37
—¿Renaud está a salvo? —preguntó Marguerite en cuanto Selene entró en la habitación que había detrás de Jardim Encantado.
Aquella mañana su contacto parecía más agobiada de lo habitual.
Iba vestida con una falda azul marino sencilla y un top, un atuendo particularmente sobrio para una mujer que solía llevar cosas mucho más coloridas y rompedoras.
Bajo los ojos se veían unas profundas ojeras, había media docena de colillas en el cenicero que tenía delante, y sujetaba un cigarrillo humeante entre los dedos.
Selene se sentó frente a ella en la mesita.
—Jacques está a salvo, por ahora. Lo he dejado en el mausoleo de la familia Saramago en el Cemitério dos Prazeres hace unas horas, como me indicaste. —Recordó la cara pálida de Jacques cuando lo encerró en el mausoleo—. Espero que no lo vayas a dejar allí mucho tiempo…
—Un agente irá a buscarlo pronto.
Selene asintió, aliviada.
—Yo iré a mediodía al aeropuerto de Portela para despedirme.
Marguerite frunció el ceño, pero no dijo nada al percatarse de que ella cuadraba los hombros, decidida.
—No es aconsejable, pero veo que no estás pidiendo mi opinión.
—No.
La carcajada que soltó era burlona y a la vez estaba llena de orgullo.
—Las despedidas son decepcionantes. Engañan, porque te hacen creer que habrá un regreso. Pero ve y despídete. Has descubierto la identidad de La Pastora. Te lo has ganado.
—Entonces ya habéis puesto a buen recaudo a Rosalinda —continuó Selene.
—Por desgracia, no. Todavía no. —Apagó el cigarrillo y de inmediato encendió otro.
Selene se la quedó mirando, sin poder creérselo.
—Pero la vi entrar en su edificio…
—No vive ahí. Debió de sospechar que la seguías y se metió ahí para perderte. No ha vuelto a su casa y no sabemos dónde está ahora mismo.
—No puede ser. Hay que encontrarla.
—Y lo haremos. Si le preocupa que la descubran, no volverá a los muelles. Ya hemos eliminado a su contacto.
—¿Emil Achenbach? —preguntó Selene.
—Su nombre real es Bastian Ludwig. Formaba parte de la Gestapo de Hitler. Ya no nos causará más problemas. Y hay docenas de agentes peinando la ciudad en busca de Rosalinda. No llegará lejos.
Selene sacudió la cabeza, porque no sabía cómo la hacía sentir esa información.
Si pensaba en la desaparición de Rosalinda, la decepción se mezclaba con el alivio.
Lo que había hecho era imperdonable, pero también lo era la estrategia de los nazis de utilizar la vida de un prisionero como moneda de cambio.
Marguerite se inclinó hacia ella y miró fijamente a Selene.
—Has hecho tu trabajo. Has completado la misión. Rosalinda Bianchi ya no es tu problema. Tiene que dejar de importarte.
La testarudez de Selene asomó, empujándola a discutir, pero la controló. Ella no iba a ser la persona que diera caza a Rosalinda y punto.
—Lo intentaré —aceptó.
—Tal vez esto te sirva de ayuda. —La cantante le pasó por encima de la mesa un pasaporte mientras soltaba el humo por la boca.
Era el de Luca y, cuando Selene lo abrió, encontró un visado sellado que le permitía viajar a Estados Unidos.
—Dile que tiene que estar en el Doca de Alcântara esta noche a la una de la madrugada.
Que busque a un hombre que se llama Davi.
No queremos tener problemas con Salazar, ni con la pvde, así que lo vamos a sacar con discreción.
Davi lo esconderá en el USS Voyager antes de que suba el resto de los pasajeros por la mañana.
Si hay suerte, estará a medio camino de Nueva York antes de que nadie se dé cuenta de su ausencia.
Selene sintió un gran alivio. Por fin Luca podría dejar Lisboa y empezar de nuevo.
—Te lo agradezco en su nombre.
—Y sospecho que no solo en el suyo. —Marguerite miró con atención a Selene y suspiró—. ¿No te advertí que no pusieras el corazón en esto?
