Las bibliotecarias de Lisboa 40
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Bea estaba de pie en el vestíbulo del Hotel Palácio, mirando por la ventana a Gable, que seguía a los Caldeira por la avenida.

Iba media manzana por detrás de los hermanos, ocultándose entre las sombras que bordeaban las aceras.

Se movía bajo los árboles como un fantasma, pero en ningún momento perdió de vista a su objetivo.

Ella pensó en la pistola que llevaba metida en el abrigo y se la imaginó apuntando al pecho de André. Se estremeció.

«Ocúpate del Lobo esta noche», eso decía el mensaje codificado que le había enviado el coronel Fitzgerald a Gable.

Bea lo había sacado de su abrigo antes de que se fuera al casino, lo había leído rápido y lo había vuelto a dejar en el mismo sitio, para que no se diera cuenta de que lo había interceptado.

Era el lobo que los dos habían descubierto durante la operación Caperucita: André Caldeira.

Caldeira era la razón por la que él había ido a Estoril con Bea. Era el «asunto» que tenía que «atender» allí.

Esa noche, Gable era el perseguidor.

Le hormigueaban los pies por la necesidad de moverse. Una advertencia incesante le martilleaba el cerebro: «Ve, ve, ve», insistía.

Pero no podía. El coronel Fitzgerald se lo había dejado claro. El disfraz le ofrecía cierta seguridad, pero la mejor forma de asegurar su protección era que no pisara las calles de Lisboa ni de Estoril.

—Todavía puede ser de mucha utilidad para la oss —le había dicho durante su breve reunión en el Hotel Palácio, unas horas antes—.

Los Aliados están planeando una operación a gran escala en los próximos meses.

La operación Overlord. Si tiene éxito, podría cambiar el rumbo de la guerra.

Necesitamos agentes en la Francia ocupada para ayudar a organizar la evacuación de documentos y manuscritos raros de sinagogas y bibliotecas de toda la costa de Normandía.

La idea es que usted coordine el trabajo de la Resistencia allí.

—¿La Francia ocupada?

Sintió una presión en el pecho por el miedo.

Infiltrarse en las líneas enemigas no era algo que se hubiera imaginado haciendo en su vida.

Pero tampoco se había visto en las circunstancias que había experimentado allí en los últimos meses, en realidad.

Volver a su antigua vida en Boston le resultaba ya tan inconcebible como aceptar otra misión. ¿Qué estaba dispuesta a hacer?

—Necesito un par de días para encontrar a alguien que la escolte en el cruce de los Pirineos —continuó el coronel—. Puede darme su respuesta entonces. Mientras, no salga del hotel. Aquí tenemos agentes que pueden protegerla.

Solo fue capaz de asentir mientras su mente le daba vueltas sin descanso a su futuro incierto. Por eso estaba atrapada en ese hotel y le habían prohibido pisar la calle.

Ella tenía unas órdenes y Gable otras, pero no le gustaba nada convertirse en una observadora pasiva.

Le habían robado la oportunidad de completar su misión junto a él y por eso sentía que tenía justificación para estar enfadada aquella noche.

Se había puesto en movimiento un engranaje y ella no podía pararlo.

Lo que no entendía era por qué Luca iba con André. ¿Es que Gable pretendía matarlos a los dos? ¿Sabía él algo que Luca y ella no conocían?

Era posible. Gable siempre tendría secretos que nunca le contaría, por muy grande que fuera su amor por ella.

Sospechaba que esa era en parte la razón por la que había contenido sus sentimientos durante tanto tiempo.

Existía un límite en lo que podía dar y en cuánto podía compartir.

Para que su amor por él sobreviviera, Bea tendría que aceptar eso.

Estuvo a punto de apartarse de la ventana, pero un destello azul claro que destacaba en la oscuridad de la noche la hizo quedarse donde estaba.

El estómago le dio un vuelco y el aire se le quedó atravesado en la garganta. A hurtadillas entre las sombras, detrás de Gable, iba… Oh, Dios, no… Selene. Ella llevaba un vestido de noche azul claro y supuso que vendría del casino. «¿Qué está haciendo ella aquí?».

Soltó una exclamación cuando entendió cuál era la respuesta: Luca.

