39
Selene llegó al apartamento de Luca dos horas después, sintiendo menos peso en los hombros que los días anteriores.
Había ido allí directamente desde el aeropuerto de Portela, donde había esperado hasta que el avión de la boac despegó y se perdió en el cielo, de camino a Gran Bretaña, con Jacques a salvo en su interior.
Su despedida fue breve, porque así tenía que ser. El aeropuerto, que compartían los Aliados y las potencias del Eje, estaba lleno de nazis. Jacques tenía que subir al avión antes de que alguien lo reconociera.
—¿Cuidarás de Henri por mí? —le preguntó, ya en la pista.
Como sabía que ella también iba a dejar la ciudad pronto, le había pedido a Marguerite que sacara a Henri de Lisboa lo antes posible.
—Le he pedido a mis contactos que se ocupen de él. Harán lo que puedan por mantenerlo a salvo.
— Merci . —Se le llenaron los ojos de lágrimas y le besó ambas manos—. Qué lejos hemos llegado desde esa primera noche en la que nos conocimos en el casino.
Selene soltó una breve carcajada al recordar su primer encuentro.
—Tú y yo sabemos que tu temporada en Lisboa ha sido todo menos aburrida.
—Lo mismo digo. Pero ese tiene que ser nuestro secreto.
—Lo guardaré siempre. —Se enjugó las lágrimas ella también—. Tu amistad ha significado mucho para mí. Y nos volveremos a encontrar.
Una mezcla de duda y tristeza asomó en la cara del francés como si, igual que ella, fuera consciente de que eso era muy poco probable. Él había entregado su vida a la causa en la que creía. Estaba segura de que, incluso cuando estuviera a salvo, no abandonaría a los maquis. Pero lo que dijo fue:
—Eso espero.
Subió la escalerilla del avión y se dio la vuelta al llegar a la puerta.
— Adieu, ma chérie . La próxima vez que nos veamos, brindaremos por el fin de la guerra y la victoria aliada.
Un oficial de las ss que estaba allí cerca lo oyó y frunció el ceño, pero cuando miró hacia el avión, este ya se dirigía a la pista de despegue.
Con Jacques fuera de peligro, Selene se permitió sentir algo de anticipación al pensar en su viaje de vuelta a casa.
Iba a echar mucho de menos a Bea, pero al menos habían podido despedirse.
Aun así, la advertencia de su amiga sobre Luca la había puesto nerviosa.
Sus palabras transmitían urgencia, casi desesperación.
Pero conocía a Luca y él había compartido muchas cosas con ella en esos meses.
Lo amaba. Las reservas de su amiga tenían que ser infundadas.
Si hubiera tenido tiempo para presentárselo, tal vez eso la habría tranquilizado. Pero ya era imposible. Tendrían que esperar hasta que volvieran a reunirse en Boston.
Llamó a la puerta de Luca y sintió que la emoción le aceleraba el pulso. Cuando él abrió, ella lo miró sonriendo y con su pasaporte en la mano.
Él lo tomó con una mano y se quedó mirando el visado sellado.
—Mi billete de salida.
Ella lo abrazó por la cintura.
—Nuestro billete para una nueva vida juntos. Embarcamos en el USS Voyager esta noche a la una de la madrugada.
Él abrió los ojos de par en par.
—¿Los dos?
Ella asintió.
—Antes no lo sabía, pero ahora sí. Me voy contigo.
Le contó lo de la muerte de su madre, él la abrazó y el dolor de la pérdida se compensó un poco con la felicidad que sentía ante la perspectiva de tenerlo cerca todos y cada uno de los días que estaban por venir. Era una mezcla de sentimientos contradictoria, pero no la hacía sentir mal.
—¿Y tu trabajo aquí? —preguntó Luca cuando ella dejó de llorar—. ¿No te vas a arrepentir de dejarlo?
Negó con la cabeza. Aunque el espionaje fuera ya cosa del pasado, quería seguir luchando por las causas en las que creía.
—Fundaremos una organización de ayuda a los refugiados en Boston. Tú y yo, si quieres.
—Estoy deseándolo. —Le sostuvo la cara entre las manos—. Nunca me he permitido imaginar un nuevo comienzo, hasta ahora. Eso me lo has dado tú y… soy tuyo. Durante todo el tiempo que me aceptes.
Ella lo besó y lo fue empujando para que se dirigiera, caminando marcha atrás, al dormitorio.
—En ese caso, creo que te voy a aceptar ahora, luego, después, mañana y pasado mañana…
Cayeron sobre la cama juntos y entre risas. Pero sus besos enseguida se hicieron más ardientes por el deseo. Se tomaron su tiempo para desnudarse el uno al otro. Los dedos de ella recorrieron cada centímetro de su piel, como si quisiera memorizarla.
Cuando sus cuerpos se unieron, una sola carne, ella le susurró bajito:
—Te quiero.
—Dilo otra vez —pidió él, enterrando la cabeza en su pelo.
Ella se lo repitió, una y otra vez, y sus almas unidas se movieron como una sola hasta que ella, en el último momento, se lo dijo gritando.