—He hecho todo lo que me has pedido. Mis sentimientos por él no han interferido en nada.
Ella frunció el ceño.
—Puede que engañes al resto de Lisboa con tus mentiras, pero no te sirven conmigo. Sé que quieres irte con él.
Selene resopló, contenta por una vez de la increíble perspicacia de su contacto.
—Sí, es cierto. —Se preparó—. Sé que lo que se espera de mí es que me quede. Que tengo una responsabilidad y que debo cumplir lo que firmé cuando me alisté…
Ella sacudió una mano.
—No sigas. Te has convertido en una de mis mejores agentes y me fastidia decir esto, pero… te he concedido la licencia absoluta.
—¿Qué? —A Selene le costó incluso decir eso. ¿Cómo era posible?
Marguerite asintió.
—No ha sido por esta situación con Caldeira, sino por esto. —Sacó un telegrama del cajón de su mesa y se lo tendió—. Llegó para ti hace semanas, pero me ordenaron que no te lo mostrara hasta ahora, para que no interfiriera con la misión. —Suspiró—. Hay órdenes… que no me gusta tener que obedecer.
De repente, no se atrevía a mirar a Selene a los ojos, y el corazón de esta se llenó de miedo. Levantó el telegrama de la Western Union con dedos temblorosos y leyó:
Nuestra madre ha muerto, el 12 de diciembre, ataque al corazón. Nuestro padre está muy enfermo. Vuelve a casa. Te necesitamos aquí.
Evelyn
Selene contuvo un sollozo mientras releía las palabras varias veces, deseando que desaparecieran del telegrama.
Su madre… muerta. Sí que hubo momentos en que lo deseó, pero solo había necesitado un instante, tras conocer esa brutal realidad, para reconocer sin atisbo de duda que era algo que nunca quiso realmente.
La irrevocabilidad de ese suceso, además de los arrepentimientos que se acumulaban en su mente por las docenas de formas en las que ambas se podían haber comportado de otra manera, eran casi imposibles de soportar.
—Lo siento. —La voz de Marguerite tenía un tono dulce que Selene no le había oído nunca—. Intenté que me permitieran darte la noticia antes, pero… muchas veces no se escuchan mis opiniones, por diferentes razones.
—No nos llevábamos bien, mi madre y yo —logró explicar—. Nosotras… no nos hablábamos.
—Eso ya no importa. El resto de tu familia…
te necesita ahora. Puedes volver con ellos…
y con Luca Caldeira. —Apagó otro cigarrillo y, en sus ojos, Selene vio un arrepentimiento que no se esperaba—.
Yo tuve la oportunidad una vez de ser feliz con alguien.
Como tú ahora. Renuncié por esto y ahora no tengo nada más.
—Pero yo quiero hacer mi parte. Los refugiados necesitan mucho más de lo que les ofrecemos…
—Encontrarás otra forma de dárselo allí. Tú tienes la oportunidad de hacer lo que yo no pude: seguir tu corazón y ayudar en la guerra. Así eres tú.
«Así soy ahora», pensó Selene.
Aturdida, Selene guardó el pasaporte de Luca en el bolso y se levantó. Marguerite le agarró una mano entre las suyas.
—Vuelve al hotel. Haz las maletas. Avisaré a Davi de que habrá dos pasajeros para subir al USS Voyager esta noche.
Selene asintió y miró ese lugar por última vez.
El frío aire de la mañana hacía que esa especie de cueva pareciera aún más húmeda y heladora, y se estremeció, sintiendo todo eso más que su dolor.
Qué inocente había sido al romantizar un juego de engaños, que muchas veces desembocaba en la muerte.
A esas alturas comprendía que ese trabajo tenía un precio para todos los que lo ejercían.
Si tenía suerte, escaparía con Luca a su lado antes de tener que pagar uno aún mayor.
—Adiós, Marguerite. Y gracias.
Ella le tiró un beso cuando salió a la pálida luz de la mañana.
—Dale una oportunidad a la felicidad, querida. Y nunca mires atrás.
