Las bibliotecarias de Lisboa 42
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Bea se quedó mirando el taxi de Selene mientras desaparecía de la vista.

La culpa que sentía no hacía más que crecer en su pecho.

Debería haber ido con ella. Selene estaba sola y desesperada.

Pero por mucho que deseara consolarla, lo mejor que podía hacer por su amiga era mantenerla lo más lejos posible de allí.

Olvidó por un momento esa culpa, un duro sentimiento del que tendría que ocuparse después. Había mantenido a salvo a Selene, un exiguo consuelo ante la muerte de Luca, aunque era lo único que podía hacer por ella. Pero debía centrarse y ocuparse de la macabra escena que tenía delante.

André lloraba en silencio junto al cuerpo ensangrentado de Luca. Mientras, Gable se acercó a la orilla y utilizó una linterna para hacerle señales a un observador oculto que estaba en algún lugar del vasto océano oscuro.

—Tenemos una situación complicada entre manos. Vendrán a por él dentro de unos minutos. —Gable les dio la espalda a las aguas y le hizo un gesto a André—. Quítate el traje.

A Bea le daban vueltas en la mente mil preguntas. ¿Quién iba a venir y a por quién? ¿A por André o a por Luca? Pero no era momento de preguntar.

Si dudaba de sus motivos y su conducta en aquel momento, no sabía si podría confiar en él nunca. Fuera cual fuese el mensaje que Gable había enviado al éter, decidió creer que era por algo bueno, correcto y en aras de la justicia.

André se puso de pie como pudo, apoyándose en Bea.

—Haz lo que te ha dicho. Rápido —insistió ella.

Mientras André se quitaba el esmoquin ensangrentado, Gable le quitó a Luca el suyo negro. Cuando le tiró la chaqueta de Luca a André, ella lo entendió.

—Ponte la ropa de Luca —le indicó a André mientras ayudaba a Gable a ponerle la chaqueta blanca al cuerpo inerte de Luca.

—Dame tu cartera.

Metió la cartera de André en el bolsillo del pecho de Luca y después se irguió para comprobar la transformación de los hermanos gemelos. Bea lo imitó. Era imposible diferenciarlos.

Gable asintió una vez, satisfecho.

—Si nadie se fija demasiado, puedes pasar por Luca.

—Él siempre fue mejor que yo —susurró André. Se oyó a lo lejos, en el mar, el ruido de un motor que fue aumentando según se acercaba—. Nunca estaré a su altura.

—Demasiado tarde para arrepentirse. —Gable fue con él hasta la orilla.

El motor ya se oía muy cerca, perturbando el silencio de la playa. Enseguida apareció la silueta de una barca en el agua, que se dirigía a la orilla. Gable entró un poco en el mar para agarrar la proa y tiró de ella hasta que quedó varada de forma inestable en la arena.

Los dos hombres que iban al timón le hicieron un gesto a André, y Gable lo ayudó a subir a la barca.

Después le dio algo, que Bea reconoció, a uno de los hombres. Un pasaporte.

—Tiene el visado de Luca. —Le dio un empujón a la proa y la barca volvió a hacerse a la mar—. Sacadlo de aquí.

Se despidió con la mano de André, pero, si él lo vio, no respondió con el mismo gesto. Tenía la cabeza gacha mientras la barca cruzaba las olas sin hacer ruido lo más rápido posible, de vuelta a mar abierto. Cuando ya no se veía desde la costa, Bea oyó que encendían el motor de nuevo.

Solo entonces Gable miró el cadáver de Luca. Cuando Bea se acercó a su lado, le llamó la atención algo que brillaba a la luz de la luna cerca del chiringuito.

Lo recogió y vio que era un casquillo de bala.

—¿Es tuyo? —Se lo dio a Gable, pero él negó con la cabeza.

—Yo no he llegado a disparar. —Hizo girar el casquillo—. Es de una Luger Modelo 943. Un arma de la pvde.

Ella se quedó mirando el casquillo.

