Las bibliotecarias de Lisboa 38
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Bea examinó las caras de los que paseaban por Rossio sin tocar su café.

En el mensaje que le había enviado a Selene no había puesto el nombre de la Pastelaria Suíça.

Había sido deliberadamente críptica, por si alguien lo interceptaba, pero su amiga frecuentaba esa cafetería cuando iba de camino al trabajo y confiaba en que la hubiera entendido.

Pero, si era así, ¿dónde estaba?

Cada segundo que pasaba, estaba más expuesta.

Tras horas de insomnio y preocupación, no pudo soportar su indecisión ni un minuto más. Seguir oculta en el apartamento de Gable cuando Selene estaba en peligro le parecía una cobardía. Así que le envió el mensaje y fue a la cafetería a esperarla.

Pero cualquier extraño podía ser una amenaza.

¿Y si André Caldeira había enviado a alguien más para matarla?

El único alivio para su aprensión creciente fue ver a Selene acercándose por fin.

—Bea, gracias a Dios que estás bien. —Selene la abrazó con tanta fuerza que la dejó sin aire en los pulmones. Parecía exhausta, pero también muy triste—. ¿Dónde estabas? Te vi salir con Rafael Delgado y después Nora me dijo que te habían reasignado. ¿Qué…?

Bea la hizo callar, preocupada de que alguien la oyera desde las mesas cercanas.

—No tengo tiempo para explicártelo —susurró—. Escúchame. Estás en peligro.

Selene se la quedó mirando.

—Pero ¿de qué hablas? Eres tú la que se escabulle en medio de la noche con un hombre que me has jurado que odiabas.

—Esto no tiene que ver con Rafael, sino con Luca Caldeira.

Palideció.

—¿Cómo…?

—No importa. Sé que tenéis una relación. Pero debes alejarte. —Le agarró la mano, suplicante—. No vuelvas a verlo. Prométemelo.

Ella se apartó como si acabara de darle una bofetada.

—Yo… no puedo. No quiero. Bea, no sé qué sabes de Luca y de mí, pero sea lo que sea lo que pienses de él, te equivocas.

Ella sacudió la cabeza.

—No te puedo decir nada más. Ojalá pudiera. Pero tienes que creerme. Intenta entenderlo. No es seguro que te acerques a él.

—No. —Selene la soltó y la miró con un gesto defensivo—. Tienes que entenderlo tú. Yo… lo quiero.

Bea notó un zumbido en la cabeza por el pánico.

—Por favor…

—Bea, para. Siempre has cuidado de mí, pero esta vez no vas a conseguir que cambie de opinión.

—No había enfado en sus palabras. Sonaban calmadas e inamovibles.

La certeza que había en su cara le dijo a Bea todo lo que necesitaba saber.

El amor que Selene sentía por ese hombre era sincero—.

Es un buen hombre —continuó su amiga—. Mejor que ninguno que haya conocido.

Vamos a abandonar Lisboa juntos. Esta noche.

Bea se la quedó mirando.

—¿Qué?

Asintió y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Mi madre ha muerto. Y mi padre no está bien. Evelyn me ha avisado.

—Oh, Selene. —Bea abrió los brazos y su amiga se dejó envolver por ellos.

Sus sollozos silenciosos eran desgarradores, amargos y conmovedores.

Ella al menos había podido despedirse de su madre.

A Selene le habían arrebatado esa posibilidad y cualquier oportunidad de hacer las paces con ella.

Ella supo que su madre la quería. Nunca lo había dudado.

Pero ¿Selene? Era raro, pero en aquel momento le parecía más huérfana de lo que ella había sido nunca.

Durante unos minutos se quedaron sentadas en silencio mientras Bea la abrazaba y ella lloraba.

Pero como cada vez atraían más miradas curiosas, empezó a ponerse nerviosa. Estaban llamando demasiado la atención.

Se puso de pie, a regañadientes.

—Tengo que irme. Ya me he quedado más de lo que debería.

—Pero ¿por qué? No entiendo…

—No puedo decirte nada más… Puede que tarde en volver a verte. Tú vuelves a casa y yo… —¿Adónde iría ella? Aunque lo supiera, no podría decírselo a su amiga—. Te avisaré cuando vuelva a Boston. Pero, por favor, reconsidera tus planes con Luca. Tal vez no sea quien crees que es.

Selene frunció el ceño y abrió la boca para contradecirla.

Pero Bea se había quedado sin tiempo.

—Ten cuidado —fue su forma de despedirse.

Cruzó con prisa Rossio, sin mirar atrás. No podría soportar el dolor que seguro que vería en la cara de Selene. Mantuvo la cabeza baja y el paso rápido, sin hacer contacto visual con nadie mientras serpenteaba por diferentes calles.