Minutos después, aún tumbada sobre su pecho desnudo, vio cómo toda esa felicidad se disipaba en un instante al oír a Luca decir:
—Tengo que ir a ver a André antes de irnos.
—¿Por qué? —La advertencia de Bea volvió a colarse en la mente de Selene y se le hizo un nudo en el estómago.
Luca se levantó de la cama.
—La última vez que lo vi, nos separamos enfadados. Tengo que hacer las paces con él y despedirme. Me dijo que iría al Casino Estoril esta noche.
—No le digas que te vas. Es mejor que Salazar tarde lo máximo posible en enterarse.
—André no le dirá nada a Salazar. —Luca se había puesto a la defensiva.
—No es que no confíe en André. Es que no confío en nadie de Lisboa.
Luca se quedó parado y después asintió.
—Tienes razón. Le diré que nos vamos a la isla de São Miguel a pasar unas semanas. No le parecerá raro.
—Se alegrará por ti… Por nosotros —le aseguró, y esperó que fuera cierto.
André podía ponerle las cosas difíciles a Luca si quería. Pero no podía negarle que se despidiera de su hermano. Y mucho menos desde que sentía esa herida abierta por no haber tenido la oportunidad de decirle adiós a su madre.
—Iré contigo esta noche. —Estar a su lado tal vez sirviera para calmar el miedo que sentía en lo más profundo. Se levantó para vestirse—. Pero tengo que volver al hotel primero, para cambiarme y terminar de guardar mis cosas.
—¿Te veo en el casino a las ocho? —preguntó él.
—Sí. —Le dio un suave beso e inhaló su fragancia embriagadora—. Nos vemos allí.
Cuando se subió al tranvía que la llevaba de vuelta a su hotel, se obligó a dejar de lado los nervios. Luca y André harían las paces y todo se arreglaría. Esa noche los dos se subirían al barco, preparados para empezar una vida de verdad juntos y lejos de aquella oscuridad, por fin.
—Lo de siempre, senhora Delmont. —Ricardo le tendió una copa de champán a Selene cuando se acercó a la barra—. Es un placer verla, como de costumbre.
—Gracias, Ricardo.
Selene alzó la copa para hacer un brindis a distancia con Jacques antes de dar el primer sorbo.
Esperaba que él ya estuviera a salvo en suelo británico.
Era muy extraño pensar que lo había conocido en ese mismo lugar, aunque en aquel momento su sitio lo ocupaba otro atractivo hombre vestido con esmoquin.
Estaba escribiendo algo en una servilleta de papel mientras observaba la sala de juego del casino.
Ella recordó lo surrealista que había sido su entrada en aquel mundo.
Aunque la opulencia no era algo que le resultara ajeno, no había visto nunca un espejismo grotesco como el que se daba allí.
Bajo tanta belleza se escondía el engaño y la muerte.
Aquella noche pululaba por la sala el habitual grupo de bons vivants , y ella no tenía duda de que allí había tantas jugadas ocultas como joyas a la vista.
Desde donde estaba veía a Rafael Delgado jugando una partida de póquer, aunque no parecía que lo acompañara su habitual séquito de admiradoras.
Y por suerte tampoco estaba Bea, tal vez una señal de que su amiga no estaba tan involucrada con él como temía Selene.
Elise y José estaban en la ruleta, enfrascados en una conversación con Teresa y Nelio. ¿Estarían cotilleando sobre Rosalinda?
Sí, el paisaje social de ese lugar era el de siempre, y resultaba francamente perturbador por su resplandor inalterable. La sangre que se estaba derramando en el campo de batalla nunca mancharía esos salones, pero la guerra estaba allí también, oculta tras una cortina de humo.
—Parece un zoológico cubierto de oro, ¿verdad? —le dijo al hombre que tenía sentado al lado en la barra.
—Material de novela —respondió el caballero—. Estoy pensando en escribir una algún día.
—¿Sobre Lisboa? —quiso saber ella.
—De espías —interrumpió Ricardo, y le puso un martini delante al hombre—. El señor Fleming está convencido de que el casino está lleno de ellos.
El hombre del esmoquin miró con una sonrisa a Selene y tomó su copa.
—Espías. Eso sí que sería una novela interesante. —Selene se echó a reír y después se despidió con un gesto de la cabeza porque acababa de ver a Luca.
Estaba en la mesa de bacarrá con André. Buscó alguna señal de que se habían reconciliado, pero no vio ninguna. Todavía no. André, que tenía una postura rígida y tensa, parecía muy nervioso y recorría toda la sala con la mirada cada poco tiempo.
Se acercó a ellos para intentar ayudar a disipar la tensión, deseando que los hermanos disfrutaran de la última velada que iban a pasar juntos.
Cuando se aproximó, Luca levantó la vista y sus ojos se encontraron. Ya no se veía en ellos la expresión de desesperación que tenían tiempo atrás. Aquella noche, su cara brillaba con una exuberancia juvenil. Su mirada era tierna y llena de amor, el mismo que sentía ella en su corazón.
