Las bibliotecarias de Lisboa 43
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Selene subió como pudo los últimos escalones hasta su habitación de hotel, con la mano sobre la pared, el único apoyo que le permitía mantenerse en pie.

Le ardían los ojos por las lágrimas contenidas mientras buscaba la llave de su habitación.

Solo necesitaba aguantar un momento más, el de abrir esa puerta, y después podría desmoronarse por completo.

Si hubiera evitado que Luca fuera al casino a ver a André, seguiría vivo. Bea había intentado advertirla, pero ella no quiso escucharla. Había hecho lo que hacía siempre: actuar de forma impulsiva, insensata, imprudente. Y, de repente, Luca ya no estaba.

«No estaba». Las palabras eran como los aullidos de un espíritu en su cerebro a punto de explotar. Luca ya no estaba.

Era tan increíble como las manchas de sangre de su vestido.

La culpa que sentía hacía que la verdad fuera imposible de soportar para ella.

Nada parecía real y, al mismo tiempo, todo era tan real y tan doloroso.

Ella había muerto con él, aunque seguía respirando y caminando por este mundo dejado de la mano de Dios.

Sus sentidos se fracturaban y se volvían a recomponer, una y otra vez, incapaces de digerir las contradicciones.

Por fin la llave entró en la cerradura y giró. Se le escapó un sollozo al cruzar el umbral de la habitación.

Incluso cegada por las lágrimas como estaba, tardó solo un segundo en darse cuenta de que había alguien allí.

Rosalinda estaba sentada con tranquilidad en el borde de la cama de Selene, con la cara grisácea, como la luz previa al amanecer que empezaba a colarse por la ventana.

Con una claridad perfecta y repentina, el dolor de Selene se convirtió en una oleada de rabia dirigida a Rosalinda.

—Tú… —Selene sacó la Colt 1908 y se fue acercando a la cama hasta que pudo apoyar la pistola en la frente de su visitante.

Rosalinda la miró con los ojos oscuros suplicantes.

—Por favor. No voy armada.

—Y por eso pronto estarás muerta.

La visión de Selene se había reducido hasta el punto de que ya solo veía la imagen del cuerpo inerte de Luca.

Quería vengarse por lo que le había pasado, y esa mujer le serviría.

Ya no sentía compasión por ella, como antes.

Luca había destruido su vida para salvar a la misma gente que Rosalinda había hecho matar.

No había excusa para esa atrocidad, solo merecía una venganza rápida e implacable.

La mujer asintió con una aceptación resignada.

—Está bien. Mátame. Pero deja que te cuente la verdad primero. He venido a verte porque he creído que tú me concederías eso al menos. Que me escucharías. Necesito que oigas lo que tengo que contar antes de morir.

Selene apretó más fuerte la empuñadura de la pistola.

—¿Crees que mereces hablar? ¿Que algo que puedas decir servirá de excusa para lo que has hecho?

Unas lágrimas cayeron lentamente por las mejillas de Rosalinda.

—No. Pero no lo hago por mí. Es por mi marido. Para que alguien, aparte de mí, conozca su historia.

Selene se estremeció y vio la cara de Luca en su mente. Él también tenía una historia. Una que no tendría oportunidad de contar de nuevo. Pero, al menos, Selene la había oído; no había muerto con él.

La asaltó un recuerdo de la noche del baile de máscaras: Rosalinda había suplicado por la vida de un prisionero. Selene había hecho lo mismo esa noche por la de Luca. ¿Sería su marido ese prisionero?

Consiguió sacar la cabeza de la ciénaga de su dolor y encontró un gramo de compasión. No por Rosalinda, sino por el hombre al que la italiana quiso proteger vendiendo su alma. Se apartó un poco de ella, pero no bajó el arma.

—Esto no cambia nada.

—Tampoco quiero que lo haga. —Se retorció las manos que tenía en el regazo, buscando las palabras que iba a decir a continuación—.

Sí, yo soy La Pastora. Eso ya lo sabías.

Te vi seguirme aquella noche en el Cais do Sodré, después de reunirme con Jacques Renaud.

Sabía que, antes o después, algún agente aliado vendría a por mí.

—¿Y por qué no dejaste que te arrestáramos entonces?

—Tenía que verte antes, para explicártelo. —Inspiró hondo, temblando—. En Italia, antes de la guerra, mi marido y yo formábamos parte de Giustizia e Libertá, un grupo antifascista que se oponía a Mussolini. Luchamos para evitar que llegara al poder.

En la cara de Rosalinda era evidente el gran alivio que sentía en aquel momento. Todo lo demás era una fachada que llevaba años manteniendo.

—Después de que Mussolini se hiciera con el control del Gobierno, Francesco insistió en que me fuera del país. Él sabía lo que estaba por venir antes de que empezara. No quería irme sin él, pero me prometió que huiría en cuanto pusiera a salvo a su hermana y su familia.

—Pero no lo hizo.

—No. Se quedó para apoyar a la Resistencia.

Y yo vine aquí y me prostituí al convertirme en la amante de Eduardo Ferrito, con la esperanza de conseguir información que ayudara a Francesco y a nuestra causa en Italia.

