45
Una densa niebla ocultaba la luna y las estrellas cuando Selene pisó la pista del aeropuerto de Portela. Se abrochó el abrigo para protegerse del frío, pero no dejó de sentirlo. Su cuerpo se había convertido en un mausoleo totalmente hueco que solo albergaba dolor.
Un último recordatorio de la infatigable neutralidad de Portugal.
En el pasado, Selene creyó que era una bendición que Lisboa le ofreciera refugio a los que escapaban de la guerra.
Pero ese lugar no era un santuario. Era una ruleta que repartía destinos arbitrarios a quienes se arriesgaban a hacerla girar.
¿Cuánta gente más podría haber salvado Luca? ¿Cuántas personas más podría haber rescatado de los planes asesinos del Reich si no hubiera sido por las políticas complacientes de Salazar?
Estaba harta de vivir en esas tinieblas de ambigüedad. Fuera cual fuese la existencia llena de heridas que se creara para sí misma en los Estados Unidos, al menos esa sería real.
La puerta lateral del avión se abrió y bajaron la escalerilla. Estaba a punto de subir los escalones cuando oyó que alguien la llamaba desde el interior de un hangar cercano.
Se detuvo e hizo una mueca al oír a Bea pronunciar su nombre. Quería subir al avión e irse sin mirar atrás. Pero su cuerpo se movió solo y se giró hacia la voz que una vez fue su apoyo y su refugio, hacia la amiga que tanto había querido.
Bea estaba entre las sombras del hangar, donde no se la veía desde la pista del aeropuerto. Llevaba el disfraz con el que Selene la había visto la noche anterior, pero en sus ojos de cervatilla reconoció la misma compasión y cercanía que siempre habían tenido.
—Selene, oh, gracias a Dios que me has oído. —Vio que su cara se iluminaba por el alivio, incluso en la penumbra—. No puedo quedarme mucho tiempo, pero tenía que despedirme.
Selene intentó hablar, pero solo logró contener un gemido y echarse a llorar.
Bea se acercó a ella, pero dudó y se quedó con las manos junto a los costados.
—No sé cuándo te veré de nuevo, o siquiera si volveré a hacerlo. Me voy de Lisboa mañana por la mañana.
Selene se clavó las uñas en las palmas hasta que le ardió la piel porque no quería demostrar que le importaba. Pero no tuvo la fuerza ni la frialdad necesarias para ignorar a Bea.
—¿Por qué te vas?
—Es… por trabajo. —Apretó los labios, y Selene sintió la montaña de palabras que no podían pronunciar y que se interponía entre ellas—. Pero no podía dejarte ir sin… —Se le quebró la voz, que sonaba llorosa—. Lo siento mucho. Por lo de Luca. Por todo. Si hubiera habido otra forma…
Un sollozo la interrumpió y se dobló por el dolor.
Qué fácil habría sido para Selene dejarla así. Mucho más que tener que mirarla a los ojos sin culparla. Ella necesitaba un objetivo para su rabia y su amiga estaba ahí, esperándolo, incluso tal vez deseándolo.
Pero no era a Bea a la que veía allí delante en aquel momento.
Era a Luca. A esa persona que habían traicionado tantas veces, que había perdido a sus amigos, a su familia, a su esposa.
Él podía haberse dejado llevar por su rabia, dejar que lo engullera por completo.
Pero se había abierto al amor de nuevo. Y la había encontrado a ella.
¿Y quién era Selene para aferrarse a una amargura infructuosa, teniendo en cuenta todo lo que él había tenido que sufrir?
Inspiró profundamente el aire helado de la noche y sintió una chispa en su pecho, el latido cansado de su corazón, roto pero no muerto, furioso pero todavía con ganas de luchar para llegar a perdonar.
—Te creo —murmuró, y abrió los brazos. Su amiga no tardó ni un segundo en lanzarse hacia ellos.
Las dos lloraron juntas. Selene se aferró a Bea y sintió consuelo al hacerlo.
Desde el mismo momento en que se conocieron, ella había sido su salvavidas.
Con gentileza y paciencia, Bea había aceptado la naturaleza impetuosa de Selene, sus amoríos, incluso su equivocado plan de alistarse.
Y no había dejado de quererla en ningún momento.
—¿Cómo podría no hacerlo? —continuó—. Eres la mejor amiga que he tenido.
Bea se enjugó las lágrimas.
—Si no hubiera sido por ti, nunca habría salido de Boston. Es verdad que me arrastraste hasta aquí, pero también me has regalado el mundo.
Selene miró al avión y sintió un pánico repentino. Ya no quedaba nada para ella allí, pero ¿qué la esperaba en Boston sin Bea? Nada más que una familia destruida y un corazón roto. El futuro sin Luca le parecía insoportable.
—Yo… no sé cómo enfrentarme a todo esto sin ti.
—Lo conseguirás. Eres más fuerte de lo que crees.
Podrían haberse quedado allí horas si Rafael no hubiera salido de un rincón oscuro del hangar para avisar a Bea de que tenían que irse.
Selene se apartó a regañadientes y miró hacia donde había aparecido Rafael, pero él ya se había retirado y era invisible de nuevo.
Su amiga siguió su mirada.
—Siento que no hayas podido conocerlo bien. Lo amo.
Dijo esas palabras de forma inocente, pero fue como echarles sal a las heridas de Selene. No quería oír hablar de amor. Solo había una cosa que necesitaba saber.
—¿Te mantendrá a salvo?
—Eso ya lo haré yo —respondió ella con una seguridad que dejó a Selene a la vez sorprendida y convencida.
Bea le sonrió tristemente.
—Me pondré en contacto contigo si puedo. Pero si no sabes de mí…
—Pensaré en ti, siempre. —Selene unió las manos.
El motor del avión arrancó. Los demás pasajeros cruzaron la pista para subir.
—Y yo en ti. —Bea le dio otro abrazo, esta vez más calmado—. Vete ya.
Selene asintió y se obligó a mantener la vista fija hacia delante mientras subía las escaleras del avión porque no quería que nadie descubriera el escondite de Bea.
Solo cuando ya estuvo sentada en el interior se arriesgó a mirar por última vez por la ventanilla. El hangar estaba oscuro, pero cuando el avión enfiló la pista de despegue, vio un segundo una mano pálida que asomaba entre la negrura.
Apoyó la mano en el cristal de la ventanilla en respuesta.
—Adiós. —Las lágrimas corrían por sus mejillas cuando el avión se elevó en el aire.
La niebla se disipó y, allí abajo, las luces de Lisboa brillaron como estrellas en un mar de obsidiana. En esa ciudad llena de ilusiones se formulaban y se concedían muchos deseos. Tantos como quedaban sin cumplirse.
Tal vez algún día lograra encontrarle sentido a todo lo que había ganado y había perdido en aquel lugar. Quizá también volviera a ver a Bea.
Pero, por el momento, tenía que pensar en su familia y en cuidar de su padre. ¿Qué podría ofrecerles, tan herida como estaba? ¿Sanaría lo suficiente para volver a amar?
Necesitaba creer que era posible. Que Luca y su amor le darían la fuerza para que así fuera.