la tuya.
—Yo… te lo arrebaté.
—La guerra fue la que se lo llevó. Acabó con cosas importantes para todos nosotros. Nadie salió ileso.
Esa fue una de las cosas que comprendió cuando volvió a Estados Unidos, y que la consolaron un poco.
Lo vio en los ojos desorbitados de los soldados que, a pesar de haber regresado, reproducían en un bucle continuo y muy doloroso los horrores que habían presenciado y cometido.
La gente que llegaba al Fort Ontario Emergency Refugee Shelter estaba muerta de hambre y traumatizada por las barbaridades nazis.
Todos tenían heridas, unas se veían y otras no.
Y solo empezaban a sanar cuando compartían sus historias y su agonía.
André se quedó mirando las manos de Selene, unidas a las suyas.
—¿Lograste encontrar la felicidad?
Selene asintió despacio.
—Sí. Tras volver a casa, trabajé en la ciudad de Oswego, en el centro de refugiados que había en Fort Ontario.
Ahí conocí a mi marido, Matthew. Era médico allí.
Después de casarnos fundamos juntos nuestra propia organización de ayuda a los refugiados.
Era algo que Luca y yo planeamos hacer antes de…
—Le tembló la voz, pero inspiró hondo y prosiguió—: Matthew sabía lo importante que era para mí continuar el trabajo que Luca empezó aquí.
Me ayudó a cumplir ese sueño. Murió hace poco más de un año, pero me regaló dos hijos preciosos. Y ahora también tengo nietos.
André sonrió.
—Luca se habría alegrado de saber que encontraste de nuevo el amor.
Selene se quedó callada y sintió la mirada de Bea, que la estudiaba. La miró a los ojos y vio la pregunta que había en ellos. Quería saber si realmente había amado de nuevo. Selene solo pudo responder con total sinceridad.
—Quería mucho a Matthew. —Aunque su muerte había dejado un vacío en su corazón, después de muchos meses por fin podía sonreír al mencionar su nombre—.
Era un hombre amable y bueno —continuó con voz vacilante—.
Nunca esperó de mí más de lo que podía darle y yo me sentí muy agradecida por ello.
—Se echó a reír—. Tuvo que aguantarme muchas cosas, lo tengo que reconocer. Y lo echo de menos cada día.
—Fue un regalo que os encontrarais —añadió Bea.
—Así es —reconoció Selene—. No habría sobrevivido, si no. —Había sido Matthew, y después Olivia y Luke, quienes habían conseguido revivir una parte de su antiguo espíritu.
—También me ayudó estar en contacto con Jacques y Henri. Nos hemos visto en varias ocasiones en este tiempo. La última vez que fueron a visitarme a Boston fue hace dos años, unos meses antes de que Jacques muriera. Estaba muy frágil, pero conservó su sentido del humor hasta el final.
Bea sonrió.
—Claro que sí.
—¿Y qué tal está tu Gable? —quiso saber Selene.
—Mayor, como nosotros. —Bea se encogió de hombros—.
Pero bien. Fingir su propia muerte le permitió terminar su carrera como agente de la inteligencia británica y nos concedió por primera vez la auténtica libertad.
Ya nadie sabe dónde estamos, ni hay más misiones.
Se acabó vivir en la sombra. Eso es lo que queríamos los dos.
Selene asintió.
—Todo este tiempo me daba paz mental saber que os teníais la una al otro. —Entonces miró a André—. Y también tú me has dado hoy mucha más de la que podía esperar. Gracias.
Él asintió.
—Estoy muy agradecido por haber podido verte, casi media vida después.
Ella le apretó la mano.
—Y yo también.
A Bea le brillaron los ojos.
—Esto exige un brindis, ¿no os parece? ¿Y por qué no en el Hotel Amizade? Por los viejos tiempos. —Se levantó, y Selene y André hicieron lo mismo.
—Y por Luca.
Selene miró a André y, durante un momento, vio en él un reflejo del alma de su hermano, pero desapareció enseguida. Sonrió y se agarró del brazo que le ofrecía él.
—Tenemos años de historias que contarnos para ponernos al día.
—Vidas enteras —confirmó André.
Selene respiró hondo, disfrutando del olor a naranjas y salitre, el perfume típico de Lisboa, esa ciudad a la que una vez juró que nunca volvería.
Bajo el cielo se veían las luces de un millar de ventanas y sintió un calor agradable expandiéndose en su interior.
Estaba de nuevo allí, con su amiga de toda la vida.
Sintió la promesa de los nuevos comienzos.
Se había desvelado el último de los secretos entre ellas y ya podía volver a apreciar aquella hermosa ciudad por su singularidad, y también por el amor tan especial que le había regalado.