41
El aire de la noche era como cemento en los pulmones de Selene. No podía respirar. Era como si la sangre que salía de la herida de Luca fuera suya. Sentía como si tuviera el pecho destrozado, abierto en canal y dejando escapar su vida con cada segundo que pasaba.
Le apartó el pelo de la frente y le dio mil besos en la cara.
—No te va a pasar nada. Quédate conmigo. Traeremos ayuda. Buscaremos un médico…
—Ha sido un error. —La voz de Rafael Delgado sonaba ronca por el dolor—. Un terrible error.
—Tú eres el culpable —lo acusó Selene mientras le caían lágrimas por las mejillas.
Rafael sacudió la cabeza.
—No. No.
Miró a Bea, que estaba al lado de Rafael, observando impotente con expresión de culpa y tristeza.
—¿Por qué? ¿Por qué has dejado que pasara esto?
Bea se cubrió la boca con las manos y sus ojos se llenaron de lágrimas también.
—Yo no… Quería protegerte.
La rabia y el dolor la arrasaron, pero enseguida sintió pánico porque notó la piel de Luca fría bajo sus dedos.
Él tosió, un estertor sucio y líquido, y André le tomó la mano.
André miró a Rafael, también con la cara llena de furia.
—Tú… ¿Cómo has podido? —dijo con los dientes apretados.
Rafael no respondió. Su expresión era indescifrable.
André acercó la cabeza a su hermano.
—Es culpa mía. Debí decirte la verdad hace mucho sobre quién soy…
—No digas nada más, Caldeira —advirtió Rafael. Miró fijamente a André y negó levemente con la cabeza.
En lo más profundo de su mente Selene registró lo extraño que había sido ese intercambio.
Le surgieron preguntas, pero quedaron ahogadas por la marea de desesperación.
Su existencia se redujo al movimiento de subida y bajada del pecho de Luca.
Mientras continuara, mientras él viviera, ella seguiría allí, atada a él y a esta tierra. Si se interrumpía…
Luca agitó los párpados, luchando por seguir consciente.
—Lo siento. —La voz de André estaba cargada de angustia—. Podemos ir a buscar ayuda…
—No. —Luca hizo una mueca de dolor y volvió a toser—. Un hombre no puede resucitar dos veces en una vida. —Sonrió a Selene y le acarició la mejilla con una mano temblorosa—. Una vez es todo lo que se puede pedir.
Ella le agarró la mano y la apretó contra su cara. No podía estar pasando aquello. No podía permitir que ocurriera.
—No te atrevas a dejarme. Se supone que íbamos a estar juntos. Me lo prometiste…
—Lo siento mucho, meu amor . —Tosió otra vez. Tenía la respiración jadeante—. Tú tienes que vivir por los dos ahora.
Selene agachó la cabeza para unirla con la suya y se esforzó por hablar a pesar de las lágrimas.
—Por favor, no. Te quiero.
—Y yo a ti. —Su mirada se quedó vacía y su cara pálida—. Vive con toda tu ferocidad, pequena tigresa . Y hazlo bien.
Le sonrió y se quedó inmóvil. Su último aliento se lo llevó la brisa.
Selene se dejó caer sobre él mientras los sollozos sacudían todo su cuerpo. Se abrazó a su cadáver, todavía caliente, deseando que volviera a respirar, que le devolviera el mundo que acababa de arrebatarle. Un mundo lleno de su amor mutuo.
«Vuelve conmigo», le suplicó. Pero la única respuesta a su ruego fue el triste rumor de las olas que llegaban hasta la playa.
Entonces, las fuertes manos de Rafael Delgado la arrancaron del cuerpo de Luca. Ella se resistió dándole puñetazos y patadas, pero él la sujetó con firmeza.
—Tienes que irte. Ya.
—No me toques. ¡Asesino! —Se zafó de sus brazos y le dio una fuerte bofetada en la mejilla. Le dolió la mano por la fuerza del golpe, pero él ni se inmutó.
Su mirada transmitía seriedad, pero no vio animosidad contra ella. De hecho, le pareció ver un destello de una compasión profunda, aunque bien contenida.
—Si te quedas, no tendré más opción que matarte a ti también. No quiero hacerlo, pero no dudaré. —Su tono era pragmático, pero no insensible.
Creyó sus palabras y, en medio del delirio producido por el dolor, las agradeció.
—Hazlo. —Sería más fácil acabar en aquel momento. Yacer junto a Luca y olvidar su muerte gracias al olvido que le provocaría la suya propia.
Rafael miró a Bea.
—Llévatela de aquí.
A Selene le fallaron las rodillas, pero Bea la sostuvo justo a tiempo y la abrazó.
—Selene, escucha, por favor. He venido aquí por ti. Para salvarte. Luca quería que vivieras. Y para eso tienes que moverte.
André apartó la vista del cuerpo inerte de su hermano.
—Tienen razón, Selene. Es lo que Luca habría querido. Honra su memoria haciéndolo. Vete, antes de que sea demasiado tarde.
—No puedo. —Sus piernas eran como anclas que la arrastraban hacia unas profundidades insondables.
Bea la sujetó y la obligó a dar unos cuantos pasos vacilantes.
—Puedes hacerlo. Piensa en él. Vive por él.
Su amiga la empujaba y la sostenía al mismo tiempo y, con su ayuda, Selene fue avanzando hasta que por fin encontró una especie de equilibrio. Lo que un momento antes eran ánimos por parte de Bea, entonces se convirtieron en órdenes.
—Huye. No le cuentes a nadie lo que ha pasado aquí. Te enviaré un mensaje, si puedo. Vete ya.
Le dio un abrazo lo más fuerte que pudo y después la empujó hacia la avenida Clotilde.
Selene trastabilló y después echó a correr. Las lágrimas no dejaban de caer. Podría haber seguido corriendo durante horas, en una huida errática en la que no veía adónde iba, si no hubiera sido porque un taxi pasó junto a la acera justo cuando acababa de dejar atrás el casino.
— Estás bem ? —preguntó el taxista, alarmado por la apariencia desaliñada y angustiada de Selene.
Imágenes de su entrenamiento lograron colarse en medio de su aturdimiento y tuvo un momento de claridad.
Recordó las palabras de Bea. «No le cuentes a nadie lo que ha pasado aquí».
La razón del asesinato de Luca, fuera cual fuese, estaba tan vinculada con ella como con Rafael.
No entendía nada. ¿Es que Bea se había convertido en su enemiga?
No quería creerlo, pero ¿qué otra explicación podía haber?
Hasta que supiera la verdad, solo podía confiar en su instinto, que le decía que obedeciera las instrucciones de Bea.
Se cerró bien el abrigo para ocultar las manchas de sangre de su vestido y respondió:
—Estoy bien, gracias. Lléveme al Hotel Amizade, por favor.
El taxista asintió, aunque parecía escéptico cuando la vio dejarse caer en el asiento de atrás.
Selene hizo todo lo posible por seguir respirando, aunque los sollozos contenidos amenazaban con asfixiarla; pero mantuvo la compostura.
«Todo el mundo está escuchando y vigilando», se recordó.
Tenía que mantener oculto su sufrimiento y el horror de aquella noche, por mucho dolor que sintiera en lo más profundo.
Cuando el taxi se apartó de la acera, ella se atrevió a mirar de nuevo a la playa. Apoyó la mano en la ventanilla en un gesto silencioso y torturado de despedida. Se alejaba, sin rumbo, en medio de un mar de amor perdido y desolación.
Luca ya no estaba.