43 #2
Rosalinda, Toma, Luca y todas las demás víctimas del submundo del espionaje de Lisboa podían borrarse con un simple trazo de bolígrafo. Era limpio, ordenado y aterrador.
En esa ciudad, que una vez le pareció que encerraba la promesa de la libertad, lo único que veía en aquel momento era una carnicería sin fin.
Se aferró a la barandilla del balcón hasta que se le agarrotaron los dedos y se le pusieron blancos.
El USS Voyager, el barco en el que Luca y ella deberían haber salido de Lisboa, había zarpado muy temprano aquella mañana.
Marguerite había reorganizado las cosas para que ella saliera de allí en el siguiente vuelo de la boac.
Pero la garantía de su contacto de que podría salir de allí de forma segura ya no le servía para nada a Selene.
No le importaba su bienestar si no tenía a Luca a su lado. Si se quedaba allí, iba a perder el contacto con la realidad. Se daba cuenta de que se estaba desmoronando, de que su dolor la estaba haciendo añicos.
Se cubrió los ojos con las manos, incapaz de soportar la imagen de aquella ciudad un minuto más. Cuando las apartó, se encontró a Rafael Delgado delante de ella. Había entrado en la habitación sin hacer ruido y le bloqueaba la salida del balcón.
Miró hacia donde había dejado la pistola, en la mesita, imposiblemente lejos.
Él siguió su mirada.
—Matarme no te servirá de nada.
—Eso lo tendré que decidir yo. —Temblaba de rabia, deseando tener la fuerza suficiente para estrangularlo con sus propias manos.
Él parecía totalmente inmune a su odio.
—Bea me ha enviado. Quería asegurarse de que estás bien.
Selene frunció el ceño.
—¿Y me tengo que creer que le importa algo?
—Cree lo que quieras. Te voy a contar lo que pueda.
Ella lo empujó para entrar en la habitación y se sentó en una butaca.
Ahí tenía el arma a mano. Rafael no intentó detenerla, pero la observó con cautela, como si fuera una serpiente enroscada, preparada para atacar.
Podía someterla en segundos, si quería. Pero el destello de compasión que vio en sus ojos le dejó claro que no pretendía hacerlo.
—Yo no soy tu enemigo, ni Bea tampoco. Soy agente aliado y trabajo con ella. Estamos en tu bando.
Selene parpadeó varias veces, intentando entender lo que decía a pesar del cansancio.
—No, ella es bibliotecaria…
—Bea te ha ocultado la verdad. Para protegerte.
Selene se lo quedó mirando y, en algún rincón de su mente que todavía era capaz de pensar con claridad, lo comprendió.
Que Bea estuviera trabajando como agente en una misión encubierta explicaba muchas cosas sobre su extraño comportamiento con Rafael y lo evasiva que se había mostrado.
Pero ¿qué tenía que ver Luca con todo eso?
—Luca era inocente. Y tú lo mataste.
Rafael negó con la cabeza.
—No fui yo. La pvde confundió a Luca con André en medio de la playa oscura. Dispararon a Luca por accidente. Bea y yo no tuvimos nada que ver con su muerte.
Ella hizo una mueca porque le parecía una profanación que él se atreviera a pronunciar su nombre siquiera. Tragó saliva e hizo todo lo que pudo para seguir centrada.
—¿La pvde quería matar a André?
—André Caldeira era un simpatizante nazi. Estaba implicado en una trama para ayudar a Alemania a tener ventaja en la guerra. Y acabaron matándolo también, poco después de que tú te fueras de la playa.
—Luca… y André… muertos. —Le daba vueltas la cabeza.
—Bea no quería que tú te vieras involucrada en esto. Intentó que no fueras a esa playa.
Le hirvió la sangre con una furia renovada.
—Debería haberme dejado ir. Podría haberlo evitado. Podría haber salvado a Luca.
—Ninguno de nosotros podría haber hecho nada para evitarlo. —Vio tristeza en sus ojos, pero no podía saber si era sincera o no.
—¿Por qué no ha venido Bea? —preguntó.
—Ella daría lo que fuera por estar aquí contigo, pero no es seguro. Tampoco ella debería haber estado en la playa anoche. Lo arriesgó todo para detenerte.
—Y yo perdí a Luca por ello. —Por Bea. No, ella no hizo lo correcto. ¿O sí?
¿Podía creer lo que le había dicho Rafael? ¿Y volver a confiar en ella?
Fue hasta la cama y se dejó caer. El agotamiento hacía que las extremidades le pesaran como plomos.
—Será mejor que te vayas.
Rafael asintió y fue hasta la puerta. Al llegar, se detuvo.
—Conoces a Bea. Y yo también. Ella no haría nunca nada para hacerte daño intencionadamente.
—Pues sí que me lo ha hecho —murmuró Selene con los ojos llenos de lágrimas.
Rafael abrió la puerta.
—No quería perderte. Anoche tú eras la persona más importante para ella. Esa es la verdad.
Selene se quedó mirando a la puerta después de que él se fuera.
No importaba lo que hubiera dicho, ni la razón por la que Bea había intervenido.
Ya no sabía quién era esa mujer que antes fue su amiga.
Necesitaba echarle la culpa a alguien por la muerte de Luca.
Pero ¿culpar a Bea era justo, o inhumano?
Volvió a permitir que las lágrimas cayeran. Le latía la cabeza y tenía los nervios destrozados. Quedaban doce horas para la salida del vuelo. Doce horas en las que tenía que sobrevivir en ese infierno en el que acababa de entrar. Después, abandonaría Lisboa para no volver nunca.