Me daba náuseas lo que tenía que hacer, en lo que me había convertido, pero solo pensaba en mi marido y en mi país.

Cuando los nazis invadieron Italia, el pasado septiembre, él luchó contra ellos en la batalla de Piombino.

Lo capturaron y me enteré por un amigo de Roma de que lo habían llevado a Dachau, uno de los campos nazis.

Fue entonces cuando apareció La Pastora.

—¿Qué hiciste? —preguntó Selene.

No quería oír el resto. Los repulsivos actos que había cometido esa mujer no podían compararse con el profundo acto de valor de su marido.

Pero… ¿no era de eso de lo que trataba esa guerra?

¿De intercambiar mentiras y engaños por vidas humanas?

¿No era ese el mismo juego en el que había participado Selene?

—Contacté con la Gestapo aquí, en Lisboa. Con un hombre que se hacía llamar Emil Achenbach. Y le ofrecí un trato. Yo le entregaría al Reich veinte refugiados de los más codiciados por la Gestapo…

—Y ellos liberarían a Francesco —concluyó Selene.

Rosalinda asintió, con los ojos llenos de tristeza.

—Me mintieron. Francesco está muerto. Y yo fui idiota por creer que lo dejarían salir de allí con vida.

—Se le quebró la voz y tuvo que hacer una pausa mientras lloraba en silencio, antes de poder continuar—.

Me enteré la noche que me viste en los muelles con Jacques.

Después de perderte por las calles, le envié un mensaje de radio a mi contacto para avisarlo de que me habían seguido.

Ellos me contestaron que ya no necesitaban mis servicios.

Que no había cumplido con mis obligaciones de forma correcta y que iban a buscar una sustituta.

—Los inocentes que entregaste al Reich…

La voz de la italiana sonó vacía.

—Sus muertes no han valido para nada. Yo los maté.

Y maté a Francesco. Y si no muero aquí esta noche, los nazis me matarán.

O lo hará otro agente aliado. —Suspiró—.

Al menos Francesco nunca llegará a saber que me he convertido en un monstruo.

Aunque hubiera podido salvarlo, me habría odiado si lo que he hecho hubiera llegado a sus oídos.

No podría habérselo contado nunca y no sé si hubiera logrado vivir con ese peso entre nosotros, siempre mintiendo.

—Lo que has hecho es imperdonable. —La voz de Selene sonaba brusca, inmisericorde.

Hubo un tiempo en el que el dilema de Rosalinda podría haberla conmovido, pero eso fue antes del asesinato de Luca. Selene había pasado por el infierno desde ese momento y ya no era capaz de sentir compasión.

Rosalinda asintió, resignada ante su propio destino.

—Fui cobarde. Francesco quiso sacrificarse, pero yo no podía dejarlo ir.

Selene amartilló la pistola y se acercó.

—Hay que pagar un precio.

—Y te suplico que me dejes hacerlo. —Rosalinda sacó del bolsillo del abrigo una píldora de cianuro y la puso en la mesita—. Mi vida por la de aquellos que he matado. No es suficiente. Pero es lo único que puedo ofrecer.

El dedo de Selene estaba deseando apretar el gatillo. No podía traer a Luca de entre los muertos, pero sí hacer justicia en este caso, para equilibrar la balanza.

Rosalinda se levantó y puso despacio la mano sobre la de Selene.

—Nuestros pecados no nos van a abandonar nunca. Déjame que este lo cometa únicamente yo. Uno menos con el que tendrás que cargar.

—Hazlo ya —concedió Selene con los dientes apretados, porque no se fiaba de sí misma.

—Gracias.

Rosalinda cogió la píldora y se tumbó en la cama.

Selene esperó a que el veneno hiciera su efecto letal.

Y sintió una lúgubre satisfacción cuando vio que Rosalinda daba un respingo, se estremecía y se quedaba inerte.

Pero enseguida sintió repulsión por esa satisfacción perversa.

Fue corriendo al baño y vomitó. Después se dejó caer de rodillas, con el cuerpo estremecido por los sollozos.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que logró reunir fuerzas para levantarse e ir a buscar el radiotransmisor que tenía en el armario. Le escribió un mensaje codificado a Marguerite y después se quedó sentada, esperando, con el cuerpo de Rosalinda a su lado.

Una hora después, Selene estaba de pie en el balcón, contemplando la ciudad lánguida a la luz amarilla de la mañana.

Los tejados rojos y los edificios de color pastel se extendían ante ella, pero sus colores propios de una confitería solo le hacían sentir asco.

Ya no soportaba más esa existencia falsa.

La indiferencia que mostraron los agentes de la pvde cuando llegaron para llevarse el cadáver de Rosalinda estuvo a punto de hacerla vomitar de nuevo.

—Suicidio, obviamente. —El capitán Agostinho Lourenço hizo mucho alarde de escribir en su libreta, pero Selene estaba convencida de que no estaba anotando nada con sentido.

Ese hombre se iba a limitar a obedecer lo que había dicho la oss en todo lo referente a la muerte de Rosalinda. Marguerite (y un soborno que había acabado con lo que quedaba de la cuenta de gastos de Selene) se había asegurado de que así fuera.