Entonces vio una figura que conocía esperándola en una esquina. Gable. La saludó con un gesto de la cabeza y se dirigió a un callejón oscuro. Bea cruzó tras él una puerta que había al fondo del callejón y entró en un túnel que parecía una cripta.

—Me has seguido. —Resopló por la frustración mientras sus ojos se adaptaban a la luz tenue del pasadizo.

—No me has dejado otra opción. Se suponía que no debías salir del apartamento. —Su mirada era implacable—. Te he visto con Selene. ¿Cuánto le has contado?

Ella se lo quedó mirando, con el pulso acelerado. Podría haberle mentido, pero no tenía sentido. Él sabría la verdad.

—No le he contado nada de nuestro trabajo. Pero le he advertido sobre Luca.

—Has puesto en riesgo toda la misión al hacer eso.

—He hecho lo que tenía que hacer —afirmó con voz serena—. Tú infringiste todos los protocolos cuando apareciste ayer en mi hotel, así que yo no soy la única que rompe las reglas aquí.

Él giró bruscamente, dio unos pasos para alejarse y después se dio la vuelta de nuevo. Tenía una expresión torturada.

—¿No lo entiendes? No tenía elección. Tenía que ir a buscarte.

—La agarró por los hombros. Sus caras quedaron solo a unos centímetros y ella tuvo que apoyar la espalda en la pared.

Los ojos de Gable se fijaron en sus labios, pero después se apartaron.

Tenía el cuerpo tan cerca del de Bea y tan a rebosar de deseo contenido que el aire que había entre ellos estaba subiendo de temperatura—.

No te puedo apartar de mis pensamientos, estás ahí cada segundo de cada día.

He intentado bloquear mi corazón y apartarte, pero pierdo la cabeza cuando estás cerca.

Tengo que mantenerte a salvo, ¿no lo ves? Si te pasara algo, yo… yo…

Se le quebró la voz y ella vio algo nuevo en sus ojos. Miedo.

—¿Qué es lo que quieres de mí, Gable? —preguntó ella despacio.

—Quiero… —Sacudió la cabeza, como si las palabras estuvieran a punto de ahogarlo—. Te quiero a ti. Te quiero, que Dios me ayude, te quiero.

Ella lo besó y recibió esas palabras que llevaba tanto tiempo esperando en su boca a la vez que le contestaba con las suyas, que no eran más que susurros jadeantes.

Notaba sus manos por todas partes: en su pelo, en sus pechos, acariciándola sin parar por encima de la ropa y por debajo.

La brusca sensación de su boca en su cuello hizo que diera un respingo.

Sus labios le recorrieron la piel con tal urgencia que estuvo a punto de dejarle cardenales.

Pero ella lo recibió encantada y le respondió con la misma pasión.

Él metió los dedos en sus pantalones y la acarició, lo que provocó un gemido indefenso por su parte que solo sirvió para aumentar el deseo de Bea.

Él la levantó del suelo y la apretó contra la pared mientras la penetraba con una fuerza imparable.

Ella gritó de placer y lo rodeó con las piernas para acercarlo más aún.

Se agarró a su espalda mientras él la embestía, llevándola al borde de la liberación.

Sus movimientos aumentaron de velocidad y los dos explotaron en un torrente final. Cuando las últimas convulsiones cesaron, ella lo abrazó con fuerza.

Él le apartó el pelo de la cara y la besó con ardor, pero también con ternura, antes de bajarla al suelo.

—Esto es un problema —murmuró con voz ronca.

—No. —Ella le cubrió la mejilla con la mano—. Forzarnos a permanecer separados es el verdadero problema.

Él sacudió la cabeza, poco convencido, pero la besó otra vez antes de decir:

—Tenemos que salir de Lisboa. Te voy a llevar al Hotel Palácio. Tengo que atender un asunto en Estoril y Fitzgerald quiere que te quedes allí hasta que te pueda sacar del país. —Enarcó una ceja—. Si es que aceptas, claro.

Ella asintió. Ya había advertido a Selene. No podía hacer más.

—Lo haré.

—Bien. —Vio un evidente alivio en su cara—. Pero tendrás que disfrazarte, por si alguien te está buscando.

Señaló una bolsa de tela que había en el suelo, un poco más allá. Dentro, Bea encontró un vestido, una peluca rubia de pelo corto y unas gafas. Se cambió rápido y dejó que Gable le arreglara la peluca hasta que pareció lo más realista posible.

Después siguieron por el laberinto de túneles secretos que Gable le aseguró que desembocaba en la estación de Cais do Sodré, donde los dos tenían que montarse en un tren que los llevaría a Estoril.

No sabía lo que les depararía el destino a Selene y a ella, pero tenía el consuelo de sentir la mano de Gable unida a la suya mientras avanzaban en medio de la oscuridad.

Y esta vez no tenía intención de soltársela.