—Pero la pvde no tenía por qué disparar a Luca…

—No querían matar a Luca, sino a André.

A Bea se le cayó el alma a los pies cuando entendió lo que eso significaba.

—Salazar debe de haber descubierto las transacciones de wolframio con Alemania de André y ha enviado a la pvde tras él. Pero lo han confundido con Luca…

—Y Luca ha sido el peor parado.

Bea sacudió la cabeza.

—¿Y él era inocente? Me dijiste que no se podía confiar en él, pero…

Gable asintió despacio.

—Lo era. Sabía que eras amiga de Selene Delmont, pero también que ella era una agente. Ojalá no se hubiera visto implicada en todo esto. Y Luca tampoco. Pensé que tu advertencia la alejaría de él el tiempo suficiente para poder ocuparme de lo que tenía que hacer. Pero me equivoqué.

—Querías ayudarla.

—No. Esperaba que ella se ayudara a sí misma. —Sacudió la cabeza—. Pero debería haberlo sabido. Y ahora tendrá que pagar el precio.

Bea miró a Luca, el hombre al que habían asesinado por accidente. Al que Selene amaba y defendía. Qué tragedia más horrible. Quiso llorar por él, pero Gable no la iba a dejar quedarse mucho rato junto al cadáver.

Él continuó con resignación.

—Se ha acabado. No hay nada que hubiéramos podido hacer para evitarlo. —Agarró a Luca por las axilas y le hizo un gesto a ella para que lo agarrara por los pies—. Tenemos que echar el cuerpo al agua.

Se metieron en el océano helado con Luca. Bea lo sostenía con ternura. Eso habría querido Selene. No conocía a ese hombre, pero se había acabado el tiempo de las sospechas y las acusaciones. Él era inocente. Selene lo quería mucho y ella quería honrar ese sentimiento todo lo que pudiera.

Le puso una mano en la frente y susurró:

—No olvides que ella te quería. Ve en paz.

Y después, Gable y ella lo dejaron a la deriva.

El cuerpo se fue flotando lejos hasta que, por fin, se hundió bajo la superficie. El silencioso remolino de agua que se lo tragó fue su despedida.

Cuando volvieron a la playa, Gable le dijo:

—La marea de la mañana arrastrará su cuerpo hacia la orilla. Recemos por que el Reich crea que es André.

Lo miró, desconcertada.

—¿Y por qué hace falta que así sea?

Gable miró al mar unos instantes antes de volverse hacia ella. Tenía la expresión preocupada.

—Hay cosas que nunca podré contarte. Tienes que aceptarlo o lo que tenemos nunca funcionará.

No esperó su respuesta. Le dio la espalda y se dirigió al Hotel Palácio.

Sus hombros, que normalmente iban muy erguidos y con aire confiado, de repente parecían llevar una pesada carga.

Tal vez era el peso de la muerte innecesaria de Luca, o el miedo por si Bea no aceptaba la difícil petición que acababa de hacerle.

Fuera cual fuese la razón, ella no podía soportar verlo derrotado, atado por las cadenas de la vida furtiva que había elegido, incapaz de amar sin censuras.

—Gable, espera.

Fue corriendo hacia él. Siempre tendría ese peso en el corazón: la certeza de que nunca conocería del todo cada rincón de ese hombre que amaba, cada recoveco de su alma.

Habría muchos secretos entre ellos, pero no los iba a guardar solo él.

Si ella continuaba su trabajo como agente, también tendría los suyos.

Su amor tendría que sobrevivir a sus mentiras.

—Solo te lo voy a pedir una vez. —Le tomó las manos entre las suyas—. Dime la verdad sobre Luca y André. Por Selene. Si me cuentas eso, puedo vivir con todos los demás secretos.

Él la miró a los ojos y vio que la esperanza volvía a nacer en ellos. Asintió.

—Por Selene.

Y juntos volvieron al hotel, agarrados del brazo, mientras Gable empezaba a hablar.