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—¿Has visto a Selene? ¿Cómo está? —Las palabras salieron en tromba de la boca de Bea en cuanto Gable entró en su habitación del Hotel Palácio.
Gable la estudió, como si estuviera sopesando qué podía contarle.
Bea lo miró a los ojos y esperó.
—Cuéntamelo, Gable. Necesito saberlo.
—Va a salir de aquí en el siguiente vuelo de la boac. A las ocho.
Las dos últimas horas habían pasado muy despacio mientras esperaba a que él regresara.
Había estado caminando arriba y abajo por la habitación, reviviendo los acontecimientos de la noche anterior, y preguntándose si había algo que Gable o ella habrían podido hacer de forma diferente para salvar la vida de Luca y evitar la devastación de Selene.
Pero una y otra vez había llegado a la misma conclusión dolorosísima: ella había hecho todo lo que estaba en su mano.
La sucesión de acontecimientos que llevó a Luca a su tumba marina había sido imposible de detener.
Después de que Gable se lo explicara todo, Bea comprendió lo peligrosa que había sido la intervención que había llevado a cabo.
Estuvo a punto de estropear toda la misión en su intento por ayudar a Selene. Pero si no lo hubiera hecho…
Era posible que su amiga hubiera acabado muerta también, además de Luca.
Para la pvde y el mi5, la única persona importante que había en la playa la noche anterior era André Caldeira.
Todos los demás solo eran piezas del tablero.
Bea había llegado a comprender que esa era la dura realidad del asunto.
Para los que ostentaban el poder en aquella guerra, sin importar a qué bando pertenecieran, siempre habría personas prescindibles.
Al menos Selene iba a volver a casa, y ya no sería nunca más una de ellas.
Suspiró aliviada y preguntó:
—¿Se ha creído que André también está muerto?
—Sí, si es que es capaz de creer algo ahora mismo. Está en shock . No sé cuánto recordará en los próximos meses de lo que pasó anoche, ni qué parte de esos recuerdos será cierta.
Estaba intentando tranquilizarla, pero ella no pudo evitar la pregunta que necesitaba hacer.
—¿Me culpa por lo que ocurrió?
El silencio que siguió a la pregunta se alargó demasiado.
—No puedes hacer nada para ayudarla ahora. —Él apartó la mirada, pero su expresión angustiada reveló la verdad.
Bea hizo una mueca de dolor. Claro que Selene la culpaba. Le parecía que todo lo que había hecho ella era una traición. Y si Bea estuviera en su lugar, seguro que sentiría lo mismo.
De repente, le pareció que tenía el pecho extrañamente vacío, como si el corazón se le hubiera partido y le goteara hasta llenar sus extremidades con su negativa a arrepentirse.
—Tengo que ir al aeropuerto de Portela esta noche. Necesito despedirme.
La expresión de Gable se endureció.
—Ni hablar. Las órdenes del coronel Fitzgerald son claras…
—Me dan absolutamente igual las órdenes. —Había un eco de testarudez en su voz—. El coronel no puede evitar que vaya. Y tú tampoco.
Contuvo la respiración. Él abrió la boca, pero después volvió a cerrarla y sacudió la cabeza por la frustración. La miró durante un largo momento, pero ella en su mirada vio más admiración que enfado. Entonces la abrazó.
—No tiene sentido discutir.
—No. —Metió la cabeza bajo su barbilla.
—Eres imposible —murmuró él.
—Excepto cuando estoy contigo.
Él la besó y después suspiró.
—Te llevaré al aeropuerto esta noche. Solo tendremos unos minutos. Y puede que Selene no quiera verte. Ni hablar contigo.
—Tengo que intentarlo.
Era posible que su amiga nunca la perdonara por haberse convertido en la persona que había elegido ser, a pesar de los peligros de los mundos clandestinos que iba a frecuentar. Pero no importaba cuánto odio sintiera por ella Selene. Tenía que verla por última vez.