—Te agradezco que hayas venido, Selene —le dijo André—. Parece que tienes la capacidad de mejorarle el humor a Luca. Tal vez puedas también hacerle cambiar de opinión. Convéncelo para que acepte mi propuesta empresarial, ¿quieres?
—Creo que no tendría ningún éxito aunque lo intentara. —Selene entrelazó el brazo con el de Luca.
André suspiró.
—Te estoy ofreciendo una segunda oportunidad y tú la tiras por la borda.
—No tienes ni idea de lo equivocado que estás. —Luca sonrió a Selene, pero la expresión muy seria de André no cambió.
—Quiero estar seguro de que te va bien. —Su tono era insistente y no apartaba su mirada intensa de Luca.
La urgencia de André era palpable, y Selene de repente empezó a ponerse nerviosa. No sabía qué había detrás de todo aquello, pero no le gustaba.
—Ya se ha decidido, André —aseguró con voz tranquila pero firme—. Pero yo cuidaré de él. Te lo prometo.
Él sacudió la cabeza.
—Ojalá eso fuera suficiente.
—Es más que suficiente —contestó Luca con brusquedad, y su expresión se ensombreció—. ¿Te ha consumido tanto el trabajo en las minas que no eres capaz de verlo?
André carraspeó.
—Es algo de lo que nunca podré escapar, me temo.
—Y yo lo siento, pero no tengo intención de que se conviertan también en mi prisión.
Su hermano asintió.
—No voy a fingir que entiendo por qué rechazas mi oferta, pero veo que no hay nada más que pueda decir para convencerte.
—Así es. —Luca le dio una palmada en la espalda—.
Dejemos de hablar de negocios por esta noche.
Hay otra cosa que quiero decirte. Son buenas noticias, por una vez.
—Miró a Selene sonriendo y ella notó que el calor se extendía por su cuerpo.
Esperaba que André compartiera su felicidad, por el bien de Luca.
—Me vendrá bien alguna buena, para variar —dijo André taciturno.
—Vamos a dar un paseo por la playa. Te lo explicaré todo.
—Claro. —André le hizo una inclinación de cabeza a Selene, y ella les indicó que se fueran. Había llegado el momento de que Luca dijera adiós.
—Te espero aquí —le dijo a Luca.
Él le dio un beso en la mejilla y se alejó un poco, pero después volvió adonde estaba ella.
—¿Qué? —preguntó Selene.
Él sonrió.
—Solo quería contemplarte otra vez aquí, en el mismo sitio en el que nos conocimos.
—Me pareciste terriblemente maleducado —bromeó ella.
—Y yo pensé que eras como todos los demás. Qué equivocado estaba. Y qué suerte haber tenido la oportunidad de darme cuenta.
Le acarició con delicadeza la mejilla con la mano y la besó de nuevo, de forma suave y dulce.
—No tardaré.
Unos minutos después, con una sonrisa, los vio desde el balcón recorriendo la avenida Clotilde en dirección a la playa do Tamariz.
Eran casi indistinguibles el uno del otro, aunque el esmoquin de André era blanco inmaculado mientras que el de Luca era el negro tradicional.
Solo eso y un par de rizos rebeldes que le caían a Luca sobre la frente lo diferenciaban de su gemelo.
Si André quería de verdad la felicidad de su hermano, dejaría estar la proposición empresarial, le desearía lo mejor y ambos podrían hacer las paces.
Estaba a punto de darles la espalda cuando vio una figura solitaria que seguía a Luca y a André por la avenida. Frunció el ceño porque reconoció al hombre. Era Rafael Delgado.
Lo había visto dentro solo unos minutos antes, jugando al póquer. Esperó y se quedó observando, con todos los sentidos en máxima alerta. Tal vez se alojaba en el Hotel Palácio y solo iba en esa dirección para retirarse a su habitación a pasar la noche. Seguro que no era más que eso. Pero no…
Delgado no giró al llegar a la entrada del hotel, sino que continuó por la avenida, evitando las luces de las farolas.
Selene notó las palmas empapadas y una gota de sudor que le bajaba por la espalda.
Él caminaba con paso decidido y su forma de ocultarse era intencionada.
No era casualidad que fuera tras los pasos de los hermanos.
La advertencia anterior de Bea volvió a su mente y fue como un puñetazo en las costillas. «No es seguro que te acerques a él», había dicho su amiga. ¿Lo habría dicho porque Luca estaba en peligro también? ¿Era posible que Rafael Delgado fuera la causa?
Nunca había confiado en ese hombre. ¿Qué quería de Luca y de André? Había manipulado a Bea y a muchas otras.
Y de repente estaba ahí fuera, oculto en la oscuridad, siguiendo al hombre al que ella amaba. Se le hizo un nudo en las entrañas por el terror. «Luca».
Salió corriendo del salón de juego y solo se detuvo un segundo para rescatar su abrigo del guardarropa. Después echó a correr por la avenida. Con cada segundo que pasaba se intensificaba su sensación de que algo iba muy, pero que muy mal.