Selene hizo todo lo posible por no llorar durante el camino de vuelta al Hotel Amizade, pero cuando llegó a la puerta de la habitación de Bea, se le llenaron los ojos de lágrimas.
Tenía el corazón angustiado por su madre y por las muchas oportunidades que había habido de mejorar su relación y las que incluso podrían haberse dado.
Y también por su padre y el amor miope al que se había aferrado, que muy pocas veces era recíproco, si es que lo fue en alguna ocasión.
Era posible que no pudiera hacer nada por él, pero, aunque ese fuera el caso, tenía que verlo para despedirse, lo que no había podido hacer con su madre.
Volvería a la mansión de su familia, pero nunca sería la misma mujer que salió de allí.
Además solo tenía intención de quedarse lo justo para despedirse de su padre. Evelyn y él tendrían que aceptarlo.
No sería lo único que tendrían que tolerar si querían que volviera a formar parte de sus vidas. Se lo dejaría muy claro desde el primer momento. Su vida seguiría siendo suya y la iba a compartir con Luca.
Llamó a la puerta de Bea, porque lo único que necesitaba en ese momento era ver su cara.
No podía contarle mucho sobre su partida, pero ella lo entendería.
Su amistad era así en aquel momento: tenían que mentir para proteger a la otra.
Su despedida tendría que ser breve, pero estaría llena de promesas de volver a verse en los Estados Unidos, Selene estaba segura de ello. Y tendría que bastarles con eso.
Volvió a llamar a la puerta y frunció el ceño. ¿Dónde estaba?
Se le cayó el alma a los pies al recordarlo… Bea saliendo apresuradamente en plena noche con ese hombre: Rafael Delgado.
¿Adónde habían ido? ¿Y por qué?
Selene volvió corriendo a su habitación y llamó a Nora Milford, la compañera de trabajo de Bea. Le respondió con voz somnolienta y solo entonces Selene se dio cuenta de la hora que era.
—Perdona que te haya despertado, pero te llamo por Bea. ¿Te ha comentado si tenía algún plan para este fin de semana? No está en su habitación de hotel y me estoy empezando a preocupar.
—No me ha dicho nada —contestó Nora—. Pero cuando la veas, dile que todas la vamos a echar mucho de menos.
Volvió a fruncir el ceño.
—¿Echarla de menos? ¿A qué te refieres?
—El coronel me llamó anoche para darme la noticia de que la habían reasignado. Me pidió que fuera luego a guardar las cosas de su mesa en una caja. Su sustituta empieza mañana.
Selene apretó tanto el auricular del teléfono que se le pusieron los nudillos blancos. Pero se obligó a hablar con voz tranquila.
—Se lo diré de tu parte. Seguro que ella os va a echar de menos también.
Después de despedirse, colgó el auricular y se quedó sentada en la cama. Le latía la cabeza por la preocupación. ¿Bea había abandonado Lisboa sin decírselo? Tal vez le habían asignado otra misión. Pero, si era así, ¿por qué la había visto con Rafael?
Nada tenía sentido. Miró su reloj. Quedaban poco más de cuatro horas para que el avión de Jacques saliera del aeropuerto de Portela, y después tenía que ir al apartamento de Luca.
A ellos dos se les estaba acabando el tiempo en Lisboa, pero tendría que dejar las maletas para después.
Primero tenía que registrar la habitación de Bea en busca de respuestas.
Si había alguna forma de encontrarla en esa ciudad antes de que se fuera, tenía que conseguirlo.
Sacó una horquilla larga del cajón de su mesita para abrir con ella la cerradura de la habitación de su amiga.
Pero cuando estaba a punto de salir, oyó que llamaban a la puerta.
La abrió de un tirón, esperando encontrar a Bea al otro lado, pero sintió una gran decepción cuando se topó con la cara sorprendida de un botones.
—Un mensaje para usted, senhora . —Y le entregó un papel.
Le dio las gracias y se puso a desdoblar la nota antes de que a él le diera tiempo a darse la vuelta para marcharse. Descodificó el mensaje enseguida y salió corriendo del hotel.