Selene había ignorado su advertencia y había ido allí con Luca. Se iba a ver atrapada en el fuego cruzado de la operación Caperucita. Si Selene estropeaba sin pretenderlo el plan del mi5, ¿qué haría Gable? ¿Y André? ¿Y Luca?

La inundó el horror.

Cruzó la avenida corriendo, aprovechando los árboles para ocultarse.

Tenía que elegir el momento perfecto para intervenir.

Estaba a unos veinte metros de Selene cuando Luca y André llegaron a la playa do Tamariz.

La luz de la luna se coló entre las nubes mientras caminaban por la arena y arrancaba destellos a las aguas de color índigo.

Gable se agachó tras una caseta de baño cercana, observando y esperando.

Cuando metió la mano en el abrigo para sacar la pistola, ella echó a correr.

Interceptó a Selene cuando estaba a la altura del chiringuito de la playa. Primero la amordazó para que no la oyeran gritar, y después le ató fuertemente las muñecas tras la espalda con el cinturón con el que se ajustaba los pantalones.

—Soy yo, Selene, por favor. Si te resistes, solo empeorarás las cosas.

Su amiga se revolvió, incluso aunque la había reconocido a pesar del disfraz.

Bea hizo una mueca al apretar aún más el cinturón alrededor de sus muñecas.

—Lo siento. No quiero hacerte esto, pero tienes que confiar en mí.

Selene abrió mucho los ojos, furiosa, y sacudió la cabeza con fuerza.

—No me odies. Te lo explicaré todo después. —La desgarraba la culpa, pero solo pudo disculparse una vez más antes de dirigirse a la playa.

La arena la ralentizó y la hizo tropezar, pero logró recuperar el equilibrio. Estaba casi sin aire. Las nubes cubrieron la luna de nuevo y todo volvió a sumirse en la oscuridad. «¿Dónde están?». No veía nada. «Tengo que encontrarlos, por favor —rezó—. Por favor».

Sintió pánico y después se quedó petrificada por el shock cuando un disparo resonó en medio de la oscuridad.

Un arma. Alguien había disparado.

—No —murmuró Bea.

La luz de la luna volvió a abrirse paso e iluminó las siluetas de dos hombres que se abrazaban. Luca y André, los hermanos, juntos. Y uno de los dos cayó despacio sobre la arena.

—¡Luca! —gritó una voz masculina—. ¡Oh, Dios! ¡Luca! ¡No!

Bea miró a Gable, que estaba de pie detrás de la caseta, con el arma en la mano.

—¿A quién ha alcanzado la bala? —preguntó Bea. En el fondo sabía la respuesta, pero no quería ni pensarlo—. ¿A quién?

—Yo… yo… —Los ojos de Gable estaban llenos de confusión, y un instante después echó a correr hacia el agua.

Ella fue detrás y agarró el cuerpo inerte de Luca justo cuando el grito de Selene atravesó el aire.

Su amiga corrió por la playa y, por el camino, dejó caer la daga que siempre llevaba y el cinturón cortado.

Tropezó cuando las piernas le fallaron y fue a cuatro patas por la arena hasta donde estaba tendido Luca.

Ignoró a Bea y a Gable. Sus sollozos sonaban ahogados y estrangulados cuando llegó al lado de su amado.

—Luca… —A Selene se le quebró la voz al pronunciar su nombre.

Le abrió de un tirón la chaqueta del esmoquin, buscando la herida. Apoyó las manos en el pecho y se quedó helada. Levantó las manos temblorosas y se las acercó a la cara. Estaban empapadas en sangre.

—No, no, no, no, no. No puede estar pasando esto. Luca, ¿puedes hablar? Por favor…

—Mi amor —logró decir—. Estoy aquí.

André cayó de rodillas al lado de ambos.

—Te recuperarás —repetía André una y otra vez, mientras miraba la cara con expresión de dolor de Luca.

—Esta vez no, meu irmão * —contestó Luca con un hilo de voz.

Selene le agarró la cabeza con las manos, intentando protegerlo de las olas que morían junto a su cuerpo. Una mancha oscura se extendió por su camisa y sus tentáculos carmesíes llegaron hasta el agua.

La falda del vestido de color claro de Selene se volvió morada por la sangre.

Sus ojos desolados miraron a André, después a Gable y finalmente a Bea.

—¿Qué habéis hecho? —murmuró.