Las bibliotecarias de Lisboa 36
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En cuanto Bea entró en el apartamento de Gable, los dos se pusieron inmediatamente a trabajar, revisando todas las habitaciones y comprobando por las ventanas que nadie los hubiera seguido.

Las amplias estancias tenían muebles elegantes y el apartamento estaba en uno de los mejores barrios de Lisboa, lo que no era sorprendente dada la tapadera de Rafael Delgado. Pero todo era bastante impersonal, como si fuera más algo de cara a la galería que un hogar de verdad.

Cuando acabaron el examen del apartamento, ella se sentó en uno de los sofás y Gable sacó un transmisor de radio de debajo del otro. Escribió un mensaje en morse y le explicó que era para el coronel.

—No me quiero quedar aquí mucho tiempo. Solo necesito pensar un poco —dijo Bea.

¿Adónde podría ir? No podía regresar al Amizade, ni a las oficinas del idc.

—Te vas a quedar aquí todo lo que sea necesario, hasta que encontremos un lugar más seguro para ti. No hay otra opción. Han expuesto tu identidad.

—Se supone que tú no deberías implicarte en todo esto.

—Que no me implique… —Paseó arriba y abajo por la habitación—. No podía dejarte abandonada. Y si hubieras desaparecido sin dejar rastro…

Ella esperó que dijera algo más, porque quería oírlo confesar que no podía soportar la idea de que ella se fuera sin que él supiera adónde, que lo abandonara. Pero él solo suspiró.

—No puedes venir a rescatarme cada vez que esté en peligro —continuó ella—. Yo acepté todo esto sabiendo dónde me metía y asumiendo las consecuencias. Tú puedes controlar a tus agentes imaginarios y la Spinnennetz, pero yo no estoy dispuesta a permitir que lo hagas conmigo. Ni tú, ni nadie.

Lo observó mientras él digería sus palabras. Su expresión se debatía entre la pasión y el distanciamiento.

—Yo nunca he querido controlarte —contestó en voz baja—. Solo que estuvieras a salvo.

—Pues eso no es posible. Yo soy consciente de los riesgos. Lo he sido desde Casablanca. Pero este es el camino que he elegido.

—Ojalá no lo hubieras hecho. Llevo viviendo esta vida mucho más tiempo que tú. No sabes cómo te va a cambiar.

—Ya lo ha hecho —respondió—. Y no hay marcha atrás.

—No, no la hay. —Notó una ternura triste en su tono.

Gable le sirvió un whisky y se puso otro para él. Los dos bebieron en silencio durante varios minutos. Ella agradeció el líquido color ámbar porque le calmó un poco los nervios.

—Cuéntame quién te ha expuesto —pidió Gable.

—Una persona que no supone una amenaza. Un soldado estadounidense. Nosotros… estuvimos juntos. En Estados Unidos. En Boston.

—¿Juntos?

Ella asintió.

—Entonces yo no sabía quién era en realidad. No como ahora. Pete Dawson fue el primer hombre que mostró interés por mí. Él era… lo más importante de mi vida.

Continuó contándole las responsabilidades que había asumido tras la muerte de su madre, y cómo la compañía de Pete había sido el antídoto que tanto necesitaba para su soledad.

También le habló de su búsqueda y de la mañana en la que lo había visto en la cafetería.

Por la cara de Gable pasó una sucesión de emociones: indignación, celos, comprensión.

Pero entonces le contó lo del embarazo y su expresión se volvió dura.

—Si no hubiera perdido al bebé, nunca habría venido aquí.

Ni habría aceptado esta misión. —Le tembló la voz.

Pensar en el aborto todavía le dolía. Supuso que nunca dejaría de hacerlo—.

Me habría casado con Pete y eso habría sido un error.

Para los dos. Pero ahora podemos seguir cada uno nuestro camino. Sin complicaciones.

—Entonces… os habéis despedido para siempre. —La miró con cautela, buscando confirmación.

Ella asintió.

—Era lo mejor para ambos. Nunca fue amor. Me hizo falta Lisboa para darme cuenta de ello…

«Lisboa y tú», pensó.

—Lo del bebé… —Entonces él se arrodilló y la tomó de las manos—. Lo siento.

A Bea se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Gracias. —Pero también tenía que admitir otra verdad…

Una de la que había sido consciente después de ver a Pete—.

Tendría una vida muy diferente si hubiera llegado a nacer.

Pero me gusta esta vida, la que tengo ahora.

—Lo miró a los ojos, porque necesitaba que él oyera lo que iba a decir, por encima de todo—. Es la vida que me ha traído hasta ti.

Esperaba que su confesión provocara alguna también por su parte.

Sabía que ella había accedido al acuerdo que tenían, a ese intento de enterrar lo que sentían la una por el otro.

Pero después se había visto expuesta… y se había convertido en un objetivo de los nazis.

Cada segundo podría ser el último que pisara la tierra, o que pudiera compartir con Gable.

Pasara lo que pasase en las horas que estaban por llegar, necesitaba que supiera que sus sentimientos por él no habían cambiado.

Lo que sentía por ella seguía ahí, lo veía grabado a fuego en sus ojos. Pero entonces él se levantó y apartó las manos, que solo un momento antes estaban unidas a las suyas, y las dejó junto a los costados.

Ella deseó tomárselas de nuevo, pero no tenía sentido. Él la protegería hasta la muerte, pero no volvería a dejarse llevar por sus sentimientos hacia ella. Era la paradoja de él y la maldición de ella.

De repente, llegó una transmisión a la radio de Gable, que frunció el ceño.

—Es del coronel. Quiere verme ahora mismo. En el coe. —Se puso el abrigo.

—¿Está furioso porque me has traído aquí? —preguntó Bea, aunque ya sabía la respuesta.

—No está contento —reconoció Gable—. Pero no me va a apartar de la misión.

Me necesita. En cuanto Caldeira descubra que Dante está muerto, sospechará.

Puede que haya desaparecido ya, pero lo dudo.

Todavía tiene en su casa a algunos de los invitados que asistieron al baile, y no querrá levantar sospechas.

Tengo que descubrir cuál es su plan y decidir qué hacer al respecto.

—¿Cómo puedo ayudar?

—Quédate aquí. Escondida. Cuando Fitzgerald consiga un nuevo refugio, vendré a buscarte. Si quieres acabar con lo que está haciendo André Caldeira, tiene que ser así. Deja que Fitzgerald y yo nos ocupemos de él antes de que se tuerza algo más.

Bea asintió, pero entonces le surgió una preocupación nueva.

—¿Y qué pasa con su hermano? ¿Con Luca?

—No sabemos si Luca tiene alguna relación con el negocio familiar.

Pero si no se puede confiar en André, tampoco en Luca.

—Gable entornó los ojos y ella supo que entendía lo que había detrás de su pregunta—.

Estás pensando en Selene. Ya te he dicho que no interfieras.

No sabes cuál es el papel que desempeña ella en todo esto.

Ella asintió, pero el miedo se asentó en su estómago y sintió frío. ¿Y si Selene estaba con Luca Caldeira en aquel momento? Estaba relacionada con un hombre perseguido y no podía advertirle.

Gable se dirigió a la puerta, cambió de opinión y volvió con ella.

—Nunca he dudado de que pudieras cuidarte sola —afirmó—. No he ido a buscarte esta noche por eso.

—¿Por qué, entonces? —Buscó la respuesta en sus ojos, pero él sacudió la cabeza y se fue sin decir nada más.